Albada 176



EL RELOJ

Este reloj es pesado, pero… ¡tan bonito! le dijo su abuelo cuando se lo regaló. Ciento veinte gramos, no más de doscientos les aseguró el vendedor del Rastro… La primera vez que lo tuvo entre las manos (quizás también porque entonces era muy niño) se preguntó cómo a sus anteriores propietarios no les habría molestado llevar aquel artilugio encima todo el día, colgado de la cadenita de plata. Enganchada y a juego, colgaba también la diminuta llave para darle cuerda. Cada noche con precisión, con mimo, el abuelo y él apretaban al botón, y la tapa de atrás se abría como al reclamo de un sortilegio; entonces giraban la llave despacio, muy despacio, cuidando de no pasarse con la rosca. Cuando ya no estuvo el abuelo, el reloj fue el talismán que le devolvía su sonrisa grande y la querida mirada clara; más de alguna vez se quedó dormido acunado por el tic-tac de la vieja máquina, viajando en sueños por las cientos de peripecias que juntos habían imaginado para sus otros dueños. Tenía la certeza de que ahora él era uno de aquellos desconocidos, y de que a todos les había unido en una misma Historia, segundo a segundo, el sonido del latido de aquel viejo reloj.
El reloj es pesado, de acuerdo, pero no importaba, se dijo años después, porque tenía la esfera blanca casi intacta, números romanos para las horas y dos saetas infalibles. La plata de la tapa era magnífica, labrada con un laberinto de hojas y de flores, y en el medio tenía lo mejor: aquel pequeño escudo enmarcando dos letras entrelazadas y un poco borrosas: L. y C. (la primera noche que pasó en vela recordando la boca sonrosada de Cristina, casi le da un vuelco al corazón al caer en la cuenta de que su querido reloj ya tenía, como en una premonición, grabadas sus iniciales…)
El reloj es pesado, sí, pero aquella mañana al ir al instituto lo había escondido en el bolsillo del vaquero. Se moría de ganas por enseñárselo a Cristina. Decir Cristina era como llamar a la ternura: no sabía porqué cuando pensaba en ella se sentía tan raro, tan indefenso, ni porqué le entraban aquellas ganas tontas de llorar cuando ella pasaba a su lado y ni siquiera se fijaba en que la sonreía, en que como un bobo, él la sonreía todo el rato.
Definitivamente este reloj pesa demasiado pensó Luis cuando volvió aquella tarde de clase y fastidiado lo guardo en el cajón. Con él, en el mismo gesto, fueron al fondo el desengaño del primer amor y un hilo de olvidos infantiles... Es un estupendo reloj, ligero, volátil, como el tiempo que aún nos queda por vivir, le aseguraría el relojero, algunos años después, mientras atendía su encargo y cambiaba con pasmosa facilidad aquella borrosa C. por una hermosa y rutilante A.

Albada 175

GENIUS LOCI
(24 de Enero de 2010)


Esta semana se hacía público el resultado del concurso Europan 10 con el proyecto premiado para el reordenamiento de La Vega del Turia a su paso por nuestra ciudad. Ahora que sin querer echo vista atrás veo que son muchas las veces que he hablado en estas albadas de la Vega de Teruel. Quizás por formar más parte de mi vida de lo que yo creía ese paisaje que me ha acompañado desde niña, quizás porque me parece tan frágil, tan vulnerable, el caso es que siempre me ha merecido todas las consideraciones. Recuerdo las mañanas frías de otros eneros antes de ir al Juan Espinal, esos desayunos junto al serrinero, las manos rodeando la taza caliente, el Cola- Cao tomado a sorbitos frente a la ventanas de aquel luminoso quinto piso con miradores colgados sobre la ribera y la estación de trenes, el cielo todavía de amanecida, y más allá, el verdor de los chopos envolviendo el azul silencioso del río; me veo con trenzas junto a las ventanas abiertas a los atardeceres de junio, espiando al sol escondiéndose tímidamente sobre la Muela del Pinar, luego rozando el Barrio Jorgito, después hundiéndose por San Blas y la carretera vieja de Zaragoza… sonrío al recordar escapadas de adolescente desde el Instituto vecino que ahora lleva su nombre... ¡ay aquellas pequeñas cosas que cantaba Serrat!...
Me ha tranquilizado lo que hasta ahora he leído sobre el proyecto seleccionado para la Vega por la UE (no me ocurrió así con el favorito de nuestro consistorio -menos mal, mira tú por donde, que la crisis lo hacía inviable). También he leído con agrado las palabras de una de sus arquitectos, Berta Barrio, hablando de mantener “la magia de su carácter, su Genius Loci” ( me resulta curioso y muy estimulante escuchar hablar de fenomenología para mi tierra, sorprenderme porque alguien se pregunta y preocupa por el Genio de la ciudad, y evoca las teorías de Norberg-Schulz para un paisaje tan nuestro, tan cotidiano y entrañable.)
La última vez que estuve en la Alhambra me traje entre los centenares de fotos de la fantástica colina roja, la de una pequeña placa casi desapercibida. En ella, entrecomilladas, las palabras de Torres Balbás, el arquitecto-conservador sensible y riguroso, resumían en una frase todo el temblor de una pasión: “Para los que amamos la Alhambra, para los que a ella hemos consagrado nuestro entusiasmo y nuestra actividad, para los que hemos interrogado febrilmente muchos de sus secretos y fuimos viviendo con el monumento al compás de nuestra propia vida, su porvenir será siempre motivo de inquietud”. Bien, esa “inquietud” es la misma que nos hará mantener lo mejor de nuestra ciudad y hacerla cada día más hermosa. No hay que perderla nunca. En ella descansa el Espíritu del Lugar, nuestra identidad, el Genius de Teruel, ése al que si cuidamos hará que siempre nos sintamos en nuestra ciudad como en casa.

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Albada 174





¿Qué soñarán
las mariposas mudas
sobre las flores?
REIKAN



LA AZALEA

Un año más, un nuevo invierno que volvía buscando calor y la encontraba. Fue en lo primero que se fijó al entrar: ella continuaba allí dentro, al fondo de la gran sala, sobre la mesita de cristal ahumado del rincón izquierdo. Frente a la ventana y recibiendo la luz triste que se colaba en aquel local -número 38, entresuelo B-, apenas una mancha oblicua de claridad, seguía la azalea. Aunque la vio de lejos y tras la pared transparente de seguridad que les separaba, le pareció que no había crecido apenas, y que a cambio todavía tenía, tan hermosas como en su último recuerdo, once flores abiertas. En pleno enero y con el hielo haciendo estrellas sobre las lunas de los coches, aquellas flores de interior le hicieron estremecerse: eran como once promesas distraídas, once absurdos presagios de no sabía bien qué. Con el paso del tiempo, ese que ensordece los sonidos transparentes y emborrona la memoria, se le fue aminorando el temor y también el frío de los huesos. Ahora, cuando cada noche recostaba al fin la frente en el cartón, miraba a la azalea en el fondo de la sala. Escondida al final de mostradores, mesas y biombos, la imaginaba crecer, adivinaba la sabia fluorescente caminando por cada una de sus hojas esmeralda. La sonreía: ella era lo único vivo dentro y fuera de aquel mundo oscuro. Acariciaba el vidrio que los separaba dibujando su silueta lejana para conseguir así que también se le evaporaran la ausencia y la nostalgia, y que el sueño le salvara un día más. Adormecerse y soñar. Soñar cada noche un sueño nuevo y en cada sueño la misma azalea de flores blancas. Soñó que nada les separaba, que ya estaban juntos entre cuatro paredes de cristal, cobijo y palacio creados sólo para ellos, libres dentro de la gran bola mágica, hasta que la marea la rompía noche tras noche en mil pedazos: sobre la nieve blanca, las rosas aun más blancas. Sólo fueron once las noches, once los sueños. El duodécimo día el banco había iniciado las planeadas reformas de sus locales en aquella calle escondida, y al atardecer un contenedor de obras ya recogía los restos donde había estado montado el cajero automático y parte del mobiliario no servible del interior de la oficina. Entre las planchas de vidrio roto, carteles con caras sonrientes que invitaban al ahorro y tiras del metal, una maceta con flores impasibles. Aquella noche, cuando desesperado buscó a la azalea entre los amasijos del escombro, crujieron bajo sus dedos once sueños de mentira… ¿Qué soñarán las mariposas mudas posadas sobre las flores de plástico?

Albada 173


©Illustration: Michael Morgenstern "Hallucinations that Runners Have"




UN GRAN PERFIL
(10 de enero de 2010)

Desde que llegó a la pequeña ciudad de provincias pudo comprobar que a los pocos días ya le saludaba todo el mundo. Sentirse reconocido, formando parte de una comunidad tan repentinamente, no le sorprendió en absoluto. Pese a que nunca le había pasado, y siempre había sido uno más dentro de ese maremágnum que atravesaba a trompicones la Puerta del Sol en las horas punta, pese a ser siempre otra hormiguita cualquiera perdiéndose en las profundidades del suelo por la boca del metro, su arrogancia le impidió asombrarse.


Y es que pronto supuso que el origen de aquella excelente acogida, la causa de que le sonrieran tan abiertamente en la panadería o de que le sirvieran su taza de cortado descafeinado sin necesidad de pedirlo, ya a las pocas mañanas de bajar a desayunar a la cafetería del centro, se debía a su nuevo y flamante cargo de director general. Se dijo que quizás también el coche de importación recién comprado, sus trajes caros o ese piso de alto standing que había alquilado en la mejor zona residencial habrían impresionado a los vecinos, ya que todos sin excepción (sobre todo los niños) se paraban a verle y le saludaban como si de un viejo conocido se tratase.


Hay mucha gente que me pedirá favores, será por eso, porque aquí me reconocen poder –se dijo– , pero pasaron semanas y nadie le pidió prebenda alguna. Por el contrario, lo que empezó a recibir, una tras otra, fueron decenas de invitaciones: le enviaron propuestas para presentaciones literarias, actos académicos y eventos varios; se le apremió con insistencia para que acudiera a reuniones, para que honrara con su presencia exposiciones, conciertos y conferencias... y, cómo no, fue el invitado favorito de fiestas y más fiestas. Aquello era un no parar.


Ufano, le creció la autoestima hasta extremos insospechados, tanto que en su primer viaje de regreso a la gran ciudad presumió de que en aquel lugar perdido había llegado a ser “alguien importante” ya que no había acto social para el que no se le requiriera con urgencia; y concluía, envanecido, que un hombre de tan importante perfil como él, con su valía, había sido por fin tratado con justicia.


Y no dejaba de llevar razón, porque, efectivamente, aquel hombre tenía un perfil importante. Por tener-tener, digamos que tenía el más grande de los perfiles de aquella contornada: una nariz considerable, más que enorme, imponente, unos pámpanos colgándole de las orejas de circunferencia asombrosa y, acompañando a aquel original contorno, una frente ancha, casi ciclópea, coronada por la mata de pelo más hirsuta y tiesa que se recordaba haber visto jamás en la pequeña ciudad. Perfil importante el suyo que sin duda llamó tanto la atención de aquellos ciudadanos de provincia que ninguno quiso perderse ni un minuto de contemplación. El espectáculo era gratis y estaba garantizado.

Albada 172


(Año Nuevo en Times Square)



CONFETTI

(3 de enero de 2010)

-Lo que él escribió: No sé si lo conseguiré. Pero es mi deseo más importante, obsesivo, único, y si alguien me apurara afirmaría que hasta el definitivo: quiero ese reloj parado, este momento suspendido. No quiero saber tu nombre. Me gustas así. Me gusta pensarte sin saber como te llamas, ni el número de tu calle. Tú. Sólo siendo tú, tal como apareciste cuando te instalaste en mi corazón y empezaste a crecer hasta hacerlo todo tuyo. No quiero perderme por tus señas ni confundirme en tus apellidos. No quiero conocer tu identidad, ni tu país. Sólo saberte ahora, mujer sólo y a mi lado. Pensar en ti sin nombre. Tu risa, el abrigo color de musgo que te envuelve, esa mirada en mis ojos y tus dedos al rozarme en un descuido.

-Lo que ella escribió: No sé si lo conseguiré. Pero este año no me olvidaré otra vez entre las calles tranquilas de Greenwich Village, ni adormeceré ilusiones en las tiendas de la Quinta Avenida. Cogeré ese autobús y luego aquel avión, y el otro avión después. Me quema el billete en el bolsillo del abrigo y la caricia de tu mano. No quiero que me acompañes, que compartamos la maleta que guardo en el armario. No a tu ropa junto a la mía, a que me preguntes cuándo llegamos ni a dónde vamos. Yo. Solamente yo ahora, sin mañana ni historia. Yo sin nombre, mujer sólo. La vida deslizándose, ese reloj dando el Año Nuevo al fin.

La esfera de cristal cae como un caleidoscopio mágico. Sesenta segundos de cuenta atrás y millones de confetti flotando en el aire de New York. Anhelos escritos en papeles de colores, lluvia de mensajes que se cruzan y nunca se dirán. Hay también un par de deseos envueltos en azul que alguien atrapó al vuelo y los juntó. Esperanzas de dos desconocidos, mientras duerme, despierta y bosteza el nuevo año. En la intersección del mundo, en el centro de todo, en Times Square , y también aquí, los periódicos dicen que pese a la crisis, la fiesta de esta Nochevieja del 2009 fue más animada que nunca. Termino esta Albada (mientras me cantan en el Spotify Vestusta Morla aquello de un año más un año menos) deseándonos a todos un feliz 2010.



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(Vetusta Morla cantando Año Nuevo)