Albada 257

MORES

(11 de septiembre de 2011)

No sé si lo que debería hacer es cambiar de costumbres. Es lo que tiene empezar siempre el día escuchando, aún desde la cama, las noticias de la radio: que lo que dicen te da para mucho pensar, para mucho cavilar. Y es que estás en ese titubeo casi crucial, (un tanto masoca si no fuera porque tiene tanto de cotidiano que siempre sabes que terminará “bien”), ése me levanto ahora, aunque… mejor me espero un minuto más que aún hay tiempo… pero bueno ya, (y aquí mirada reconcentrada al despertador )… ni un minuto más… aaayyysss, mecachis…. ¡que sueño, Señor!… Pues eso, sí, todas las mañanas esa especie de desazón (el lunes multiplicada por cuatro) por comenzar el día y ver la cara gris que no te apetece nada y luego eso: lo de la “manía” de apenas despegados los ojos, darle una vuelta a la ruedecita de la radio. Y todo ello sabiendo que, últimamente, las noticias te van a poner el corazón en un puño... Y es que esta semana, convendrán conmigo, no ha pasado un informativo, cambiaras el dial donde lo cambiaras, que no te metiera el susto en el cuerpo... y te dieran ganas de hacerte una tienda de campaña bajo las mismísimas sábanas de tu cama, y quedarte ahí, quieta, varada en medio de esa isla… y que el mundo te olvidara un rato, y que tú te olvidaras del mundo, al menos ese mismo rato.

Como no llevo muy bien eso de no entender y de que, además, cada vez entienda menos, me he sacado de la biblioteca el Krugman, ese manual de macroeconomía con el que parece que (dicen) te enteras de algo, pero ni con ésas: cuando creo que empiezo a vislumbrar alguna lógica de las tan traídas variables económicas o que si la segunda recesión, la prima de riesgo y tal... cuando parece que he conseguido traducirme lo que dicen, allá que te aparece otra nueva palabreja que me descoloca, que me hace sentir de nuevo que de controlar nada de nada, que lo único que me queda claro, al final, es que la cosa parece que no marcha y de que si a alguien le va a ir peor seguro (seguro) que será a los pobres don nadie como yo (eso sí que lo entiendo, mira tu por donde, sin necesidad de que me lo explique libro alguno).

Durante un tiempo (de eso ya hace mucho ahora que lo pienso) me quedaba la esperanza de que todo se pasaría tal como había venido, que se esfumaría tanta crisis tanto paro y que igual que se había ensombrecido veríamos, no muy tarde, aclararse de nuevo el horizonte... quizás, en definitiva, todo consistía en apagar la radio y aguardar a la mañana siguiente... Ahora, sin embargo, ya a la espera de este nuevo otoño con elecciones incluidas, y viendo tal como sigue todo, ya no sé ni que pensar, ni a quién echar la culpa. Confieso que no creo que ni siquiera los políticos, a pesar de sus poderosas artes para haceros creer en purita magia o en el consabido y comieron perdices, sepan dormir nuestras conciencias lo suficiente para convencernos de que conocen dónde está la puerta para salir de ésta.

Y he pensado que quizás debería buscarme un hobby, sí. Una de esas aficiones que te acorcha el cerebro, pero todavía no sé por cúal decidirme. De momento, y hasta que la encuentre, creo que continuaré con lo que más me gusta: seguir leyendo. Eso sí, proveyendo los tiempos que se avecinan dejaré a un lado a Eliot, Pound y Vilas y me volcaré con el optimista Jorge Guillén... y escucharé la radio al despertar, claro, que hay costumbres que no conviene cambiar nunca.


Albada 256

DESEADO CRIMEN EDIFICANTE

(4 de septiembre de 2011)

El escritor estuvo pensando desde que se despertó si el título que había elegido para su cuento era el oportuno. Consciente de que no era, evidentemente, un buen título, de que enganchara por ser ocurrente e incitara a seguir leyendo, de lo que sí estaba absolutamente seguro era de lo muy significativo que resultaba, ya que definía a la perfección el contenido y a la vez la intención última del relato. Quizás demasiado, pensó. Tal vez de tan evidente, de tan acertado podían aquellas tres palabras en mayúsculas ponerle a él, autor ya con cierto prestigio internacional, en un apuro.

Miro el reloj. Casi las diez. A estas horas muchos ya estarían empezando a ojear los periódicos. Alguno incluso hasta habría tenido ganas y tiempo de leer su cuento. Lo cierto es que había escrito un buen relato. Disfrutó escribiéndolo. Sabía que sería justamente elogiado por sus compañeros Se puede decir que lo escribió al dictado: en su mente las palabras no dejaban de aparecer: nítidas, precisas, ingeniosas, cargadas de tanta intención como sutileza e ironía, pidiéndole, exigiéndole como dotadas de vida propia, que las plasmara. Una vez puesto el punto final lo leyó varias veces en voz alta y se dio cuenta enseguida de que aquel relato sonaba perfecto; casaba de maravilla con su idea de la buena literatura, la de él, escritor conocido y reconocido por su exigente delicadeza, por su sensibilidad extremada, nada dado a concesiones a la vulgaridad y lo innecesario, él que siempre proclamaba en las entrevistas la suma importancia de la musicalidad y el buen gusto en la escritura.

Después estaba lo otro, claro, lo de la historia en si. En su cuento lo contaba todo, se podría decir que era una confesión en toda regla: como empezó a brillar el día cuando oyó cantar a la primera perdiz... sus amigos, algunos escritores como él, avanzando en zig-zag sobre los terrones de tierra... el sol apenas amarillo, el jaral cristalino escarchado por la helada… fue poniendo letra a cada nube, a cada niebla, a cada instante. La culpa desde luego la tuvo el tipo aquel. Quien le habría mandado al ridículo hombrecillo cruzarse en su camino. Aquel orondo y rollizo ser pertrechado de pies a cabeza con su recién estrenado equipo comprado en el gran almacén de deportes del centro comercial de cualquier barrio. Pudo soportar la horrible chaqueta de camuflaje, las brillantes polainas de serraje, incluso el morral de cuero labrado y a la vez “multitachuelado” de estrellas, por lo demás tan largo que le llegaba al barrigón aquel más abajo de las grotescas rodillas que el calzón, abotonado a media pierna y también de simulado camuflaje, dejaba al descubierto. Lo malo no fueron las gotas de sudor rodando desde su estrecha frente ni la sonrisa boba autosuficiente con que le miró… lo peor, lo que colmó el límite de su temple, fue aquel espantoso sombrerito verde con plumas incluidas. No lo dudó: agazapado como estaba tras los matojos no le era difícil acertar. Fue un crimen edificante, señoría, llámele si quiere ejemplar. Lo maté porque afeaba, afeaba mucho, de verdad. Así lo piensa y así lo declarará ante el juez el afamado escritor, en el caso improbable de que alguien este domingo lea su cuento, comprenda su título y busque luego en las páginas de sucesos “imaginados” el final accidentado de un grueso directivo, al parecer, cazador aficionado.



Albada 255



COSAS
(28 de agosto de 2011)
Para no variar me he despertado hoy también al amanecer y con unas ganas horribles de llorar, pero ni se me humedecen los ojos. No sé el porqué, quizás para aguantar un poco más en la cama y no dar muchas vueltas (por nada del mundo quisiera despertar a Nuria que como siempre duerme como una bendita), pero he empezado a pensar cosas absurdas. En lo que echarán hoy en la televisión por ejemplo. En que se irán los suplentes y volveremos a ver la cara de los viejos presentadores de Las Noticias otra vez. Bueno viejos no, porque cada vez son más jóvenes, más guapos y afortunadamente más mujeres… pero yo ya me entiendo: me refiero a eso de tener de nuevo a la hora de comer en el televisor el rostro, no diré amigo, sino familiar que es más exacto, ese que igual te cuenta la última reforma en el Congreso que el penúltimo atentado… y mientras tanto tú con la comida en la boca y las prisas…¡otra vez las prisas!. Lo de empezar a ver pasar los anuncios de los coleccionables es otro “síntoma”. Siempre aparecen ahora, no falla. Este año el que más me gusta es ese del “dos caballos”, aquel modelo Chaleston negro y granate que de joven no me hubiera importado tener (siempre he sido un poco “retro” lo reconozco). Claro que si me decido me pasará como tantas veces, que empezaré con tres o incluso cinco fascículos y la maqueta se quedará sin terminar, pronto me cansaré… ¡no tengo yo mucha vocación de coleccionista!... ya lo decía mi madre: hijo lo que a ti te pasa es que eres muy poco voluntarioso y te ahogas en un vaso de agua…¡te falta sangre!. Mi pobre madre, sin embargo, se fue al otro mundo convencida de que había cambiado. El puesto de dirección (necesité tocar a más de un “amigo político”), la casa nueva, este apartamento en primera línea de playa que ella no llegó casi a disfrutar… sí, puedo decir que se fue satisfecha de su hijo al otro mundo… Recuerdo la aplicación con que recortaba y pegaba las fotografías del periódico, esas en las que yo siempre estaba con cara sería… ¡tienes que sonreír más hijo, y mirar de frente, a la cámara, qué siempre sales mirando para otro lado! Aún debe estar el álbum ese por ahí, creo que Nuria lo guardó por algún lado. Decidido, le diré a Pablito que me ayude con lo de la maqueta, quizás entre los dos hasta la terminamos. Luego cuando salga a por el pan y el periódico compro el primer número. Anita vino ayer tan tarde a casa que yo ya estaba despierto. La oí después hablar por el móvil todavía un buen rato… ¡que obsesión con los móviles la de estos hijos! Pero si se acaban de ver y ya se están llamando… no sé yo si tendremos pataletas mañana cuando nos vayamos, para mi que esta vez va en serio, que se ha enamorado… ¡el primer amor y eso de separarse, eso de volver cada uno a su ciudad!…ya sé yo lo que lastima eso, ya sé yo que duele mucho que no soy todavía un viejo… pero bueno, que aguanten, que peor lo teníamos nosotros… aquellas interminables esperas de cartas, las monedas de cinco duros trucadas para que nos costara la llamada más barata… entonces ni móviles, ni twitter, ni papá, porfa, que necesito dinero para este finde que me voy de viaje… Definitivamente le apretaré las tuercas a González. Ese ejecutivillo se cree muy listo, que sabe más que nadie, que manda mucho. Le pondré en su sitio, que sepa quien es el jefe. ¡Estaría bueno!, ¡qué se habrá creído!. Le diré al Ramón que le vigile bien, qué a él eso de ir con el cuento de los demás siempre se le ha dado bien… no aguanto aquí, me levanto de la cama, y estas ganas de llorar pero que no puedo… Luego me daré el último paseo por la playa. Mañana quiero que salgamos pronto para no coger mucho tráfico... esa maldita manía de todo el mundo por volver el mismo día de vacaciones… echaré gasolina al coche esta tarde… le diré a Nuria que nos llevemos hielo… y…
El ruido de la puerta del baño despierta a la mujer pero sólo unos segundos, los justos para darse la vuelta y volver a coger el sueño en el espacio de la cama que acaba de dejar libre su marido. Éste, bajo la ducha, consigue llorar al fin. Afortunadamente el sonido del agua acalla bien el sabor de las lágrimas.

Albada 254

NOTAS A UNA VEREDA

(14 de agosto de 2011)

Recuerdo que cuando subí al caballo se me vinieron a la cabeza los socorridos versos de Cavafis. Y no es que me hubiera propuesto ir en busca de Ítaca alguna (creo) ni que pidiera que el camino fuera largo para hacerme “más sabia” o tal vez “más buena”, no; lo que pensé desde el primer momento de aquel breve viaje es que lo que estaba viviendo era tan hermoso que cuando se terminara inmediatamente lo iba a echar de menos.

Tomé conciencia de ello cuando giré un poco las riendas de Fugitivo (ese era el nombre de mi montura) y avancé con el grupo. Como si entre todos formáramos un solo y fabuloso individuo, los caballos y jinetes, las vacas cada una con su ternero al lado, los perros de carea rodeándonos, los pastores y acompañantes que hacían la vereda a pie… todos los que hasta ese momento estábamos en la Dehesa de Guadalaviar, comenzamos a movernos con una sola voluntad y un mismo sentido: llevar con bien el ganado hasta los pastos de las faldas del Caimodorro.

Quien haya tenido la fortuna de hacer una vereda sabrá de las sensaciones. Sabrá del paisaje que te empapa el alma y casi sin darte cuenta te va cambiando la mirada: esos ojos cotidianos, puramente mecánicos, tan a menudo carentes de la auténtica ilusión y que han olvidado el aliento para la aventura, para lo apasionante, para lo imprevisible; sabrá de cómo por segundos nos compadecemos sorprendidos de nuestra raquítica manera de entender la Vida y nos reconocemos al fin parte de la naturaleza, esa misma que aquí la sabiduría popular ha sabido comprender y aprovechar en beneficio de ambos; sabrá del consuelo del olor a mejorana y a romero; sabrá de la armonía que siente el corazón al contemplar el cadencioso caminar de las vacas madres velando el trotar gozoso de los candorosos terneros…. del sonido de sus mugidos llamándose, de las voces hondas de los pastores, del laborioso corretear de los perros a su alrededor… del polvo, del sol, del río que refresca, de la sombra donde sentarse a almorzar, de la vida que se esconde entre las ramas y que más allá del trozo del cielo que parecen acariciar los árboles hay también nubes blancas que pasan.

Abandonamos los pastizales de la dehesa y nos adentramos a través de brezales, enebrales y aliagares cada vez más en la sierra: desde Casas de Bucar, cerca del nacimiento del Río Guadalaviar, dejamos a la espalda Griegos, bordeando su río y las espectaculares dolinas de Villar del Cobo, subimos por el Pico de Ribagorda (1712 m) y bordeamos Peña Blanca (1849 m)… El caballo esquiva pinos silvestres, atraviesa cuidadoso las pequeñas sabinas, ladea algún rebollo… veo desde la montura el bosque verde moteado por la piel ocre del ganado que lo recorre mansamente, sin dudas: su sentido de orientación prodigioso es como una tiza invisible que hubiera marcado previamente uno a uno cada tronco del camino.

Tras más de cuatro horas de marcha llegamos al Puerto de Orihuela. Allí dejamos los caballos, el resto del camino (unas dos horas) hay que hacerlas a pie. Cruzamos el Río de La Hoz Seca en el que el ganado aprovecha para beber y comenzamos la última subida. El bosque se ha hecho más frondoso, apenas pasa el sol. De vez en cuando entre los pinos aparecen esos otros ríos silenciosos que descienden tan lentos como infalibles: son corrientes vivas de piedra producidas por la gelifracción, que hay que cruzar con el mismo cuidado que si de torrentes de agua se trataran pues fácilmente puedes resbalar y caer arrastrado por la ladera.

Y por fin la meta, el objetivo conseguido: he aquí ya los pastos del pico más alto de esta sierra: el Caimodorro (1935 m.).

La alegría se pinta tímidamente en nuestros rostros algo sudorosos después del esfuerzo. Y yo estoy feliz por haber podido participar en esta pequeña vereda. Ha sido para mí un regalo porque sé de la importancia de la trashumancia y que su permanencia va mucho más allá que los intereses inmediatos de los ganaderos. En ella, en que se mantenga, se cuide y se potencie nos va mucho a todos: la salvaguarda de la biodiversidad con el aprovechamiento y la mejora de los pastos naturales y la difusión de semillas gracias al paso del ganado, el sostenimiento de nuestros sotobosques, setos, y bosques limpios sin riesgos de incendios, el mantenimiento y el vigor natural de nuestras razas autóctonas, el impulso del trabajo en común de ganaderos con la consecuente mejora de su imagen social, la compenetración de su trabajo con profesionales de muy distintos ámbitos, el mantenimiento del paisaje en el aprovechamiento de los recurso naturales, el turismo rural, la pervivencia de los pueblos… y cómo no esa “espiritualidad” tan valiosa que pervive en la forma de vivir de la trashumancia, esa que nos hace valorar la Vida con los ojos nuevos de la sabiduría de siempre. Definitivamente, creo que cuando la cara más gris del trabajo se vuelva hacia mí este invierno, me acordaré más que nunca de la brillante crin de Fugitivo.




Albada 253





NOTAS A UN PASEO

(7 de agosto de 2011)



Domingo. Apura el calor del mediodía. La ciudad se esconde tras la tibieza de las habitaciones. Casi hora de comer y enfilo el coche por la carretera Teruel – Cedrillas. Comienzo a subir. Al llegar al desvío giro a la izquierda y poco a poco me adentro en las estribaciones de la Sierra del Pobo. Aún se le notan las cicatrices del último incendio, pero este paisaje sigue teniendo esa belleza solemne que estremece. Una se vuelve a sentir criatura ante este silencio sereno susurrando a la sien del solitario que, efectivamente, hubo un tiempo, y no hace mucho, en que el hombre no existía. Olor a tomillo y té.

Detengo el coche en el arcén: sobre la carretera he visto el cuerpecillo de lo que parece un zorro. Me acerco y veo que son los restos de un ejemplar joven atropellado no hace mucho, su pelo no tiene todavía los hermosos tonos rojizos de los adultos. Me parece ver entonces la silueta de una rapaz… y sí, está ahí… justo enfrente, oteando sobre las parameras recién cosechadas. A pesar de que me entusiasmo cada vez que las veo, con mis escasos conocimientos pocas veces puedo distinguir con seguridad la especie. Hoy sin embargo estoy de suerte porque la zona, altiplanicie de horizontes abiertos, es inmejorable para observarla con nitidez y el ave me permite hacerlo largo tiempo; así que tras sacar los prismáticos me digo sin dudar: águila culebrera. Dibujo su perfil en mi cuaderno, ya no se me olvidará. La veo dar grandes círculos planeando, ligera, soberana, escudriñando con su vista agudísima el suelo mientras se cierne en el aire. No acaba ahí mi suerte porque más allá, en lo alto del horizonte, descubro al dorado alimoche acercándose; me alegro porque no han sido muchos los que he conseguido ver este año. Escribo: Tarea: informarme sobre su situación actual.
Sigo carretera adelante y paso el recoleto pueblo de El Pobo. Al cruzar Ababuj unas señales me desvían de las calles habituales: el pueblo está reunido en la plaza alrededor en una paella monumental… sonrío, estoy contenta: a mi alrededor se respira algo parecido a la felicidad, sin duda el espíritu de las vacaciones es un bálsamo que suaviza la vida habitualmente sobria y retirada de nuestros pueblos.
Yo también decido pararme y comer, aunque sea en mucha menor compañía: el merendero, junto a una antigua huerta empedrada, tiene grandes mesas y bancos también de piedra; más allá una docena de abejarucos revolotean por el campo, sus cantos como sus brillantes colores son inconfundibles.
Cuando llego a Aguilar del Alfambra el pueblo ya sestea. Relleno en la fuente de la entrada mi botella y bajo hacia la vega. El coche, cómplice y fiel, esperará aparcado mi vuelta.
Llevo en el bolsillo el folleto con la explicación de los Senderos de Aguilar del Alfambra. Son cinco rutas para recorrer a pie y otras dos en bicicleta. Comienzo a seguir las flechas de madera tras decidirme por la que la que me llevará por la zona más fresca, la más húmeda: las orillas del río Alfambra. El calor del mediodía de agosto empieza a ser recuerdo nada más empezar este camino. La luz que a estas horas es cada vez más blanquecina y pujante me llega tamizada atravesando la arboleda. Se está bien aquí, en el frescor de la sombra: los cientos, los miles de chopos cabeceros que me rodean saben guardar bien al río y dar cobijo a sus moradores, de los que yo ahora formo parte.
Cada uno de estos ejemplares vale por sí solo toda la admiración que seamos capaces de dispensar. El sendero es un viaje para privilegiados, y así me siento yo mientras bebo la paz y la armonía de este valiosísimo bosque de ribera.
El Alfambra es un río tozudo y pertinaz que en su deseo de llegar a todo parece no decidirse y marcha primero al norte, y luego al sur; se detiene casi enfangado de rojo en los estíos para luego arrollarlo todo con sus temidos arrebatos. En el Estrecho de la Hoz se vuelve espléndido y se encaja en los enormes anticlinales que ha cortado. Este paraje, antiguo dominio de los grandes saurópodos, visto a ras de suelo, desde el valle, o a vista de pájaro, desde la vecina Ermita de la Virgen de la Peña, es una lección viviente de historia del planeta, un patrimonio geológico indiscutible.
Se me hace tarde, ya empieza a anochecer, pero antes de volver decido subir hasta la ermita y los restos del castillo. Desde allí veo el serpentear de las hoces de la vega, la Muela con el verde azulado de sus pinos, los huertos rodeados de muros de piedra seca, las grandes extensiones del cultivo de cereal… adivino ermitas, molinos, masadas, acequias y manantiales, reconozco a la derecha al alto Ababuj y un poco más a la izquierda y baja a la acogedora Jorcas también asomada amorosamente al río. Vuelvo a escribir en mis tareas pendientes:
informarme sobre cómo está el preocupante asunto de la mina de arcilla a cielo abierto que pretende instalar la WBB.

De regreso a casa, en las cercanías de Teruel me cruzo con varios milanos negros. Es una sorpresa. Al parecer se están reagrupando para volver al sur; para ellos estos días de verano son ya de preparación de su despedida. Yo, un poco más rezagada, apenas aún acabo de comenzar mis vacaciones, mis paseos y este cuaderno de notas.

Albada 252



INSEPARABLES

(31 de Julio de 2011)

La habitación está casi en penumbras y sólo se oye su voz. Indiscutiblemente y desde hace ya un tiempo –precisa el hombre– paso los mejores momentos del día con ella, en su silenciosa y amigable compañía. Lástima que cuando ya atardece siempre se tiene que ir y entonces más que solo me quedo como si estuviera falto de una parte importante de mí mismo, inacabado, vacío.

Alguna madrugada, cuando en invierno paseo bajo los grandes neones de los escaparates de la avenida, o cuando en los insomnios de verano me acerco a la esquina de mi calle y me siento en el banco junto a la farola, vuelve conmigo. Y viene siempre así, sin que la llame, sin citas previas ni excusas. Ella –aquí suspira el hombre–, ella no las necesita nunca, parece segura de saber dónde encontrarme y se presenta de improviso, convencida de que va a ser bien recibida, de que siempre la espero ansioso. Aunque bien es cierto, y esto en confianza se lo digo, que no siempre la encuentro con el mismo humor. Unas veces viene muy discreta y reservada, se queda quieta a mi lado como no queriendo importunarme y entonces me parece dulce, sumisa, casi débil, y no le digo nada, ni me muevo apenas por si se ahuyenta, porque sé que ella, aunque parezca dormida, en gris, apagada, está atenta a cada movimiento que yo hago, y a cada jadeo de mi respiración su pecho vacila al compás del mío. Otras veces, sin embargo, viene a mí alegre, vivaz, rotunda y embebida de colores; es cuando se pega, se estrecha contra mí con descaro y sin miramientos. Entonces, cuando se me ciñe así –ya sabe de mi timidez– me deja desconcertado y al principio no sé qué decirla.

Pero ella es constante, sabe lo que se hace: si me detengo se detiene, si me vuelvo ella me acompaña y vuelve conmigo; es consecuente, nunca engaña. Al final, esté como esté, frágil o resuelta, le confieso que me llena de ternura su entusiasmo por acompañarme. Busco el lugar más tranquilo del parque para estar con ella: nos seguimos con los brazos abiertos y los pasos más lentos, un pie tras otro, como dos equilibristas sobre una cuerda imaginaria, ella adelantándoseme a veces, detrás de mí otras… andamos más deprisa, ya casi corremos… ahora ¡ya corremos! y presiento su sonrisa cuando se me queda atrás. Al final, agotados y felices, nos tiramos sobre el césped; yo entonces me yergo un poco, lo suficiente para inclinarme sobre ella y contemplarla allí tumbada, tan exhausta, tan contenta, tan como yo... tan siempre a mi lado.

Doctor, sé que me han traído aquí porque me creen loco. No lo estoy. Le aseguro, doctor, que tiene ante usted al más cuerdo de los hombres, porque aunque me haya costado heridas el trato con mentirosos y envidiosos, casi ya desesperado he encontrado al fin de quién fiarme, mi compañera, mi amiga inseparable; y sé también que aunque nunca me haya dicho una palabra, ella, mi sombra, se alegra tanto como yo de nuestra mutua, particular y exclusiva compañía.




Albada 251



MERECIDAS VACACIONES

(24 de Julio de 2011)


Volvemos a la misma conversación durante la comida del día siguiente y de nuevo no nos ponemos de acuerdo. Por la mañana apenas tenemos tiempo de cruzarnos dos palabras; mi mujer, que entra más tarde al trabajo, aún duerme cuando apago el despertador. Seguramente estará arreglándose frente al gran espejo de nuestro cuarto de baño mientras yo ya estoy llegando a la oficina, puntual como siempre, para la primera reunión del día.

Sentados a la mesa, ella intenta distraerme comentando alguna noticia que oye en la televisión, o la última tontería de su jefe. Le sirve de bien poco: después de un momento de duda he sacado de nuevo el tema, justamente delante del plato de minivolovanes con salmón ahumado y las cazuelitas de gambas con salsa de vainilla (ya llevamos tiempo con el régimen del famoso Dr. Dukan, juntos por supuesto, por aquello de que una pactada pragmática solidaridad es más efectiva, económica y razonable... ya se lo dejé bien claro así a mi mujer cuando se negaba a seguirlo conmigo). Casi ya terminando con la tartaleta de zanahoria la conversación ha llegado a tal punto que no tiene vuelta atrás. Dadas las fechas en las que nos encontramos y estando todavía sin decidir cuándo ni dónde nos vamos de vacaciones, le digo que esto no puede seguir así, que hay que hacer las cosas bien, seguir un orden (siempre un sistema, un método es imprescindible), huir de las improvisaciones que sólo te llevan a desagradables sorpresas de última hora… hay que sacar billetes, buscar hoteles, estudiar las guías, elegir ciudades e itinerarios, que ya no hay tiempo… ella no atiende... no nos ponemos de acuerdo. Estoy algo nervioso, lo reconozco, y sin pensarlo más, como un estúpido, voy y le planteo el absurdo ultimátum: si tú no quieres ir de vacaciones, me iré yo solo.

Lo “malo” no es que entonces sí llega el acuerdo; lo “peor” es el imprevisible y doloroso asombro al escucharla decir que es lo mejor, porque a ella cada año le cansan más, le aburren terriblemente, cada vez más, nuestras vacaciones... y todo eso diciéndomelo como si nada, incluso casi, -ahora lo pienso pero no estoy seguro-, con una tímida sonrisa, mientras recoge despacio los platos, dobla tranquila las servilletas…

Me decepciona pero no le digo nada, quizás por la rabia de no salirme con la mía, tal vez por la sorpresa de su reacción...o, seguramente, por no querer saber más de lo que en aquel momento ni intuyo. Definitivamente no le pregunto nada; me levanto de la mesa y me marcho para hacer mis 26 minutos justos de siesta (según el informe reciente de la NASA este periodo es el necesario para mejorar en un 34% el rendimiento durante el día y conseguir una inmejorable digestión).

Y ahora estoy aquí, con un jet-lag de impresión atornillándome las sienes, mirando como un bobo mi maleta deshecha y las perchas bailando como esqueletos de fantasmas en el fondo del armario empotrado de esta habitación de hotel; de esta habitación de hotel grande, demasiado grande como su cama. Antes de bajar al restaurante, rescato el móvil del bolsillo pero ella no contesta.

Ceno sin hambre y sin régimen Dukan compartido frente a un mar que tú no miras conmigo. De nuevo en la habitación recoloco, reordeno mis cosas... cansado de estar solo, aburrido de estar sin ti... preguntándome de pronto todo lo que no me atreví a peguntarte en casa. Vuelvo a buscar el móvil pero me detengo a tiempo. A tiempo de mirar el cielo anochecido de esta ciudad desconocida y comprender al fin; a tiempo para poder llegar a esbozar una sonrisa y mandarte un mensaje definitivo, sin método ni orden: “Querida, feliz descanso de mí, felices y merecidas vacaciones de mí, te quiero”

Albada 250


LA COLECCIONISTA

(17 de julio de 2011)

Cuando le parece que amaina la tormenta se apresura hasta la playa. Ya no llueve, pero aún no se ha calmado el vendaval. La galerna vespertina arranca a la espuma de las olas gotas de agua salada que le golpean la frente y las mejillas, le agitan el cabello, le empapan la piel… No hay nadie en la orilla, sólo en la vecina carretera se adivina algún coche que pasa con las luces encendidas. Aprovecha la soledad para mirar al cielo y extender los brazos. Abre la boca y bebe de aquel aire que sabe a mar, que también es mar. Se siente feliz.

Al fondo resuena un trueno porque la batalla todavía continúa allí. Pero mientras la borrasca se revienta sobre el oscuro chaflán del horizonte bajo sus pies un tímido sol comienza a dibujar su sombra sobre la arena. Si ella supiera pintar escogería el amarillo-cadmio, eléctrico y frío, para ese sol tras la tormenta… y al reflejo verdiazul de las ondas, le añadiría la profundidad ahumada del negro, la majestad oscura del océano antiguo.

Pero ella, aunque sepa de colores y de mar, no es pintora. Ella es coleccionista, coleccionista de recuerdos. Y un coleccionista que se precie debe darse prisa si quiere encontrar tesoros a la orilla de una playa, debe llegar allí antes de que se le adelanten las gaviotas carroñeras rompiendo los caparazones más hermosos, pataleando y desarmando todo lo que encuentran a su paso.

Avanza mirando atenta al suelo. Sus ojos avezados le permiten leer aquí y allá, interpretar, valorar, decidirse a recoger los regalos que las olas, gigantes martillos que hace apenas una hora se estrellaban contra la costa, han dejado reposando sobre la arena. Todavía húmedos brillan como gemas los bruñidos cristales, los trozos de botellas acariciados interminablemente por la corriente; ante ella restos de lapas, bígaros, almejas, caracolas de interior tornasolado, erizos… pinzas de cangrejo, brazos de estrella de mar… Líquenes, plumas, caparazones rotos recubiertos de retorcidas formas tubulares de cal, blanquísimos cráneos de aves... Pedazos de mascarones de barcos hundidos, varados en el turbio limo, ramas y esqueletos de árboles de otras lejanas orillas que el agua ha tallado con mano de artista dejando la parte más dura de la fibra esmaltada, vidriada…

Entre las rocas, donde aún les arrancan vida las lavandas y los lirios marinos, encuentra uno de esos pequeños charcos en los que el agua del mar ha quedado aprisionada. Se siente pletórica ante aquel microcosmos deslumbrante, repleto de criaturas invisibles, imperceptibles algas, gambas, quisquillas, esponjas... cangrejos escondidos entre las grietas, medusas de gelatina, anémonas como flores esmeralda y rosa salmón flotando en el agua quieta... Cuando llega a la base del acantilado apenas hay luz para ver los fósiles que el azote de la tormenta ha dejado al descubierto.

Es luna llena y vuelve sobre sus pasos con el alma tan agitada como la marea. Regresa a casa, regresa al mar. Ya la cinta de escamas se está anudando a su cintura y desciende suavemente por la piel, la viste entera hasta esconderle los pies. Entre los brazos no le pesan los recuerdos; ha elegido bien sus tesoros: la roja cinta del pelo, las brillantes monedas que tintinean alegremente al chocar, el peine ambarino, las verdes gafas de sol, ese molde azul para hacer estrellitas en la arena, la cadena con la pequeña cruz de plata... formas y colores prendidos de vidas que la fascinan.

Sólo el silencio escucha el hermoso canto. Bajo el cielo de las olas nocturnas, muy al fondo del horizonte de los olvidados océanos, cada recuerdo cuenta su historia: sueños ligeros de amantes, risas infantiles, cantos oscuros de ancianos... mientras ella, la hermosa coleccionista, acuna en su corazón de sirena uno a uno los infinitos deseos humanos.




Albada 249

ARIADNA Y EL MINOTAURO

(10 de julio de 2011)

El cartel de este año tiene el mismo formato: es una gran foto con una escena vaquillera del pasado de nuestra ciudad más o menos remoto (el de estas fiestas pone “segunda década del siglo XX”). Como siempre ocurre con esas viejas ¿instantáneas?, la fotografía en la que Interpeñas anuncia en tamaño póster la Semana de San Fernando da para estarse un buen rato delante de ella.

Y además se hace con disfrute: la mirada, favorecida por la estupenda ampliación de la imagen, puede pasearse a sus anchas por todo el encuadre, fijarse en algún detalle, y con tiempo, detenerse incluso en cada uno de esos personajes estáticos que aparecen (nadie corre en esta escena, todos están mirando fijamente al toro ensogado, un toro también parado, suspendido en el tiempo y en el momento, con las patas posteriores un poco abiertas, la cabeza agachada (es fácil imaginarse sus ojos prendidos a partes iguales por la sorpresa y el enojo) como a punto de emprender la embestida. Aquellos turolenses viviendo el instante, sin ser conscientes de que muchos años después cientos de miradas nuevas iban a “conocerlos”… Al mirarlos uno se siente un inocente voyeur de los padres de nuestros tatarabuelos. Un fisgón, un curioso que observa con total impunidad, parándose aquí en ese tipo del sombrero del primer plano, examinando allá en el fondo de la calle a la gente ya casi borrosa, o hasta investigando más allí, más adentro de lo que ocurre en los abarrotados balcones.

Después de aquel último toro todos abandonaron el mirador y siguieron con la alegre reunión en el interior. La casa estaba aún tan llena de todas las visitas que habían ido llegando a lo largo de la tarde que pronto no bastaron los asientos de la sala de estar. Hubo que subir al piso principal algunas sillas guardadas en el sótano. Entre sillones y sillas, entre alfombras, muebles y cortinajes, entre estatuillas de porcelana, macetas y lámparas, entre tan amplia familia y tan abundantes amistades, la gran habitación nunca parecía más pequeña que en las fiestas. Y cada año, cada celebración, igual. No importaban el estorbo de sombrillas ni bastones, ni el engorro de los grandes sombreros de las señoras… la velada proseguiría hasta altas horas comentando todos los incidentes por mínimos que fueran, historias, anécdotas de la tarde que su privilegiada atalaya les había permitido ver cómodamente, intercambiando chascarrillos, hasta alguna pequeña malicia, describiéndose todos los sucesos, todas las historias... Por los balcones abiertos y mientras baja la noche al corazón de Teruel se oirán risas y entrechocar de copas: es Fiesta e incluso los niños, habituados a guardar siempre la compostura delante de sus mayores, parecerán hoy más niños que nunca: jugarán a pillarse los primos mayores sorteando los muebles, mientras en los sillones, vencidos por el cansancio, dormitarán los más chicos.

En la calle otros niños corren también; ahora son de nuevo los dueños de la plaza adoquinada de la que se habían apropiado los padres y su toro. Alpargatería Simón Pescador se lee entre dos enormes cartelones que anuncian las corridas de la feria. El numeroso grupo de mujeres que se arremolinaba al comienzo de la tarde junto a la tienda hace tiempo que se ha desperdigado. Se han ido a preparar la cena a sus maridos, que ahora continúan el jolgorio en el café. Después aún les dará tiempo a irse con ellos de verbena y les contarán de la mirada de ese toro parado frente a ellas.

Ellas, el grupo de mujeres junto a la tienda de Simón Pescador y ellos, los burgueses engalanados del balcón, aparecen en la fotografía del cartel de este año de Interpeñas.

Viejas fotografías que nos hablan… parte de aquel hilo mágico que nos facilita el camino, que une cuna con presente, el ahora con el antes. Esta vez, Ariadna, la hija del terrible Minos, ha conseguido inmortalizarlos a todos, incluso hasta al asombrado y asombroso Minotauro. Nos han surgido de repente en nuestras Vaquillas de 2011, para compartir con nosotros un poco de aquellos latidos encerrados en el daguerrotipo de una placa de cobre. Porque nada ni nadie muere del todo para siempre.















Albada 248

(M.E. Ivaldi)

EL DESAYUNO

(3 de julio de 2011)

Ahora a través de la ventana semiabierta el sol del amanecer entra delicado y apacible. Su luz es sutil y ligera, como si el aire hubiera cosido en ella una continuación del raso de los visillos que atraviesa. El alba de este primer domingo de julio parece haberse adueñado de todos los objetos de la cocina y los ha esponjado del rosa-azul de la primitiva aurora. La mañana ha detenido a toda la estancia en el tiempo, en la eternidad del instante. Mientras el universo late con ruido de motor de nevera, Raúl se ha despertado y deja correr el agua fría en el lavabo. La costumbre de la rutina le ha desvelado a la misma hora, casi al amanecer, pero hoy es domingo, su primer domingo de vacaciones y sólo aspira a la pereza. Ralentiza a conciencia cada uno de sus movimientos, la brocha, la crema, la cuchilla de afeitar aparecen ante él como objetos nuevos, con formas y colores en los que nunca había reparado pese a ser su cotidiana realidad. Atrapa pensamientos mientras se mira en el espejo y siente la suavidad de la hoja deslizándose sobre la piel húmeda. No tiene prisa, su lujo es ahora la pereza, saborear cada instante, saber, al fin, de la calma, de ganarse aunque sea solo a plazos el respeto del tiempo y de la vida.

He aquí por fin mis vacaciones se dice mientras sale del cuarto de baño. Y por un momento todo en la casa, como en el corazón de Raúl, es un instante intenso y silencioso. Ni un latido, ni un suspiro. Quietud para conquistar su tiempo, ser dueño del día por hacer, o mejor por no hacer. Las vacaciones y por una vez no hacer planes, no tener horarios ni previsiones… el intenso placer de vivir con plenitud el momento, apurarlo al límite sin pensar ni en lo venidero ni en lo pendiente..

Cuando entra en la cocina la luz matinal que ahora es más roja también le transforma a él como ha hecho antes con la tostadora, la cafetera, y las cerezas del frutero.

Mientras se hacen el café y las tostadas, Raúl trocea los pomelos, el limón y las naranjas. La licuadora suena a promesa placentera, más aún cuando calla y vierte el zumo en la jarra. Comer y beber para sentir, para despertar los sentidos del sabor del filo del sueño. Porque tiene el desayuno de los días de fiesta esa magia de hacernos soberanos del tiempo, guías de nuestras vidas, a sabiendas de lo fugaz del sentimiento..

Coloca en la bandeja las tazas de café, la jarrita pequeña con la leche, la más grande con el zumo; en una esquina del plato, las tostadas, la mermelada, el dorado aceite.

La habitación está casi en penumbra. Se para en la puerta y la mira: le gusta adivinar su perfil sobre la almohada, la curva de su cintura bajo la sábana. Ella aún duerme, aún está muy lejos de él esta mañana. Deja el desayuno sobre la mesilla y se da cuenta por primera vez de su propia desnudez. No importa, porque hoy el reloj no ha ganado la batalla. Hoy el tiempo es suyo y su privilegio el placer de la indolencia, la inacabable ternura. Ahora mientras el sol abandona poco a poco su dulzura y vuelve a la luz más hiriente, casi pétrea, dos siluetas duermen abrazadas y se enfría, abandonado, el desayuno.


Albada 247

(Kokoschka)




GIGES


(26de junio de 2011)



El profesor de filosofía les preguntó a los alumnos su opinión. La joven de la fila segunda que por aquel entonces pensaba y además (por añadidura) “creía” en la bondad intrínseca e innata del ser humano -y por derivación de semejante supuesto en la “solidaridad universal de la Humanidad” (¿¿!!¿?)- levantó la mano y fue deshilvanando, primero con cierto temblor en las manos (lo de hablar en público siempre le imponía) y poco a poco incluso elevando levemente el tono de voz (el razonamiento de su discurso le fue infundiendo valor), todo el argumentario a favor de que el hombre es bueno por naturaleza, etcétera, etcétera y más etcétera.



La clase de ética había comenzado casi como un cuento feliz, -así empiezan a menudo las cosas- leyendo en la Republica de Platón la asombrosa historia del pastor Giges. Sin embargo la pregunta que en medio del relato les planteó el profesor fue tan simple en su enunciado como delicadas y graves las consecuencias de cualquiera de sus posibles respuestas: ¿En caso de poder actuar en su propio beneficio de manera deshonesta, injusta, perjudicial para el prójimo, con la seguridad del secreto total, de que nadie nunca lo llegará a saber, el ser humano lo haría?




Giges mira el anillo que acaba de encontrarse. Brilla el oro entre sus dedos... todavía no sabe que un ligero roce activará su magia y lo volverá invisible. Cuando el simpáticón y afable pastor de Liria descubra la total impunidad que le brinda aquel tesoro, su actitud cambiará radicalmente: sabiéndose invisible, y que va a salir por ello siempre indemne, se cuela en el palacio real, seduce a la reina, mata al rey y se hace con su reino... no rebla ante nada ni nadie para conseguir lo que se le antoja.



En la clase el profesor plantea ahora a sus alumnos la clásica duda sobre la moralidad y la integridad del ser humano: ¿el hombre ama la justicia, lo legítimo y el bien por si mismos, o simplemente los acata y considera por temor al castigo?




Un chico de pelo rubio y rizado, con mucha más seguridad que la chica de la segunda fila (a él siempre se le dio bien la verbosidad, el palique y la facundia), se atreve con la teoría de Glaucon: si tuviéramos el anillo de Giges, dice, si nos supiéramos , hiciéramos lo que hiciéramos inmunes, seríamos malvados por nuestra propia naturaleza, ya que el ser humano sólo es justo por la amenaza de la condena de la ley o por la esperanza de la recompensa a ese buen comportamiento. Sonríe el joven antes de concluir su argumento: el hombre hace el bien hasta que puede hacer el mal sabiendo que nunca va a ser descubierto.




Secretismo, ocultamiento, invisibilidad que nunca deja a la luz el fondo que se esconde tras la capa nacarada. El profesor les lee la última parte del relato de Platón: Sócrates convence a Glaucon de que al fin y al cabo sólo son felices los justos, los “buenos”. Los “otros”, los del anillo, nunca lo serán realmente por mucha felicidad que aparentemente se pueda obtener con la injusticia.




Aquel día la clase terminó aquí. La chica de la segunda fila faltó a la de la semana siguiente y al final se quedó tan sólo con la explicación “buenista” del maestro ateniense. Ahora, sin embargo, con un montón de años más y la vida cargada a la espalda, ha aprendido bien (por experiencia) la otra lección que Sócrates se olvidó de darle a Glaucon: es tanta la cantidad de Giges que cruzan a nuestro lado cada día, son tantos y tan enojosos, que incluso se agradece que sean invisibles y que no nos enteremos “demasiado” de sus manipulaciones. Y piensa que mientras no se les desenmascaré (¡qué cansina tarea por Dios!), será mejor que los “otros” sigan disimulando, protegiéndose, temiendo que pierda alguna vez sus cualidades el fabuloso anillo. Mejor que al menos sean competentes en su ruin impunidad, hábiles como el astuto Giges para que sus compañeros pastores, para que su rey, no se enteren... mejor que nos dejen pensar y además “creer” (de nuevo por añadidura) que vivimos en paz y que nos quieren .





Albada 246


MEJOR CON DULCES


(19 de junio de 2011)

La cafetera es de las de antes. Hasta la habitación donde están reunidas las cuatro amigas llega el sonido del borboteo del café hirviendo. Maúlla a su son, impaciente, un gato.


Juana, que ya está saliendo… voy a apagar el fuego... Y Luisa se apresura. Juana, que camina con más dificultad, entra detrás de ella en la cocina. El ruido cantarín y burbujeante es ahora un chisporroteo que se apaga de improviso; Luisa levanta con cuidado la tapa de aluminio y el aroma del café se extiende por toda la habitación. Juana abre el primer cajón del gran aparador lacado en color turquesa (demasiado moderno, le había dicho a su hija cuando el año pasado se empeñó en reformarle toda la cocina) y saca el mantel de lino bordado y las cinco servilletas. Entran Marta y Simone: ¿y si merendamos hoy aquí, Juana? ¡Es tan bonita tu cocina que da gusto estar en ella! Cambiaré pues el mantel por el redondo más pequeño… ¿abrimos el balcón de la terraza o entrará aún mucho calor? En medio de la mesa colocan la fuente con los pasteles que ha traído Simone, justo al lado de la tarta de chocolate que ha hecho Luisa.


A Juana le gusta el café con un poco de leche fría y Marta lo prefiere solo. Simone y Luisa apenas unas gotas oscuras sobre la taza humeante de leche. Todas se sirven el azúcar, esperando con una sonrisa su turno para coger la plateada cucharilla del azucarero. En la quinta silla antes vacía se ha subido el gato negro que ahora vuelve a maullar.


Dicen que tus vecinos son muy ruidosos, Juana, pero no se les oye ahora ni con el balcón abierto. La anciana anfitriona sonríe dulcemente a sus amigas mientras se mete delicadamente a la boca un trocito de las torrijas con canela que ha traído Marta. Como a tus vecinos, igual le pasó a mi yerno, dice Simone mientras le hace un guiño a Marta. Brindan después las cuatro y al entrechocar las pequeñas copas de cristal tallado caen sobre la mesa diminutas gotas de anís.


Tras la merienda, Juana enciende el gran televisor de plasma colgado de la pared que su hijo (no iba a ser menos que su hermana) se empeñó en regalarle para la cocina nueva, cambia con el mando canal tras canal y decide finalmente apagarla. Estaremos mejor con la radio, ¿no os parece? Laura hace ganchillo, Simone petit-point y Juana y Marta están casi terminando dos pequeños jerseys para sus nietas (a uno, el de color rosa-perla, sólo le falta el elástico del cuello; al otro, al azul-aguamarina, el final de la última manga).


Junto al balcón abierto al atardecer un domingo de junio, toman la fresca cinco amigas, cuatro se llaman Juana, Luisa, Marta y Simone, la quinta se relame la leche de sus largos bigotes. Cinco escobas aguardan en penumbra detrás de la puerta.



Albada 245

GIRASOL
(12 de Junio de 2011)

Me duele verla cada instante con la misma intensidad que me golpean los minutos de retraso cuando llega tarde a nuestra cita.

Como otras veces, he dejado la habitación casi en penumbra. A través de la persiana del salón la luz dibuja líneas paralelas de anaranjado brillante en la repleta biblioteca frente a la que estoy sentado. Sólo se oye el zumbido continuo del ordenador. Lo apago también. Así estoy mejor. Así la espero mejor. A oscuras y en silencio, como cuando la acaricio, la beso, la tomo; entonces ni una palabra, ni siquiera un susurro por mi parte. Por la suya, no. Ella a cada roce, a cada ternura del envite se estremece con esa risa dulce y suave que me deja desde el primer momento sin aliento, desarmado. Ahora, ella es también en el recuerdo, y la evocación de su alegría me produce un estado de burbujeante nerviosismo mientras espero.


Fuera no es tan de noche como en la casa. Atardece despacio en junio. El reloj ya no suena aquí dentro; no lo necesito: todos los días giran alrededor de ella. Mis semanas y meses siguen su órbita sin salirse ni un segundo de su sonriente estrella.
Me confieso a mí mismo sometido y no contrito. Más que atraído, subyugado por esta magnifica criatura que la vida me ha regalado al final de la existencia. Soy, me reconozco, un girasol convencido y jubiloso.


Es un amor tardío, me digo, la última oportunidad de vibrar con la gozosa entrega, ten cuidado. Pero más consciente que nunca, he atrapado toda su plenitud de golpe, sin darme un respiro. Y dejo de explicarme a mí mismo incluso en momentos como ahora cuando sólo me rodean mis libros, mi penumbra, mi silencio. Su memoria me protege, me calma del dolor mordiente de la melancolía, ella misma es antídoto de la huella que me deja su presencia. Me lastima verla pero no quiero renunciar a esos rasgados bordes de la herida abierta que hacen sentir el pálpito esperanzador de la existencia.

He dejado campo libre a la pasión. Cada noche la impaciencia nos posee como amantes y hace que se desvanezca la torpeza de la edad. Aliso con el deseo mi piel marchita, doy un plazo nuevo al abismo que presiento. Y la amo, la amo sin elección posible, sin concesiones a mi corazón, sin límites a mi propio acabamiento.
A veces, cuando la pasión descansa satisfecha, ella me habla de la hondura de su amor. Yo la miro y mis ojos le dicen de su juventud y de mis años. La acaricio y mis dedos le hablan del océano de tiempo que no cruzaremos de la mano. Entonces ella acerca sus labios a mi rostro y envuelve la lágrima con su calma nueva que aún no sabe de finales. La abrazo mientras llega el sueño, y la abrazo más lejos, allí donde es el tiempo eterno instante y huyen juntos hacia arriba mi antes y su futuro.


La luz naranja ya no está; la habitación es ahora azul. Sonrío al oír el tintineo de las llaves sobre la puerta. Sé que después vendrá su voz precediendo a los pasos del amor. Mi último, mi querido, mi definitivo Amor.





Albada 244

GIGANTE
(5 de junio de 2011)






Como un gigante con pies de barro, así de vulnerables nos hemos sentido de pronto esta semana. Un gigante acometido tambaleándose: ha bastado que una consejera de Hamburgo saliera a la prensa especulando sobre el origen español de la mortal contaminación para que a la producción de hortalizas y verduras de nuestro país se le diera con las puertas en las narices en la mayor parte de los mercados europeos, y todo ello además a velocidad de infarto. De nada sirvió la tibia y lenta actuación de nuestro gobierno afirmando que faltaban bases científicas para tal acusación, tampoco la postura en absoluto “definida” de la Comisión Europea ha ayudado mucho… Las consecuencias han sido devastadoras para el sector agrícola español, aún a la espera hoy de alguna medida “reparadora” ante las “instancias que correspondan” (¿Alemania, la Unión Europea, nadie?)

Tertulianos, prensa, calle… en estos días se ha hablado mucho de las cuantiosas pérdidas en economía y en el prestigio de la marca España; también de esa sensación que por desgracia no nos es muy extraña: percibir que a la hora de la verdad siempre parecemos el vecino pobre de la escalera, el más vulnerable, ese al que todos pueden toser y quedarse tan tranquilos. El proceso ha sido parecido al de otras veces; ante las primeras noticias, alarma y estupor; luego con las consecuencias, indefensión y rabia, y por último después del desenlace, alivio, desahogo y quizás incluso esta vez hasta cierto resentimiento al ver la cara de “poco arrepentimiento” de la misma responsable de Hamburgo al dar los resultados de la pertinente analítica.

Sin embargo, si queremos ser consecuentes y nos permitimos ver “más allá” de estas importantes perdidas y de este enfado mayúsculo, comentaríamos, “debatiríamos”, “nos preocuparíamos” sobre todo por el trasfondo de las causas de estas crisis del sector de la alimentación y sanitario. Como también ocurrió con la gripe aviar, las vacas locas, las dioxinas de los piensos etc. etc., estos hechos son una muestra de lo que se esconde en el origen: una gran equivocación. Es mucho más que la mala gestión de crisis puntual, porque esos pies de barro de los que hablaba al principio son los mismos para todos los países, todos los compartimos, todos estamos haciendo un camino equivocado con la radical liberalización del mercado agroalimentario. Esta vez ha sido una enorme ola la que nos ha salpicado, un remojón intempestivo y doloroso porque además ha habido muertes, pero el principio está en el mar de fondo, en la terrible tormenta ya cercana al horizonte que entre todos estamos preparando con un tema tan importante, tan vital como es la ALIMENTACIÓN.
Hemos construido un modelo industrial para ella, como si la alimentación pudiera serlo (¡niño, con la comida no se juega!, qué razón tenían nuestras abuelas!); se han dirigido las producciones hacia el mercado global, al servicio un capital controlado/descontrolado por los grandes grupos de presión, olvidándose de la producción y la demanda a escala local y sostenible; se ha aumentado la producción de grandes extensiones de monocultivos, agotando tierra, paisaje, acuíferos, a la vez que se arruinaba a las pequeñas explotaciones familiares.
La nula sostenibilidad de este modelo urbano-industrial se nos muestra todavía más evidente en momentos de deflación económica y crisis generalizada como los que estamos viviendo. Se ha hecho además evidente que no es solución para remediar la falta de alimentos en los países “menos desarrollados” pues las superestructuras de la industria alimentaria no están pensadas para dar de comer al hambriento sino para conseguir los mayores beneficios de los propietarios de las grandes compañías. (A pesar de que en poco tiempo se ha triplicado la producción de alimentos, la hambruna y la escasez de recursos de los mismos es cada vez mayor).
Los consumidores con este modelo agrícola-industrial pagamos cada vez más precios abusivos en los alimentos básicos mientras que los agricultores no reciben nada de este sobreprecio; al contrario, la globalización nos hace tan dependientes que estamos asistiendo al nuevo fenómeno de la deslocalización: el acopio de tierras, de buenas tierras por parte de organizaciones poderosas, un verdadero saqueo en toda regla que lleva a muchos campesinos a abandonarlas en manos de las multinacionales de los agronegocios.
Finalmente es una cuestión de mera supervivencia, supervivencia para los campesinos y supervivencia para los que vivimos atrapados en la ciudad, cada día más dependiente, más esclavos de intereses globalizados y ajenos. Es un problema que nos afecta a todos porque la producción agraria, o llamémosla más llanamente “los alimentos”, son un bien social colectivo y vital, y como tal todos debemos hacernos responsables (todos necesitamos comer, todos tenemos derecho a la comida).

No se trata de volver a la época de las cavernas, consiste precisamente en lo contrario, en aprender a saber vivir mejor: recuperar la soberanía alimentaria, aprovechar los recursos autóctonos, relanzar el consumo local, “reconstruir” un sistema agroalimentario social y ecológicamente sostenible, reorientar las propuestas políticas hacia la descentralización, recuperar la variedad paisajística y los ecosistemas con el uso de una ganadería y un cultivo responsable, respetar las formas de vida, la cultura, la dignidad de nuestros agricultores y ganaderos, evitar ese silencio de abandono que cada día se escucha más en nuestros pueblos y campos (el de Teruel es atronador). Se trata de abandonar el camino equivocado y reconducir nuestros pasos, los pasos de todos, aunque de momento pertenezcan a unos frágiles, dudosos pies de arcilla y barro.