Albada 177



BEAGLE
7 de febrero de 2010


Me dice que ahora mismo le gustaría pensar que aún se venden billetes para aquel velero bergantín, levar anclas y acompañar a Darwin dando la vuelta a un mundo todavía sin descubrir. Me cuenta que algunas veces, aunque sólo fuera por probar, no le importaría pasar un frío de espanto mientras atraviesa la misteriosa y hermosa Antártida sobre el trineo helado de Shackleton… o, por qué no, salir en busca del Dorado, montar en la galera veneciana con Marco Polo rumbo al Lejano Oriente…o que incluso se conformaría con algo más cercano, más a mano –dice- como recorrer agarrado de la capa de Superman los cielos de Nueva York, jugando al corre que te pillo con los rascacielos de Manhattan, el caso es salir de aquí. Y es que -me repite ya riendo- le ha dado de repente por tener que irse, por necesitar darse, urgente e inaplazablemente, un garbeo fuera.
Debe ser que se te despierta en las venas ese instinto de pitecantropus errante que aún llevamos dentro, o que al final vas a resultar un nómada como aquel de la canción del Battiato… le contesto yo también riendo,
Pero no tarda en sacarme del error mi amigo. Porque lo que a aquel Ulises moderno le estaba ocurriendo no era un complejo cualquiera por abandonar su Ítaca particular con billete de vuelta en el bolsillo, ni tampoco se trataba de un repentino amor por las emociones fuertes. Desde luego no le podían las ansias de aventura, ni huía del aplastamiento que produce en muchos espíritus inquietos lo cotidiano. Lo que le ocurría, simple y llanamente, era que estaba aturdido, asombrado, y en algún momento me confesó que hasta un poquito espantado amaneciendo día a día en nuestro querido país. Y en todo caso es comprensible, porque también esa retahíla de emociones nos han pasado por encima un poco o un mucho a todos los españoles esta semana: despertarse del sueño y volver a tener que hacernos a la idea de que somos un país que marcha por detrás del resto de los países de Europa, aguantar el chaparrón de las afirmaciones del gurú Roubini llamándonos “amenaza para la zona euro” o el triste panorama que nos ha descrito el Nobel Krugman (otrora mucho más benevolente con España) achanta y fastidia a cualquiera. Es más que difícil llevar con garbo y con gracia que nos digan eso de que hemos colapsado, de que en la Bolsa la consigna es vender España…¡ahora que habíamos empezado a sentirnos uno más de los de arriba, y que el orgullo español no sólo lo llevábamos prendido en la camiseta de la selección de futbol!
Normal, pues, que este amigo mío, aunque siempre ha sido algo exagerado y muy peliculero, diga lo que diga; normal que todos nos palpemos la ropa, miremos hacia otro lado y no sepamos donde agarrarnos... Comprensible, pues, hasta que alguno se invente sueños de expediciones en barcos imposibles: a nadie se le escapa que requerirá de mucho esfuerzo, sacrificio y mucha imaginación sacar a nuestro país a flote; y que, siguiendo con el símil del barco, necesitaremos de una muy buena brújula, un capitán de pulso firme y una tripulación unida. La cuestión de cómo navegaremos, de que nos dejaremos en el camino o si el puerto será seguro no tendrá más remedio que vivirla mi amigo junto con todos nosotros, porque no hay Beagle que valga para escaparnos (hace tiempo que sólo es recuerdo)

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