El Puente Minero




EXPLORADORES DE LA IMAGINACIÓN


Hay quienes dicen (muy serios ellos) que el responsable de todo es un gen; que ese impulso por descubrir, por ir hasta dónde termina el arco iris y más allá tiene su origen en el gen “travieso” DRD7, que nos descontrola la dopamina y de paso todo lo que se le cruza en su camino.

No sé si ese espíritu inquieto, esa capacidad de imaginar que nos conduce a aventurarnos para “vivir” y crearnos un mecanismo de aprendizaje incansable será sólo uno más de nuestros “accidentes” genéticos, lo que si sé es que ese impulso vital está ahí, en lo más profundo de nosotros, como un latido íntimo e inevitable, desde muy niños, mucho antes de lo que somos capaces de recordar.

Y también niños éramos cuando un día cualquiera (a esa edades no importan tanto el castañear de dientes o la sed) quedábamos en pandilla para acercarnos al Puente Minero.

Éste no era un puente minero cualquiera, era simple y llanamente para los de Teruel: el Puente Minero. Situado en la vía del antiguo ferrocarril minero de Ojos Negros- Sagunto, sobre el barranco de El Salobral o de Valdecebro, subiendo hacia la carretera que va a Corbalán, sus seis ojos aparecían imponentes en medio de aquel paisaje de desoladora y desnuda belleza prometiéndonos a medida que nos acercábamos el hallazgo de tesoros asombrosos. Y es que a veces ese horizonte de posibilidades infinitas que buscamos está a la vuelta de la esquina, en un pequeño universo muy cercano a tu propia ciudad por ejemplo.

Para la chiquillería de hace unos cuantos (bastantes) años las excursiones al Puente Minero eran auténticas expediciones cuya preparación dejaba siempre la impronta de ir a la aventura. El tesón, pese a la corta edad, nos acompañaba a todos porque aquel sitio nos resultaba tan mágico que sólo al mencionarlo nos prometíamos vivencias emocionantes. Entusiastas, emprendíamos la excursión dispuestos a aceptar lo que ocurriera, incluido, por supuesto, lo que solía suceder, que era no encontrar nada. Pero el esfuerzo de la caminata bien merecía la pena: aunque la mayoría de las veces los bolsillos volvían vacíos, el camino ya en si era un hallazgo constante, un cúmulo de apasionantes sensaciones… sentir el aire acariciándote las mejillas, los gritos y las risas de los amigos al máximo volumen… aunque no conocíamos a Kavafis y su entrañable debes rogar que el camino sea largo, con esa sabiduría innata que se tiene de niños intuíamos que si la felicidad es un instante aquellos eran parte de su momento más importante, de ese que también llaman libertad.

Caminar permite encontrarnos cara a cara con lo elemental, con lo telúrico, con lo auténtico porque cada espacio contiene en si mismo infinidad de revelaciones que nunca se nos van a agotar. Y allí estábamos nosotros, caminando caminos hacia el Puente Minero; con esa tendencia irrefrenable de la infancia hacia la Naturaleza, conquistando peñascos y cárcavas, bajando barrancos, sorteando ramblas, descubriendo insospechados riachuelos de agua, entretenidos contemplando el aspecto terrible de un despistado escarabajo que parecía lanzado desde otro planeta… subiendo colinas, correteando entre aliagas y tomillos… haciendo dianas en los jerseys con las espigas o echando la galima en algún almendro olvidado…

Antes habíamos cruzado por el Carrel, barrio lleno de sugerencias especialmente para los que éramos del Centro; algunos, incluso, con la peligrosa inconsciencia propia de la edad habían hecho equilibrios atravesando por encima del puente del Arquillo (algún santo protector debía estar siempre de guardia por allí, ¡afortunadamente!).

La arcilla roja daba paso poco a poco a las blancas calizas del paisaje agreste en el que era muy fácil reconocer las heridas en la tierra de las trincheras. Aquellas eran una de las muchas paradas “para buscar”; buscábamos restos de metralla, latas de comida oxidada que nos hablaban de lo cotidiano en medio del miedo y la muerte, restos de espoletas, trozos de hebillas de cinturón… todo era examinado minuciosamente, valorado y en algunos casos intercambiado si ya se “tenía”. La Batalla de Teruel que tan lejana nos parecía, surgía a nuestros ojos como lo que era: una realidad todavía presente en el tiempo y desde luego mucho más presente todavía en los mayores de lo que en nuestra ingenuidad éramos conscientes.

Las siguientes “paradas para buscar” estaban un poco más abajo; se trataba esta vez de encontrar pequeños fósiles. No teníamos mucha idea de qué eran aquellos restos pero al contemplarlos sobre la palma de la mano se nos desbordaba la imaginación. Hoy sabemos que no nos equivocábamos al considerarlos tesoros: sin darnos cuenta estábamos en medio de un yacimiento de micro y macro mamíferos del Turoliense inferior (publicaciones recientes de paleontólogos de la Fundación Dinópolis han llegado a identificar allí hasta tres especies de Hipparion)

Y como no hay dos sin tres aquel Puente Minero nos reservaba un extraordinario regalo más: entre los afloramientos del Triásico Superior, las abigarradas margas, los yesos fibrosos y espejuelos, de vez en cuando aparecían junto a algún Jacinto de Compostela las famosas Teruelitas (una variedad de dolomita, de cristales romboedricos de un negro brillante) que constituían una auténtica rareza (alguien ya en aquel tiempo las quiso bautizar como la “piedra del amor”).

Volver al anochecer, bajo el cielo tachonado de estrellas, y ver la ciudad iluminada como una esplendida pintura en la que adentrarse era el final feliz reservado para aquellos exploradores de la imaginación. Con o sin gen DRD7, lo que no había duda era de que habíamos disfrutado de otra más de las magníficas excursiones al Puente Minero.












2 comentarios:

  1. Me ha encantado este texto. Qué bien escribes!
    Pues nada, me calzo las botas y al Puente Minero.

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  2. Gracias Juan!
    No escribo bien, pero necesito escribir.
    Por si lees este mensaje antes de que pasen estas fiestas: ¡¡FELIZ AÑO 2015!!! y más y más felicidad para los muchos años que le seguirán. Gracias de nuevo

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