Albada 273






AZUL

(1 de enero de 2012)


La casa guarda siempre tus recuerdos aunque derriben sus tabiques y excavadoras amarillas la conviertan en vacío. La casa familiar donde creciste habita siempre en el niño que eres, y es en los sueños cuando –como si nada hubiera cambiado, ni siquiera tú– puedes volver a recorrerla, vivirla como si nunca te hubieras marchado y la cama donde la sueñas no estuviera ya muy lejos, en otra ciudad, en otro tiempo.
Como cada año en estas fiestas os habéis reunido en la casa de los padres, en tu casa de niño. Son las cinco y todos han salido menos tú. Hoy es una de esas largas tardes de vacaciones, entre fiesta y fiesta, entre comida familiar y cena de amigos, y entre mantel y mantel te apetece de pronto quedarte en casa. Mientras fuera el frío y el cielo gris se van agolpando poco a poco en los cristales, la casa está al fin, después de tantos días, silenciosa, más íntima que nunca. Vuelves la mirada perezosa hacia dentro y también hacia la habitación caliente e iluminada, y decides que por esta tarde no saldrás a comprar “los últimos regalos”, ni quedarás de copas con los viejos amigos –esos que sólo ves de vacación en vacación–, ni te escaparás, siquiera, al centro a dar un paseo para ver el ambiente.
Hoy te apetece enredar, hilvanar recuerdos. Encender y apagar luces, trastear por las habitaciones vacías, pasar las yemas de los dedos acariciando paredes, marcos con fotografías en blanco y negro… abrir y cerrar cajones, coger, dejar “cosas” –absurdas figuras de porcelana, búcaros tallados en cristal, cerámicas caprichosas, relojes de pared ruidosos…–, objetos banales que siempre has visto en “su sitio”, detenidos como soldados sobre la mesita del salón o tras las vitrinas del aparador, lugares para los que parece que hubieran sido concebidos, y ahora, en esta tarde y entre tus manos, contienen cada uno de ellos una historia y un significado ignorado que te urge imaginar.
Terminas en la biblioteca, buscando, sin darte cuenta, el libro que has olvidado todavía. En las estanterías, mezclados, los tuyos y los de tus hermanos. Tu madre, tan guardadora, ni siquiera ha retirado el viejo y desencuadernado diccionario de inglés (utilizado y reutilizado por los menores de la familia curso tras curso), ni las enciclopedias… Incluso descubres las revistas prohibidas que os escondíais entre las hojas de los volúmenes más gruesos. De pronto, en la tercera estantería, en piel azul oscuro y letras plateadas, el libro te encuentra. Al abrirlo el tacto del papel y el olor acre de la tinta rebrotan en tus sentidos y te llevan de nuevo a aquella Navidad de tu adolescencia en la que lo leíste de un tirón. Tú y aquellas vacaciones en azul, enganchado a la imaginación y a la magia que destilaba cada página, alargando las horas antes de dormirte, llegando tarde y ganándote reprimendas cuando te llamaban a comer y te demorabas terminando otro capítulo. En el magnifico libro de Stoker, en aquel Drácula sumido en las brumas balcánicas, aprendiste que el abismo entre el bien y el mal no es más que el filo de las dos caras de una misma moneda.
Vas cruzando puertas y más puertas de dormitorios cada vez de azul más claro, casi llegas al blanco, y bajas escaleras interminables, escuchas voces cada vez más fuertes… El ruido de los anuncios de coches y perfumes en la televisión es el antídoto perfecto para despertarse de cualquier siesta aunque ésta sea inesperada y presenciada tras la copiosa comida de Año Nuevo, por toda tu familia (con el regocijo de los más pequeños). Todos te miran divertidos y mientras te gastan bromas y te ofrecen la bandeja del turrón, tú les sonríes también azorado y te decides por el trozo de mazapán. (En realidad, sólo piensas en salir corriendo hacia la biblioteca y comprobar si en la tercera estantería está, en azul oscuro y bordes plateados, lo que queda de tu sueño).





Pequeño homenaje al poema Me acuerdo de Bram Stoker de Luis Alberto de Cuenca:

"Cuando el mundo era joven, cuando tierras y mares

estaban aún formándose en el limo primero,

cuando el aire empezaba a surgir de la escoria

elemental, entonces, cuando los dinosaurios

eran sólo un proyecto en la mente divina,

alguien puso en mis manos una edición de Drácula,

la novela de Stoker, con prólogo de Pere

Gimferrer,mi maestro (junto con Pound, Cirlot,

Rubén Darío, Borges y muchísimos otros

nombres que ahora no vienen al caso).Todavía

no puedo describir lo que sentí leyendo

un libro tan hermoso, aunque fuese en aquella

edición descuidada e incompleta de Táber.

Al leerlo, se abrieron las puertas del abismo

para mí, de un abismo en el que florecían

las rosas inmortales de la imaginación,

los lirios del estilo y de la inteligencia;

de un abismo de sombras ancestrales y mágicas

por el que daba gusto perderse y despeñarse;

de un abismo en que Bien y Mal no eran tan sólo

conceptos antagónicos, sino también, y al mismo

tiempo, el haz y el envés de una misma moneda.

Tantos años después, recuerdo mi lectura

primigenia de Drácula, mientras siguen aullando

los lobos de la angustia y del aburrimiento

ahí fuera, mientras vierten noche oscura en el alma

los vampiros del mundo, la carne y el demonio.

Tantos años después, me acuerdo de Bram Stoker

y brindo por su Drácula con la sangre que brota

de la herida del tiempo que ha pasado."






















1 comentario:

  1. Cómo me ha recordado tu albada de hoy la visita que esta tarde he hecho a mi casa cerrada del pueblo. Cuántos recuerdos en esa fría casa donde el tiempo parece congelado y donde los objetos nos saludan a cada paso...
    Feliz año 2012 repleto de deliciosas albadas escritas por ti, querida Ana.
    Teresa

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