Albada 284

A PESAR DE TODO, BON VIVANT
(18 de marzo de 2012)



Pasear implica no alejarse demasiado, no es de ninguna manera un viaje, pero también requiere de espacio. Pasear conlleva movimiento, tal vez alguna mínima dosis de celeridad, pero también precisa un cierto acopio (más bien abundante) de tiempo. Ambas, espacio y tiempo, son condiciones propicias para que el artista del paseo (aquel flâneur parisino de Baudelaire) pueda respirar a la vez tranquilidad y gozo.
Junto a ese exquisito inhalar, además, está el percibir, el asimilar el paisaje del que se forma, aún sin proponérselo, parte. Al pasear se aprehende uno de sí, al mismo tiempo que se asimila en tu interior el entorno; uno se vincula a él, al paisaje que a menudo sólo es percibido como el fondo de un escenario más o menos difuso delante del cual transcurre nuestra vida cotidiana.
En el auténtico paseante, el hábitat deja de ser una simple instantánea para convertirse en el rico suceder de imágenes en las que le flâneur formará parte como protagonista activo del recorrido: al pasearlo, y ser ya ese mismo paisaje, lo descubre y se descubre, al mismo tiempo que su mirada curiosa y atenta nunca deja de explorar.
Consejos sobre como ser un artista del paseo los hay y ya vienen de lejos: El libro pionero que va sobre el descubrimiento de sus placeres lo escribió un tal Schelle, amigo de Kant, allá por el s. XVIII. Lejos de las pasivas visiones románticas propuestas por Rousseau para sus paseantes, nuestro filósofo alemán fue innovador y nos dedicó una serie de buenos consejos sobre la actitud que hay que observar si queremos que nuestro paseo sea la manera activa y consciente que evidencie la existencia de nuestro entorno. Entorno, que al fin y al cabo es esa otra realidad que forma parte del Todo, incluyendo en ese Absoluto a nosotros mismos. La experiencia estética y enriquecedora intelectualmente, la sensibilidad que desarrollemos a lo largo de nuestros andares, irán si lo hacemos así mucho más allá que un simple salir a dar una vuelta.
Hay miles de paseos para un solo y único recorrido, depende siempre de cada momento, de cada persona; de cada mirada, de cada sentimiento. Hay paseos en los que se siente la belleza de esas plazas recoletas donde aún se oye el agua de una fuente; los hay que gustan de horizontes abiertos y espacios infinitos, los que anotan desconchones y la desolación de la dejadez, los soleados, los lluviosos o los que gustan de caminar entre la multitud anónima… hay coleccionistas de paseos que como aquellos fervientes dadaistas persiguen los paseos de las taimadas esquinas, peligrosos pliegues donde habitan sus fantasmas.

La vieja, la hermosa costumbre de pasear es de las que siempre reconfortan y una de las pocas a la que todavía nadie ha conseguido gravar con impuestos y tributos.
Pasear por las calles de nuestras ciudades o de los hermosos alrededores, “tan a mano”, que las rodean, es barato y sólo nos trae cosas buenas. Reflexionar a la vez que se disfruta andando es una labor que no cotiza en Bolsa pero proporciona interesantes capitales activos: placer y salud a partes iguales, serenidad y plenitud, observar y gozar, meditar y sentir la libertad del espíritu correteando al albur de no importa qué senda.
A veces, si se hace en compañía, se convierte en un agradable camino compartido, pero entonces deja de ser ese vagabundeo solitario (un tú a tú consigo mismo) que deriva a menudo en insospechados hallazgos, en íntimos y gratificantes descubrimientos.
Atentos, curiosos siempre a lo que percibimos por nuestros sentidos y nuestra experiencia espiritual, pasear nos ayudará a conseguir una percepción más rica y precisa, estimular el sentido crítico y la capacidad de amar lo que tenemos cerca. Comienza esta semana la Primavera, estación que en nuestra tierra siempre se muestra tan esquiva y caprichosa como hermosa y breve. Quizás sea éste el momento (tan estupendo como otro cualquiera) de aprovechar y empezar a pasearnos Teruel sin prisas y con los sentidos abiertos; porque muchos de los lugares que tenemos ahí al lado, aún están esperando que los descubramos. Conocer y disfrutar de sus rincones, sus barrios, sus alrededores, los mismos que miramos a diario sin detenernos a verlos, desubicar la mirada y convertirla en sensible al pequeño detalle, al exotismo de lo familiar, tal vez nos permita ser (al menos por ese breve tiempo y con permiso de las crisis y reformas laborales) el bon vivant que todos, alguna vez, nos merecemos ser.


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