Albada 322

MARÍA
(23 de diciembre de 2012)
María se ha empeñado en acompañarme hasta la estación y esperar conmigo la llegada de mi tren. De nada sirve que le diga que no hace falta, que además se le va a hacer tarde para comer. Va cargada con una pesada bolsa. María es una gran aficionada a los libros de autoayuda y esta mañana se ha pasado un buen rato en la biblioteca.
–Pero no te equivoques –dice con la cara ligeramente sonrosada por la vergüenza– no es para mí ¿eh?, a mí no me gusta que me ayuden, no lo necesito, a mí lo que me gusta de verdad es ayudar a la gente; y no sabes lo útiles que pueden llegar a ser estos libros, lo que se aprende y cuantos problemas hay en esta vida… ¡si cuando leo todos esos casos que cuentan casi me pongo a temblar!
Por no saber vivir su vida vive mi amiga todas las vidas que se le cruzan y se le antojan; aun cuando vayan en dirección contraria a la suya sabe hacerse bien la encontradiza y agarrar la que le parece más oportuna, la más interesante para vivirla.
Yo viajo mucho sola. O al menos lo intento, viajar sola quiero decir; me entusiasma ese silencio apenas roto por el ruido monótono y repetitivo del tren mientras puedo tranquilamente observar por la ventanilla; me gusta ver pasar la vida fuera de los cristales y verme a mi quieta por dentro, detenido todo instante de existencia mientras que el otro todo sigue pasando, sucediendo, ahí fuera. Algo así debe ser la muerte, pienso entonces, nada trágico, nada doloroso, un simple detenerse mientras el resto continua.
Si le comentara estos pensamientos míos a María seguro que sacaría de su bolsa dos o tres volúmenes y no dudaría en leerme varios capítulos enteros, y entonces yo le diría que no me gusta que me ayuden, que no lo necesito, que lo que a mí me gusta es vivir en los demás. Pero por ahora no digo nada, estoy demasiado cansada, la bolsa de libros de autoayuda me empieza a pesar demasiado. Afortunadamente el tren acaba de llegar y puedo dejarla en el portaequipajes encima de mi asiento. Cuando el tren se aleja miro por última vez hacia el andén de la estación vacía.
–Hola, me llamo María– y sonrío a mi vecina de enfrente, una mujer de mediana edad que no deja de mandar frenéticamente (¡qué interesante!) uno tras otro mensajes con su móvil.



Albada 321





VISITA
(16 de diciembre de 2012)


He recuperado la cita rápidamente en Internet. Recuerdo que hace mucho tiempo la apunté a mano en alguna hoja ya perdida: “cuando los gatos sueñan adoptan actitudes augustas de esfinges reclinadas contra la soledad, y parecen dormidos con un sueño sin fin; mágicas chispas brotan de sus ancas mullidas y partículas de oro como una fina arena vagamente constelan sus místicas pupilas."

A Baudelaire le debían gustar los gatos, claro. A Baudelaire seguro que también le gustaría el gato que lleva todo el día ronroneando en mi jardín. Me he dado cuenta que estaba allí esta mañana temprano, después del enorme revuelo que han organizado mi perro (las patas todavía adormecidas tras la plácida noche en casa) y él, el gato intruso, persiguiéndose, formando tal remolino de hojas que entre tanto fragor apenas se distinguía quién perseguía a quién.

Lo veo desde la ventana; sabe que lo estoy observando pero parece no importarle. Creo que es muy joven. Lleva todo el día ahí abajo, solo, jugueteando con las ramas de los árboles y la pelota perdida de Urko, mi perro, con el que al final ha terminado por firmar una respetuosa y pacífica indiferencia. Me pregunto si habrá pasado la noche allí (¡esos cinco bajo cero blanqueando la naricilla rosa!) y si piensa hacer lo mismo esta nueva noche. Qué quiere, qué espera. No entiendo de costumbres de gatos, pero los sé mucho menos desamparados que los perros allí afuera, en la ciudad; quizás por eso, por ser menos vulnerables, más autosuficientes, por ser más libres, un perro nos conmueve y a un gato se le admira. Nunca he tenido gato, o mejor dicho: nunca un gato me ha adoptado a mí.

Gatos vagabundos y equilibristas de los tejados anaranjados, gatos misteriosos y cavilosos, gatos cazaratones y con botas andarinas, gatos sagrados con ojos de lapislázuli…

Se nos echa a todos la noche encima: a esta bibliotecaria, a sus poetas y a su perro junto a la chimenea; al gato, pertinaz y visitante, en el jardín oscuro.

La calle tiene ya las paredes frías, los cristales de los coches pronto se cubrirán de hielo y el domingo comenzará a dar las últimas bocanadas. Apetece la noche, quedarse en casa y seguir leyendo. Gatos poderosos de Poe y de Lovecraft, invisibles y sonrientes gatos de Cheshire burlándose de Alicia, gatos anarquistas de Borges, gatos parisinos de Cortazar; gatos rebeldes, incorrectos, perezosos y bellísimos… y también, claro, este gato intruso en mi jardín y su maullido que suena como la voz de un niño pequeño.

Y al final me decido. Sé que la solución está en el estante de mis libros preferidos. Pasando veloz las hojas hallo la “fórmula infalible” de mi admirado profesor Parra. Dice así: “MANERA DE ATRAER, QUE NO ATRAPAR A UN GATO: coloque en el equipo hi-fi la Sinfonía del Nuevo Mundo restando los agudos; el fuego bien vivo en la chimenea y la alfombra delante y libre de artefactos. Dispóngase usted en un ángulo discreto; puede fumar. Y deje la ventana abierta. El platito de leche no funciona”

Cambio el tocadiscos por el reproductor de audio de mi ordenador; cambio la Sinfonía del Nuevo Mundo por el Adagio del Concierto para piano, nº 5. Op. 73, (¿de verdad qué se me ha ocurrido a mí que aquel gato preferiría escuchar El Emperador o ha sido su telepatía?). El resto de la fórmula la sigo al pie de la letra: la ventana abierta, la chimenea encendida, la mullida alfombra… y, por supuesto, la discreta y sosegada espera hacia aquel que ha tenido a bien venir (¡por fin!) a visitarme.




Albada 320



ENCUENTRO
(9 de diciembre de 2012)


Estaba inquieto y sin pensarlo dos veces decidió bajar del vagón una estación antes que la suya. Subió las escaleras mecánicas del metro a pie; cuanto más se empeñaba la cinta metálica en retrasar cada uno de sus pasos más deprisa escalaba él los falsos peldaños que jugaban a esconderse. Demasiada gente y poco oxígeno aquí dentro, pensó levantando la vista hacia la salida. Al alcanzar por fin la calle agradeció la bocanada de aire frío aunque a los pocos segundos tuvo que subirse el cuello de la cazadora y meter las manos en los bolsillos. En ese instante, sólo en ese instante (así se lo reconocería a ella después) se arrepintió de aquel arrebato por salir del metro antes de tiempo y se puso de mal humor. La noche era muy fría y todavía le quedaban por andar varias calles y cruzar entero el parque hasta llegar a su casa. No era habitual en él tomar nada de vuelta del trabajo, solía estar tan cansado y aburrido que sólo le apetecía cenar y arrellanarse cuanto antes en el sofá para dormitar delante de televisor; pero hacia tanto frío que la luz de aquel bar fue el único remedio que se le ocurrió para dejar de tiritar. Y al entrar, nada más entrar, la vio... y su imagen fue mucho más que el viento gélido: lo hizo paralizarse por completo. La reconoció al instante a pesar de que habían pasado tantos años sin verse. Tuvo incluso la disparatada sensación de que todo aquel tiempo no había existido más que en la pesadilla de una noche. Por un momento se le pasó por la cabeza que hacia rato que ella lo estaba esperando, que había sido ayer mismo su última cita y que de nuevo él llegaba tarde. Fue directo hacia la mesa donde estaba sentada pero ella –siempre había sido la más decidida de los dos- ya se había levantado y le sonreía.

Y se contaron su vida, la vida que de verdad les importaba. Se dijeron todo lo que no habían hecho juntos pero que durante todos estos años alejados habían deseado hacer cogidos de la mano: las ciudades que habrían visitado, cómo hubieran sido los muebles y el color elegido para pintar su habitación, dónde quedarían antes de volver a casa para tomar un aperitivo y reírse de la última ocurrencia de los jefes, como serían los desayunos de sus fines de semana, las duchas con risas, los nombres de los hijos que habrían amado juntos... Se contaron todo, toda la vida que le habría pertenecido tener, la vida que les importaba.

No fueron dos estaciones ni tres: el sueño le duró casi hasta el final del trayecto. Le despertó la voz impersonal de los altavoces anunciándolo. En el vagón sólo quedaban un par de personas más que ya estaban delante de la puerta de cristal preparados para salir. Se levantó entumecido y se dejó arrastrar por las escaleras mecánicas hasta la noche helada de la calle.



Albada 319

                                                                                                 (Ilustración de Jesús Cisneros)



CABIZBAJO
(2 de diciembre de 2012)

Lo de que todos somos contingentes y sólo uno es necesario en estos tiempos de crisis ya se encargan precisamente los susodichos “unos” de recordárnoslo con reiteración y contundencia. Y claro, como luego está esa dichosa vulnerabilidad (que tan bien describía Raquel Fuertes la semana pasada en este mismo Diario: "nos hemos convertido en seres tan frágiles, tan dependientes de lo que podemos dejar de tener que esa debilidad nos lleva a sucumbir fácilmente a los vaivenes de un mundo que navega sin rumbo"), pues… por si acaso…¡eso!, que mejor nos quedamos “quietos-paraos”, calladicos y con la cabeza bien gacha, que siempre es pronto para pasar a formar parte de las dos únicas clases sociales que los malos augurios vaticinan para los ciudadanos de este país: la de Callejeros y la de Españoles en el mundo.

Pero, además del grupo de los parados y de los emigrantes, en esta época en que si hablas de lo mal que te lo están haciendo pasar hasta en el sindicato te dicen ¡shhh, mejor te callas, qué al menos tienes trabajo!, faltaría añadir esa otra tercera categoría, precisamente la de los “unos” (que aún faltándoles la “h” un rato bárbaros sí son sí); a menudo seres incapaces pero que al ocupar puestos de poder se convierten en “altamente peligrosos” por los destrozos irreparables que ellos solitos son capaces de provocar

Y mientras el españolito pisoteado calla y obedece mansamente; cruzando los dedos para que nadie se fije demasiado en él (que el que no se resigna ahora la pifia y ningún compañero va a mover un dedo por ayudarte) intenta mantener en lo más hondo de su corazón al menos un poco de dignidad en todo este conformismo; piensa, quiere creer, que algún día caerán máscaras y se evaporará como por encanto tanto desatino. Puedes engañar a todo el mundo durante un tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo, decía Abraham Lincoln, pero a él le cuesta hacer su lema de frases tan redondas; es más: le escuece el tiempo, le duele la paciencia. Tanto, que cuando entra por la puerta del trabajo al que le parece oír es al mismísimo Dante en su bajada a los infiernos. Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza! le dice la voz cavernosa del florentino. Afortunadamente le dura poco el fantasmal susto al agónico cabizbajo porque le vienen enseguida a la mente las palabras del médico en Amanece que no es poco: “nunca había visto a nadie morirse tan bien; ¡qué irse!, ¡qué apagarse! "
Al menos habrá que erguirse, mantener la figura, piensa levantando la cabeza; y se sonríe sólo ante su ocurrencia. Aún nos queda el sentido del humor. El humor es lo único que al final nos salva; pero…ssshhh qué no lo sepan, sshhh… qué no se lleguen a enterar de que la risa nos hace fuertes y al fin invulnerables ante tanto desencanto… ¡qué a lo peor también vienen, la cogen y nos la estrellan!... disimulemos, disimulemos y levantemos la cabeza.



 

Albada 318

Monje a la orilla del mar (Caspar David Friedrich,)


ENCUENTRO FINAL
(25 de noviembre de 2012)

El primer encuentro sucedió allá por el mes de marzo, nada más salir a la calle; fue casi un auténtico tropiezo a pocos metros del portal de mi casa. Frente a frente, sin otra alternativa, nos saludamos en silencio con un mutuo levantar de barbilla, con ese gesto que pretende ser, más que un signo de respeto afectivo, una señal de reconocimiento sin más. Por otra parte así había sido siempre, ya que nuestro trato, aunque continuo y diario, nunca había pasado de ser meramente superficial. Sin embargo algo debió de notar en mi mirada, quizás extrañeza, tal vez el susto paralizador apoderándose paulatinamente de cada uno de los músculos de mi cuerpo -como si una cámara lenta estuviera haciéndome un inapelable y fatal barrido panorámico, pensé después- porque bajó con gran rapidez la vista y, girándose, aceleró ostensiblemente el paso en dirección contraria a la mía.

Aquella primera vez me costó varios segundos entender por qué el inesperado encuentro con un simple conocido (¿un extraño?) me había acelerado de tal forma el pulso y causado aquel sudor frío.

Alonso Escobedo de Rus, al que acababa de encontrarme cara a cara, ¡había muerto la semana pasada! Por supuesto esa era la razón por la que mi cuerpo había reaccionado involuntariamente con un ataque de pánico, mucho antes de que hubiera sido consciente de lo incongruente de semejante encuentro.

Desde entonces lo veo a menudo. Nos cruzamos yendo a la oficina o ya de vuelta. Ahora nos miramos de reojo y tras un amago de sonrisa seguimos nuestro camino: yo al trabajo o a casa y él… ¡nunca lo he sabido!

Tanto me he ido habituando a su presencia que la primera vez que lo descubrí dentro del piso ni siquiera me extrañé. Es más, una vez instalado allí, no he encontrado la manera de echarlo; aunque tampoco me apremia: es la primera vez que tengo si no un amigo al menos alguien que me escucha. Lo saludo nada más levantarme, mientras me afeito torpes todavía mis dedos; lo veo justo antes de cerrar la puerta, cuando recojo las llaves de la bandeja bajo el gran espejo de la entrada. Y lo vuelvo a ver de nuevo a pocos metros de mi casa, cuando me paro delante de los escaparates de las tiendas… sigue allí, de cara a mí, mirándome desde las lunas de los portales, desde los cristales blindados de los cajeros de los bancos y las mamparas transparentes de las paradas de autobús.

A veces, en la oscuridad de la noche y porque sé que él entonces no me mira, le cuento a mi mujer que he conocido a mi propio fantasma, pero ella, aunque se despierta sobresaltada y parece que me escucha, tras un breve llanto se recuesta de nuevo en la almohada y nunca me contesta.



Albada 317


FILÓSOFO
(18 de noviembre de 2012)

Aunque apenas cuenta 23 años (en realidad los tiene que cumplir el próximo mes de diciembre) Rainahar es filoso. ¡Eres todo un filosofo! le grito yo cuando arranco mi coche y comienzo a enfilar la bajada al pueblo. ¡Fi-ló-so-fo, qué es filósofo! repite él riendo, la figura de pie, inmóvil, envuelta en la manta de color tan incierto como la piel de sus manos heladas sujetando el bastón. Me gusta parar a conversar un rato con él antes de llegar a casa; un tabaco ¿sí? Me das cigarro, ¿por favor? se atreve a pedirme mientras hablamos. En esta época del año nuestras conversaciones no ocurren muy a menudo, no siempre tengo la suerte de encontrarlo junto a la carretera vieja como esta tarde; y es que Rainahar con la llegada del otoño prefiere ir con su ganado a las ramblas y vaguadas de debajo de la ermita, mucho más resguardadas que estos altozanos. Hace mucho frío hoy. El viento del norte se ha enseñoreado de los campos aún no sembrados y consigue arrastrar hasta aquí algunas hojas rojas y amarillas de los olmos del río vecino. La hora temprana que marca mi reloj la desmiente el precipitado oscurecer de este final de noviembre; en un poco ya es noche, hoy no tardará la helada, me dice después de silbar al perro. El rebaño que lleva es grande, quinientas cabezas, sólo las hembras y algún cordero macho, precisa; debe darse prisa en volver, a estas horas en la paridera los pequeños ya aguardarán inquietos a las madres. Y para luego, para cuando la noche, a él también le esperará la lumbre prendida en la que calentar sus cuarteadas manos.

Sumerge sus pensamientos en lo más hondo del alma, y allí los deja reposar, recalar fondo. Con el silencio tranquilo como único testigo de sus cavilaciones, reflexiona Rainahar como sólo sabe hacerlo un sabio. La vida te habla si quieres escucharla, me dice siempre. Desea conocer, quiere saber, encontrar respuestas y finalmente comprender. Repasa uno a uno los encuentros, todos los descubrimientos del día: la sonrisa y la conversación amable del panadero al venderle el pan; el gesto preocupado de aquel otro vecino que le habló de su hijo en el paro; el leve respirar de la lagartija asomada bajo el matorral de tomillo, el enfado en el cielo del gavilán con el arrendajo; la soledad chillándole al oído al mediodía, la presencia seria de los árboles arrullándole en la siesta… la aparición de la luna preciosa como la uñita del pie de aquella niña que dejó en su tierra… El mundo se le presenta a Rainahar límpido e inmenso como su inocente y enorme corazón. Un filosofo, le digo yo cuando le vuelvo a ver, y hay tan pocos Rainahar… el mundo está tan lleno de ignorantes que creen saberlo todo y no son capaces de meditar ni reflexionar más de dos minutos seguidos...

Me sonríe el pastor y me hace la broma que esperaba bueno quizás algunos deberían ramonear, rumiar un poco como mis ovejas…Y rumia que te rumia también me alejo hoy yo con mis pensamientos y mis quejas. Quizás la sabiduría está más dentro del corazón de lo que creía, veremos si la encuentro.

Albada 316


ENIGMA
(11 de noviembre de 2012)

Érase una vez, cuando en el mundo no existía la tristeza, un valle encantado. Se escribió en papel antiguo que estaba rodeado de todos los deleites inimaginables: un dulce lago donde navegar junto a los cadenciosos cisnes, jardines colgantes de olorosas flores y la suave sombra de frondosos árboles; íntimos, recoletos cenadores para los amantes, bellos templetes de columnas jónicas en los cuales poder escuchar las más exquisitas melodías mientras se contemplan las estrellas, cientos de torreones con estandartes de colores ondeando en el cielo azul... y, como es debido y nunca debe faltar en todo sueño que se precie, una hermosísima y sonriente princesa cantando en la ventana del más magnifico palacio.

Sobre el dintel de su gran puerta dorada, grabadas en piedra, las palabras del poeta Khayyam: “olvida que ayer debían recompensarte y no lo hicieron. Sé dichoso. No eches de menos nada. No esperes nada. Lo que deba ocurrirte está en el Libro que ojea al azar el viento de la Eternidad”.
Y una vez se atraviesa el umbral, justo en frente de la entrada, otra puerta más pequeña coronada por un delicado friso semejando la espuma de las olas bajo el que se podía leer, también grabada en piedra, una única palabra cuyo auténtico valor y profundo significado sólo conocían los sabios y libres de espíritu que, felices, habitaban ese Parnaso de inmortales.

De aquel hermoso paisaje, que alguien llamó una vez Paraíso, donde vivían Naturaleza y Cultura en la más absoluta armonía, no quedan más que las huellas del laberinto que anunciaba su presencia al comienzo del valle. Cuentan que si algún valiente consigue atravesarlo, una vez rodeado el dintel áureo que yace partido sobre el suelo, sólo le aguardan un montón de ruinas silenciosas de las que se ha apoderado la Nostalgia. Además, dicen también, unos seres grises y anodinos pueblan ahora los vergeles y palacios amenazando con asfixiar el alma de cualquier incauto visitante.

Como en un espejo oscuro la imagen de aquella Arcadia feliz se refleja hoy en su lago transformada en erial y desolación. Tiempos malos, éstos, para edenes y jardines; tiempos difíciles para la Cultura y la Dignidad cuando la Mediocridad, señora de casi todo, campa por sus fueros y se hace grande sólo por lo que es capaz de destruir.

Ya no se oyen cantar a hermosas princesas: danzan locas en las habitaciones más oscuras del castillo; tampoco la brisa de los cisnes hace ondas en el azul. La misteriosa palabra grabada bajo el dintel de agua marina es ahora trozos de un rompecabezas bajo la hiedra. Ya sé, ya sé que alguno de ustedes aún la conoce, que todavía unos pocos saben la respuesta de este enigma. Y mientras el viejo Borges todavía me sonríe, esa es mi esperanza y la fortuna que plantea esta incógnita

Albada 315





IN MEMORIAM
(28 de ocutbre de 2012)

F. Nietzsche: El que tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo.

Cuentan los que estuvieron en Ginebra el 27 de octubre de 1553 que la ciudad amaneció lluviosa y destemplada. En la Colina de Champel la pila de leña era escasa, y varias de sus ramas de encina aún reverdecían; la gente allí reunida acertó al pronosticar un largo suplicio para el reo, tortura que todavía se hizo más insoportable cuando al mediodía el viento comenzó a soplar con fuerza y apagó las llamas de algunos leños. Tras tres horas de horrenda agonía en la que el fuego fue consumiendo, lento e implacable, piel y huesos, Miguel dejó escapar al fin una suplica: “ Ay misero de mí, que no puedo acabar al fin mis días en esta hoguera! ¿Es que las doscientas coronas de oro que me robasteis al meterme preso contra toda ley y el collar de oro que me arrancasteis del cuello no os bastaban para comprarme unos buenos troncos, traerlos aquí y acabar conmigo mejor, pobre de mi?”. Atado a la estaca del suelo con una cadena de hierro, tenía el cuello rodeado por cinco vueltas de una gruesa soga que le sujetaba a la altura de las rodillas “el libro” (su libro) condenado como él a “morir” quemado. Dicen que algunos de los presentes, aterrados de tan inhumano tormento, arrojaron fardos para acortar la insoportable escena.

Lamento tan dantesco comienzo. Claro que son más divertidos los recordatorios de los nacimientos, o las medallas o los premios en metálico (aunque estos últimos algún valiente “consecuente” los rechace, ¡chapeau J. Marías¡); pero aunque la excusa sea un año más el triste aniversario de su ejecución, pienso que nunca hay que perder la oportunidad de hablar de Miguel Servet: se trata de una persona tan admirable, de la que se puede aprender tantas y tan buenas cosas, que cualquier razón es oportuna para que su vida aparezca en las páginas de los periódicos, incluso quinientos años después de dejarnos. Si por casualidad a alguien se le despierta la curiosidad y decide interesarse por él estaría más que justificada esta albada.

El nombre de Miguel Servet siempre irá unido al derecho de libertad de conciencia y a esa generosidad espiritual que no se puede arrebatar porque es lo que hace que la vida tenga sentido y propósito. La soledad del sabio, el sufrimiento y la muerte, no pudieron con él. Es un ejemplo para todos, como bien dice su biógrafo Fernando Solsona, por la lealtad a sus convicciones, por la fidelidad a sus amigos (a los que no quiso delatar, lo que hubiera aminorado mucho la dureza de sus jueces) por la línea recta de su vida y de sus trabajos, por la claridad de sus ideas, por la tenacidad y heroicidad en defenderla…

En su excelente libro (éste afortunadamente escrito después de que fuera liberado su autor) “El hombre en busca de sentido”, Viktor Frank nos confiesa por propia experiencia que uno de los mayores tormentos que se sufría en los campos de concentración nazis no era el hambre ni los castigos físicos, si no que consistía en rebajar la autoestima como persona del prisionero a limites extremos: uno llegaba a ser consciente de su propia “mezquindad” al tener que reconocer a diario, en lo más íntimo, su cobardía, su miedo, su egoísmo; saber que al final valores como la solidaridad, la abnegación, el amor o la piedad resultan para ti nada ante la propia necesidad de la subsistencia; que tú nunca serás capaz de renunciar a ese trozo de pan que te salva, pero que también salvaría a otro compañero si se lo entregaras, era vivir cada día un acabamiento como persona que terminaba por socavar lo mas hermoso de la dignidad humana. “Después de todo lo visto y vivido, los escasos afortunados que regresamos, gracias a una cadena inexplicable de fortuitas casualidades o auténticos milagros, estábamos férreamente convencidos de que los mejores de entre nosotros no llegaron a casa.”

No todos somos héroes, no todos resistimos igual, y sí, es cierto que a los mejores casi siempre les aguarda la soledad, la incomprensión y como dice un buen amigo mío, ¿por qué será que a los que “molestan” los matan?, pero nunca hay que dejar al menos de intentarlo. Hoy que no se quema a nadie en la hoguera, todavía hay cosas que matan en vida como silenciar, ningunear, desterrar. El fanatismo y sobre todo la intolerancia saben ocuparse bien de los que no están de acuerdo y pretenden tener criterio propio.

Y porque hoy, afortunadamente, también hay héroes anónimos que desde la barricada del día a día, desde el cotidiano devenir, saben levantarse y cuidar del legado de aquel Serveto, del derecho a pensar diferente y poder decirlo, vaya en este nuevo aniversario un homenaje a ellos en el recuerdo del epitafio del ilustre hijo de Villanueva de Sigena:Miguel Servet, geógrafo, médico, fisiólogo, que ha merecido la gratitud de la Humanidad por sus descubrimientos científicos, su devoción a los enfermos y la indomable independencia de su inteligencia y de su conciencia”





 



Albada 314




RISUEÑO BOTÍN
(21de octubre de 2012)

Está bien, vale, lo confieso: soy un ladrón. Que yo recuerde lo he sido desde siempre o desde muy niño, que para el caso es lo mismo. A estas alturas, en las que ya peino alguna que otra cana, pueden suponer que si nadie me ha pillado debo ser hasta millonario, máxime teniendo en cuenta que no suelo fallar en casi ninguno de mis “golpes”. Es así, no se equivocan, mi fortuna en la actualidad es inmensa, no en vano llevo toda una vida dedicándome al acopio.

Como soy un tipo que ama antes que nada el trabajo bien hecho, en el que cada uno, en lo que quiera que se ocupe, sea un profesional fino y competente, he desarrollado a lo largo de los años un método disciplinado y exigente.

La primera de mis premisas radica en que el robo debe realizarse con mucho ingenio, evitando cualquier tipo de atropello; con agudeza, con inteligencia; así, hay que aplicarse, estrujarse bien el cerebro antes de pasar a la acción. La segunda es que la sustracción deje el menor rastro posible, que el sujeto en cuestión apenas se entere de que alguien le está hurtando, que le cueste descubrir que le han “limpiado” limpiamente. Concluiré diciendo que todo el éxito se resumirá en la elegancia, en la exquisitez del engaño.

Y es que un humorista que se precie debe saber fabricar una mentira tan descomunal que por eso precisamente, por lo extraordinaria, sea posible. Es la única manera, por ejemplo, de conseguir que resulte creíble la escena de un soldado hablando por teléfono tan naturalmente con “el enemigo”; y al respecto, precisamente, Miguel Gila, que en esto del humor era un genio, advertía: “Un ladrón poco sutil entra en un restaurante y, a mano armada, roba unas croquetas. Un humorista vulgar entra en un teatro e intenta robar la risa violentamente, burlándose de los demás, parodiando simplemente su entorno, imitando el comportamiento de los más desfavorecidos. Pide la risa a gritos. Sin embargo el ladrón sutil, como el humorista sutil, se inventa un alambre, un gancho ingeniosamente preparado para robar la risa. Las carcajadas, como las croquetas, hay que robarlas sin que nadie se dé cuenta”, y yo, como les digo, tengo bien aprendidas las enseñanzas del maestro.

Y bueno, vale, lo aclaro de una vez: soy un ladrón de sonrisas. A eso me dedico desde que tengo memoria o desde que, según mi madre, aún con chupete fui capaz de arrancarlas a todo el que se me acercaba. Mi medio no son los escenarios ni las tablas, sino que birlo a pie de calle, entre lo más cotidiano y común.

Soy rico, ya les dije, tengo un tesoro de risas y las tengo de toda clase y condición, empezando por las más agradecidas que son las de las buenas gentes. A ellas la alegría les sale fácil porque son ante todo generosas y les reservo uno de los mejores sitios en mi vitrina.

Como anécdota les diré que las que más me cuesta arrancar son las de los envidiosos (mucho más que las de los tristes o enfadados). Sonríen, claro, pero a menudo el resultado no me sirve para mi colección: sus risas son tan falsas que sería un fiasco, como guardar trocitos de vidrio entre diamantes. Me cuesta robarles lo que no les nace, pero ahí está el gusto por el trabajo bien hecho, ese es mi reto. ¿Que cómo distingo la risa buena de la que no es? Muy sencillo, hay un truco que nunca falla: la verdadera siempre te enciende el corazón, la fingida llega siempre fría y desabrida, resbala por dentro, se te escurre hasta los pies.

Atrapar su sonrisa es tener lo más hermoso de un ser humano: la entrega total en la completa desnudez del alma; y así me siento yo, un magnifico vencedor cada vez que la consigo.

Siendo un ladrón de risas me he vuelto un experto en el tema; tentado estoy de hacerle la competencia a Bergson y escribir un libro. Pero eso me privaría del tiempo que quiero dedicar a mi tarea, que es todo. Así pues, hasta que la impunidad y las fuerzas no me fallen, hasta que la sonrisa no termine por ahogarla el mundo, ¡que ustedes lo rían bien… y que yo lo aproveche!
 







Albada 313

(H.Wilson Watrous)

COSAS DE AMIGAS
(14 de octubre de 2012)

Amiga, así como quien no quiere la cosa, como quien habla del tiempo o de lo mucho que han subido la peluquería y la entrada de los cines me cuentas esta mañana que te has enamorado. La noticia me ha pillado por sorpresa, a la hora del desayuno en el trabajo, dándole vueltas a la cucharilla de la taza de mi cortado corto de café. Sé, porque me lo he notado, que se me ha quedado cara de asombro, quizás, bien pensado, hasta de tonta, sí, más bien he puesto cara de alelada al escucharte decir en voz muy baja y emocionada tu inesperada confidencia.
Y así me has tenido un instante, sentada en la terraza del bar conocido, a la hora acostumbrada, en un día que pensé sería igual a otros cientos cualquiera, mirando asombrada a mi amiga de siempre… tú, la seria, la formal, la prudente… Compréndeme, entiende mi desconcierto: ¡mi sensata y juiciosa amiga ama “apasionadamente” (así me lo has puntualizado) a un hombre! Al escucharte, me he conmovido por dentro por completo; tras la sorpresa, tras el estupor del primer momento, he sentido, te lo aseguro, la más honda de las emociones. Qué insignificante, qué vacía es la vida sin amor y qué afortunada eres tú, amiga mía, al sentir de nuevo así. Ahora que lo sé, me explico el brillo cálido de tus ojos, la causa de la sonrisa que días atrás te brotaba sin razón. Cómo embellece el amor a sus adeptos, cómo los trasforma y adorna. El amor es siempre bello y hace importante y bueno al detalle más pequeño.
Incluso acabo de descubrir en mí, nunca te lo agradeceré bastante, como me hace mejor la alegría que siento al saberte así; tu felicidad, compartir contigo tan hermoso sentimiento también me hace feliz. Tu emoción me emociona y me contagia, al escucharte se me arrebolan las mejillas como a ti y me palpita, también, más deprisa el corazón… “¡serán cosas de amigas!”, me dices riendo. Porque la verdadera amistad no conoce de envidias, ni la fortuna del amigo sincero hace nacer rivalidades.
Te imagino ahora pensando solamente en él y a mí también me gustaría poder morir un poco de deseo. Porque el amor, con ser tan tierno, es lo único que al final vence tormentas, lo único hermoso, lo que más importa.
Te deseo suerte, y te pido que te protejas de tan delicado y sublime sentimiento, que estés en guardia, que desconfíes, que de tanto conmover mueve cimientos y deja al aire, a flor de piel, lo más frágil del alma; pero tú vuelves a negar y me sonríes. Así que río yo también y alejo el miedo.
 Antes de levantarnos y dejar sobre la mesa, ya frío, ese poco de café que olvidamos terminar, te ofreceré mi complicidad y mi encubrimiento. Mi silencio y tu secreto no serán más que la misma cosa, amiga; Cosas… las definitivas, irremplazables y trascendentales cosas de amigas.





Albada 312


APUNTES
(7 de octubre de 2012)



El otoño arrecia y se lleva lejos las primeras hojas amarillas. También se marchan las risas de los niños que jugaron en mi calle, menos risueñas han vuelto al colegio de la mano de sus madres. Las golondrinas este año están tardando más en juntarse y emprender el viaje. Estos atardeceres se las ve aún haciendo piruetas, despachando con prisa los últimos insectos, viejos mosquitos locos, saltamontes de cara de caballo, evanescentes mariposas… pronto, todos, cáscaras huecas.
Si las aves azules no se dan prisa el bramido de los ciervos bajo la lluvia se les juntará con el viento repleto de las voces de los pinos y les hará más difícil la partida. Será entonces un remolino de alas atravesando el monte, muy abajo el agua fría de los ríos, más lejos todavía las piedras esquivas de sus lechos y apenas garabatos las desnudas ramas. Pero ahora aún alcanzo a adivinar sus largas colas puntiagudas columpiándose sobre los cables del tendido eléctrico. Gráciles, mientras el Poniente incendia poco a poco la metálica luz del otoño, parecen querer guardarse la imagen de nuestra tierra en calma que pronto cambiarán por la alta mar.
En la casa de invierno de la sabana africana sus retinas amontonarán recuerdos de pellas de barro bajo los soportales y de hierba seca trenzada al sol entre las vigas de madera de los viejos cobertizos. Cuando miles de kilómetros descansen bajo sus pequeñas alas habrán quedado ya muy atrás los carrizales helados de nuestras lagunas.
El sol de primavera y las flores blancas del ciruelo recibirán de vuelta a las golondrinas, más azules cada año de tanto beberse el cielo. Ellos y yo las esperaremos, siempre.
SIETE DE OCTUBRE DÍA MUNDIAL DE LAS AVES. Apunto en mi cuaderno: Primer propósito, levantar la vista un momento y saludar a un gorrión, ese vecino diminuto cuyos ojos, brillantes botones de charol, te ven pasar por la ciudad mientras el otoño se te cuela por el cuello de la chaqueta. Compartir con él la ternura de un amanecer sería otro feliz atrevimiento.  






Albada 311

(La doncella corintia, 1782-1784, JWright de Derby)


AUREA MEDIOCRITAS
 (1 de octubre de 2012)


Domingo de fiesta. Comida familiar. Júpiter trae a los desapacibles inviernos pero él mismo se los lleva. Si ahora te va mal, no será así también en el futuro; de vez en cuando provoca Apolo con su citara a la musa silenciosa y no siempre tiende su arco. El voluminoso tomo de literatura clásica da para mucho. Pasa páginas y se queda ahora con el viejo Plinio. Horacio es mucho Horacio para consolarse, aunque la hiedra verde y el oscuro mirto rodeen también a Lidia en el jardín de la casa de sus padres. Deja las Odas suspendidas en el recuerdo, suavemente, igual que deja pasear la mirada por encima del mantel. Nada sobre la mesa hace pensar en la reciente comida festiva, sólo hay una taza de café vacía –su taza- y un poco de azúcar volcado al lado; sin embargo aún huele el aire a ceniza de barbacoa y algo del humo se ha quedado prendido en su ropa y bajo las anchas hojas de la higuera.
Comienza a hacer frío pero ha decidido quedarse allí un rato más leyendo. Dentro de la casa la familia se ha organizado pronto: los más pequeños, pertrechados ante la pantalla, juegan a turnos con la videoconsola; los mayores disfrutan entre risas de una prometedora y larga partida de cartas, y el más mayor de todos, el abuelo que dice que nunca duerme la siesta, hace más de diez minutos que dormita placidamente en el sillón. Fuera el aire de la tarde es denso, henchido de humedad, pero la lluvia gusta últimamente de hacerse esperar. A Lidia, sin embargo, lo que le gusta es “el antes”, ese cielo que anuncia tormenta, las nubes avanzando lentamente y cubriéndolo todo de azul oscuro, el instante del rápido reflejo del primer relámpago, tan lejano que aún ni siquiera se atreve a restallar, el escalofrío repentino como una premonición. Aquel atardecer en Corintio no llueve tampoco, pero hace tanto frío que sólo el silencio habita las oscuras calles. Junto al hogar encendido la hija de Butades de Sición, el alfarero, contempla al soldado dormido. Mañana es la partida y se resiste a la idea de no volver a ver su rostro. Llamas rojas y doradas alumbran con intensidad su cara: la frente alta, noble, el mentón ligeramente cuadrado que habla de aquella férrea voluntad que le conducirá al despertar hasta lejanas tierras en guerra, el maxilar anguloso de las mejillas que tantas veces ha besado… También el resplandor le devuelve el contrapunto de una sombra. Un perfil sobre el púrpura donde las hermosas facciones parecen tener vida propia: en aquella temblorosa silueta impresa en la pared descubre el alma del amado que vela con ella el cuerpo del durmiente. Apenas se mueve por no despertarlo. Con sumo cuidado recorre la silueta de la sombra con un trozo de tizón y el milagro se produce: atrapado en la pared, prendido del reflejo aparece el querido rostro. Aguardará años a su lado la imposible vuelta del guerrero, venerando aquella imagen, la primera que nadie ha dibujado, acariciando con su propia sombra el rostro del soldado. Cuando la muerte visitó la cruel batalla y convirtió a los dos amantes en fantasmas, el afligido Butade recogió el perfil de su hija junto a la silueta de su enamorado: dos sombras que son una al fin.
Las primeras gotas son gruesas, fuertes. Se extienden sobre el papel del libro abierto por ondas como si tuvieran la consistencia de una piedra acuosa empapando la superficie del mar de celulosa. El viento ha pasado varias páginas y se ha vuelto a abrir por las Odas de Horacio. Lidia despierta tan súbitamente como antes se quedó dormida. Llueve y la lluvia es ahora dura, de solidez implacable contra el frágil. Cierra el libro caído en el regazo y corre al interior de la casa. Dentro hay risas y calor, y ella quizás ya ni recuerda la página que la llevó al sueño o siquiera que soñó. Al fin y al cabo las sombras son el principio del olvido y sólo existen en el filo del límite de un sueño o en las viejas historias de los libros. Empieza a diluviar en el jardín y la familia pronto se reunirá para merendar.

Albada 310

A MÍ
(23 de septiembre de 2012)


Es que nunca me pasaba nada. El cuaderno que compré hace una semana, sin embargo, ya está casi lleno, no le quedan apenas hojas blancas. A mí es que lo de escribir a mano siempre me ha gustado mucho, que para hacerlo en ordenadores ya lo he hecho en la oficina de ocho a tres todos los días durante muchos años.

Desde pequeña disfruto escribiendo; lo hago despacio, extasiándome en cada trazo, dejando el espacio justo entre palabra y palabra, entre frase y frase. Mi letra es menuda y redonda, nunca dejo una “o” sin cerrar ni una “i” sin su puntito, tampoco abuso de los adornos para las mayúsculas, me parecen una floritura innecesaria.

-¡Se te entiende todo muy bien! ¡Es la letra más clara de la clase! eso me dijo la profesora de Segundo. Pese a la protesta de algunas compañeras (¿envidiosas?) ya no hubo más que hablar, se decidió así y desde entonces fui yo la que cada mañana, antes de que el resto de niñas entraran en clase, copiaba en la pizarra la muestra de caligrafía de ese día. Era el honor mayor que cualquiera hubiera querido tener en la clase de Segundo, y… ¡era mío! Consciente de mi importancia me daba prisa para llegar la primera al colegio, además no quería cruzarme con otros alumnos ni con ningún otro profesor por los pasillos (siempre he sido muy vergonzosa). Ella, sin embargo, siempre estaba ya allí, trabajando en la mesa de su despacho; que yo recuerde no faltó ningún día aquel curso, ni yo tampoco, claro. Sonriente, cada día me alargaba una nueva frase para que la copiara en el encerado y me despedía con otra sonrisa, mientras yo apenas acertaba a responderle con un “gracias, profesora”.

Creo que con diferencia aquel fue el mejor año de mi vida. Nunca más me sucedió ser la elegida para nada. La verdad es que, como les digo, nunca me pasaba nada. La vida siempre ha sido para mí un espectáculo en el que no he tenido ningún protagonismo; la vida o la no-vida que he llevado me ha convertido en lo que soy: una simple espectadora, una observadora o, si prefieren ustedes llamarlo de otra manera, una fisgona.

Pero no se equivoquen al juzgarme que yo nunca me metí con nadie; siempre he sido una hormiguita, de casa al trabajo y del trabajo a casa. Después, eso sí, me encierro entre estas cuatro paredes de mi cuarto y “observo” mientras escribo. En él, en mi cuarto, jamás ha entrado nadie. En ella, en mi casa, solamente mis dos gatos y yo. Afortunadamente, las ventanas son grandes y los tabiques muy delgados; afortunadamente, también, los vecinos de hoy en día gritan mucho más que los de antes, parece que no les da vergüenza que todo el barrio se entere de lo agrio de sus disputas, de la locura de sus amores. Es una suerte, ya les digo, porque me entero de “todo” y es que a “todos” les suceden “cosas” menos a mí. Porque a mí pasarme, lo que se dice pasarme, nunca me ha pasado nada desde aquel curso de Segundo.

Por eso, ahora, no entiendo lo que pasa. No comprendo a qué vienen tantas fotos como me están haciendo. Tampoco que haya gente en mi habitación husmeando entre mis cosas. No sé por qué esos hombres de uniforme me están llamando pobre vieja ni por qué han sacado del armario mis cien cuadernos repletos de muestras de caligrafía infantil. Y lo que más siento de todo, perdonen mi sinceridad, es que me hayan puesto esta sábana cubriéndome la cara. Para una vez que vuelvo a ser protagonista y no me dejan verme… ¡a mí, qué nunca me pasaba nada!












Albada 309



VER LAS ESTRELLAS

(16 de septiembre de 2012)

Les aseguro que las vi, claro que aquella noche las vi, no una ni veinte, creo que fueron todas.

Aunque no podía meter en el cuerpo ni un gramo más de alcohol, ni tan siquiera un centímetro cúbico más de humo, acabé de un trago el whisky con el último cubito bailando hecho un esqueleto (el cubito, se entiende, no yo) y apuré en dos largas caladas el sospechoso cigarrillo compartido. Todo por no saber decir “no” a aquella desconocida rubita que no paraba de reírse y tirarme de la manga diciéndome de seguido: venventontoven. Y así de imbécil debí de ser, que sin pestañear la seguícomounidiotalaseguí. La seguí a ella y también a sus modernísimos amigos; tan interesantes, tan originales ellos empeñados en terminar la noche viendo las estrellas en la parte alta del pueblo. Y mientras ellos y ella seguían con su jijí-jajá, comencé a pensar, sin dejar de ir detrás de ellos tropezando por las empinadas cuestas, que menudo plan, como si nosotros, los del pueblo, no hubiéramos pasado más de una y diez noches al raso espiando los brillantes cuerpos celestes y también, todo hay que decirlo, a otros cuerpos mucho más terrenales pero no menos brillantes retozando a nuestro lado. ¡Para eso tanta modernidad y tanta risa!

Ya casi llegando al mirador, el aire de septiembre, frío y húmedo, hizo que la dueña de aquella dorada cabellera se apretara un poco más contra mí y empezara yo a ver aquel “plan” con mejores perspectivas, digamos que “como más claro” y eso que el cielo estaba bien oscuro. Tan oscuro era, tan sin luna, que ésta apenas se dibujaba como un jirón a la derecha.

“¡Oh, qué cielo más ideal para ver las estrellas!”, gritó uno de aquellos zangoretinos mientras yo abrazaba a mi rubia más fuerte.

No sé por qué, ni tampoco cómo pasó. Quizás es que cuando el deseo parece tan simple y tan sencillo, tan fácil que ya lo sientes en la punta de los dedos, la mente baja la guardia y se despista la atención; o quizás fuera simplemente que me las prometía tan felices, sentándome junto a la chica con ademán de cazador, que no reparé en la proximidad del barranco.

Mientras rodaba por la ladera (cuatro costillas rotas y fractura de cadera) apenas me dio tiempo de cerrar los ojos para ver toda la bóveda celeste entre la imagen fugaz de una cabellera rubia. Estrellas dentro de mi cabeza, miles de ellas vi, se lo aseguro.



Albada 308


MIL RAZONES DE SEPTIEMBRE
(9 de septiembre de 2012)


Septiembre y los trenes tienen mucho más en común que las es, y las tes, y las erres. Septiembre es la hora punta de las despedidas, el punto de partida de algunas lágrimas en el otoño del solitario, el sordo estertor de un coche al cerrarse. Septiembre es tan sutilmente provocador como la suavidad del musgo y el atardecer. En mi ciudad sabe a puestas de sol increíbles desde el Ovalo, a diluidas Fiestas del Jamón y a canciones de folklores olvidados. Tiene en sus afueras prendido el olor dulce de la vendimia de la uva y de la miel y por dentro huele a colonia de niño pequeño esperando con sus lapiceros nuevos y el baby de tergal a que abran la puerta de la escuela. Al septiembre voluntarioso se le pasa todo el rato en preparativos y propósitos mientras decide de una vez por todas cuándo echar a andar; a veces, da un golpe de timón y se transforma en maleta o mochila y ordenata y desaparece sin más, tan viajero, que cuando menos te lo esperas se ha ido y te ha dejado sólo la oscuridad del jersey para abrigarte por las noches. Un día, así, de repente y porque le da que sí, va y te pone el tiempo en contra y entonces el verano es ya sólo los jpgs que aún no has pasado, ni pasarás nunca, a papel de fotografía.

La universidad se llena de carteles que anuncian pisos compartidos mientras septiembre se emborracha con los coleccionables o se empapa de la moda otoño/invierno que abarrota los kioscos. Es cuando la tostada que no te tomas en casa porque te secuestran las prisas, la cambias por el saludo del camarero que te preparará el café a media mañana. Es la vuelta de tuerca que te conduce a lo cotidiano y el calor casero de lo predecible que cubre de hiedra el mármol en ruinas del recuerdo.

Septiembre de reencuentros, cuyo sol de San Miguel madurará el membrillo y hará crecer la noche hasta que le pueda al día. Mes de lluvia esperada de nubes violetas que se hunden en los sedientos barbechos y de granizadas intempestivas. Mes de perdices locas y humo de pólvora en el aire. Septiembre, mes de suspensos aprobados y matriculación en sueños de olmos dorados. Estrellas de septiembre brillando sobre las manzanas rojas de mi jardín.

Me gusta septiembre porque enciende de nuevo las luces de las casas y mueve saetas para que los amantes tengan aún más tiempo para amarse. Me gusta septiembre por la belleza triste y silenciosa de las últimas rosas y la llamada azul de Ofelia desde las piscinas tapizadas de otoño.

Y me gusta septiembre, ya no se me olvida, porque en septiembre es también tu cumpleaños.

Albada 307



INSIGNIFICANTE
(2 de septiembre de 2012)

Érase que se era… no sé por qué la historia de mi vida siempre debe comenzar así.
Si con una leve seña hubiera sido suficiente seguro que la habría hecho; habría llevado el dedo índice a la comisura izquierda de mi boca tras señalarle sus labios (evidentemente, con el debido disimulo requerido en estos casos). Habría hecho la señal, o incluso la hubiera repetido tres veces o hasta la saciedad, qué su destinataria bien creía yo que lo merecía; pero pronto me di cuenta de que era inútil: cualquier gesto, cualquier guiño o ademán de aviso que yo hubiera hecho nunca sería visto por Ella. Y es que Ella seguía y seguía hablando sin parar, nada existía para la Bella excepto su propia borrachera de voz que sin previo aviso, sorprendiéndome, la había abducido, la había arrancado de nuestra mesa para llevarla a no sé que extraño espacio, a un cuasi universo hecho tan sólo del aluvión de sus palabras.
Ya no era Ella; de pronto era un torrente, una inundación de locuacidad que me dejó tan perplejo como suspenso de sus labios. De sus labios doblemente además porque allí, precisamente a la izquierda de su hermosísima boca, sobre su dulce y deseada boca que no cesaba de abrirse y cerrarse discurseando sin orden ni concierto, también, suspenso y ahíto como yo, reposaba el maldito trozo de guisante.

Pegado al cálido borde, orillando el rojo escarlata turgente y codiciado por mi, que hasta hacía unos segundos sólo bebía de la sonrisa silenciosa que entre bocado y bocado me dedicaba la diosa, un pedazo de Pisum sativum, de la familia de las Leguminosas, y más concretamente miembro de la subfamilia de las Papilionoideas, en un imperdonable descuido de la bella mientras daba cuenta del suculento plato, se había apropiado con total plenitud de toda la hermosura de su cara.

De cómo y el porqué una minúscula migaja, apenas un átomo, un insignificante trocito de guisante es capaz de apoderarse y transformar así toda la esencia de un ser humano, de cómo una sola partícula es suficiente para hacer que mi bella no fuera tan bella, ni su sonrisa tan silenciosa, es un misterio al que no sabría responder.

Sólo cuento lo que sucedió y como sucedió lo cuento. Durante el resto de la cena mi atención sólo la acaparó aquel resto del vegetal. No fui capaz de mirar ni atender a nada que no fuera aquella insignificante mota verdosa en la cara de la Deseada

A la salida del Restaurante me confundí entre la gente y nunca más supe de Ella, tampoco supe si al llegar a casa el espejo le diría la causa de mi huida.

Dice el rey, mi señor padre, que a este paso no vamos a encontrar princesa que desposar ni futuros nietos que coronar.

Para calmar su enfado mi madre y augusta reina le ha hablado de su nuevo plan y no cesa de encargar plumas para colchones, montones de colchones, ¡Será por guisantes!, ha dicho.

Será lo que será, érase lo que se era…pero esa ya es otra historia.

Albada 306

Tomorrows (J.M. Ubé)

ETERNAMENTE
(26 de agosto de 2012)

 
Alguien como yo ha vivido ya muchos agostos. A mis años uno comienza a familiarizarse tanto con esa línea plana de la vida que le cuesta tener vocaciones futuras. Sin embargo sigo convencido de que la dicha es tener alguien a quien amar, y es lo que busco desde hace una eternidad.

Último domingo de agosto. Verano en esta ciudad pequeña. Casi fin de verano en la ciudad pequeña. Claro que está todavía el calor; el calor desdice la fecha del calendario. El calor es tan agobiante que me confunde, no me deja fácilmente imaginar que dentro de poco terminará la rutina de las vacaciones y comenzaré a echar de menos este no saber cuándo, dónde, cómo hasta que llega la noche y las calles se me hacen, al fin, atrayentes, incitantes.

Tomo cerveza helada y una tapa de jamón en la primera terraza de la plaza, justo la que está en una de las entradas de la plaza. Una plaza llena de sonidos de verano, en una ciudad pequeña plena de gente de paso (¿aves de paso?), con un paso, en todo caso, perezoso, ralentizado; tanto, que su ritmo hace juego con las miradas lentas de los que sentados en las terrazas beben, como yo, cervezas heladas.

La ciudad de invierno no parece la misma de la mañana de agosto. Cuesta reconocerla en este salón concurrido que es ahora su plaza mayor. Da la sensación de que fuera otra ciudad o que tal vez uno se ha perdido en una celebración en la que ni siquiera él mismo sabe si es invitado del novio o de la novia. Se saluda gente que hace un año justamente no se veía. Se saluda y se despide; último domingo de agosto, oigo decir de nuevo a alguien.

Elijo otra terraza y pido otra cerveza helada, rechazo el plato de aceitunas. Es medio día. Me gusta leer el periódico al medio día. Solo, sentado entre tanta gente, miro las hojas de deportes y echo un vistazo a las esquelas. Y bebo cerveza, y miro a la gente, y de nuevo el periódico y por fin termino mi cerveza, y...

Y la hora de comer calma la plaza y el ruido. Pago la cuenta, me marcho de allí. Hace tanto calor que decido quedarme en casa todo lo que queda de tarde: bajo persianas, cierro luces y echo llaves a las puertas… toda la casa en silencio, suspensa en el frescor de la oscuridad. Y duermo una siesta larguísima, a la espera de que me llame la luna que está creciendo Afortunadamente los días se van encogiendo y el atardecer llega cada vez más pronto. Tras las paredes comienzo a oír la noche; los dos, la noche y mi cuerpo, nos despabilamos juntos. Me siento renacer y no recuerdo nada de mi pasado, ni siquiera el sabor de la cerveza del último domingo de agosto.

Es lo que tiene haber vivido ya muchos agostos, que no importa uno más para los tipos como yo: un aprendiz de Drácula en verano, perdido en esta ciudad pequeña, buscando siempre, eternamente buscando, alguien a quien morder, alguien a quien amar.


Albada 305



MOMENTOS
(19de agosto de 2012)

El coche remonta lentamente la montaña. El camino es tan inestable que a veces parece que las ruedas se van a quedar atrapadas por el fondo de la carretera, hundidas, deglutidas en aquel símil de asfalto. El pequeño vehículo aminora entonces la marcha, casi se para por completo, y parece tomar fuerzas; entonces, cuando el motor apenas ha parado unos segundos, arranca de nuevo con brío renovado el camino de la cúspide. Del motor sale mucho más fuerte ese brooomm, broooommmm brooomm y un shissssss se encadena sucesivamente con otro cada vez que derrapa en la gran cantidad de cerradas curvas que sortea hasta llegar a la cumbre. Una vez allí la bajada es fácil: consiste simplemente en dejarlo caer por la pendiente, al albur del recorrido; más rápido en las mayores pendientes, un poco más lento cuando el nivel se va allanado… y finalmente, pararse del todo cuando llega la horizontalidad completa del suelo. Hay algunos coches que a veces tienen un encontronazo con algún pliegue y se detienen en la bajada (esos son los que pierden), o incluso hay otros que chocan con alguno de los parados que ya han hecho la carrera (esos también pierden). Gana el que consigue llegar más lejos, y aún quedan tres coches más para intentarlo.
Asciende ahora otro; es rojo, un Testarossa nuevecito que recorre voluntarioso las imaginadas curvas que bordean la subida. Suena despacio el brom-brom de su alegre motor. Esta vez ha separado las rodillas y ha formado dos montañas: ¡más difícil todavía, subir y bajar, subir y bajar! Cuando se desliza por la primera bajada el choque con la falda de la otra montaña (su pie izquierdo) es inevitable: ¡pumbaaa!... y el coche va a caer boca-arriba fuera de la cama.
Romm roomm!!… sigue imitando con los labios fruncidos el ruido de las ruedas todavía girando como locas… cuando va a bajarse de la cama a recoger el juguete, de pronto se queda quieto y en silencio. Le ha parecido oír pasos, quizás es mamá que se ha levantado para ver qué ruido es ese de su habitación. Se acurruca de nuevo y se tapa hasta la frente, cierra los ojos y espera haciéndose el dormido. Escucha mejor. No, nadie se oye por el pasillo, nadie ha ido a la cocina ni viene a la habitación de su hermano y suya. Todos en la casa siguen dormidos, salvo él, claro. Él sí que lleva un buen rato ya despierto y pasándoselo en grande con los coches en la cama, construyendo con sus piernas circuitos imaginarios sobre la sábana, asistiendo a fantásticas carreras que sus coches han hecho para él y que sólo él ha podido presenciar: ¡se siente el más feliz del mundo!
Al niño le gustan los domingos por la mañana porque puede jugar en la cama y estarse mucho tiempo inventando aventuras. Mientras todos, hasta Muffi el perro, duermen, él siente que a esas horas del amanecer la casa es otra y que vive con su familia en un tiempo y en un mundo en que todo lo bueno y lo mágico es posible.
Hoy, además de ser domingo, son vacaciones y en vacaciones todos los días se parecen un poco a los domingos. ¡Qué suerte tienen!
A su lado su hermano pequeño, que todavía acuestan en la cuna, ha vuelto también a dormirse. Antes, por un momento vio que tenía los ojos abiertos y levantaba los brazos. Pero no llegó a llorar: un rayo de sol muy nuevo, muy de domingo por la mañana se había colado por las rendijas de las persianas justo para posarse entre las barandillas de la cuna. Era un rayo de sol juguetón, de color amarillo claro que se escondía entre los barrotes mientras el pequeño jugaba a atraparlo con aquellos deditos gordezuelos de los bebés chicos. Para cuando el hilo de luz, flotando una y otra vez, consiguió alcanzar el techo de la pared de enfrente, el hermano agotado por el juego se había vuelto a dormir ya, y él había vuelto con su apasionante carrera de coches.
Pero ahora, él también se ha cansado y se frota los ojos con la manga del pijama. Vuelve a oír aquellos ruidos. Sabe que no son sus padres, ni siquiera Muffi porque el ruido viene de fuera: un viento furioso ha comenzado a azotar a los árboles del jardín y las gotas de la inesperada lluvia de verano golpean la persiana.
De repente toda la casa se le vuelve grande y en la habitación aquellos rayos de sol que han iluminado sus juegos y los del su hermano se han oscurecido.
A medida que avanza, el pasillo se le hace más largo y tiene que extender los dos brazos porque le parece que las paredes se inclinan amenazadoramente sobre él. Nadie se lo ha dicho, pero sabe que eso es el miedo.
Afortunadamente nada hay mejor en esta vida que abrirse un huequito en la cama grande y segura de los padres, y que te reciba ese abrazo tibio entre el sueño y la vigilia de papá y mamá.
Abrazo tierno, imborrable de la felicidad en uno de esos domingos de vacaciones, con la tormenta mirándote tras los cristales.

Albada 304



VIDAS SINCRONIZADAS
(12 de agosto de 2012) 

Las nadadoras llevan bonitos bañadores y tocados brillantes en las cabezas. Las nadadoras se mueven con movimientos rotundos, ejecutados con una precisión milimétrica, las dos a un tiempo, sin separarse nunca de ese eje de simetría imaginario que marca la armonía y la dificultad del movimiento. Se contorsionan a veces casi acalambradas, crispadas las manos, los dedos de los pies como pulsando un violín acuático invisible. Otras veces marcan con el arco de los brazos y el cuello formas redondeadas, pasos que son apenas el inicio, el esbozo de una figura que se engulle sin contemplaciones el agua de la piscina.

Las nadadoras llevan pintados los ojos con colores psicodélicos, y las bocas de rojo coralino indeleble. Cuando se sumergen se transforman a través de la superficie en manchas luminosas, fosfenos mágicos, que coronan las ondas a borbotones con imágenes surreales donde brazos y piernas ya no son tales sino elegantes filamentos de una sola cara sonriente y fija como el mascarón de un barco antiguo. Las nadadoras nunca cesan de moverse con movimientos hermosos e increíbles que nunca llevan a ninguna parte, siempre giran y giran en medio de su azul y límpido universo olímpico

Los sonidos de la escoba pasando una y otra vez sobre las baldosas restallan contra los setos de las tapias encaladas y se allanan en la superficie de la piscina. Se para a descansar. El televisor lleva encendido un buen rato. En la pantalla las dos nadadoras continúan en su ir y venir frenético al compás de la música mientras él enciende con parsimonia un cigarrillo y se queda quieto, fumando de pie, mirando aquellos dos seres magníficos que bien pudieran ser habitantes del Olimpo. Haciendo contrapunto a su inhalación de fumador empedernido se oye de pronto el siseo reiterado de los aspersores en la zona ajardinada. Es la señal, la hora de abandonar él también la piscina; hace mucho tiempo que todos los bañistas se han marchado ya. Su trabajo por hoy ha terminado.

Baja el toldo de la caseta del bar. Revisa los estantes con las patatas fritas, los cacahuetes, las cortezas… abre la nevera y cuenta por encima los refrescos que le quedan. Mira el reloj: las diez y quince. Cuando pujó para que en verano le adjudicaran la explotación de la piscina del pueblo, no se imaginaba lo largos que se le harían los días, incrustado durante horas en ese microcosmo aislado de muros altos, tripulante-jefe de una crisálida de fondo líquido en la que se refleja un cielo en medio de la nada. Su Olimpo particular no sabe de medallas ni de famas. Al apagar la televisión del local se oscurecen también las dos sirenas de la pantalla. El encargado de la piscina, tras terminar de apurar el último cigarro del día, pausadamente, casi con la seguridad con la que se dibuja una acuarela del paisaje tantas veces visitado, descorre el cerrojo de la puerta principal y se pierde en la oscuridad de la calle.