Una glorieta sonora






 

UN GLORIETA SONORA

(11 DE MAYO DE 2013)

Al amanecer no queda ya quien me recuerde tal como fui en el principio; pero pese a tantos cambios aún me reconozco en el color sepia: la explanada soleada, la sempiterna carretera plegando en el abrazo de su curva el Este festivo y marinero sobre el Norte silencioso, las siluetas de los paseantes como lunares flotando en esta pecera mágica llena de tiempo suspendido que es una foto antigua… nostalgia. Pero me la espanto pronto: y al mediodía vuelvo a mirarme hermosa en el espejo de otra fotografía: los últimos destellos del caprichoso Modernismo no me han olvidado y me han regalado un sutil templete de tejados ondulados y columnas de hierro… en su barandilla, forjadas amorosamente, las notas del himno que el maestro Bretón dedicó a Teruel. En la imagen, de nuevo, mis hijos me recorren cadenciosamente sorteando las farolas que emergen de sus bancos de mosaicos multicolores o se refugian bajo la sombra de las resistentes acacias; a su espalda la fachada del antiguo Convento de Santo Domingo alberga ahora el Gobierno Civil, la Delegación de Hacienda, el Banco Hispano Americano, la Jefatura de Obras Públicas... creo que definitivamente me he convertido en un espacio importante para la ciudad. Mi nombre resulta sonoro y prometedor: Glorieta. La Glorieta de Galán y Castillo, tan sonoro como los bailes que albergaba mi flamante pabellón junto a la carretera o el jolgorio que traía la brisa de la concurrida terraza del Hotel Aragón, en el vecino Paseo de la Infanta Isabel frente a la Escalinata. Recuerdo bien que era tiempo de tertulias, de conversaciones apasionadas sobre revueltas políticas, viajes tentadores, inventos asombrosos… Teruel bullía “a la hora del vermut” y familias enteras aprovechaban cualquier hora de asueto para salir a la calle y disfrutar de la risueña primavera.

La tarde nos sorprendió a todos con la feroz contienda fraticida. La batería de cañones desde la “Casa del Barco” apuntó directamente hacia mí y acertar no fue difícil, apenas nada quedó de lo que antaño había sido. Quizás esa farola rota del medio. De aquellos días aciagos sí que permanecen todavía miradas que lo vieron todo, manos que se estremecieron y que ahora, apoyadas en un bastón, me siguen recorriendo.

Del amasijo de escombros y ruinas el Servicio Nacional de Regiones Devastadas hizo tabla rasa y trazó con tiralíneas mis nuevos jardines. Me volvió a dar un templete, menos airoso eso si aunque solemne y contundente, con sus diez arcos de medio punto y debajo el bar Nido, donde los paseantes compraban gaseosas y se sentaban en su terraza a tomar aperitivos los domingos por la mañana. La vida, poco a poco, me a abrió paso y la verdura de árboles y parterres me convirtieron en la prometedora selva de los chiquillos: la tierra polvorienta de mi suelo fue el paraíso de las combas y del “churro va”. Las rodillas con mercromina me recorrían veloces jugando al “tú la posas” mientras en las esquinas se oían incansables los tute, retute y guá… Me cambiaron el nombre: por suerte no tenía aún su “estatua” y todavía podía ofrecer conciertos y bailes a los turolenses. Fue a principios de los setenta cuando llegó el busto del “Generalisimo” y más estatuas bordeando una absurda fuente de luces… y un suelo de piedra blanca con extraños rombos rojos que nadie entendió… y me quitaron el templete y la música… y la vista infinita a la Muela del Pinar tapada por un anodino edificio... sólo me quedó esconderme en las coquetas pérgolas de ladrillitos rojos que se emboscaban bajo las enredaderas que se olvidaron quitar.

Anochece y de nuevo estoy aquí, en mi tercera y espero que no definitiva “reforma”. Después de tantos y tan movidos años me consuelo pensando que este color gris, que este vacío que me cubre ahora serán sólo pasajeras, que volveré a estar más guapa, que mis hijos turolenses se enamorarán de nuevo bajo la sombra de las acacias, que la música y la dulce compañía me recorrerán otra vez de uno a otro lado.

Me consuelo al pensar en otros muchos lugares emblemáticos de Teruel que también saben de desafortunadas mudanzas. Me digo que es normal; que no debo asustarme; que al fin y al cabo distintas sensibilidades dan un resultado muy diferente dependiendo de la época y los intereses. Me digo eso y muchas cosas más, mientras espero que me crezcan las rosas y que alguien me plante un árbol, o dos o tres… mientras aguardo que me pinten una sonrisa y un arco iris…








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