Albada 211




EL PAN

(17-X-2010)


El chico era el mayor, así que no cabía duda: sería el que llevaría el cantarillo, mucho más delicado de transportar por las asas y por el mayor volumen de la pieza. La niña, que no era más que la tercera de los ocho hijos, pero de las chicas la más atrevida, rápidamente se acodó en la cadera –una dentro de la otra, forradas de papel de periódico y papel de estraza entre las bocas– las tapaderas y las dos cazuelitas que recién horneadas, brillaban al sol del patio trasero de la casa.

Aquella familia de ocho niños chicos, padre alfarero y madre joven –casi niña también– , aquella familia del pueblo castellano en la posguerra española, como muchas otras familias, llegaban al fin del día y a la cama fría con más hambre que hartazgo, aunque nunca los hijos se fueron a la escuela sin faltarles la taza de leche caliente y un buen lavado de orejas… que se podría ser pobre pero siempre había que mantener la decencia y el decoro, decía la madre cuando uno a uno revisaba a los ocho para que fueran impecables, curiosos y relimpios a la escuela, vestidos con algún que otro zurcido y con ropas heredadas, sí, pero siempre oliendo a jabón casero de espliego y bien "planchados".


Aunque a los dos les daba algo de miedo el camino, la esperanza de la propinilla de aquellos compradores ricos del pueblo vecino, les iluminaba los ojos pensando en lo que podrían comprarse si llegaba a una perra gorda para cada uno…
A mitad del camino, aquella casa solitaria llamaba la atención desde lejos. Vacía, callada como si estuviera ya hace mucho tiempo olvidada de sus dueños, era una buena excusa para descansar a la sombra.
La niña fue la primera que lo vio: allí en el primer piso, en el alfeizar de una ventana pequeña, casi ventanuco, asomaba el tesoro y la maravilla: un hermoso pan, un pan blanco, muy blanco, como esos que veían que se comían en casa de los ricos: redondo, de miga suave y esponjosa, grande, tan grande como para calmar el hambre de todo un día.


Apenas pudiendo disimular el entusiasmo, miraba el chico hacia el final del camino, miraba a las ventanas oscuras y cerradas, rodeaba la casa, no veía a nadie y no se decidía... Pero el pan, ese pan era tan blanco y tan tentador en aquella ventana de nadie… y ellos nunca habían probado un pan así…
Saltando era imposible, escalando tampoco porque la pared de la casa era tan lisa como las paredes del cántaro que llevaban a vender.
El hermano subió a la hermana sobre los hombros y ésta estiró los brazos hasta casi colgarse de la reja, pero al chico le fallaron las fuerzas y cayeron los dos al suelo.
Como debe ser verdad aquello de que la voluntad tiene más fuerza que cabeza, al tercer intento consiguió por fin la niña agarrar con las dos manos el tesoro; lanzó un grito de victoria y se tiró con él al suelo, dando un salto tal que dejó boquiabierto de admiración al hermano (aunque no le dijo nada porque, como decían sus amigos, a las hermanas pequeñas siempre hay que mantenerlas a raya, que si no terminan por mandarte en todo…)


Si la ilusión se pudiera cortar y repartir en cachitos como el pan, sin duda los dos niños hubieran sido los seres más ricos del mundo en aquel momento. El problema fue que aquello no había manera de partirlo porque, aunque fino y blanco, era también duro como un guijarro… fino, blanco, duro e insípido como la piedra que en realidad era.
Ese imaginado pan blanco de hermosos dorados como el trigo requisado del que se hacía, ese pan de olor suave, tibio y acariciante que comían los días de fiesta los hijos de la casa grande, no era ahora para los dos críos más que un sueño, algo desabrido e insulso en comparación con su pan de cebada o de centeno, el chusco negro que compartían siempre acompañado de las risas y la algarabía infantil cada día en casa. Sin decirse nada –porque de niños, a fuerza de costumbre, nos acostumbramos pronto a las desilusiones– recogieron cántaro y pucheros y siguieron su camino.


Cuando oí aquella historia, era muy niña y no la escuchaba… llevaba yo casi ya media escalera de ventaja corriendo hacia la plaza; yo, mis trenzas y mi bocadillo de (blanco y tierno) pan con chocolate.
Eran historias viejas de niños de posguerra, de cartillas de racionamiento y advertencias de abuelas. Ahora, de mayor, cuando veo a mi madre poner el pan en medio de la mesa, en el centro de la comida familiar, recuerdo su historia y la imagino de niña repartiéndonos su pan. Pan para partir y compartir; PAN, lujo cuando falta y delicia cotidiana, tan invisible como deliciosa cuando la disfrutamos cada día.



Albada 210

(Remedios Varo)


ZGZ
(8 de octubre de 2010)

Está ya la vecina Zaragoza en plenas fiestas. No es difícil imaginarse a la hermana mayor vestida de celebración: la calle Alfonso más transitada que nunca y ese aroma de las miles de flores que a partir del martes se hace hasta tangible a medida que te acercas al Pilar; el Paseo de la Independencia abarrotado, tanto que cuesta pasar entre los grupos que bailan frente a las pantallas gigantes o avanzar a través de los que se paran frente a los puestos de los vendedores ambulantes; las cafeterías llenas, los bares a tope… el cierzo a veces, los árboles de sus calles siempre (felizmente Zaragoza conserva aún bastante bien su vegetación urbana, no como nosotros), las obras del tranvía (ese tranvía cuya razón nunca he entendido), los escaparates engalanados…
Hasta lo que yo recuerdo, han cambiado bastante estas fiestas. Antes, puede que bastante antes, en los Pilares no había mucha marcha, ni tampoco la clase de animación que ahora se ve. Pero poco nos importaba no tener tantos conciertos ni bailes, ni vaquillas, ni siquiera interpeñas en el Actur: en aquellos años en que yo cruzaba el campus varias veces al día, subía y bajaba las escaleras de Filosofía o bordeaba el estanque hasta la quinta planta del vecino edificio de Interfacultades, Zaragoza era –fueran o no fueran Pilares– un universo por descubrir para cualquier joven que viniera por primera vez desde Teruel (lo de pasarte por el Pilar y eso no contaba porque a lo sumo eran viajes de ir, comprarte adoquines y piedrecicas del Ebro y volver en el mismo día).
Zaragoza: tan cerca y a la vez tan lejos… Claro que entonces no veníamos cada semana a casa, sino de vacación a vacación o de puente a puente, que no estaban las economías para tanto ir y venir; y luego, además, estaba lo otro… lo de las interminables horas de autobús, y los atascos mucho más interminables cuando ya creíamos que llegábamos… Estaban aquellos domingos, de noche, muy de noche, aunque apenas eran las ocho de cualquier invierno, y veías o más bien adivinabas a través del humo del tabaco y la ventanilla empañada la serpiente encendida de la caravana de coches entrando a la ciudad tras el fin de semana, las siluetas de las naves pegadas como adosados del polígono industrial, las primeras urbanizaciones de chalets, las gasolineras… y el autobús avanzando lentamente hasta el primer semáforo, en rojo por supuesto, y te fijabas un poco estremecida en aquel edificio con garitas fantasmales que parecía un cuartel –Valdespartera–, la Casa Grande, el campo de fútbol… y… y ya te estirabas un poquito, te desentumecías lentamente los músculos, y se desperezaba por dentro todo el autobús Fernando el Católico adelante, presintiendo en las gargantas el agarrarse de aquel olor a gasoil de la vieja cochera de Juan Pablo Bonet, de salida y entrada imposibles; el desbarajuste de los portaequipajes, el hasta luego al compañero, y el perderse al fin cada uno por una calle, andando rápido con la maleta a cuestas, enfocadas las piernas intermitentemente por los neones de los escaparates y los faros de los coches hasta el piso de estudiantes y el definitivo clic del flexo de tu habitación.
Hoy seguimos yendo a Zaragoza los de Teruel, un poco mas cómodos y más rápidos, pero no lo suficiente (ese tren, por favor, esas vías, por favor…) y sean pilares o no, sigue teniendo la ciudad un algo por descubrir que nos atrapa. Y siguen sin venir –como entonces y como siempre– los de Zaragoza a Teruel. Esto es así, mal que pueda pesar a alguno o a muchos, y por muy mal que quede el escribirlo.
Por aquel entonces cuando en algún festival cantábamos todos aquello de “los de Huesca y de Teruel, como los zaragozanos…” nos recorría ese escalofrío suave por la piel… la fraternidad, el corazón caliente de la juventud, no sé… aunque luego aquellas fiestas las solíamos terminar los de Teruel casi siempre bebiendo junto a sorianos, riojanos y, cómo no, con los vascos, que por algo tardábamos en llegar a casa casi el mismo tiempo que ellos, aun siendo de otra región.
Era así y sigue siendo más o menos así. Nombrar a Zaragoza aquí, en Teruel, es nombrar todavía (poco hemos cambiado) aquello de que vienen llorando y se van llorando, y, funcionarios aparte, también escuchar lo del centralismo, lo de zaragón… o aquello otro de que nos conocen y nos quieren más los del Reino…
Pero estos días Zaragoza está de fiesta. La ciudad del viento, la vecina poderosa, la hermana mayor tan sospechosa como sospechada, tan querida como recelada está de enhorabuena. Felicitémosla pues, brindemos con ella.
Quiero a Zaragoza: en ella he vivido algunos de los mejores momentos de mi vida. Es la ciudad de personas muy importantes para mí a las que quiero mucho.
No sé lo que el futuro deparará a Aragón, a Teruel, a las provincias hermanas. Mucho habrá que imaginar, mucho que trabajar para aquello de “estrecharnos las manos, puestos en pie…” Mientras tanto no dejemos de soñar… soñar por ejemplo que ese tranvía alocado que cruzará Zaragoza sigue, sigue, sigue y sigue… hasta nuestro Teruel, convertido, claro está, en un tranvía de alta velocidad…

Albada 209



BLANCA
3 de octubre de 2010


Blanca se sentaba en la misma esquina cada mediodía y nos esperaba hasta que despertábamos de la siesta. Frente a la casa veía pasar los minutos lo mismo que contemplaba el paso de la gente, con la misma atención seria y concentrada. Blanca en aquellas tardes se acordaba siempre de nosotros tanto como nosotros no nos acordábamos de ella a veces. ¡La pobre Blanca!
En verano, a la hora de comer, casi no se puede estar allí, por el calor, las moscas y esas cosas… mi madre dice que con el otoño empieza a correr en esa esquina un airecillo fresco, y que en invierno bien acaban de sonar las cinco en el reloj del Ayuntamiento hay que meterse para casa o buscarse el abrigo en la solana. También dice mi madre que los perros no tienen memoria, y que la Blanqueta como cualquier otro chucho se irá con el primero que le ofrezca un trozo de pan o una caricia, que estará bien, que no me preocupe.
La barrunto a través de los visillos: flaca, desgarbada, ni grande ni pequeña, de aspecto vulgar, corriente, buenísima, la vista fija en mi ventana; será difícil que encuentre una casa, ni siquiera un dueño.
Mi hermano y yo oímos sus gemidos de cachorro mientras atrapábamos cucharetas en el agua estancada de la fuente. Tibia, suave, casi como una bola de lana sonrosada, así era la Blanca cuando la encontramos encerrada en la caja de cartón. Desde finales del mes de junio, recién llegados a la casa del pueblo, fue nuestra compañera de risas, cómplice de las correrías de dos niños de ciudad en vacaciones.
En el desayuno se lo pido a papá; en la mesa se lo pido a los dos. Las maletas están listas para meterlas en el coche y como cada año, cuando con octubre regresamos a la Barcelona, han tapado con sabanas el sofá, la televisión, el aparador...
- Y sin embargo ella no ha faltado ningún día, ni si quiera aquel domingo que llovía a mares, le digo a mi madre. Lloro un poco a pesar de mis once años mientras cierran las contraventanas de madera; y llora mi hermano en tanto aseguran los portillos de la puerta de la cocina.
Salgo fuera y la perra me recibe ladrando; salta, menea el rabo, corretea a mi alrededor sin dejar de ladrar. Feliz, convencida sin tener que estarlo de que todo es lo mismo siempre, segura sin pensarlo de que ayer y antes de ayer son ahora y de que mañana es este mismo instante. -Dice mamá que estarás bien, que te olvidarás de nosotros, Blanquita... Si bajo los ojos veo los suyos, redondos, dulces, profundos como repletos de recuerdos.
Desde lo alto de la calle, al final del pueblo se ve al fondo, tras la huerta, la línea plateada de la carretera. La ventisca terminará por esconderla en apenas una hora. La perra está callada en su esquina, canta el mochuelo sobre las tejas de la vieja casa, mientras el silencio de la nieve envuelve el pueblo.





Teruel en Labordeta

“Y de golpe, delante de ti, Teruel. Sus sierras, sus caminos, se yerguen ante ti, te asedian, te embisten, te cobijan, una mezcla de amor y odio se enfrenta, hasta que una tarde cualquiera uno queda asombrado por el color de sus tierras, sus otoños, sus piedras, sus gentes, sus verdaderas gentes: esa pareja que a primeras horas desciende El Campillo con su carga de piñas; o esa masovera que, en mitad del pinar, recuerda a sus hijos casados, allá en ‘las barcelonas’; o esos labradores que duramente sobreviven; o los mineros, o los pastores, o ese tipo jovial que, a escondidas, te enseña los proyectos de un nuevo Sindicato y tantos y tantos otros que así, sencillamente, te ofrecen su amistad, su casa, su paisaje, que al fin te das cuenta de que te sientes unido con la luz cegadora que embisten esas torres mudéjares perdidas en el cielo[…].
Pasan los años y los amigos crecen por el paisaje serrano, o por la hermosa vega del Turia –humilde como toda la tierra turolense–, y cuando un día hay que recoger la casa, levantar los bártulos y regresar al solar donde uno se fue haciendo hombre a costa de los muertos, aquellas tierras, aquellos tipos y paisajes te rondan el recuerdo un día y otro día hasta que una tarde decides otra vez ir a su encuentro, reviviendo con ellos las pasadas horas...” (Texto de José Antonio Labordeta publicado en Andalán)
Canción Adamar (J.A. Labordeta y M. J. Hernández .Poema de A. Guinda):

Primera frase

"Un hombre, en su desamparo, llegó caminando hacia la salida de la ciudad, se sentó en un banco de una gran calle proletaria llamada Gürtell. Entonces le cayó encima una hoja, porque esa calle tiene árboles. Por nada del mundo se habría atrevido a tirar esa hoja, era una señal de lo alto, y la conservó "...

No conocía a Ludwih Hohl. Acabo de abrir su pequeño libro "Camino nocturno" que la editorial Minúscula ha publicado recientemente.
Es verdad eso que dicen sobre lo de las primeras frases y de que te enganchen y "eso"...

y...

he terminado de leer el relato con la sensación de que Hohl ya era un viejo conocido.

Está bien pues

Albada 208

LA CITA

Era en el medio de Palermo. Cita en la trinchera de un corazón desbocado entre via Virrey de Maqueda y via Cassaro, justo dónde se cruzan en I Quattro Canti.
-19 de septiembre. Hizo caso al viejo arquitecto Giovanni y se colocó en el centro del teatro, giró sobre si mismo y sintió al instante la belleza del ottangulo mágico, el vértigo del centro de la ciudad barroca. Cerró los ojos y, entonces, se entregó al vacío.
-Volverte a ver. Y al imaginársela vio caer la Torre de Babel, derrumbarse piedra a piedra el Partenón y deshacerse el Coliseo. Atardecía lento mientras la bandada de estorninos cruzó por el cielo gris.
Amó las ruinas desde niño, los fragmentos encontrados, la inaprensible belleza de la perfección perdida. Los paisajes abruptos, las abadías medievales solitarias y rotas de Friedrich, de Robert y de Girkin como fondo de sus sueños; la suave melancolía de la nieve sobre los ventanales, el paso silencioso de un caminante desconocido… el espejismo del batir del mar helado en la fata morgana como el último sonido que le acunaría…
-Volverte a ver un 19 de septiembre. Su alma azul enredada en las esculturas amontonadas, invadidas por la oscura hierba; la mirada púrpura prendida de los góticos arcos, resbalando por las vetustas escaleras que invitan a ninguna parte. Y como siempre, la larga espera: el tiempo discurriendo entre columnas, frontones y dinteles desparramados por el suelo, bajo la bóveda abierta por la que se cuela ya el hechizo de la luna, y un viento sombrío preludiando las fuerzas incontrolables de la Naturaleza (flores, arbustos, árboles preñando salvajemente todo). Aquí Romanticismo. Aquí la sublime, la fascinante soledad.
Como si marcara la llegada de una tormenta monstruosa, abruptamente el reloj del Duomo convierte a la cita en un recuerdo fracturado; la lluvia la desintegra como a los restos de una fábrica fantasma o a los edificios en ruinas de una ciudad cantada por Proust y Goethe.
-Volverte a ver un 19 de septiembre, y sobrevivir al crepúsculo cuando sólo queda - grabada a cincel- la cita sobre el muro de piedra. Definitivamente, demasiado fausto para una cita por videoconferencia e Internet. Abrió los ojos y cruzó la plaza. Las calles mojadas de Palermo brillaban bajo el sonriente neón. Si se daba prisa todavía llegaría a tiempo del primer pase de su película favorita de romanos.















Albada 207


CREATIVIDAD

Crear. Pensar. Más que nunca necesitamos ejercitar esos verbos. Más que nunca y ahora, porque nos acabamos de dar cuenta (la palabra crisis nos deslumbró al encenderse sin previo aviso) de que no sabemos dónde vamos, ni de quién ni de cómo es el futuro.
Inventar, discurrir, cavilar sobre cosas pequeñas y grandes, sobre ideas hondas e increíbles, sobre sueños que ni siquiera tienen nombre. Todos, sin falta todos, deberíamos practicar cada uno en su día a día la creatividad. Fomentarla. Sacarla a flote desenterrándola de entre tantos años de experiencia acumulada que nos han cubierto las ansias de buscar, explorar y encontrar tras el follaje espinoso de la complaciente resignación, la aceptación abúlica, acomodados, satisfechos de, en y por lo que “nos van dando”.
De niños el mundo es un inmenso universo que nuestras pequeñas manos exploran con avidez, al que nuestros pasos vacilantes, que apenas nos sostienen, no dudan en salir. La capacidad que tenemos en la infancia para investigar y descubrir es tan grande como nunca más lo será en el resto de nuestra vida: luego, año tras año, perderemos gran parte de la creatividad porque nos crecerá también –y mucho– la angustia de equivocarnos; dejaremos de buscar lo original, de inventar lo novedoso, de pedir lo mágico, por el miedo al fracaso del error que tanto hemos penalizado en la sociedad de los “adultos”. Todo a cambio de la comodidad del dejarse llevar que desconoce los imprevistos.
Arriesguemos, porque mientras seguimos perseverando en el no pensar, en el no imaginar, vamos perdiendo cada día un poco más aquel futuro que adivinábamos de niños, el norte de nuestra propia existencia.
Y mientras cada día nos levantamos con la creación de algún nuevo think tank , esos “tanque/laboratorios de ideas” algunos de los cuales ya exprimen los partidos –piensen si no en el último ex-presidente y la FAES–, me pregunto qué nos ofrecerán los programas electorales a la vuelta de unos meses… ¿Serán nuestros políticos capaces de alguna “ocurrencia brillante” nueva, ilusionante y –claro está– posible… ¿conservarán nuestros egregios representantes alguna dosis todavía de “creatividad” para ser capaces de ofrecernos un proyecto para nuestra provincia?, ¿se arriesgarán a pensar en “algo” –que no suene a lo de siempre, ya perdido- en lo que podamos creer sin tener que esforzarnos mucho?
Esta semana de camino al trabajo he empezado otra vez a cruzarme con decenas de niños que acaban de empezar la escuela. Estrenan cuadernos y lápices, pero sobre todo siguen llevando la ilusión, la emoción por la vida (no hay más que mirarles a los brillantes ojos). Desde el coche les veo cruzar por el paso de cebra, algunos ya entran a la escuela, y sólo se me ocurre pensar que ojalá sus maestros sepan conservar y fomentar en ellos la creatividad y la imaginación, que les cuiden, que les mimen esas ganas de explorar y descubrir nuevos, y en definitiva, esperanzadores horizontes donde se encuentra su futuro.

Albada 206

(F.Goya. El toro mariposa)



DIEZ DÍAS
(5 de septiembre de 2010)

Verlo, así, era tan desolador como esos finales del segundón bueno de las películas al que el guionista hace siempre morir en la penúltima escena (después de habérselas hecho pasar canutas ayudando al prota, claro).
Verlo, así, era tan descorazonador como confirmar -mal que te pese- tus fundadas sospechas sobre la identidad de los Reyes Magos; o tener que oír que alguien te sople confidencialmente que Cenicienta, la felizmente casada, terminó por no soportar al regio consorte y se separa…
Verlo era acabar el cuento mal, la historia sin el comieron perdices; renunciar una vez más a ese trocito de ilusión infantil, a esa rebeldía salvadora de la adolescencia que de vez en cuando (y casi siempre por nimiedades como ésta) aún nos brotan.
Verlo, así, como un guiñapo negro y desmañado sobre la pala de la grúa, exánime, la cara desencajada, asustaba.
Pero la voz en off de Las Noticias explicó claramente (ante todo “aclaración”) que a Burgalés, el toro que llevaba diez días huído, diez días escondido, sólo le habían disparado dardos narcotizantes, y que la imagen dolorosa y concluyente que estábamos viendo todos en la pantalla de la televisión a la hora de comer, era sólo la de un animal dormido, un toro que quizás soñaba.

Qué soñaría aquel toro de Valtierra, qué delirios tendría para saltar vallados y escaparse tan ufano, tan redondo, hacia maizales y choperas. Diez días jugando al escondite contra batidas, masivos rastreos y helicópteros; diez noches compañero de la luna, protegido de las sombras, cómplice de los bosques y los sotos de los ríos…
Un toro solo, patas, aliento y oleaje de carne zaina. Un toro libre entre las zarzas y los jarales, oyendo el canto de las ranas y los grillos. Un toro embebido de auroras, escabulléndose de ladridos y de humanos, desoyendo la esquila del manso, señuelo de sumisión.

La historia del toro desertor de su destino y a la búsqueda de la fortuna es el cuento del verano: un día tras otro, como en un encantamiento de Sherezade, su fuga alimentando las blanduras del corazón y el íntimo regocijo de que es posible lo mágico y el triunfo del indomable.
Parece ser que al toro soñador una asociación italiana, conmovida “por su voluntad y deseo de ser libre”, quiere llevárselo a pastar a Bolonia. Aún queda por determinar, dice el ganadero, el precio de su rescate.
Puede que después de todo, Burgalés halla encontrado su buena estrella y al fin descanse lejos, alegre corazón, entre la colina verde y el cielo, tan azul como el papel de seda, de una finca en la Romagna.



Albada 205




UNA de GAFAPASTAS
(29 de Agosto de 2010)

Al atardecer mi amigo me llevó a su tertulia de La Pecera. El café del Círculo de Bellas Artes (techos altísimos decorados con frescos, espejos dorados, la escultura de M. Huerta, el salto de Leukade, con la que casi te tropiezas al entrar…).
Cierto que el café tiene el nombre bien ganado, por que parece una burbuja en medio de la bulliciosa calle Alcalá, una cápsula del tiempo donde meter alma y piel.
Se estaba bien allí, al menos así me sentía yo, sentada en uno de los comodísimos sillones azul-mar, viendo el agua del inesperado y aparatoso tormentón de verano resbalando por los grandes ventanales y semiescuchando a mi amigo contar la historia de la pobrecita Lesbia presidiendo, tan muerta y tan desnuda en medio de nosotros, aquel antiguo salón de conversaciones…
La lámpara de lagrimillas y el café de mi taza bailaron un poco con el ruido del primer trueno pero en aquel momento llegaron también el resto de los tertulianos y todo fue ceremonia de presentación. Los amigos de mi amigo acercaron sillones, pidieron tés rojos y tés negros, uno rubio y alto, con americana plagada de chapas, pidió un chupito de absenta.
Aquel variopinto grupo se dedicaba a la caza de palabras. Todos, incluido mi amigo, eran una especie de detectives del lenguaje, expertos en etimologías, cuanto más complicadas mejor, y exponían sus teorías (tan documentadas como tediosas) en aquellas reuniones de café… una rocambolesca, disparatada y deliciosa tertulia que desde el principio supe que terminaría por agotarme.
La cosa comenzó bien, casi de primaria, hablando de Snob y de su etimología fácil de determinar (procedente de Inglaterra y derivada del latín sine nobilitate, la abreviatura de “sin título nobiliario” que se ponía en los listados delante del nombre de los estudiantes de Oxford y Cambridge que carecían de “suficiente alcurnia”). Tampoco hubo problemas con la siguiente palabra Propina (de nuevo del latín, propinare, dar de beber – el rubio de la absenta, añadió, con gran regocijo del resto, que en francés propina se decía “pourboire”). Siguieron otras palabras relacionadas con la bebida como la germánica Brindis y aquí alguien contó el origen de la costumbre de formular deseos al empezar a beber (los antiguos creían que el alcohol poseía espíritus benefactores) mientras todos decidíamos practicarla de inmediato pidiendo una ronda doble de absenta y entrechocando las copas al compás de ¡salutem, prosit, cheers y muchos más “bramidos” que me fue imposible entender entonces ni transcribir ahora aquí...¡tanto filólogo como había en aquel grupo!).
La cosa se complicó cuando al hilo de los brindis y animado por la euforia de la espirituosa bebida verde, el más joven se atrevió a decir que Spa provenía del latín, “Salus per aquam” (salud por el agua) dijo… Las reacciones fueron variadas y extremadas: hay quien se escandalizó y soltó un bufido, los hay que torcieron el gesto aunque callaron… hubo uno, el que se las daba de más erudito y también el más tedioso, que no paró de lamentar los tan dañinos errores de la etimología popular, soltándole a la cara del incauto joven entre otras lindezas cosas tales como paratimología, y malapropismo, para terminar con la temida anatema… Como la situación se puso algo tensa decidí, que ya que había parado de llover, bien merecía una visita la azotea (abierta al público previo pago) de aquel estupendo edificio.

Y tras subirme andando los siete pisos de la monumental escalera, allí por fin el silencio que tanto dice y la esplendida vista de la ciudad al atardecer. El Madrid de agosto de las ocho de la tarde, y esa luz con que gustaba de retratarla su pintor Antonio López. La ciudad con los tejados brillantes, las fachadas relucientes recién bañadas por la tormenta del verano… y presidiéndolo todo, sobre la azotea del Circulo de Bellas Artes, la callada Minerva, diosa de la sabiduría.
La soledad fue buena compañera para beber de aquella luz, hasta que la llegada de una pareja, más parlanchina de lo que yo hubiera querido, rompió la armonía.
No te engañes, al final y por mucho que diga el Zapatero y el otro, somos nosotros, los curritos de a pie, los que nos hemos convertido en los paganos de la crisis…le decía él a ella… y siguieron, siguieron y siguieron hablando.
Creo que me mareé un poco, sería el vértigo, sería la absenta, o sería que en la conversación de aquellos dos no cabían etimologías…¡aunque si, creo que la tenía!... Afortunadamente (¡para la pareja y para mi!) no me atreví a volverme y decirles que se equivocaban, que paganos no era eso, que pagano viene de pagus, "habitante de las aldeas" en (¡cómo no!) latín, en referencia a aquellos romanos que habitaban la campiña y que, reacios a someterse a la religión católica, seguían practicando los ritos del viejo mundo grecorromano mientras los obispos de Teodosio se afanaban en convertirlos. Pagano: no-cristiano, pagano: habitante del pago… y tampoco les dije, emulando al insufrible pitagorin que acababa de dejar en la cafetería, que padecían una “atracción paronímica”, que estaban practicando falsa etimología confundiendo el origen de pagano con pagarPagar que también viene del latín: pacere, es decir "pacificar" o "dejar en paz"…
La mirada de Minerva, puede que algo escandalizada o quizás más bien irónica, me hizo abandonar la azotea. Cuando llegué a la planta baja (esta vez si que tomé el ascensor) mi amigo y sus colegas, mucho más serenos, discutían sobre el origen de la expresión ok.
Fuera ya era casi de noche y las farolas de Atocha se iban encendiendo una a una mientras me sumergí en la conversación como un pececillo más, como una gafapasta más… será por etimologías…




Albada 204


(Roberto Matta)

DULCE VERANO
(22 de agosto de 2010)

La pereza es dulce como el chocolate con leche. La pereza es infatigable porque no se cansa nunca de perdurarse a sí misma ni de estancarse dentro de su propio regocijo. La pereza no ama los cambios, ni los inventos porque a la larga nadie ha demostrado nunca que supongan un trueque al final definitivo que a todos nos termina. La pereza no es más que la respuesta inteligente o quizás la desesperación tranquila del que ve que nada va a alterarse, y que la puerta hace tiempo estaba ya cerrada.
El jardín después de la tormenta es más azul y huele a espliego. Sentado en la hamaca observa a Maruska. Le ha puesto nombre ruso porque la primera vez que la vio fue sobre la pared, en aquella mancha de humedad con un asombroso parecido a la antigua URSS, o quizás en realidad lo hizo porque de siempre le había apetecido conocer a alguien llamado así.
Maruska!, ¡Marusketaaa! le dice con diferentes tonos cuando la ve salir.
A la arañita, un ejemplar joven de la familia Argiopidae, no le llega la voz del humano, no por ser tan pequeña, desde luego, sino porque no tiene oídos, ni membranas timpánicas, ni nada parecido… la araña cuando siente vibrar el aire a cada golpe de voz de aquella criatura enorme corre hacia el borde de la tela… el humano se sonríe satisfecho y engañado casi la susurra: ¡Maruskitaaa, tú me oyes!

Si hay un ser que no conoce la pereza es la araña. Construye mil telas y las repara sin cesar. Es uno de los pocos animales que pone trampas. Eso le fascina al hombre: cómo un ser tan diminuto construye celadas mortales con la seda… eso y su afán de cazadora incansable, aún en la sombra del acecho antes de saltar sobre la presa.
Mientras Maruska está formando nuevas hebras y salta de una a otra ramita del rosal estirando el hilo, formando puentes de los que tender el resto de la telaraña, el humano perezoso y recostado, ya casi adormilado, cuenta los días que le quedan de vacaciones: apenas una semana, se dice.
Y le cuenta a la araña que le da una pereza enorme volver... volver a la oficina, volver a obedecer al jefe, volver a la pantalla y a la señal parpadeante del ordenador… volver a oír a los compañeros, escuchar sus interminables, aburridas, historias de familia, recibir decenas de correos electrónicos cargados de sus fotos en la playa, o bajo el Big-Ben, pereza de los días cada vez más cortos, pereza de las interminables sesiones invernales frente al televisor, y ni un sueño al que aferrarse… ¡me da mucha pereza Maruskilla, tener que volver a la vida y aparentar creerla!...

La pereza es suave como el filo de una ola. La pereza es no querer desperezarse nunca… sobre todo si millones de hilitos de seda, en una espiral pegajosa y transparente, te han envuelto al fin, rodeándote entero, mientras observas, pura delicia, cómo la diminuta araña se mueve en redondo sobre ti, afanándose incansable, ligando hebra con hebra con exactitud milimétrica. Mortaja de seda y sueños en espiral, dulces como una siesta en el ocaso del verano.

Albada 203



NACAR
(15 de agosto de 2010)

La tienda está justo frente al portal de su casa. El escaparate ocupa la mayor parte de la fachada desconchada, pero aún así sólo hay sitio dentro para el maniquí y una estantería donde el dependiente suele colocar cinturones, corbatas, calcetines… y otras prendas pequeñas extendidas con más o menos -más bien menos- gracia.
Hace cinco años que vive en este piso viejo, cinco que su dirección es la calle estrecha y en cuesta, cinco que no sale de la ciudad pequeña y provinciana.
Desde aquel verano que por ajustes de plantilla le trasladaron allí, la tiendecilla de enfrente ha sido la única vista que ha tenido al asomarse a la ventana, su referente para adivinar si haría más o menos frío, si llovería de nuevo como ayer o también como antes de ayer.

Mientras toma el primer café del día, ve cómo el sol oblicuo va deslizándose entre la pared y la canalera desvencijada; es entonces, al reflejarse el primer rayo en la luna de la tienda, cuando se produce el efecto mágico de todas las mañanas: la claridad intensa parece salir engañosamente desde el interior del escaparate y ondas multicolores envuelven de luz al envarado maniquí, protagonista involuntario, que como si entendiera de fenómenos de difracción y óptica cuántica parece estirarse y crecer.
De color carne, la mandíbula de plástico al cielo, siempre dirigida hacia su ventana, observándole fijamente, desde el fondo del escaparate. El pelo tallado y la cara maquillada, tanto que, aún sin estar cerca, se le distinguen las pestañas pintadas una a una, minuciosas líneas paralelas bordeando las dos esferas blancas de nácar que tiene por mirada.
No era un maniquí moderno, ni siquiera tenía aquel glamour de los de antaño. Era soso, sin gracia, tan rígido, y envarado en su postura altiva, que ningún traje, por mejor sastre que hubiera tenido, le hubiera sentado bien. ¿Y aquel artilugio de derribo, aquella chatarra miserable aún se permitía brillar ante él y despreciarle?... ¡un muñeco de desguace mirándole insolente cada día recordándole su fracaso y medianía!…

Le odiaba: tras aquellos cinco años de tenerlo por compañero de amanecidas, retándose viendole brillar al sol, en aquella ciudad, en aquella calle, en aquella casa frente a la tienducha, definitivamente le odiaba cada mañana más…

Baja a la calle y cruza de acera. Y al falsamente inofensivo y humilde, al rodeado de camisas y pañuelos bordados, le enseña las fotos que ha bajado de Internet: maniquíes de ultimísima generación, modelos articulados que parecen tener piel, seres inermes con hermosas pelucas sonriendo, casi reales… y le pone delante de la cara el espejito.
Juraría que ha visto una lágrima saliendo de las esferitas blancas mientras se aleja carcajeándose, arrastrando las maletas -¡ al fin!- hacía la ciudad más grande, la de anchas avenidas , la de edificios altísimos donde se es vecino del sol.

En la euforia, ha olvidado junto a la taza de cafe vacía, que también allí son más las tiendas, muchos más los escaparates, y más, muchísimos más los ojos de nácar.






Albada 202

(Dalí. "El farmaceutico de Figueras que no está buscando absolutamente nada"


LA CAMA
(8 de agosto de 2010)

Su mujer sólo se lo dijo una vez. La verdad es que no hizo falta que lo hiciera más veces ni que empezaran una de sus interminables discusiones: bien sabía él que la cama no cabía en ninguna de las habitaciones del piso de Barcelona. Y respecto a la idea de convertir el salón en dormitorio principal, que se le pasó entonces como un chispazo por la cabeza, ni se le ocurrió comentarle tal disparate. Definitivamente se tendría que conformar (por el momento), mientras no les fuera posible cambiar el moderno y ultrapreparado piso del estupendo barrio de Sant Gervasi (del que aún estaban pagando la hipoteca), por uno de esos “elegantemente decadentes”, ésos con habitaciones grandes y cuadradas, de techos altos y balcones con puertas de madera, con chimeneas apareciendo de pronto en rincones imposibles, con cocinas con despensa y soleados patios de luces… uno de esos decimonónicos pisos que los progres pudientes (políticos nuevos, la mayoría) se estaban “arreglando” en la Barcelona vieja, en los mismos barrios hasta hace poco nido de okupas, desheredados y bohemios que ahora alcanzaban precios imposibles Ni pensar en traerse la cama pues (de momento), sólo esperar los puentes y el ansiado mes de vacaciones.


En el pueblo, la cama estaba en el cuarto más alejado del centro de la casa, el que daba al poniente justo frente a la sierra de la Albera. Hasta allí no llegaban las voces de los veraneantes sentados en la terraza del bar de la plaza, ni las carreras de sus nietos jugando por los pasillos, ni la risa chillona de la cuñada riéndole las gracias al memo del marido… ni la televisión, ni los ruidos de las cucharillas endulzando las tazas de café del gran comedor familiar… ni siquiera el timbre de la puerta si llamaban.

La cama fue suya desde que recordaba; era suya por derecho de nacimiento, eso le dijo desde el principio su madre, mientras contaba a todos los de la casa cómo, para no variar el temperamento futuro de aquel hijo que siempre viviría con prisas, él vino a vivir al mundo allí, en la gran cama familiar, sin esperar a que le llevaran al vecino hospital de Girona, ni siquiera aguardando a que el padre volviera con el médico.

Algunas noches, de niño, en la casa de piedra del Alto Ampurdán, sentía aquel escalofrío y corría a su cama tapándose los ojos con la colcha granate de la abuela. Acariciaba las iniciales bordadas de la almohada mientras notaba que llegaba el sueño y la Tramontana que azotaba las persianas se olvidaba de asustarle y continuaba su camino para chocar al fin al amanecer contra los acantilados.

La cama era su barco seguro, refugio para leer, colchoneta para saltar de pequeño, después lecho de lujo para hacer el amor, isla de descanso y de sueños ahora que le pesaban más los años… su solaz de puentes y mes de vacaciones…
Sabía más que presentía que la historia de su madre tenía el final que nadie le decía y que algún día se unirían puente y barco y navegaría en su cama para siempre.

Albada 201




NADA PERSONAL
(1 de agosto de 2010)

El tema en cuestión no era nada personal pero le afectaba como si lo fuera. Aunque Uno no pensara lo mismo que ellos, aquella tarde se quedó también callado, tan silencioso como últimamente lo venía haciendo.
Mientras les oía hablar, dirigió la mirada al fondo de la barra, las botellas del último estante brillaban alternándose en hileras perfectas: blanca ginebra, whisky tostado, vodka azul... Entornó entonces los ojos como si estuviera pensando “intensamente” en lo que acaba de oír y dejó que pasara el tiempo: un segundo, dos, diez segundos, un minuto… quizás ya ni le preguntarían y con un poco de suerte no tendría ni siquiera que asentir… alguien volvería a repartir las cartas y todos aplicarían los cinco (¿?) sentidos en la próxima jugada. Había observado que sobre el tapete verde desaparecían todas las consignas, y las directrices, una y otra vez repetidas, se quedaban flotando sobre la luz, ambarina y horizontal, que se colaba al atardecer dentro del bar.

Cada vez le resultaba más difícil. Si antes fingía y se unía al coro haciéndose pasar por otro más, ahora Uno notaba un cansancio infinito que le dejaba sin fuerzas para disimular. Odiaba cada tarde de partida y sin embargo sabía que era ese rato con sus antiguos amigos el que le garantizaba la mejor de las “impunidades”, el certificado de “su normalidad” absoluta.
Si los compañeros le resultaban insoportables, tampoco él se hacía mucha gracia cuando ya de vuelta recordaba cómo al quedarse de nuevo mudo había aseverado con su silencio hueco. Al fin y al cabo no era muy diferente a los demás, se dijo mientras abría la puerta.

En casa a Uno le parecía a veces sentirse más seguro, pero sólo a veces.
Besó a su mujer que le sonrió al saludarle, acarició al gato, se puso las zapatillas y se lavó las manos; fue a la habitación de la niña y en la penumbra la adivinó en la cuna ya dormida… al fondo del pasillo, en el salón, oyó la risa del hijo mayor viendo el concurso de turno en la televisión... la cena -con los alimentos convenientes y aprobados- ya servida en la mesa, armonía en los rostros... todo correcto, todo conforme se esperaba del modelo... a un paso del uniforme se dijo mientras desplegaba ya la servilleta.
Antes de dormirse, como de costumbre recitaron todos las últimas instrucciones. Chicos y grandes de cada casa de cada barrio de cada ciudad repitiendo las indicaciones, especialmente las nuevas prohibiciones (empezaban a ser tantas que se había hecho necesario este ejercicio de memoria colectiva).
Todos menos uno, Uno al que la noche y un cansancio infinito le habían sumido en un profundo sueño, todo lo profundo, personal, inconveniente y trasgresor como sólo los sueños pueden llegar a serlo.

Albada 200

CHUCUCHÚ
(25 de julio de 2010)

Creo que convendrán conmigo que esta semana no ha sido lo que se dice muy “estimulante” para Aragón en cuanto datos económicos se refiere. Ya sé que quizás a alguien le puede parecer demagogia fácil la cita sin más de las diferentes noticias –¿ingratas? ¿inquietantes?– a las que me estoy refiriendo, pero me salvaría de cualquier acusación simplemente decir que las cosas han venido así, una detrás de otra como aquellos trenes de vagonetas que de niños bajábamos a ver pasar a la Estación... chucuchuchú y voilà! aquí llegan: cada día de esta semana nos hemos desayunado con una o varias de ellas...
Es cierto que algunas de estas “nuevas” eran ya sobradamente conocidas o “previstas” en su momento, pero no me negarán que cobran AHORA, y encima JUNTAS, un relieve y un significado mucho más... digamos considerable.
Por ejemplo, y por empezar por la primera, leer eso de que Expoagua gastó entre 2005 y 2009 en viajes y comidas nueve coma noventa y seis millones de euros (sí, lo he escrito bien: 9,96 millones de euros) más 1,5 millones en la partida de “transportes” ( no hablaremos aquí de los desfases en los presupuestos de algunos de sus edificios más emblemáticos), y leer también que esas cifras en gastos tan... ¿volátiles? son consideradas “necesarias” por parte de su Sociedad Gestora, qué quieren que les diga... no lo considero cuando menos razonable, lo siento, pero en estos tiempos en que se nos piden templanza, comedimiento o incluso sacrificios, sólo se me ocurre que o bien estábamos necesitando urgentemente un José, como aquel hijo de Jacob, que nos advirtiera que nos encontrábamos ante el típico episodio de “vacas gordas ” o bien...
Porque, hablando de “vacas flacas” no hace falta ser adivino bíblico para augurar que la próxima persona que rija/presida nuestro querido Teruel va a tener que pasarlas más que canutas (él/ella y nosotros, los vecinos, por supuesto) si no aparece el “milagro” que nos “llene” las arcas municipales. “El estado de la tesorería municipal es dramático” decía este miércoles un informe interno del Ayuntamiento. Con 4,5 millones de euros de déficit de liquidez al cierre del 2010 y la imposibilidad por el Real Decreto Ley recientemente aprobado de solicitar un nuevo préstamo a corto plazo, sobran más comentarios.
Y la última la del viernes, lo del duro recorte en infraestructuras a Aragón, la Comunidad a la que Fomento más poda o más cercena. Digo yo que si eso significará que crecemos después más sanos y con más fuerza.
Bueno, hoy ya es Domingo, así que me tomo fiesta y creo que de momento dejaré de ver pasar trenes. Mañana es mi cumpleaños y comienza otra nueva semana, la última antes de que Julio del 2010 se nos despida y otra tanda de españoles comencemos las ansiadas vacaciones. Buen viaje para todos.

Albada 199


(collage J.M. Ubé)

SIESTAS DEL VERANO
18 de julio de 2010


“Hoy los mirlos están alborotados”… Bukowski no es buen compañero para la siesta. O quizás sí, piensa: tal vez está bien ser un tipo corriente, al que le pasan las mismas cosas que les pasan a todos; un hombre gris, un ser de vida rutinaria protagonizando un largo poema que empieza “más solo que un huerto seco y agotado”, por ejemplo. Historias ordinarias, minimalismo narrativo abierto sobre la colcha a rayas verdes y naranjas: la belleza de la indolencia, la placidez de la apatía.

El verano es lento y promete mañanas extensas junto a la piscina con los niños; y largas, larguísimas siestas en los cuartos oscuros donde el ser humano ensaya finales tras las persianas bajadas.
Hace calor, es julio todavía y sólo dos perros locos ladran en la calle a una luna desaparecida.
Pasaron las fiestas, pasaron los goles del Mundial… por pasar hasta ha pasado el beso de Iker al que poco han tardado en poner etiqueta y precio… Todo es ahora recuerdo, bono de piscina y una bolsa con la toalla y el libro de Bukowski húmedo junto al bañador.

Por la puerta abierta del dormitorio la ve trasteando en la cocina. Parece que hace años que no la ha visto: los párpados más gruesos, los labios más delgados, la cintura que apenas se insinúa… pero tras las arrugas reconoce a la mujer de la que había estado/estaba –¿aún?– enamorado. Tuvieron dos hijos, una hipoteca y un coche; protagonizaron historias normales, discusiones cotidianas, un poco de excentricidades y nada, por supuesto nada, de heroicidades. Siempre habían sido estupendos protagonistas –¡quietos, sonreír!– para una cámara de fotos. Más cerca y más ajenos verano tras verano ¿Y si le preguntara dónde ha estado todo este tiempo?

Sigue haciendo calor, son las cuatro todavía y los dos locos perros nunca acaban de quedarse afónicos. ¿No saben que la luna siempre ha preferido a los gatos y se enredará con ellos jugando en los tejados mucho tiempo antes de que baje hasta la calle?
“Entretanto / me ducho / contesto el teléfono / hago huevos duros / estudio el movimiento y el deterioro / y me siento tan bien / como cualquiera / mientras paseo al sol”... y lee a Bukowski, definitivamente siempre lee a Bukowski en las siestas de cada verano.

Albada 198


LA VAQUILLA

(11de julio de 2010)

Cada Vaquilla es la misma y distinta a la vez. Supongo que eso es parte de la magia. Va pasando la vida, la nuestra, la de los nuestros y la de los otros, y cada año no dejamos de sentir esa especie de gusanillo de lo novedoso, de la sorpresa de la Vaquilla del año que nos toca, que recién nos llega siempre como una desconocida, sugestiva, inédita, a pesar de que nos sabemos el programa al dedillo, hasta con las comas.
Cada año que nos atamos de nuevo al cuello el pañuelico, sentimos la misma novedosa emoción, el mismo ligero cosquilleo en un ritual que nos envuelve de sentimientos tribales, que nos bautiza y confirma como TUROLENSES, ese título tan difícil, tan duro a veces, tan hermoso y que con tanto orgullo presumimos de llevar .

Y es que todo turolense podría escribir una biografía colocando uno tras otro, en fila, los recuerdos de sus Vaquillas. Fiestas vividas de niños bailando de la mano de los padres, de adolescentes con las manos anhelando libertad dentro de los bolsillos, de jóvenes ya de manos emparejadas… aquella Vaquilla de locura total, desternillante, ¿delirante?, aquella otra más triste, la siguiente en la que no sabías dónde colocar a tantos amigos que se te apuntaron a última hora, la del amor, la del desamor, la de volver al amor… la de la mano del hijo en tu mano… Historias de nuestras vidas en que los escudos sobre la casaca son como las piedrecitas de colores que iluminan el camino hecho y dejan espacio paciente al por hacer.


Miro ahora la mía y acaricio el escudo más preciado: el primero, el más descolorido, y me acabo de dar cuenta de que pese a ser tan diminuto, casi un retal, a su alrededor parece que se han ido acomodando todos los demás escudos… Será porque en la vida nunca dejamos de ser el niño que fuimos, no lo sé, pero siempre que cada año lo vuelvo a ver me hace sonreír y recordarle a él.
Este escudo, como todos los demás, tiene su historia y su Vaquilla: mi tío, Miguel Gea, encargó a las Clarisas, que nos bordaran uno igual a cada uno de sus sobrinos. Era el escudo de la peña que junto a sus amigos fundó hace muchos años: allá por el mes de septiembre del 42, unos pocos amigos de apenas veinte años, con los recuerdos de la tragedia de la guerra escondidos al fondo de las pupilas y las ganas enormes de vivir a flor de piel, fundaron la primera peña vaquillera de Teruel.


Al hilo del recuerdo recupero las fotos antiguas y los papeles amarillos. Descubro la firma de mi querido tío bajo los diez acuerdos de los Estatutos, que terminan en medio de románticas proclamas y alguna que otra inocente chufla: “Ha de ser tal nuestra unión, que si por cualquier motivo, alguno de los firmantes al convenio, llegase en alguna ocasión a discutir o pelear con extraños, todos, como un solo hombre, saldremos en su defensa. Y para que conste, cada cual que estampe su rúbrica (pero sin borrones ni huellas dactilares) deseando si no es mucho pedir, que todos, haciendo gala de la buena intención que nos anima, cumplamos con lo poco que en lo expuesto se pide, para que nuestra organización sea admirada y deseada por todo el que tenga conocimiento de ella y con un ¡Hurra por el éxito, unión, camaradería y vino en bota, firmamos con pluma no rota! ¡Viva la Peña!”
Peña Los 13’, pone en el escudo, y un pañuelico rojo y una botica dentro del círculo de la letra o. Recuerdo que de niña se me hacía raro llevar el escudo de una peña que nunca veía, que ya no se reunía, pero de la que ninguno de sus antiguos componentes, me atrevería a afirmar, nunca diría que no existía. En mi inocencia infantil me creía depositaria de un estupendo tesoro, de un pedacito de la historia de mi ciudad bordado en aquel escudo.

Cuántas historias le he oído contar de sus Vaquillas, de las Vaquillas de los 13: de porqué se llamaron así, de porqué “importaron” a Teruel el pañuelico, la faja roja y el traje blanco; de la charanga de los amigos de Cella y del desfile en la plaza, de sus comidas, de sus bromas, de cómo la vida también les fue cambiando a ellos y de cómo sus mujeres pidieron su sitio en la peña…


Este año ha muerto mi tío. Se ha ido el último de la Peña los 13, la primera peña de la Vaquilla del Ángel. Ahora que ya no queda ninguno de aquellos animosos jóvenes, ahora que alguien podría decirme que es realmente cuando la Peña ya no existe, la siento más viva que nunca en cada charanga, en cada pañuelico rojo de los turolenses. Y sé que Miguel Gea volverá conmigo, con todos, cada año a gritar con fuerza: ¡Viva la Vaquilla! ¡Viva la Peña! ¡Viva Teruel!


Albada 197




JULIO 2010
(4 de julio de 2010)
Son las cinco menos cuarto, y hace calor. Hace calor dentro y fuera de la casa. El hombre no sabría decir, si acaso le preguntaran, donde hace más, aunque sí sabe que en este preciso momento preferiría mil veces estar en la calle que en el salón de su casa, por mucha temperatura que desprendiera el pavimento marcado a fuego por los coches.
Es julio, y quedan exactamente 185 días para que acabe el año. Muchos días, muchos finales de mes le parecen, hasta el próximo Año Nuevo.
Va a costar un poco, pero es lo que toca, le dice él mismo al cuello de su camisa antes de empezar. Pero ya no tiene excusas: la mujer ha cumplido con su parte del plan y ha conseguido reunir a toda la familia en el salón (y eso que ahora en verano no hay manera de que los horarios de los seis coincidan: siempre hay quien se ha quedado a comer en la piscina, que tiene antes la hora del repaso de inglés, o el partido de tenis, cuando no son las amigas de la niña llenando todo de risas y grititos…).
El padre transpira un poco más de lo habitual. No sabe si será por el calor, o porque no está acostumbrado a estas reuniones familiares, pero no recuerda haber sudado tanto en su vida desde aquella vez que se quedó encerrado en el ascensor más de dos horas (menos mal que Daniel, el portero, consiguió abrirle antes de que el técnico del ascensor llegara -tres horas después, claro-).
Va a costar un poco. Pero es lo que toca, dice en voz alta y ya a todos esta vez. El tono de voz del padre de familia que pretende ser tranquilizador, les parece a los hijos un tanto cómico, por su pose de “colega”, juntándose con su mirada seria, la sonrisa forzada de los labios y el sudor empapando las axilas de la camisa, perlando la incipiente calva de la frente.
Y antes de nada va y les habla de cifras, de gastos y cuentas corrientes… y les sigue hablando de nóminas rebajadas y de impuestos… y al final, como buen maestro que predica con el ejemplo, se decide a sacar la última factura de los teléfonos móviles (esa que acaba de llegar y que ya en el gasto del mes de junio aplica la dichosa subida del 18 %).
Les explica a los más pequeños lo de las vacaciones, lo de la reducción de las visitas diarias al Parque Acuático, algo más sobre los tres viajes en la feria, las chucherías... continúa con la hija y el hijo adolescentes y la ropa y las tardes tomando refrescos en las terrazas del centro comercial y el esto quiero, esto necesito, y la gasolina de la moto, y los viajes de fin de semana…
Los hijos miran a la madre y entienden al fin todo en su silencio.
La recesión global y, así de pronto, el tener que prescindir, el aprender a valorar de nuevo. Puede que el DESARROLLO sea al final una familia hablando, una familia decidiendo ante las dificultades. Eso y cabrearnos -¡cómo no, con muchísima razón!- al recibir la factura del teléfono acrecentada y la nómina mermada.
Fuera, en la gran ciudad, el calor es asfixiante. Mar de crisis y botes salvavidas bordean los perfiles de las casas.
Es julio y como cada verano fantasmas de asfalto (este año muchos más), se levantarán por la calle.

Albada 196

(Foto Arturo Bobed)



SUR DE CALIFORNIA
(20 de junio de 2010)

En aquellas mañanas de veranos interminables al emular a Albert Hammond con lo del It never rains in sourthern California apenas el índice le llegaba para la cejilla del acorde. Trasteaba las cuerdas de la guitarra como trasteaba su mal inglés, pero las pestañas de las niñas ya le acariciaban en aquel rincón de La Glorieta y despertaban en él las primeras sensaciones de placer inconfesable.
El aire lleno de sol y los discos dedicados en la radio del tercero subiendo por todo el patio interior de la casa hasta el cielo azul cruzado a rayas por los tendederos. La hora de comer con la hermana pequeña bendiciendo la mesa y el termínate todo que sino no sales. La abuela esperando la hora del serial de Lucecita y las tardes de siesta leyendo tebeos cambiados una y otra vez en Casa Ros o en la Tropela
Y luego a las seis y media, cuando bajaba el calor, salir para encontrarse con los amigos mientras las calles del centro quedaban tomadas por decenas de pequeños con la merienda en la mano, jugando a las cuatro esquinas - esquinas mágicas del centro de un Teruel sin coches- a tres navíos en la mar, a churro va, a la luneta, la cuerda, las tabas, los pitones… Más allá, en los bancos de piedra de la Placeta de las Monjas, un grupito intercambiando los cromos de Vida y Color y otro jugando con las barajas de las familias (familia bantú, familia de tiroleses) y encima de todos y de todo los vencejos del verano: los vencejos amigos de cada verano chillando y haciendo piruetas sobre las torres.
Tenía razón Fernán Gómez las bicicletas son para el verano, y también para el atardecer en el camino del Carburo arreglando con parches rojos la rueda pinchada. A las ocho la partida en los futbolines de la Bolera de la calle San Andrés o el encuentro con el resto de la panda en el Electroter de la calle Salvador.
Una caña mojada en el Goya (una sola y a veces compartida, por que no había pesetas para más) y los más atrevidos bajar a la Casa de Los Condes por si algún fantasma…
El Un, dos, tres en la televisión y conseguir después de rogar un poco (lo que te diga tu padre decía siempre la madre, más blanda, más cómplice) que te dejaran salir de nuevo, al menos hasta la una. Estrellas sobre los tejados de Teruel, calles repletas de voces familiares, vecinos en los balcones de tertulia a la fresca de la noche. Sensaciones. La calle de todos siempre con el carnet en el bolsillo por si la pareja daba el alto (lo de correr delante los grises llegaría algo después en Zaragoza).
Ha pasado la tarde con el borrador de la ordenanza. El otrora jovencito enamoradizo de la guitarra, hoy serio señor con corbata sólo en los actos oficiales, repasa el texto. El título octavo de la esperada ordenanza dice que regula locales juveniles, encuentros festivos en la calle y exige “condiciones y requisitos” en pro de la “seguridad, salubridad e higiene”, en pro de la “convivencia ciudadana”. Documentación, horarios, garantías…sanciones, folios, más folios.
Ya en el crepúsculo cierra la carpeta. Bajo el soñoliento cansancio mira de reojo a su hijo adolescente: tirado en el sillón, puntea suavemente la vieja guitarra, las manos más grandes, más expertas que las suyas a su edad…
Quizás por la ternura que le sobreviene, quizá porque Albert Hammond le enseñó que nunca llueve al sur de California, piensa de pronto que para ser justos no estaría mal que a la rigurosa ordenanza la acompañase de una vez por todas algo más que promesas oportunistas en época electoral o titulares periodísticos ad hoc para nuestros jóvenes. Puede que ellos también exijan algún día ese otro título octavo de nuestros compromisos y que terminen por sancionarnos también con rigor las promesas de mayores que nunca se han cumplido. Locales para ensayar música, teatro, danza o simplemente para reunirse y hablar y reír; centros y ofertas permanentes de ocio y cultura, lugares al fin para socializarse y crecer como personas y ciudadanos respetados y respetables de esta ciudad, Teruel, que es tan suya como lo es de sus mayores.

Albada 195



JUNIO
(20 de junio de 2010)
En Junio terminan las clases. Fin de curso. La Selectividad es ya sólo espera de notas que cuadren y nervios destrenzados. Los estudiantes ocupan las estaciones con sus maletas más llenas y se alejan. La ciudad desaparece, aunque nunca lo hacen, por mucho que se distancien, la luz sobre los tejados y ese olor a violetas.
Si alguien volviera aquí, justo en ese preciso instante en que el tren acaba de perderse tras el envés del horizonte, vería que es verdad: la ciudad no existe, pero de su presencia ausente queda la luz con el perfume. La claridad fragante y el alrededor con la estremecedora nada abrazándolo todo.
P. ha vuelto al colegio de la infancia y no hay una sola ventana por la que asomarse; del instituto ni siquiera el testimonio del primer escalón donde se sentaba con C. y L. para jugar a las canicas, esperando sin ganas a que el conserje abriera.
Del viejo cine: aire; de los árboles talados de la plaza: sombra color de regaliz. Eso queda mientras P. frunce la vida en una sonrisa congelada.

Junio, mes de las despedidas, algunas para siempre, las definitivas. Son ésas, las últimas veces que nunca supimos que lo fueron hasta mucho tiempo después, las que más vacío dejan, las que ahondan hasta el escondido rincón del recuerdo.
La última vez que… la última vez que… la última vez que… ¡y ni lo sabías TÚ que ya no habría más veces!
Levantaron casas, ensancharon aceras, y el esplendor que se alzó hizo estallar secretos antiguos y emborronó memorias. Los años que han pasado construyeron el vacío que conjuró la única huella que a P. le quedaba.

Junio, que lleva nombre de diosa madre y de infancia protegida. Junio el de las despedidas de adolescentes que sólo sabrán cuando el reloj de arena gire mil veces que los adioses del mes de primavera hacen más daño cuanto más lejos se quedan.
Ahora que ha recogido despedidas que no supo que lo fueron, P. busca recobrar una ciudad que sólo existe en su corazón; ahora, cuando el tren dobla el reverso del horizonte, P. va a encontrar un mar silencioso de luz malva. Como un Peter Pan cualquiera desesperado por el deseo de volver. Lo que más duele, decía Pessoa, es el ansia de cosas imposibles…
en el fondo del alma hay una congoja intensa e invisible, una tristeza como el ruido del que llora en un cuarto oscuro.
En Junio, cuando florecen las violetas.

Albada 194

ELEGIDO
13 de Junio de 2010


Se ven a lo lejos, justo detrás de las últimas casas. En el descampado grande, frente a las eras, el grupo de chicos está quieto. Sólo dos de ellos parecen hacer equilibrios sobre un hilo inexistente en el suelo: echan suertes. Oroo. Plataaaa. Orooo. Plataaa. Orooo… ¡monta y cabe!…
Frente a los dos, los otros nueve esperan expectantes. Las cuentas no fallan, son once y el último que quede sin elegir no jugará. Siempre ha sido así, lo saben todos los chavales; es equitativo, sin blandas compasiones ni falsas concesiones de mayores. Cuando el número no “cuadra” a alguien le tocará quedarse fuera.
Sin necesidad de explicaciones, con esa justicia a veces tan dolorosa como incontestable, los capitanes van eligiendo uno a uno, en voz alta, señalando, haciendo cada vez más pequeño el corro de los que aguardan en silencio, y más numerosos a los que esperan saltando, pasándose la pelota, respirando ya a risotadas.
Definitivamente hay uno que sobra, uno que se quedará mirando como los demás juegan.
Lo más duro sin embargo no es no jugar; lo peor son los segundos eternos en que los capitanes van escogiendo, sentenciado.

Apoyado en la valla de madera escucha los gritos mientras se pasan el balón. El aire del atardecer lleva pedazos de sus voces hasta el pueblo. En la plaza los pequeños se han cogido de la mano y giran. En el alboroto, todos se sueltan del corro y se buscan de nuevo… Al pavo pavito pavoo… Las cuentas no fallan, son número impar y alguno se quedará solo. Sin pareja a la que abrazarse, y más niño que nunca, aguantará las burlas de sus compañeros: ¡pavoooo!.
Lo más duro sin embargo, lo que más le ha dolido, no será oír sus chanzas ni las risas, sino esas punzaditas de miedo sobre la sien mientras giraba al compás de la absurda canción.

Hoy ya se olvidó de contar hasta cien jugando al escondite. Se olvidó de posarla siempre, de ser el menos rápido de todos en el correquetepillo, de nunca esquivar la pelota en el balóntiro, de no encestar ni una…ya se olvido, piensa.
Casi tras las últimas casas, hay ahora una gran carpa sobre el césped. Delante del flamante “Restaurante Las eras” el grupo de invitados baila. La música lo envuelve todo.
La mira, y así vestida de blanco radiante, su sonrisa le hace revivir el pasado. Ella, la más deseada por todos, la chica de sus sueños a la que nunca se acercaba, ha elegido también.
Y se lo dice a él, sólo a él en medio de toda aquella algarabía de la orquesta, despacio, casi al oído: camarero, tomaré un poquito de cava, por favor…

Albada 193


DE FERIA
(DdT, 6-VI-2010)
Ir de feria. Si nos atenemos al significado del latín tardío de la palabra (y también, por qué no, al que nos apetece más a todos) es ir de fiesta.
Así que apunto en mi cuaderno: día de feria igual a día festivo, igual a día para festejar… Y mientras lo escribo me digo que visto así lo de la Feria del Libro, debería ser una pasada, vamos, el no va más: la feria, la Fiesta de la Cultura…!ahí es nada!, ¡y encima en Primavera!...

Les confieso que cuando llegan estos día en que se oye hablar tanto de ferias del libro me da un poco de rabia (sólo un poco por que el ser de Teruel, es lo que tiene, que te terminas por hacerte además de resignada una estoica) pero rabia al fin y al cabo sí, un poquito de rabia -lo reconozco- me da….
Me explico: eso de que en Zaragoza tengan estos días su Feria del Libro, eso de que en Huesca tengan estos días su Feria del Libro… eso de que la tengan, como no, Madrid y también más de España y media… En fin, que chincha un poco - qué quieren que les diga- pensar que todos los demás sí y nosotros…¿?

Y es que me hubiera gustado mucho, por ejemplo, haber salido esta mañana y poder asomarme en las calles de Teruel a los libros de mis autores preferidos, descubrir agradables sorpresas al abrir las tapas de un título desconocido, o pasear simplemente la mirada entre esas montañas de colores con libros ordenados y engalanados para su “fiesta”… ver a las familias con los niños revoloteando ante esta invitación a la lectura en toda regla (¡ay aquellos tebeos de la infancia!)... haber conocido algún autor y preguntarle... en fin, tener una mañana de domingo como la habrán tenido muchos de nuestros vecinos oscenses y zaragozanos (por citar sólo los más cercanos).

Me busco un consuelo y me digo que, quizás al no tener la dichosa feria, me he librado de ver las casetas plagadas con los best-sellers de turno, de comprobar la penosa pleitesía que la literatura debe rendir al marketing y al mercado para subsistir… Es una disculpa pobre, lo reconozco, pero como sea que siempre que uno imagina fantasea lo mejor, yo me había fabricado una Feria del Libro en Teruel repleta de buena literatura ( por qué no si soñar es libre y todavía no le han subido los impuestos...)

Creyéndome ya liberada del reclamo de los libros, al que tan difícil me resulta resistir, termino esta tarde de domingo sumergiéndome en uno de ellos: nado entre sus páginas creyéndome a salvo, por un momento, hasta de mi misma y de mi tontas rabias.