ALBADAS 135-153




CUMBRES


Acuerdo en la cumbre. Consenso franco-alemán y anglo-americano. Los del G-20 en Londres dicen haber encontrado la solución y todos contenemos la respiración. Mientras vemos la reacción de la Bolsa, y leemos la prensa salmón intentando sacar nuestras propias conclusiones, cruzamos los dedos. Nos piden confianza en esta reforma del sistema financiero y nos anuncian el fin de los paraísos fiscales, nos hablan de un billón de dólares (bailan sin acabar de encajar del todo tantos ceros en nuestra cabeza), aseguran con frases y compromisos rotundos el apoyo a las economías emergentes… Da un poco de vértigo pensar que en dos días estos políticos que han encontrado “la fórmula de la recuperación” y se han puesto además de acuerdo para llevarla a cabo conjuntamente; son los mismos que la semana anterior, que el mes pasado, que el septiembre del dos mil ocho, navegaban con la brújula averiada cada uno por un lado… comprenderán nuestra sorpresa, al menos. Si ya está, si éste era el camino y el final del túnel era tan claro, tendremos que pellizcarnos para asegurarnos que no es un sueño, que han aprendido la lección y no van a volver ni crisis ni nada que se le parezca. Tomemos pues aire y esperemos los acontecimientos que confirmen que esta “sobreactuación” de los miembros del G-20, hablando de un antes y un después definitivo, de un paso histórico, responde a la realidad. Mientras tanto y para que la espera no se haga larga, no nos faltarán en papel couché las imágenes de la otra “cumbre”, la de las sonrisas maquilladas de las “primeras damas” (los “damos” no, los maridos de la canciller alemana y la presidenta argentina al parecer se excusaron). Triunfo del glamour tomando el té en el Buckingham Palace o cenando en el número 10 de Downing Street luciendo vestidos y complementos para los fotógrafos (no en balde se la ha llamado también “la cumbre de los bolsos”). Me alegro mucho de que Sonsoles Espinosa, discreta e inteligente esposa de nuestro presidente, haya declinado la invitación de participar en estas reuniones paralelas y sin duda frívolas. Además de denigrantes para la mujer como acompañante-florero, el despilfarro en medidas de seguridad y lujo poco tenía que ver con el objetivo del encuentro y cuando menos ruboriza tal derroche de semejante exhibición. A los cazadores de la prensa rosa les fallaron también la esposa de Sarkozy, Carla Bruni y la esposa de Berlusconi, Veronica Lario, aunque Michelle Obama colmó con creces sus objetivos. A la cita tampoco acudieron las siete esposas del rey de Arabia Saudí, Abdullah Bin-Abd-al- Aziz Al Saud es lo que tiene lo de de la poligamia: ¡que se lleva tan mal con el protocolo!





TORRIJAS





Decir torrijas me retrae a la niñez; a recuerdos de mañanas de fiesta al lado de mi madre ayudándole a embeber las rebanadas de pan en leche tibia y dulce, o a espolvorearlas después en la olorosa canela. Pensar torrijas me trae de nuevo al corazón el calor de la risa de mis hijos muy pequeños, bocas alegres y baberos de colores al cuello, preparados para abalanzarse sobre la fuente. Escribir torrijas me hace imaginar futuros nietos abrazándome con sus deditos pegajosos de almíbar. Afortunadamente aún todos tenemos recuerdos así, sueños así y es que al parecer es este un dulce que nos pone tiernos, un poco melosos y hasta cursis si quieren, y mientras nos entretenemos en comer el goloso alimento sin mancharnos demasiado, a cualquiera se le escapa alguna evocación entrañable. Por eso este domingo de resurrección paso de hablar de cambios de gobierno, citas de sabios o cifras macroeconómicas mareantes, y me permito complacerme desgranando frases sobre las cosas pequeñas y comunes, cosas corrientes como pueden serlo unas torrijas de cuaresma. Su existencia, la compañía de esas minucias, que a veces nos parecen naderías (nadie pondría en su listado de proezas el haber hecho unas torrijas) forman parte del mismo rito, de la misma liturgia de lo cotidiano. Gestos ordinarios, instantes corrientes, momentos comunes son al final lo más hermoso de la vida, y no descubrimos su fragilidad hasta perderlos. Por que lo habitual, lo diario, a fuerza de repetirse y de saberse sin necesidad de esperarlo, terminan por no valorarse hasta que se convierte de realidad en recuerdo. Como el marco del cuadro o la esfera del reloj, esas pequeñas cosas sustentan nuestras idas y venidas del trabajo a casa, del viaje lejano a la cama conocida, de alba a alba, de insomnio a insomnio. La placidez de lo común dota de oquedad a la conciencia y la vida se nos va así, haciendo menos ruido, en un tímido lamento acaso sólo en algún sueño. Estos días de fiesta le he vuelto a ver por casualidad: tan parlanchín, optimista y vital como siempre, el cocinero vasco contaba un chiste a su incondicional público mientras cortaba con el mismo garbo la cebolla. Como un Sancho Panza revestido de gracia y de razones antiguas, decía el de la tele que sonriéramos un poco más y que estos días de Semana Santa no debería haber casa sin postre de canela y caramelo. Pocos terapeutas dan cada día del año más ánimos que este filosofo avispado de lo cotidiano, así que le hago caso, mojo pan en leche y bato huevos. Mientras chisporrotea el aceite en la sartén recuerdo pasajes de La eternidad de lo efímero y pienso que a Borges también le hubiera hecho gracia el chascarrillo de Arguiñano. Quizás no estaría mal que de vez en cuando el mundo fuera tierno, dulce y con forma de rebanada de pan como las torrijas de mi madre. Fuerza para mi querida Italia.



PACHAMAMA



Ayer se celebró en Zaragoza una manifestación estatal con el lema: Por una alimentación y agricultura libres de transgénicos. Culminaba así una serie de actos realizados en este mes por toda España en contra de su uso y a favor de una autonomía en la alimentación garantizada. El tema es preocupante y coincide además con la polémica surgida estos días ante la negativa de Alemania de seguir utilizando las semillas MON 810, el maíz transgénico comercializado por la multinacional americana Monsanto, amparándose en la cláusula de la Directiva comunitaria que permite la suspensión temporal del cultivo de productos modificados genéticamente por parte de cualquier estado miembro si en cualquier momento tuviera dudas sobre su seguridad. La lucha comercial y de intereses económicos se ha abierto y la gran empresa estadounidense amenaza con iniciar acciones legales si el agricultor alemán no utiliza sus semillas transgénicas. Intento siempre que puedo no tomar una posición hasta que me documento bien o al menos contrasto opiniones en uno u otro aspecto. Pues bien, cuando coloco en dos columnas los pros y los contras sobre este asunto lo tengo muy claro: NO a los OMG. La incertidumbre sobre las consecuencias inocuas de este tipo de experimentos es tan alta que sólo hay que decir que mientras los laboratorios que certifican su inocuidad son los mismos que financian las grandes multinacionales que los producen y comercializan, gran número de científicos ha puesto en cuestión su inocencia y señalado los graves peligros que supone su uso para la salud y la biodiversidad. Me irrita además que nos manipulen diciendo que son la solución al hambre por permitir producir alimentos en gran número y a costes reducidos, cuando lo único que hacen es abrir más la brecha que separa a pobres y ricos, dejando en manos de las multinacionales la decisión de lo que cultivamos y comemos, sometiéndonos a la dictadura de los intereses de unos pocos, que son los que poseen las semillas y se enriquecen con ingresos extraordinarios. Lamentablemente España es el país que más maíz transgénico produce en Europa (80.000 Ha.) y concretamente Aragón el mayor productor de toda la UE. Urge que reconsideremos y corrijamos. Si tenemos en cuenta el cambio del gobierno español en el pasado mes de marzo votando en contra de la Comisión Europea que pretendía forzar a este cultivo a todos los países, esperemos que ahora a esta acertada decisión le siga la prohibición de su producción en nuestro país. De momento también en las Cortes de Aragón se ha admitido una proposición no de Ley de IU sobre el tema. Hay mucho trabajo aún por hacer y mucho camino por andar, por ello son necesarias manifestaciones como las de ayer. Todas las acciones que ayuden a concienciarnos y a preservar la biodiversidad, la salud y la libertad son más que bienvenidas.







SPIDERMAN

Y un día en que llovía mucho, tanto que los cristales parecían ríos trenzados en las fachadas de las casas, decidió imaginarse como sería el mejor de los mundos. Sólo por no aburrirse lo hizo; sólo por eso, que no le influyeron nada, el desamor y el desengaño; que ni siquiera le afectó el desaire y las traiciones de aquellos que le llamaron un día compañero. Me dio su palabra de que empezó a pensarlo sólo por fantasear y hacer el paso del tiempo más llevadero. Sólo por eso. Y así, una de esas tardes cualesquiera de cualquier interminable domingo por la tarde, me contó que se convirtió en un demiurgo caprichoso construyendo el universo. Pensó en alejar de sus criaturas la mirada herida del desprecio y la transparencia de la muerte. Les dotó del olvido del olvido y les ahuyentó los umbrales tendidos al vacío, esos dónde nunca entra el sol, ni el crudo invierno. Llenó los pueblos de poetas-músicos, matemáticos-poetas, astronautas-poetas, filósofos-poetas, sabios-poetas y colocó dos lunas poetisas más; y después, descansó. Recostado en el sillón y satisfecho se dijo que en el mejor de los mundos, en el suyo, no habría jóvenes airados porque todos llegarían a las puertas del cielo sin necesidad de auparse sobre otros ni apostar todo a doble o nada. Además, estaría el olor, aquel perfume envolviendo todo… acercó la nariz a los vidrios empapados de la ventana, la abrió para dejar que le invadiera los pulmones, y decidió que el mejor de los mundos olería a lluvia de mes de abril de una tarde de domingo, cualquier domingo le valdría. Pero casi anochece ya. Y ahí afuera en su jardín del adosado sólo hay humedad y bichos, muchos bichos. Se adivinan los millones de hormigas azules, que murmuran cruzando sus antenas y a oscuras excavan túneles largos, interminables y retorcidos. El silencio es un vacío porque los grillos están mudos todavía. Dejan hileras plateadas, que serpentean brillantes bajo el astro menguante, los caracoles. Una araña transparente, casi liquida como una gota de agua, busca refugio junto a sus zapatillas, justo, justo al borde del infierno. Cuando yo llego aún delira y tiene escalofríos. Me cuenta que sólo le faltaba por inventar el color del cielo cuando sintió la picadura, fuerte y abrasadora, como una centella explotándole en medio de la frente. Aun en el mejor de los sueños, súbitamente, ocurren estas cosas le digo, y cierro la ventana donde la lluvia repicará hasta bien entrado el amanecer, para perderse después, al alba, en la lejanía.








IRIS NARANJA



video


Tal vez las cosas son siempre las mismas y lo que las hace diferentes son las miradas; o quizás son las cosas las que hacen distintas a la miradas… ¡Vaya trabalenguas que me apliqué la semana pasada, justamente el domingo por la tarde, mientras asistía en la plaza del Torico al homenaje a nuestros campeones de voleibol CAI TERUEL!... Lo cierto es que en la desbordante alegría de los turolenses rodeando al equipo ganador había mucho más que la celebración de una victoria o de un triunfo: todos –y qué conscientes estaban de ello especialmente los generosos jugadores– sabíamos que estábamos viviendo un instante mágico en ese júbilo compartido. Acertó plenamente elSabe al titular a su rap Orgullo naranja, porque precisamente era eso lo que vibraba bajo los porches de la plaza y replicaba desde los serpenteantes leds hacia el cielo todavía claro: el orgullo, la honra de ser turolenses y de que las cosas “alguna vez” nos habían ido muy, pero que muy bien. Hoy, transcurrida una semana ya del acontecimiento, quisiera volver a revivir aquí precisamente aquella tarde estupenda que ha quedado en nuestra memoria individual y colectiva por lo que tuvo para todos de gratificante y alentadora. Aunque me consta que después ha habido más homenajes, y han sido también muchos los que se han acercado a posar junto al CAI Voleibol Teruel (ya dicen que “ir en auxilio del vencedor” tira mucho, y en las fotos junto al ganador siempre parece que su aureola ampara, favorecedora, a cualquiera que se le arrime…), Teruel, el domingo pasado fue distinto y también nuestras miradas diferentes. Porque de la trinchera, un poco deslumbrados por la falta de costumbre a la evidencia del triunfo conseguido, los turolenses allí concentrados sonreímos y cantamos desinhibidos aun sin ser julio vaquillero; allí, junto al querido Torico, en este territorio duro y de gentes habituadas al olvido, el aire fue más vivo el primer domingo de mayo y la euforia nos empapó con la marea a grandes y chicos. Nosotros, los turolenses, a menudo al margen de formar parte de algo y compelidos casi siempre por el albur de la nada, esa tarde pudimos sentirnos parte de un sueño cumplido. Gracias al CAI Voleibol Teruel, jugadores, técnicos y directiva, por darnos esperanza de reflejos ambarinos. Esta vez mi adivinanza del principio tiene fácil respuesta: fueron “las cosas” las que hicieron diferente nuestra mirada. Las cosas bien hechas, las conseguidas con esfuerzo, con ilusión... y sobre todo con profesionalidad y responsabilidad. He aquí un ejemplo para todos (los que salen en la foto y los que nunca lo harán) , así que lo dicho: ¡Gracias por esa inolvidable tarde de iris naranja!




TURNOS





Aquel hombre pequeño vivía bajo una tomatera y su mundo era circular. Era el suyo un universo redondo y definitivo, como el de esos paisajes de casas de colorines, siempre a punto de nevar, de las bolas de cristal que tienen todas las niñas con trenzas. Era tan compacto y tan rotundo como esas esferas de vidrio, místicas y clarividentes, que suelen guardan las tías solteronas en las vitrinas más altas y cerradas. Claro que él no lo sabía. Él desconocía por completo que más allá de aquella selva, a su derecha y a su izquierda, había más macetas y más matas de tomates, incluso una con pimientos y otra en la que se adivinaban ya tiernas vainas verdes; ignoraba la existencia de las vecinas sillas y de la mesa de madera clara barnizada –mobiliario de exterior decía la etiqueta– a juego con las dos hamacas blancas. Sin saberlo, el hombrecillo vivía sobre tierra suspendida en el abismo de un noveno piso, en un planeta de barro gravitando sin eje en la terraza del ático propiedad de un urbanita-ecologista. Desconocía que era o que más bien no era. Si hubiera siquiera imaginado el hilo de debilidad que sustentaba su mundo, hubiera comprendido que sólo era nada, o lo que es lo mismo: que era la parte más interior de la oscuridad. A aquel hombre pequeño, tan pequeño que nadie lo sabía, ni sabría, a aquel pequeñajo que vivía bajo la tomatera de un tiesto flotando, cuyo propietario, ecologista convencido y practicante, regaba con esmero cada atardecer, le entraron un día sueños de viajar. Quisiera conocer mundo y emprender caminos, se dijo mientras contemplaba las nubes errantes sobre su cabeza. A menudo también, pasando intermitentes a través del tupido bosque verde de hojas de tomate, había visto a lo lejos aviones diminutos, casi tanto como él. Cuando se decidió a saltar tras encaramarse al ángulo de uno de los tallos más altos, descubrió que había estado viviendo en la ilusión redonda de un desconocido y mientras crecían sus brazos y cabeza y se agigantaban manos y nariz, le pareció que el alma de la ciudad al fin era suya. Mi querido urbanita-ecologista, le ruego que cuando despierte no se asuste: pronto descubrirá que es más que encantadora la vida bajo una tomatera y que por último, y pese a las apariencias de los sueños, nada es definitivo. Posdata: hasta su próximo turno yo le prometo cada atardecer regar sin falta y con esmero su maceta… leyó en la diminuta postal el nuevo inquilino del tiesto.






PASOS SOBRE GRIS

He paseado estos días, al atardecer, por la vieja carretera de Cuenca. Es un camino tranquilo, placentero, donde resuenan los pasos, y que para mí, como para muchos turolenses, está lleno de recuerdos infantiles. Muchos de nosotros, cuando los días de aquellos otros mayos calurosos ya alargaban, a la salida del instituto nos acercábamos a la vecina Fuente de la Salud para cazar cucharetas y hacer barcos con los juncos –la llamábamos así, en singular, aunque sabíamos que había varios manantiales más entre las horadadas paredes blancas de las calizas–. Después nos gustaba acercarnos a la otra, a la Fuente del Chorrillo, y pasear por aquella carretera tan cercana, tan inmediata, pero que a la vez tenía para nosotros el halo de lo desconocido y la emoción de la aventura... como esas antiguas carreteras que atravesaban los pueblos y seguían y seguían hasta que la vista los perdía, infinitas para nuestros ojos de niños, pero que nuestra ingenuidad ya presentía como atajos para asomarse al borde del horizonte, prometedores de ciudades encantadas con futuro aún sin estrenar (Donde muere la carretera / qué pocos quedan / donde muere la carretera, / alguien me espera… En aquel entonces la letra de la canción de Petisme hubiera sido una premonición certera y dolorosa). Hoy en día la antigua carretera de Cuenca conserva todavía parte de aquel encanto misterioso de su acequia en alto (recuerdo las leyendas que mi abuela contaba de aquel canal medio escondido entre la maleza y que hacían temblar de miedo a los más chicos cumpliendo con su papel –¡qué sabias sin saberlo las abuelas!– de atemorizar a la chiquillería para no acercarnos al “peligro”). Aunque menos, sigue siendo hoy la carretera de frondosa y refrescante sombra de antaño: le quedan todavía algunos de sus grandes chopos, ahora con la corteza muy arrugada, apenas casi hilvanada al tronco; también sobreviven las golosas zarzamoras, los enigmáticos y mágicos saúcos que perfuman suavemente el aire, las acacias, blancas estos días por la abundante cosecha de flores, castaños de indias, nogales… y cómo no, reposando apacible la impresionante sequoya. Hoy apenas pasan coches, y cuando lo hacen parecen como despistados y van a paso de coche antiguo, a juego con los edificios modernistas que aún bordean las lindes del asfalto. Y, sobre todo, están todavía los huertos, verdaderos oasis entre la cicatriz azul de la carretera, con sus caballones rectos como acariciados por el peine de un ser mágico y gigante, la delicadeza de la verdura surgiendo obediente, el laberinto organizado de las tajaderas y canalillos… Pero se me acaba el espacio sin poder hablar de ellos, del ruiseñor, la curruca, el jilguero, el mirlo, el verdecillo… o del canto de los grillos que me despiden cuando ya me alejo.




SACADO DEL OLVIDO



Narran estas albadas los pequeños laberintos de la vida cotidiana, a la vez que exponen una forma de mirar, en donde cabe todo, pero especialmente cabe la vida diaria de Teruel, porque Teruel es el protagonista de estas páginas. Yo misma, autora de aquel librito Albadas que tan amablemente prologaba así el poeta Manuel Vilas, me sorprendí al leerlo, pero era cierto que al poner todos juntos, uno tras otro los recortes de los domingos, semana tras semana, me salía algo parecido al diario de un año turolense, una especie de intrahistoria de la cotidianeidad que recuperaba sensaciones y vivencias, enfados, rabietas y también alegrías e ilusiones en, de y por esta ciudad. Volverlas a leer era como sacarlas del olvido, revivir y recuperar del pasado de primaveras a inviernos. Escribir puede que sea lo más parecido a poner tiritas y yodo a lo efímera que es la vida. Todos al encontrarnos con esa olvidada carta de juventud, la vieja redacción del colegio, o con aquellos folios de la carpeta de cartón azul descolorido, al identificarnos de esa manera con nuestro yo de hace un tiempo, nos hemos visto como reflejados desde dentro de un espejo, el espejo de lo escrito. Aquellos periódicos, las páginas amarillas forrando el estante más alto de la librería de vuelta a nuestras manos, nos traen siempre un poco de melancolía, un tanto de asombro, y alguna que otra vez una rabieta… pero siempre están llenos de la complicidad que da el saber que aquellas letras han formado parte de nosotros en algún momento del pasado. Precisamente también de domingo a domingo, sale en el Diario de Teruel la curiosa sección La Máquina del Tiempo coordinada por Mariano J. Esteban. Se desgrana allí cada semana parte de nuestra historia más reciente. Recuperar aquellas viejas noticias nos hace reconocernos o rechazarnos en ese otro Teruel que fuimos… ¿tanto ha cambiado esta tierra o tan poco hemos avanzado? La respuesta cada domingo cuando las lean. Antes de terminar me gustaría recomendar aquí una Web que quizás conozcan. Se trata la página del Ministerio de Cultura en la que progresivamente se va colgando perfectamente escaneada toda la prensa histórica española. Por lo que respecta a Teruel se pueden ya leer más de 33 títulos de periódicos de finales del siglo XIX y principios del XX. Es un verdadero lujo acceder en la pantallita de tu ordenador, cómodamente desde casa, a todo este tesoro bibliográfico con sólo poner en búsqueda la palabra mágica TERUEL. La dirección:
http://prensahistorica.mcu.es/es/consulta/busqueda.cmd




DESDE PARÍS



Se sabe que el inefable Dupin, C. Auguste Dupin, llegó a Teruel en la primavera de 18.. Si bien es cierto que las últimas cifras del año aparecen borrosas en todos los documentos que hemos examinado, es de suponer que su visita acaeciera entre 1842 y 1844, ya que en otras fuentes turolenses varios testigos afirman que el Chevalier les había hablado del espeluznante caso de la calle Morgue y del muy misterioso de Marie Rogêt, pero en ningún momento dio noticia del interesante suceso de la carta robada –acaecido éste en 1845– a pesar de su clara relación con el asunto que sin proponérselo ocupó el tiempo del investigador francés durante su estancia en la pequeña ciudad española, también consecuencia de una misiva anónima. Aún de incógnito, la presencia de tan extraordinario sujeto en aquella lejana provincia no debió pasar desapercibida a las autoridades e influyentes de la localidad, ya que se conocen recibos de cenas y agasajos diversos en su honor. Se sabe también por cartas propias y de familiares de Don JoSoto, que éste, a la sazón uno de los pocos que dominaban con soltura la lengua de nuestra amada Francia, tuvo arduo trabajo como traductor durante al menos dos semanas. Suerte que Dupin, caballero de extraordinaria inteligencia, pronto comenzó a balbucear algunas palabras en español y de ahí a poderse dar a entender en la lengua del generoso pueblo español fue apenas cuestión de días. Designio divino debe ser el de estos hombres que siempre han de menester resolver intrigas y desenredar las maldades humanas allá donde se encuentren, pues así sucedió en la muy noble Teruel. Aún siendo su consideración sólo de pasajero en esas tierras, consta que se aplicó con esmero en el triste suceso que aquellos días agobiaba a uno de los más preclaros vecinos turolenses: Don Víctor Pruneda. Acusado y condenado al destierro por una carta calumniadora, enseguida vio Dupin fallos consistentes en la sentencia y se avino a probar la honradez del republicano. Lamentablemente tuvo que abandonar de improviso esos parajes antes de hacer públicas sus conclusiones, pues un asunto urgentísimo le reclamó desde la Prefectura de Policía de París. Dupin, hombre lúcido y siempre comprometido con las causas justas, no se olvidó sin embargo de aquella felonía contra el inocente, y al mes siguiente mandó puntualmente resuelto el caso a los juzgados de Teruel. Aquellos documentos (que hoy obran por azar en mi poder y gustosamente les remito) que probaban de manera irrefutable la inocencia del ilustre y descubrían al causante del burdo y cruel complot, un taimado apellidado Pereira, nunca llegaron a su destino, pues España andaba por aquel entonces ya levantada en armas contra el general Espartero.






Quizás hoy, día de fiesta de un mes tan brillante como la propia Juno Regina, protectora de mujeres que le cedió el nombre, mejor me iría invocándola y quedándome sentada en la terraza mientras pasa la brisa entre las matas de mis tomateras en maceta; quizás mejor haría dándome una vuelta con mi perro por la laguna del Cañizar –preciosa esta primavera, sobre todo al amanecer cuando menos pican los mosquitos– quizás… quizás mejor me ahorraba esta albada, pero un griterío como ése que a veces hacen las urracas cuando discuten o parlamentan entre las ramas de los plataneros se me ha instalado en medio de la frente y antes de que se me quede cara de póker o la perplejidad me pinte dos arrugas más (ya no está una en edad para esos lujos) me siento ante el ordenata y comparto contigo, lector amigo, mis dudas y reparos sobre el asunto de esta semana, osease Cofiero. Podría empezar diciendo aquello de yo estuve allí, refiriéndome a la legislatura 1999-2003 cuando se planteó con tanta ilusión ubicar en aquel solar el gran Centro Cultural de la ciudad (incluido el tan necesario Auditorio), pero idea y proyecto cambiaron después, y al poco empecé a perder la pista de lo que realmente estaba pasando con su ubicación y su futuro; y he de decir que si antes estaba perdida, más lo estoy ahora, que al parecer ya ni Centro Cultural, ni nada… y estamos otra vez como al principio (pero sin tanta ilusión, claro). Y vuelta a hablar de que en el futuro ya se verá y que algunas reformas (esta vez del cine Marín) nos servirían de apaño (¿por qué apaños para Teruel, acaso no nos merecemos un Auditorio como Zaragoza y Huesca?). Leo que hay que ser “posibilista”. Pienso con calma esta mañana de domingo en el posibilismo, en la búsqueda y consecución de lo viable a pesar de que no sea lo preferible, en la racionalización de los problemas, en la huida de extremismos, e ideas de iluminados. Me vienen a la memoria mis apuntes de Historia Política de la Facultad y la etapa posibilista, ese realismo pragmático, de los últimos tiempos del terrible Lerroux, ya anciano y conciliador… Respiro, pero la tranquilidad me dura poco, porque en seguida también me surge la imagen de la trampa: la de conformarnos sólo con lo asequible y no intentar conseguir lo mejor, el fiasco de decir que se hace lo posible y que al final sea más bien un disfraz de la sumisión, mala gestión o incluso resignación… –¡otra vez la palabra resignación para Teruel!–. No sé qué pensar. Me reconozco hecha un mar de dudas de las que se reiría con ganas hasta esa estólida Juno del comienzo. Como me faltan datos para hacer el “diagnóstico”, mientras, cruzo los dedos para que la coherencia y la responsabilidad en política –como en cualquier otra faceta de la vida– nunca entiendan que la manera de evitar una derrota es no dar la batalla. Eso no es posibilismo sino cobardía e ineptitud.








TRANSITION SÍ

Leo en Ecologista un artículo de Javier Zarzuela titulado El Movimiento de Transición. Había oído tan sólo referencias de este movimiento nacido hace tres años en el Reino Unido –extendido ya exponencialmente por multitud de países– que ahonda en sobrevivir a las consecuencias de la próxima desaparición del petróleo como energía abundante y barata (cada vez está más cerca el temido “Pico del Petróleo”). Aún no había leído nada detenidamente sobre él; lo hago ahora, y tras un primer momento de perplejidad y luego un bastante de desasosiego –supongo que el que a todos nos entra cuando nos ponemos a pensar más de dos minutos seguidos en estos temas– me detengo en una frase: “Tras la conciencia de nuestra fragilidad, ¿hay alguna alternativa personal o colectiva al miedo? Sobre esa pregunta pivota el Movimiento de Transición”. Terminan por interesarme gratamente sus ideas, especialmente porque no veo que caigan en la búsqueda de quimeras o entelequias de autosuficiencia, ni tampoco en fatalismos o hecatombes, sino que iluminan sus propuestas con cierta dosis de esperanza (Chamberlain, uno de sus ideólogos, habla de “oscuro optimismo”) y mucho de solidaridad. Las convicciones y actividades defendidas por el Transition Towns están fuertemente vinculadas a la iniciativa local y eso me hace pensar (¿me llamará alguien ilusa?) que sería en poblaciones pequeñas e “incluso inteligentes” como por ejemplo Teruel, donde se podrían hacer realidad de una manera tan evidente como ejemplar. En la suma de ocurrencias está la riqueza mayor, y si bien cada iniciativa vecinal tiene su personalidad, todas se nutren de la visión colectiva de un futuro local que esté menos supeditado a la energías, capaz de generar sus bienes básicos y sustentarse en la colaboración de las personas cercanas, es decir ser el resultado de las aportaciones de todos los vecinos; se trata de una visión “inclusiva” de toda la sociedad, donde todos son necesarios. No quieren sus seguidores calificar el movimiento de político, ecologista o de presión, y aseguran que “su poder persuasivo se genera sobre la visión de un futuro posible, el entusiasmo por el reto colectivo y la liberación de creatividad, más que sobre la imagen de un porvenir catastrófico”. Está bien, me digo, es una iniciativa ciudadana, y hoy, en que los políticos cada día decepcionan más, puede que esté ahí el camino y la solución: en los grupos que se conciencian, que piensan, que se comprometen, que crean y creen en el trabajo colectivo y sobre todo positivo. Habrá que saber más del tema, así que les dejo y me sumerjo en el Google a la caza de información.



MAR BLANCO




Ya están aquí las Fiestas del Ángel: vuelven los hermosos días de verano. Y yo alcanzo de nuevo, como en un ritual, el estante más alto y hago balance de pañuelos, fajas, pantalones… Agenciarse las zapatillas más cómodas, coser escudos… gestos repetidos que siento ya vividos. Parecen brillar soles de otros días, pero cada año, cada vaquilla, lleva prendido un color, un tono en el sentimiento diferente. Qué quieren que les diga, y perdónenme la comparación (quien me conozca sabe que no cambio nuestras fiestas por ninguna campanada) pero me pasa igual cada Noche Vieja: que se me juntan a partes iguales la nostalgia y la esperanza, la alegría desbordada con ese puntito del vértigo de la tristeza. Este año me he encontrado un pequeño folleto (de Peñas) con la foto del bueno de Pipo Rodríguez. A Pipo siempre lo recuerdo en vaquillas de color verde, en la alegría de un hermoso y nuevo verde esmeralda: eran años de Vaquilla en que ejerciendo de hermana mayor alguna que otra vez iba a echar un vistazo a los pequeños y me acercaba a la Peña el Ajo… y estaban allí: mis dos hermanos riéndose con sus amigos, y entre ellos el genial Pipo siempre con su sonrisa y pletórico de divertidas ocurrencias. Recuerdo ahora también al añorado Ramón Calvé, y cómo una Vaquilla casi de color púrpura, me di cuenta de que él ya no volvería a elegir los ensogados. Este julio anaranjado no buscará la quietud para pasear Mariano Esteban, ni Carlos Méndez pondrá su sabiduría y su valiente corazón guiando la soga, como un ángel de la guarda de vaquilleros despistados. Y yo, qué quieren que les diga, echaré como siempre de menos a mi querido abuelo que me llevaba de la mano desde la plaza de la Catedral hasta los porches del Torico en aquellas Vaquillas azules de mi infancia, y recordaré las Vaquillas violetas en las que todavía era posible encontrarme tras una esquina con un increíble y estrafalario sombrero, y debajo a mi primo Miguel, ahora prendido en el fulgor de una estrella. Vaquillas de colores, tantos y tan queridos como aquéllos que nos han acompañado… ellos son como las líneas de nuestra piel: bajorrelieves de recuerdos que nos conforman. Con nosotros, porque son nosotros, vendrán de nuevo estas fiestas a poner el pañuelico y nos acompañarán después, en la casa sosegada. La vida es así: dulce y amarga, luz y sombra, un ir y venir de un mar de todos los colores que no alcanzamos a comprender. Es el mar imposible de aquella dulce mariposa: Intenta en vano / posarse sobre la ola / la mariposa.



SMILE



Video Smile

Escucho la memorable canción mientras escribo estas líneas. La versión de Michael Jackson, claro, porque ha sido en las imágenes que la televisión ha retransmitido de su funeral cuando la he vuelto a oír y qué menos que hacerle el honor de escucharle cantando su canción favorita. Aunque prefiera la vieja versión de Nat King Cole, escuchar a Jackson me gusta y es siempre un placer. Charlie Chaplin compuso Smile (el actor componía casi todas las canciones de sus fantásticas, de sus geniales películas) para acompañar la escena final de “Tiempos Modernos”. En ella suena la melodía sólo una vez, justo segundos antes del the end; es en ese trocito inolvidable, en que Charlot descubre a su compañera triste y la invita a caminar, confiada, por la polvorienta y solitaria carretera que parece conducir a ninguna parte (o hacia todas, quién sabe nada o mejor para qué saber todo). Final resuelto magistralmente para una película que refleja a un Chaplin, que como todos sus contemporáneos –como nosotros mismos que somos ahora y en aquel entonces no-éramos más que inaprensible vacío– no tenía muy claro qué era aquello de los “nuevos tiempos”. Pero Chaplin estaba decidido a regalarnos optimismo y reconfortarnos haciendo que, pasara lo que pasara, nunca nos faltará la ternura de una sonrisa al ver sus películas (cómo resistirse a la fascinante The kid). La vida es una obra de teatro que no permite ensayos. Por eso canta, ríe, baila, llora y vive intensamente cada momento de tu vida antes de que el telón se baje y la obra termine sin aplausos, nos decía... El payaso que pese a la burla sigue bailando, el hombre bueno que se rehace de la mala suerte o de la mentira y pelea mientras sigue caminando… smile, smile… y en la gran pantalla mientras suena la dulce música con dedos sabios dibuja Charlot sobre el rostro de Paulette la amorosa sonrisa. No es solo carpe diem, es algo mucho más profundo en el que se mezcla el afecto generoso de dar y el compromiso contra la injusticia; el poder de una sonrisa es el más fuerte que tenemos: siempre queda prendido algo de su calor en el alma que nos mira, aunque después nos haya negado. Estamos en plenas fiestas, sonriamos pues; hagámosle caso al genial Charlot, y sonriamos… es una magnífica excusa la de nuestras Vaquillas para empezar a practicar… Sonríe aunque te duela el corazón / sonríe aún mientras se rompe… smile and maybe tomorrow / You’ll see the sun come shining through for you”.






CANICULA LUNAR


Pasaron las fiestas y Teruel se le quedó pequeña. De tan vacía como estaba ahora, de tan tranquila después de la marea de emociones que los tomó en Vaquillas (a él y a la ciudad, que para ambos había habido aventura) se le hacía minúscula, casi opresiva, pese a que nunca en todo el año era más espaciosa, más ilimitada que en verano. A veces le gustaba imaginar que él era su único habitante; especialmente a la hora de comer o más tarde, en la de la siesta, cuando por las calles silenciosas y abochornadas por el calor del mediodía, era él sólo, valiente alunado, quien se atrevía a pasear sorteando farolas y alcorques. Él solamente y… ¡los gatos! que cada vez en mayor número se le asomaban por las esquinas de las calles del centro. Primero para mirarle fijamente, y después para caminar a su lado emitiendo un ronroneo suave. La cosa, que al principio le hizo gracia, le empezó a inquietar cuando su número pasó de la cifra mágica de siete a ocho, de diez a quince, después casi la cincuentena… ¿De dónde demonios habría salido tanto gato? El grupo de felinos, que cada vez más empezaba a parecerse a un ejército de bailarines desfigurados, o a una formación de atletas desfilando antes de una competición fantasma en la que él parecía haber sido elegido abanderado, pisaban decididos el pavimento de la calle Comadre, de la plaza de la Judería, bajaban junto a él por la calle Caracol, casi de puntillas sobre las aceras de los bares de La Zona que todavía desprendían el aroma entre dulzón y nauseabundo de los restos de la fiesta… Despacio, pero sin pausa, sin perder ni un ápice de su majestuosa apariencia, le seguían siempre: se paraban si él lo hacía en los porches de la plaza del Torico, giraban si el torcía por la calle Santiago, o si se metía en un portal para salir por otro, no tardaban en rodearle de nuevo como si tal cosa. Junto al Seminario oyó las chicharras de las vecinas acacias, y un olor a tormenta le aceleró los pulsos. En medio del pánico recordó que el rumor de las terrazas llegaría pronto cuando budas y dioses se refrescaran juntos al atardecer; porque con la luna y tras la lluvia, los seres humanos bajarían por fin de sus casas herméticas e inaccesibles para apoderarse de la calle. Entonces, aquel ejército de gatos no tendría ya más remedio que volver a sus tejados, borrarse completamente de su mente, porque era seguro que sólo estaban en su cabeza, tanto como el recuerdo de aquella despedida de lunes de Vaquilla, cuando antes de perderse en el interior del gran coche oscuro, ella le prometió que algún día viajarían juntos a lugares maravillosos y él le contestó, galante, que le daría igual vivir en el paraíso que en el cuarto de calderas siempre que ella estuviera allí. Pero un verano más se quedó en Teruel, aquel gato loco que se pensaba hombre y prometía amores a las hermosas forasteras.



TRISTEZA

He empezado esta albada al atardecer con el alma desolada. Me cuesta escribirla. Ahora es ya de noche. El frescor del jardín recién regado, las voces de los anuncios en una televisión vecina que llegan a través del balcón abierto… todo parece aliarse para lograr la ilusión de que las cosas siguen igual. Conseguir que la placidez nos envuelva de nuevo, imaginar que no pasa nada, que, por pasar, lo que nos pasa es el mismo bienestar de siempre y que toda la tragedia de esta semana ha sido una pesadilla de la que seguro nos despertaremos… Pero la realidad no es lo que aparenta y yo esta noche siento que se me ha espesado la tristeza dentro. Quisiera ser capaz de llenar este espacio divagando, contándoles por ejemplo que ayer vi dos luciérnagas, que descubrí una rana hipnotizada por las nubes y a un gato sin dueño durmiendo en el tejado; o decirles que he oído los pasos de viajeros en nuestras plazas acompañados por el viejo canto del autillo, pero no puedo porque se me ha enmohecido la melancolía a fondo, se me ha agarrado fuerte esa imagen terrible del horizonte en llamas y la niebla morada envolviendo a la provincia de Teruel. Salgo a dar un paseo por las calles de la Fuenfresca y contemplo el cielo estrellado, saludo a algún vecino andarín nocturno, noto el bochorno en el aire…Ya en casa vuelvo al teclado. Quizás porque escribir me tranquiliza, quizás porque necesito de una vez por todas soltarlo, lo intento de nuevo. Necesito hablarles a los que vendrán para que prevengan este desierto, advertirles a los que serán después de los días vacíos que prolongan el incendio, del suelo calcinado, de los bosques derrotados, del horizonte negro sofocado por el humo que envuelve a nuestra tierra, a su tierra, esta tristísima semana. Y sobre todo, por encima de todo, contarles la ausencia de uno de los mejores de los nuestros, de uno de los mejores de los suyos también. A veces uno es mucho más que uno. A veces uno es todos nosotros y por eso nos duele tanto su partida. A Ramón, apenas supimos que nos había dejado y ya lo estábamos echando de menos. La savia que ascenderá por los árboles que él quiso salvar son ahora las lágrimas de todos los que le quisimos. En el espíritu del bosque sus manos seguirán trabajando los metales acerados del fondo de la tierra y los hará azoteas por las que nos asomaremos al cielo. Gracias Ramón por defendernos del fuego, gracias por tu sonrisa y tu valentía, gracias por tus mariposas plateadas volando a la libertad.



LA VIE EN ROSE




Las sillas, diez, doce, cada una de un color y de un tamaño diferente, colocadas en fila contra la pared del portalón de la casa grande, parecían los juguetes olvidados de los niños conquistados ahora por los padres, un trenecito de mentira con los asientos virados hacia las ventanillas. En las casas el aire estaba detenido, bullía. Incluso en la calle hacía una noche calurosa, aunque no más de lo que lo había sido la de ayer o probablemente lo sería la de mañana. ¡Este verano está siendo atroz, tanto calor derrota a cualquiera! comentaba la señora Concha mientras se abanicaba ruidosamente y respiraba con clara delectación. Las alas del abanico golpeando sin descanso aquella exuberante delantera, la misma que antaño había hecho suspirar al señor Joaquín y a más de algún que otro del pueblo, parecían tener vida propia y eran el ruido de fondo de la entretenida tertulia nocturna. Que la ahora oronda Doña Concha, en su juventud había sido una guapa mujer, moza de real tronío como decían en aquel lugar los más viejos, lo probaban todavía su lustrosa piel y la viveza de sus ojos. Aún era hermosa y ella lo sabía, lo había sabido siempre, y aunque la talla iba cambiando acrecentándose peligrosamente, el brillo de su carmín siempre era el mismo: de un rojo tan vivo que resaltaba provocativo incluso a la tenue luz de la Luna llena de aquel primer domingo de agosto. Acababan de llegar, pero ella parecía que nunca se hubiera marchado; como si un verano y otro y otro formaran un tiempo único que se reanudara mágicamente en cada vacación estival, Concha hilvanaba conversaciones y reía cotilleos. Aquella misma tarde mientras el coche atravesaba el pueblo hasta la casona familiar de la plaza, la risa cantarina de la mujer había hecho las veces de bocina: más que apartar a la gente, convocó alrededor de los recién llegados a un buen número de vecinos conocidos que les saludaban encantados. ¡Bendito verano que nos reúne de nuevo! dijo también Manuela antes de bajar la mirada. Sólo Joaquín la miró de reojo al alejarse y envolvió su imagen con el recuerdo de la voz de Edith Piaf. La fascinante cantante parisina y aquella menuda mujer de traje negro eran como dos gotas de agua. Y Manuela lo sabía, lo había sabido siempre, hasta cuando de críos le cantaba bajito bailando en la verbena el Non, je ne regrette rien. Pero ésta es otra historia, y ahora es tarde, ahora ya no hay sillas junto al portalón, la tertulia ha terminado lo mismo que esta albada y comienza por fin a correr algo de brisa.





LA AVENTURA DE GUILLERMO (Primera parte)






Suena a cuento de niños el título de esta albada y quizás no esté tan descaminado si lo que queremos es encontrarle un final feliz a su protagonista (claro que lo de “final y feliz” no deja de ser un oxímoron inquietante). Aunque Guillermo hacía poco que había dejado de ser ya un niño ­­­–aquel veintiséis de julio había cumplido los quince– lo cierto es que el verano se le presentaba al adolescente como una aventura, una odisea plagada de interrogantes en la que él sería único protagonista. Por primera vez emprendía el viaje de cada agosto solo; sus padres le acompañaron hasta que facturó el equipaje y luego tras unas lágrimas apenas disimuladas de su madre al besarle, y el abrazo más fuerte de lo habitual del padre, embarcó. Ellos se quedaron allí, en la gris Leipzig, intentando decidir entre un matrimonio difícil o un divorcio más difícil todavía (Guillermo se mentía a sí mismo diciéndose que poco le importaba). A nuestro Ulises particular, extremadamente alto, el pelo tintado de azul le llegaba por los hombros, los estrechos vaqueros se le pegaban como una segunda piel a las delgadas piernas y las gafas oscuras le tapaban unos ojos achinados de color marrón. Era lo que se dice un adolescente guapo, un postmoderno de rasgos suaves, pero de look desafiante y modales tan seguros, a veces tan cortantes, que parecía que su actitud rayara en la arrogancia. Sin embargo lo que abrumaba e incluso irritaba a los mayores no era más que un escudo, un disfraz: la defensa a ultranza de alguien empezando su aventura vital, de un alma que se sabía tan tierna e inexperta, que de ninguna manera hubiera consentido que alguien descubriera lo que consideraba debilidad. Nada más importante que la libertad, se decía Guillermo mientras miraba desde la ventanilla del avión cómo se confundían en el horizonte cielo y mar. En su iPod continuaba sonando Tokio Hotel. Bill Kaulitz, andrógino como un ángel cantando entre melancólico y desafiante su Monsoon: corriendo a través de la lluvia torrencial/más allá del mundo/ hasta el fin de los tiempos, donde la lluvia no duele. Cuando comenzaron a aparecer las primeras islas griegas imaginó que allá abajo el coche de los abuelos avanzaba en su búsqueda abriéndose paso entre aquel azul increíble. Ya en tierra, el aire tibio, el olor a azaleas... la abuela conduciendo y el abuelo hablándole mientras se oía de fondo la música. Alexis Zorba de Mikis Theodorakis leyó en la caratula del Cd. Los tres se alejaron bordeando el mar; a Guillermo le pareció que él mismo había formado parte desde siempre de aquel paisaje. Alemania quedaba lejos.




AVENTURA DE GUILLERMO (última parte y sin ningún final)



Olía a café en la blanca cocina de los abuelos. Amanecía y él había madrugado para verlo. Las ventanas de par en par sobre el Egeo con el cabo Sunium al fondo y el libro de poemas de Ezra Pound descansando aún sobre la mesa, las páginas también abiertas. La noche anterior el abuelo les había hablado de aquel poeta y de la fascinación de Byron por Grecia; también leyeron a Safo, la de voz inmortal, la misma que aún puede oírse susurrar a través de la espuma de la olas, Eros sacudió mi corazón como el viento / que en el monte cae sobre la encina. Hacía dos días le había tocado el turno a Eliot, somos los hombres huecos / somos los hombres rellenos /figura sin forma, sombra sin color/fuerza paralizada, gesto sin movimiento. En lo más secreto se asombraba de que hasta entonces no hubiera sabido de semejante tesoro. Estaba fascinado. Tokio Hotel debería conocerlos. Las cosas buenas llegan a veces sin pensar, sólo hace falta saber ver se dijo mientras recordaba que, desde que llegó de Leipzig, se había pasado encerrado en su cuarto, tumbado en la cama y fumando sin parar, casi una semana. Puso bien a prueba la paciencia de los abuelos. Cierto es que al anochecer oía sonar el timbre y aquellos pasos leves, pero nunca sintió curiosidad. Fue la casualidad, y el no encender las luces a tiempo, lo que les hizo tropezarse en el pasillo. En aquella penumbra le pareció una violeta. Olía a violeta. De pronto se preguntó ansioso a qué sabrían las violetas. Había llegado a tocar las palmas de sus manos, a acariciar las yemas de sus dedos en un segundo inmenso. Lo que le había ocurrido era algo simple; algo tan corriente y a la vez tan formidable como que Guillermo se había enamorado. Y lo había hecho además de manera total y fulminante… vamos, que Cupido en vez de flecha parecía que le hubiera apuntado con un rayo. Dicen los que saben de esto que los amores de verano nacen más deprisa y con más intensidad. Hablan de que son los mejores, los inolvidables, pero que en contrapartida son los que producen más dolor. Sentencian los mismos sabios que esto es debido a que en su origen ya padecen de la fugacidad y transitoriedad de la vida en dosis demasiado altas para su supervivencia. Brevedad y dispersión como las de las estrellas o la lluvia; en nada de eso pensó Guillermo. Ahora (que es lo único que existe) es feliz. Acude a las clases de literatura de su abuelo, el viejo profesor, y es compañero de aquella alumna, maravillosa criatura de trenzas oscuras y sabor a violetas, que le descubrió el poder de la poesía. Quince de agosto y Alemania queda muy lejos todavía.








DERECHO A ELEGIR
Últimamente al estar de vacaciones y disponer de más tiempo he empezado a practicar un nuevo deporte. A mi novel actividad la he bautizado como a la búsqueda y encuentro de la marca; y puedo asegurarles que no es trabajo baladí en este Teruel nuestro completar con éxito la misión, suele llevar lo suyo, a fe mía... Pero como una es contumaz, aquí me tienen: aún me quedan ganas y días, hasta que se me termine agosto, claro, para salir de expedición e ir más allá del universo de los escaparates y llenar la despensa; es cierto que al principio, cuando oí por primera vez hablar de las marcas blancas y aquello de igual de buenas que las grandes marcas y más baratas porque no hay gastos de publicidad, me resultó simpática la idea; pero la cosa no es tan simple y evidentemente no toda elección debe terminar por reducirse al menor precio. El poder decidir al comprar, el dudar, el acertar o equivocarse también, por qué no, es primordial; es lo que llaman “el derecho de libertad de elección del consumidor”. Y eso mismo, esa libertad, en esta ciudad resulta un tanto limitada, especialmente porque se nos complica con muchas variables más, entre ellas, y especialmente, con la progresiva desaparición del comercio tradicional, ése al que íbamos a comprar cogidos de la mano de nuestras madres (en la otra, ella solía llevar aquellos bolsos de malla de colores en los que parecía caber la tienda entera). Topar con la lata de atún que nos gusta, el detergente que creemos que deja la ropa más blanca o el salchichón con las especias justas para agradar el paladar de la familia. . . encontrar eso y bastantes cosas más se ha convertido ahora en una dificultad, simplemente porque algunas grandes superficies ya no los ofrecen al sustituirlos por sus marcas de distribución; y por otro lado el pequeño comercio, agobiado, ahogado por la competencia, cada vez es más escaso. No es que desconfíe de las marcas blancas y de su relación calidad-precio o prefiera las marcas líderes (sabemos que los medios de comunicación las apoyan públicamente porque son las que les posibilitan el negocio), simplemente lo que defiendo aquí es poder escaparme de ese agobio de la compra dirigida por unos y por otros. Quiero seguir teniendo la posibilidad de llevarme a casa ese aceite que me ha gustado siempre u optar, si lo decido así, por una marca blanca de galletas, pero quiero elegirlo yo. Y sobre todo quiero tener la posibilidad de apostar por los productos locales, porque elegir lo nuestro es la mejor manera de contribuir al progreso de nuestra tierra y conservar la biodiversidad general.

1 comentario:

  1. Que blog tan maravilloso. Te sigo.
    Muchos saludos desde Learning to fly ;)

    ResponderEliminar