Albada 237


FACILÍSIMO

(10 de Abril de 2011)


Facilísimo: sencillo es escribir sobre el tema y tan inmediato como el no poder evitar que te sacuda un pequeño “achuchón” de indignación al enterarte (mínimo el susodicho “arrechucho” porque a estas alturas, y después de asistir atónitos a barbaridades mayores, “la cosa” no deja de ser casi anecdótica).

Inconsciente: y es que casi te sale la escritura automática cuando escuchas en la radio y nada más levantarte que los eurodiputados no están dispuestos a volar en clase turista ni a congelarse salarios y dietas… No te hace falta ni siquiera terminar de despejarte para hilvanar cuatro líneas en tu cabeza; bueno, en realidad lo que te sale, más que redactar con cierto decoro, es alguna que otra expresión, digamos no demasiado agradable… sobre todo si no alejas pronto de la mente la idea de que esos mismos que se niegan a congelar sus salarios son los que defienden en sus países recortes de sueldos y bajadas de pensiones, claro está, sólo para “nosotros”. ¿Será que “ellos” y “nosotros” son pronombres con sujetos algo más que diferentes y no nos habíamos enterado?, ¿será que los que nos llamamos “nosotros” somos de contextura diferente, de esa naturaleza que lo aguanta todo, mientras “ellos”, los pobrecitos “ellos”, precisan para sus delicados huesos y dulces carnes los mullidos y espaciosos asientos de primera, las nóminas con incrementos, las dietas acumuladas…? ¿hemos creado entre todos, entre “ellos” consentidos y “nosotros” consentidores (no hay más que ver como a alguno se le hace el culo gaseosa –perdón por la expresión- cuando el electo de turno le pasa la mano sobre el hombro) una nueva “especie”?

No: no es tan fácil. Ahora que me he puesto a ello tengo que rectificar: la verdad es que no es tan sencillo escribir sobre semejante asunto. Faltaría espacio, faltaría calma, faltaría un poco de paciencia para elegir con cuidado todo lo que así a bote pronto se me viene a la cabeza, a mí y a muchos más de diferente procedencia porque en este tema, mira tú por donde, los bolsillos de los eurodiputados no entienden de partidos políticos, ni países, al parecer todos hablan la misma y “opulenta” lengua…

Curiosamente el mismo día en que se hacía pública la votación en contra de las medidas de austeridad en la Eurocámara, salía también en la prensa española el sondeo de marzo del CIS. Según el mismo, el paro y la crisis son los principales problemas de los españoles, seguido en tercer lugar por la clase política. No añado aquí tampoco más comentarios; como en el caso anterior faltaría espacio y mucha contención para explayarse sobre tan fastidioso y fatigoso tema.

Sólo, antes de terminar, una reflexión no exenta de cierto buenismo (así que me excuso de nuevo): vivir entre algodones no es bueno para nadie por muy blandito que se viva. No es bueno para “ellos” ni para “nosotros”. Triste gracia ser elegidos para “gestionar” el patrimonio común, para trabajar por el bien de todos y terminar trasteando en una burbuja, con gesto de perdonavidas, y que por no saber ya ni conoce qué es sacarse un billete de autobús, ni que más de la mitad de los que están en esa inauguración no son más que figurines momentáneos, de esos de quita y pon, todos jugando al mismo juego… porque una vez que los de las cintas y el agasajo se hayan ido, la farsa ya no tendrá ni público que la aplauda ni futuro, porque nuestros pueblos están cada día más vacíos y la foto para la prensa lleva impresa la fecha de caducidad…

“Arrojado del paraíso terrenal, Cándido caminó mucho tiempo sin saber a dónde, llorando, alzando los ojos al cielo, volviéndose a menudo hacia el más hermoso de los castillos que encerraba a la más bellaAsí andarán dentro de poco más de alguno de nuestros insignes políticos, claro que sin la inocencia y la honradez del bueno de Cándido. Muchos ya ni reconocerán, después de tanto tiempo, el camino que les va a tocar pisar (los aviones vuelan muy alto, los coches oficiales también). No obstante el olvido será mutuo –¡cómo es la vida al final!– porque el mismo tiempo que han tardado “ellos” en ignorar que son uno de “nosotros”, tardará el pueblo (ocupado como está cultivando su huerto como la criatura de Voltaire) en olvidar sus caras perdidas dentro de la niebla, la misma niebla en la que se alejan esos aviones repletitos de Primera Clase.

ALbada 236

SÍNTOMAS

(3 de Abril de 2011)

“Insomnio”. Pues de eso ando yo sobrao. En la televisión siguen hablando del cambio de hora, del cambio de estación: “Astenia Primaveral” y la presentadora pronuncia la “s” muy larga, inacabable, excesivamente silbante; la palabra se me antoja entonces peligrosa y me viene a la cabeza la imagen de aquella cobra que vi de pequeño en el safari-park… Te mira fijamente, te ¿sonríe?, nunca sabes cuándo te atacará, aunque estás convencido de que si aguantas un poco más delante de ella lo va a hacer, sólo es cuestión de segundos. Cuando aquel día me solté de la mano de mi padre y salí corriendo en dirección contraria, me gané una buena… pero no me importó, ni siquiera lloré; evité y salvé a todos de un disgusto seguro, aunque ellos ni se enteraron. Repito en silencio para acordarme de lo que tengo y luego mirarlo en internet: asstenia, assstenia, assssteniaa primaveraal!!!... ¡Pero qué le pasa a este crío que ni come ni dice nada, todo el día tumbado en el sofá! oigo gritar a mi madre. Acaba de salir de la cocina, ha visto el plato sin tocar sobre la mesa. Y se lo pregunta a mi padre, no a mí que ni la miro... y los dos, mi madre y yo, hacemos como si estuviera hablando de otro que no estuviera allí, y, por supuesto, yo ni le contesto; mi padre, que hace más de diez minutos está perdido felizmente en su siesta dentro del viejo butacón de orejas, parece despertar pero sólo remueve un poco los pies sobre el puf. Ella no espera respuesta de ninguno de los dos; es más, tampoco ha sido una pregunta. Tal vez, me digo, sabe algo, quizás se ha dado cuenta de mi ansiedad; adivina, con ese sexto sentido que tienen las madres, esta congoja que se me ha metido dentro, justo a la altura del comienzo del estómago… que me llena tanto, que me baila como un saco repleto de mariposas y no me deja espacio para comer, ni ganas para hablar... este sinvivir que me ha convertido en un alma en pena. No te vas a ir de aquí sin comer al menos el segundo, esta vez sí, esta vez sí me lo me lo dice a mí, y me mira a la cara, me señala con el dedo… ¡No tengo hambre, mamá, no me entra nada, además tengo que irme ya, que he quedado…! Salgo volando del comedor y llego hasta la puerta de la calle antes de que me alcance… Déjale al chico, mujer… no ves que ya es mozo y está en la edad de festejar… ay, los amores… pero si tú a sus años también Es la voz de mi abuela y sus historias, pero mi portazo me deja la frase sin terminar.

“¿Estás a gusto?” le he dicho cuando he vuelto de la barra con las dos coca-colas. Y me he sentado al fin frente a ella, la mesa de fórmica blanca y su sonrisa más blanca aún entre los dos… y… y… y yo creo que esta vez ya no me ha temblado la voz, aunque de pronto me hayan entrado así como unas pocas ganas de echar a correr, como aquella vez… aquella vez cuando el safari ese… pero sólo fue un momento, un chispazo apenas, porque su risa ha detenido todo lo de fuera y ha dejado colgados a cámara lenta mis latidos de a mil por hora… ¿Tendrá razón la abuela y tendré algo más que “el mal de primavera?”

Albada 235

(Bett ilust.)
HORA PERDIDA


(27 de marzo de 2011)

Cuenta la historia que en la Ciudad de las Horas Perdidas desde el amanecer pululan por las aceras de sus amplias avenidas –cavilosos, abstraídos– físicos y astrónomos solitarios, y que de vez en cuando se paran y forman grupos de tres, cinco y hasta de siete sabios; entonces, todos disertan metódicamente y por riguroso turno sobre El Tiempo, sobre su inmanencia estática, sobre la dificultad para pensar su esencia, para atrapar sus átomos… y tanta pasión les despierta el escurridizo tema que no se dispersan hasta ya bien entrado el día, cuando el hambre les apremia…

Un poco más allá, en el fondo de los portales de las grandes casas, se oyen ruidos de máquinas y extraños engranajes que amortiguan exclamaciones y algunos juramentos. De toda época y procedencia se ve a los relojeros bregar con sus máquinas, midiendo azacanados cuál mide con más precisión “lo intangible”. El italiano Dondi, el alemán Henlein, Huygens el holandés o el francés Berthoud… se afanan incansables sobre sus fabulosos inventos. Un sordo y acompasado tic-tac de cientos de máquinas llega hasta la calle, la llena y continúa repitiéndose mucho tiempo después bajo el eco de las clepsidras junto al molino del río.

Como si fuera una réplica de la fabulosa Babilonia, tiene la Ciudad de las Horas Perdidas hermosos jardines en las azoteas. En la más alta terraza se ve a Einstein, placidamente recostado bajo la sombra del cerezo: escucha a Platón y a San Agustín discursear sobre La Eternidad. Al fondo, bajo los magnolios y la atenta mirada de Epicuro, Nietzsche y Schopenhauer trazan alfas y omegas sobre la arena; junto a la guirnalda de jacintos, Borges sonríe mientras se guarda disimuladamente el Aleph en el bolsillo

Dicen los que no la han conocido, que en la Ciudad de las Horas Perdidas nadie lleva la cuenta de las horas que faltan; ¿cómo, si todas se han olvidado y no se las puede encontrar? Sin embargo, el más viejo del lugar, el que todo lo recuerda, tras largos años y mucha paciencia ha conseguido, aplicándose con esmero, encontrarlas y ordenarlas todas...


Y ahora, entre las baldas y los anaqueles, perfectamente colocadas y clasificadas, el usuario puede encontrar lo mejor y más moderno en: horas punta, horas tontas, altas horas, horas supremas, horas muertas, horas bajas, horas santas, horas lúcidas, horas de visita, horas de la siesta, horas solares, horas nocturnas, horas de comer y cenar, un pack completo de horas extraordinarias, horas de oficina o, incluso, horas de atención al público.
El anciano guarda como un tesoro dos magníficos incunables, “Libros de Horas”, exentos de préstamo por supuesto; presta sin embargo gustoso a todo aquel que se lo pide la amplia colección de: entre horas, a primera hora, a última hora, hora de la verdad, a buenas horas mangas verdes, ahora, hacer horas, hora fatal, en mala hora, enhorabuena, pedir hora, poner a hora, a todas horas, ya era hora, hora de la venganza, hora del juicio final, no ver la hora, dar la hora, tener las horas contadas, de buena hora… kilómetros por hora, hora y pico, medio cuarto de hora…

Pero terminemos con la historia, porque en la Ciudad de las Horas Perdidas también se pone el sol… y cuentan además que cuando ya el Tiempo y sus habitantes se apresuran a cerrar puertas y ventanas para zambullirse en los suaves edredones, se escucha sobre la ciudad un tierno susurro antes de apagar la última luz: Para el reloj, amor, que no se nos quede corta la noche

Albada 234


SAKURA-AWARE

(20 de marzo de 2011) Sakura, flor del cerezo. En la habitación vacía una flor solitaria. En medio del desastre una única flor que inunda de sentido a todo lo que la rodea porque al fin es ella, su esencia delicada, frágil, fugaz, la que envuelve al todo, la que lo abraza todo. Bajo el cielo, bajo la nube, bajo la casa abandonada, una flor aislada, sola, exquisita quietud que ilumina la devastadora realidad. Impermanencia y serenidad del tiempo detenido en el centro de la desgracia, de la lucha dramática que roba segundo al segundo…y “en el silencio /el roce apenas / de unos pétalos de cerezo” agotando el horror.

Hanami, gran fiesta de los cerezos en flor. A finales de marzo y principios de abril comienzan a florecer los cerezos en Japón. Es el momento en el que todos aguardan expectantes, observan el mínimo detalle… no se quieren perder nada del instante. El espectáculo dura apenas diez días, tiempo que apura el pueblo japonés con deleite porque nadie ama más que él la belleza delicada de esas rosas blancas. Deseoso por pasear, por sentarse bajo su sombra volátil y fragante, sigue paso a paso su llegada incluso en las noticias de la televisión, que dedica diariamente en esas fechas espacios que van desvelando sobre mapa y trazado caligráfico los pronósticos de la anhelada floración. Es la espera alegre de cada primavera, el comienzo auténtico del año japonés en el que la tierra se irá iluminando paulatinamente del color perfumado: primero en el sur, luego en el norte… en un principio las islas más meridionales y poco a poco, ascendiendo, hasta el atolón más boreal… bordeando bosques y cortados, sorteando montañas y cascadas, llegando hasta el mismísimo corazón de Tokio. Los parques, las populosas avenidas, las colinas más suaves desde Kyushu, Shikoku y Honshu hasta Hokkaido, las sendas de los pequeños poblados de los cientos de islas habitadas que componen el Archipiélago… auroras, madrugadas y también las noches, iluminadas con farolillos de papel de arroz, se tapizarán de Sakura… “al atardecer / tañidos de campanas / entre las flores”.

Aman los japoneses en la floración del cerezo la belleza que saben tan fugaz como hermosa; se apasionan y emocionan al contemplar en una flor la esencia misma de la existencia en toda su hondura y el imparable final. Su modo de ver la vida está impregnado de amor y de nostalgia dulce, de esa saudade que ellos llaman Aware. Es esa misma aceptación serena de lo efímero, - la “conmoción compasiva”, ese “hondo sentimiento en el corazón”- que asombrados hemos contemplado en sus rostros estos días aciagos… Y nos parecen hechos de otro espíritu esos mismos que el año pasado vimos, en estas fechas, con la mirada empapada del suave colorido de los árboles, y que hoy, vueltos sus ojos sobre los reactores humeantes de Fukushima, todavía palpitan con los latidos del Aware, espejo de dignidad, paradigma de sabiduría.

Por el arroyo / corre tras su reflejo / una libélula”. Ahora que a Japón se le desangra el día como al alma de un samurai, nos queda al menos la esperanza de volver a ver pronto juntos florecer los cerezos.

Albada 233


VENECIA EN VIERNES

(13 de marzo de 2011)

Tras el día agotador, Marco sólo piensa en sumergirse en la blandura del sillón y entregarse a la televisión dispuesto a ver cualquier cosa, le da igual, siempre que sea “lo que le echen”.A esas horas del día, de la noche ya, no está por la labor de ponerse a pensar que le gustaría ver. Los Informativos, aunque siempre acaba por costumbre deteniéndose en ellos, últimamente no le han ayudado mucho a quedarse “sondormido”, que es al fin y al cabo lo que más, lo único, que le apetece…

Marco, más intranquilo de lo que en él es habitual se acerca a la ventana. Fuera comienza a llover y es viernes. La ciudad crepita de carnaval; hasta el salón llega amortiguado algún eco de los pasacalles, alguna risa de los enmascarados.
El gato está tumbado sobre el alfeizar y apenas hace un remedo de desperezarse cuando el hombre se aproxima. Cebado, encogido casi como un globo afelpado, le mira. Se miran. Estás ya casi tan feo, tan gastado como yo, amigo, piensa el humano, piensa el felino.
Al lado de la ventana, también asomándose a la calle, cuelga la jaula. Le parece que aquel único periquito –antes eran pareja, azules, gritones, escandalosos los dos- tiene la mirada enredada más allá de la noche, en los cristales fijamente, sorteando apenas los alambres verticales. - Estás ya tan viejo, casi tan desbaratado como yo, amigo, le dice mientras descubre la imagen –la del volátil y la de su propio perfil– reflejada.

Fuera la lluvia fina es ya aguacero; marzo bordeando la primavera hace fluir el agua por las calles. Se oyen gritos, risas sofocadas, pasos rápidos chapoteando sobre el río simulado, corren figuras estrambóticas hasta los porches cercanos, disparatados seres se escabullen por las esquinas protegiéndose apenas con sus manos enguantadas.
Junto a la acera la boca del desagüe engulle un antifaz amarillo, sorbe papel de serpentinas rojas... por momentos se atraganta con un gran sombrero de alas plateadas. Tan fugaz como palpable, en medio del torbellino detenido del agua, mira desde el suelo a su ventana el rostro fantasmal de una mujer –ojos ambarinos, largos cabellos escarlatas–. Estás casi acabado, amigo, ven conmigo, alcanza a oírla antes de que plata, ámbar y granates prendidos desaparezcan engullidos por la alcantarilla. Ríos nocturnos lamen ahora la ciudad.

Ha parado de llover. Marco vuelve al sillón, se sumerge, al fin, en su blandura y duerme tal vez un sueño. La noche es negra y el viento la única voz que llega desde la calle.


Albada 232




ACCIÓN Y PALABRAS
(6 de marzo de 2011)
Y es que no ha sido sólo un dar “denominación” al papel timbrado, un buscar el amparo de la sonoridad y el recuerdo de un nombre prestigioso. Está claro que no. Aunque la imaginación y el ingenio debían de ser uno de los puntos fuertes de nuestro insigne paisano Segundo de Chomón, se me ocurre que quizás nunca se le pasó por la cabeza que, además de en sus películas, su particular espíritu –de generosa, incansable y curiosa condición– iba a animar e inspirar en un instituto de su ciudad natal, dos de las tareas más hermosas a las que puede dedicarse el ser humano: aprender y enseñar.


Esta semana leía contenta (leer –aunque sea el recibo de la luz– irremediablemente siempre está empapado de “sentimiento”) en el Diario de Teruel que “la biblioteca del nuevo IES, más dinámica que nunca… se ha convertido en el eje vertebrador de la actividad en el centro educativo…”. En estos tiempos en que las palabras se han vuelto cada vez más carcasas sin contenido, cáscaras de rutilante aspecto y vacío deprimente en su interior, reconforta saber que más allá de la literatura oficial, de las declaraciones formales y documentos reglamentarios, hay quien tomándose las “cosas en serio” apuesta y consigue con esfuerzo, mucha imaginación y sobre todo ilusión compartida por un estupendo equipo de profesores, transformar discurso en hecho, ideario en evidencia. El Instituto Segundo de Chomón es el ejemplo de “conocer y saber considerar” las más novedosas corrientes en educación sobre la biblioteca escolar como Centro de Recursos y Aprendizaje y consecuentemente de cómo hay que desarrollar los procedimientos adecuados para convertir este potente servicio en puntal fundamental dentro del proceso educativo.


Las bibliotecas escolares en España han tenido que recorrer un largo camino hasta ponerse al nivel europeo y ver reconocida su importante misión dentro de centro escolar. Sobre el papel, es decir en las sucesivas legislaciones que hemos venido asumiendo, el valor y la consideración que se les ha dado ha ido en aumento ( especialmente en la última reforma se ha conseguido llegar al completo y muy eficaz concepto del CREA), pero falta todavía un compromiso serio para proveerlas de personal cualificado y “motivado”, presupuesto para dotarlas de material e instalaciones adecuadas, y sobre todo se echa en falta en muchos equipos directivos y claustros la sensibilidad y, por qué no, la inteligencia para reconocer su importancia en la autonomía del aprendizaje de cada individuo y en la educación permanente de toda la comunidad.


La actitud, la ilusión, la profesionalidad del equipo que trabaja en la Biblioteca del Instituto Segundo de Chomón seguro que llena de satisfacción al genial redactor turolense: dónde quiera que esté dirigiendo su próxima película seguro que les hace un guiño cuando se retira la claqueta y grita: ¡ACCIÓN!

Albada 231



LUNA OSCURA

(27 de febrero de 2011)


Él había sido siempre un tipo corriente. Un tipo que podía adjetivarse de vulgar si al calificativo le quitáramos el cariz de grosero o zafio y lo dejáramos sólo en común, normal… El tipo era tan “convencional”, tan del montón que podía pasar desapercibido no sólo en medio de una reunión dentro de un pequeño espacio con una docena de personas alrededor, sino también entre cientos, o por qué no, miles de individuos más, todos semejantes a esos iguales que componen el noventa y nueve, coma, nueve por ciento del género humano… ¡Hasta en el infinito pasaría inadvertido!

Pero –siempre hay un “pero” afortunado en medio o al principio de cualquier vida gris– nuestro espécimen, como en aquellos cuentos de hadas madrinas con regalos, había recibido desde antes del nacimiento el don valiosísimo de “escuchar”; y bien escrito está anterior al nacimiento porque fue para su madre refugio de penas y confidente de tristezas, que el quedarse tan tempranamente huérfano, aún ni nacido, es lo que tiene de tiranía.

A una infancia quieta y una adolescencia tranquila le siguió un camino casi recorrido antes de comenzado. Eso sí, ya desde párvulos fue el único que atendió hasta el final las recomendaciones de “la seño” (ese no salir atropellado de la clase sin abrocharse el abrigo, sin anudarse la bufanda a veces le costaba…), el cómplice atento de las chicas de clase de segundo (una de ellas le dio el primer beso), el último en abandonar las larguísimas asambleas en la universidad atento a la palabra final de aquel discurseador de turno, si no el más inspirado sí el más pertinaz.

Ahora, ya en la treintena, pese a su aspecto fútil, su más que insinuada curva de la felicidad, los pantalones algo caídos y una nariz ocupante quizás de una parte excesiva de lo que sería oportuno corresponderle a una cara, pese a las premonitorias entradas a ambos lados de la frente y pese a su piel de un opaco blanquecino… continúa teniendo el gesto contenido y la mirada suave, detenida, que hace prenderse en él a cuanta persona le habla.

No sabe nada de coaching, ni de aquellos escuchadores japoneses que hicieron de su don un beneficio; ni siquiera es consciente de que, como al “Quintero de la tele”, su silencio abrazador hace decir al hablador lo que jamás se hubiera ni siquiera atrevido a pensar y mucho menos confesar. No sabe tampoco que al fin y al cabo lo que todo el mundo (de cualquier edad y condición) desea, es que alguien se pare y le escuche. Sus oídos en cambio sí que saben de miles de historias que la soledad y el anonimato le han confiado sin esperar juicios ni consejos, sólo pidiéndole que preservara sin romperse y por unos instantes ese sutil hilo de la comunicación, del saberse escuchado.

Aquel tipo normal trabaja como es normal en cualquier oficina normal. Tras su mostrador, atento y profesional, ayuda con el formulario al primero de la fila. Y aquel primero de la fila le desgrana uno a uno sus problemas, sintiéndose cada vez mejor y sin saber bien por qué lo hace… Quizás el camarero (otro escuchador) del bar que frecuenta está demasiado ocupado últimamente vigilando que no se fume en el local, quizás es que últimamente también en su facebook ya nadie ni siquiera le “clica” en el me gusta, quizás en la familia se va con demasiadas prisas… Afortunadamente el tipo corriente del mostrador, el del don, el escuchador, es como una luna oscura en la que brilla sin verse el sol... nunca llegará a estrella, pero siempre nos caldeará un poquito ese universo que algunos llamamos alma.



MOCHUELO_AVE_DEL_AÑO_2011.mov

Albada 230



¿Y SI?
(20 de Febrero de 2011. Bodas de Isabel en Teruel)



–¿Y si no hubiera actuado como se supone debía de actuar? ¿Y si no hubiera hecho como todo el mundo esperaba que hiciera? ¿Y si...? Les he negado su felicidad una y otra vez aún a costa de su dolor, de mi dolor, dolor adormecido porque me he dejado sumergir cada noche en el sueño reparador acunado y protegido por la inconsciencia de lo que se suponía lo correcto, desoyendo llantos de la estancia contigua, desoyendo mi corazón, desoyendo a la vida. Y si todos hemos hecho lo que se esperaba de nosotros, y si la moral y la virtud han presidido cada uno de nuestros actos, cada una de nuestras penosas negaciones ¿por qué este castigo, por qué este arrepentimiento?
Nada que reprocharle al AMOR en esta historia, nada que echarle en cara. Tan sólo... quizás ese “tan sólo” fuera que existiera, que hubiera sido. Cuatro letras y es capaz de cambiarlo todo, subversivo amor, desestabilizador amor que rompe esquemas y sistemas, que altera órdenes sociales fieramente amarrados, toque leve que mina rígidas costumbres, resquebraja castillos de normas y decencias... Tan pequeño que habita en un dulce pecho y es artífice de la mayor desventura...
¡Pero de nada, de nada de ello es culpable AMOR esta vez!: Aquí Amor ha sido correcto, se ha doblegado a la moral, al bien pensar, ha callado y ha concedido, ha sepultado durante los años de espera su impaciencia y al final ha envuelto su silencio en el amparo dulce de Thánatos. Salgamos pues, todo está hecho. Y actores somos.
–Bien has comenzado diciendo “actuado”, pues tan sólo actores somos, amigo. Y tan bien te veo en tu papel que ya sólo llamarte padre sé en esta historia. Historia re-vivida en la gente de Teruel, entregada a ella año tras año; historia contada siglo a siglo, su historia que hoy hacemos nuestra. Y yo, ahora ya Isabel, hija obedientísima tuya, Don Pedro de Segura, te aseguro, padre mío, que con gusto cambiara el guión y te desobedeciera. Que ni de fábula moralista, ni de tragedia con triste desventura quisiera ser protagonista. Y ya que ni transgresores como Eco y Narciso fuimos, ni atrevidos en placeres como Eurídice y Orfeo, me duelo como tú de esta triste desventura nuestra.
Y si fuera verdad que amor omnia vincit, ahora en las calles de esta ciudad dolida convertiría tragedia en rebeldía, cambiaría tristes metáforas por alegría... Pero dices bien, Pedro de Segura, llamemos ahora a mi amado Juan y salgamos ya, todo está hecho. Y actores somos.






Albada 229



(Eleonora Carrington)

MAL MENOR
13 de febrero de 2011

Pese a que ahora es tan fácil tirar de hemeroteca y encontrar los consabidos donde dije digo, digo diego… da igual, eso al parecer no cambia nada ni es obstáculo para que la desvergüenza campe por sus respetos y además alegremente. Ya no asombra tanto la desfachatez de los que como sistema practican el engaño y el ser un caradura/aprovechado, como otras dos cosas: una, el que lo hagan –mentirnos–conscientes de que los que les escuchamos o leemos sabemos tanto como ellos que lo que dicen no es cierto, y dos, el que les aguantemos impertérritos tanta hipocresía que en el fondo (más bien en la superficie) nos está tratando simple y llanamente, una y otra vez, de imbéciles. Ganas dan de desconectar la radio o cerrar el periódico en medio de “algunas declaraciones” que hacen enrojecer no sé bien si de rabia o de vergüenza (quizás las dos a la vez).
Y sin embargo ahí estamos todos: unos como espectadores y padecedores del embuste y el chanchullo de turno, y los otros intérpretes más o menos aparentes, histriones que al final de la función saludarán guarecidos en la altura de las tablas del escenario y arropados por el aplauso de sus acólitos y asalariados compinches.

Este comportamiento que venimos padeciendo en la política española en todas las esferas y jerarquías, y en los espabilados de todas las siglas (¿qué fue de aquello, cómo se llamaba ¿ideas/ideales/ ideologías?) se reproduce como en una cascada en el resto de la sociedad; no hace falta ir a la prensa o a la televisión y asomarse a los personajes públicos, basta mirar un poco de reojo alrededor (¿quizás mirar de frente no resultaría prudente?) y comprobar que se han ido quedando por el camino mucha de la dignidad, la integridad y la honestidad que nos ilusionaba a todos.

Qué es el reflejo y qué la realidad, daría para muchas páginas, pero lo cierto es que, sea donde sea, cuando falta la ilusión difícil es que las cosas marchen como debe ser. Conseguir que se nos despegue de una vez este incómodo traje de desencanto resignado tal como está el panorama, quizás sea pedirles mucho a los candidatos que nos “aleccionarán” (ya nos están aleccionando) en la próxima visita a las urnas.
Pidámosles algo más real, más necesario para que dejen de tratarnos como estúpidos que les siguen el juego. Pidámosles por ejemplo que sean sinceros. No queremos de nuevo campañas publicitarias de fuegos fatuos, marketings para bobos que no son más que una vuelta de tuerca más de esa separación (evidente, honda, preocupante) entre política y sociedad. Que nos dejen respirar tranquilos, sin más mentiras que fingir creer, que caminen a nuestro lado, al ras del suelo, con los mismos zapatos de antes de ser elegidos. Si ellos lo hacen así, si algo de eso que llamaban Integridad comienza a ponerse de moda y contagiarse, quizás empecemos todos a dejar de considerarlos como el menor mal inevitable y podamos llevar lo cotidiano más levemente.

Albada 228



HAMELIN
6 de febrero de 2011

El gran momento está por llegar. La cita es a la una y media. Vuelve a sacar el folio del interior del sobre con sello oficial y relee alto y claro por enésima vez: “Deberá Ud. comparecer a las 13,30 hs. en…” Sonríe al escucharse. Aquella voz, que las paredes desnudas le devuelven con eco, suena muy bien, se oye inmejorable: las sílabas perfectamente articuladas, el tono en su punto justo, amigable y serio a la vez.
El esfuerzo había merecido la pena. Desde que se levantó aquella mañana, consciente de que por fin había llegado el día, no había dejado de recordar las clases de su circunspecto maestro de dicción, a las que estuvo acudiendo durante más de tres años todos los lunes, miércoles y jueves a la salida de la Facultad. Porque, aunque su padre se empeñó en mandarlo a aquella ciudad y matricularlo en Empresariales, él –que pasaba desde niño horas enteras en la cocina del pueblo, pegado a la radio encendida de la abuela– nunca había renunciado a su verdadera vocación, a su talento.
Hasta que sucedió el gravísimo incidente que le separó definitivamente de su vida de estudiante, fueron muchas horas modulando la voz, aprendiendo a respirar, a controlar los silencios… hasta que consiguió magnificar sus ya extraordinarias dotes. Del resultado, del mágico resultado, sólo su peculiar mentor y él habían sido conocedores… hasta hoy a las trece treinta.
Si la venganza tenía una historia, la suya arrancó en aquel horror que aún tan joven le culpó siendo inocente. Había prometido desquitarse un día, y éste era el día y ya casi ésta la hora: convertiría su voz en confidente que acariciara al escucharse, sería implacable tanto que arrastraría al oyente más allá de las palabras, dejándolo inerme, sin más voluntad que la que él le ordenase....
Dos guardias le vienen a buscar a la celda. Pronto estará ante jueces y abogados. Todos, absolutamente todos se le someterían. Para después tenía ya bien calculados los siguientes pasos: sería fácil hacerse con el control de la megafonía en los grandes almacenes y más fácil todavía quedarse con sus cientos de compradores (bastaría con elegir el tono más tentador e insinuante); luego cambiar a una voz más confidente desde la emisora de radio; la televisión vendría después con alguno de esos discursos políticos de amplia audiencia “prometedor e ilusionante” … y seguir, seguir... cada vez sería más fácil y él más fuerte… seguir hasta tener a todos indefensos, obedientes a una sola voz: la suya.
El acusado se acerca al micrófono, carraspea levemente y casi en un susurro, un suspiro apenas, comienza, tras el apremio del juez, su declaración : probando, un, doss, treeesss, probaando, probaaandoooooooo……….

Albada 227


IMUN COELI
(30-1-2011)


Laura. Mujer. Nacida un siete de diciembre justo cuando el Sol, la Luna y los planetas atravesaban la Cuarta Casa del firmamento en el hemisferio Norte del planeta Tierra, SW de Europa, NE de España. Sagitario con ascendente en Sagitario. Como la criatura que la representa, mitad humana mitad caballo, cazador salvaje, dedica toda la vida a la búsqueda del conocimiento. Aficionada a los viajes y al estudio, persona inquieta y entusiasta, proclive a apasionarse rápidamente por las grandes ideas, por los proyectos ambiciosos. De carácter muy expansivo, así concluía la carta astral convenientemente certificada y avalada por el Astrology Institute of the University of Minnesota (USA); tan bonita era aquella carta –bonita, así la calificaron las amigas que tan efusivamente se la ensalzaron al regalársela (¡ah, aquellos colores brillantes de las esferas plagados de trazos tan extraños, tan sugerentes, decían)–, que su madre decidió enmarcarla y colgarla en el salón, justo entre el bodegón que pintó la hermana mayor cuando al parecer barruntaba dotes artísticas –de las que luego, cuando se echó el primer novio, nunca más se supo– y el relieve labrado en plata de “La Última Cena” –antigua y muy preciada posesión familiar– que las tías Josefina y Marta les dejaron como herencia.

Hacía mucho tiempo –¿cinco años, seis?– que Laura no había vuelto a pensar en la cartulina con la bóveda celeste, que todavía colgaba de la pared. En el bar, durante el descanso del almuerzo, alguien de la oficina habló sobre el nuevo signo del zodiaco al ver el consabido horóscopo mientras pasaban veloces las páginas de la revista de cotilleo… pero entre “pasarse”, también velozmente, la bandeja con las pastas de té y arrebatarse la hoja donde ni siquiera se adivinaba el rostro del bebé de los Barden and Pe, el tema del tal ofiuco/serpentarius no había dado entre los compañeros ni para un comentario. Sólo Laura, más pensativa y callada de lo que en ella era habitual, acarició la medallita de oro grabada con el centauro y su flecha, y mientras asentía con la cabeza los chismes del corro pensó que de sagitario con ascendente en sagitario ya nada… que ahora, de buenas a primeras, resultaba que era una… ¿ofiuco?… y que tras Júpiter en la cuadratura de Saturno, y los millones de estrellas, conjunciones y otros tantos mundanos y absurdos saberes, había pasado en un abrir y cerrar de ojos de veloz arquero a serpiente enroscada en medio del cielo… pero que sin embargo ahora entendía…

A la mañana siguiente, tras el susto y el poquito de escándalo que su desaparición, sin ninguna explicación ni causa justificada previa, causó en la pequeña ciudad de provincias, la familia y la policía tuvieron claro que Laura había abandonado voluntariamente la casa aprovechando la oscuridad de la noche y que todos dormían (faltaban dos maletas y gran parte de su ropa…). Siempre había sido la más callada y reservada de los hijos, la más silenciosa, ¡más bien rara, si casi parecía deslizarse cuando andaba por la casa¡ dijeron entonces… Sólo aquella huella de escamas blanca y rosa, casi plata, que se encontraron desde el borde de la ventana abierta hasta su cama les despistó un poco… y hasta hubo quien dijo que aquello le recordaba a una enorme e imposible camisa de serpiente…

Albada 226



NOCTURNOS
(23 de enero de 2011)


Aunque hay algunas noches de invierno en que el frío hace que camine encogido, casi escondida por entero la cabeza dentro del cuello del abrigo y a modo de corona la vieja bufanda de cuadros verde y beige, nunca, y a pesar del frío como digo, dejo de dar mi paseo nocturno.
Sea lunes o domingo, invierno o calurosa noche de verano, a la misma hora, tenga fiebre o esté incólume mi piel como una manzana de esas transgénicas de supermercado, salimos por la puerta mi perro Tom y yo y no volvemos hasta dar por finalizado el conocido itinerario.

Debo señalar aquí, ya antes de nada, que el camino en cuestión nunca lo damos por concluido hasta el encuentro con ellas y si en alguna ocasión el feliz cruce parece demorarse, alargamos lo que sea menester el tiempo (noches hay que hemos vuelto a casa pasadas las dos) hasta que al fin divisamos sus siluetas recortadas delante de la hilera de farolas.

Ellas suelen pasear por la alameda más cercana a la carretera, allí donde hay más luz; parecería que ello fuera una precaución absurda aún en la noche más cerrada y sin luna, teniendo en cuenta que la perra, un hermoso ejemplar de cachorra mastín español, podría defender a su dueña de cualquier afrenta con sólo un breve empujón de su potente y contundente grupa, pero así son sus preferencias y allí las buscamos, brillantes como dos estrellas.

Son sólo miradas disimuladas; miradas compartidas desde el principio…
¡El destello azul de los ojos de ella clavándose en los míos!... Si hay magia en un momento en que se detiene hasta el silencio y si el instante definitivo vale por toda una vida, nosotros –ella y yo– los conocemos: todas las noches cuando nos cruzamos cada uno por su acera y nos miramos así, de reojo y a la vez sintiéndonos tan cómplices, paseantes solitarios en la noche, completos como los únicos habitantes ya de este planeta, somos sabedores de la esencia que de todo nos compensa y todo nos lo explica.

En el ayer, de eso hace ya mucho, la busqué a la salida de la tienda en que trabajaba como dependienta; en el ayer, y parece que eso no fue nunca, cometimos el error de casarnos y pasar diez años compartiendo cotidianeidad y el gris rutinario de las tardes de domingo; si llegamos casi a olvidarnos del momento perfecto de la noche, si por poco se nos escapa aquel instante en que la vida cabe entera en una mirada, bien— y ella como yo lo sabe– lo pagamos.

Ahora, cada uno de nuevo en su acera, nos volvemos a esperar. Abrigado por aquel presente suyo verde y beige de pasados cumpleaños, la veo a ella llevando de la correa mi regalo revoltoso que olfatea feliz la proximidad de Tom. Y nos encontramos de nuevo cada noche, frente a frente, miradas y deseos, sea lunes o domingo, aunque el frío nos haga caminar algo encogidos y lo cotidiano se nos haya instalado en el recuerdo.

Albada 225




ANIMALIA
(16/01/2011)


Si hasta para hablar de política o de la crisis el otro día me contaron un cuento…Triste gracia que a menudo tengamos que echar mano de las fábulas para atrevernos a decir eso que llaman “verdades”; todo un arte poner en boca de los pobres animales las tonterías que “más que a menudo” nos decimos los humanos, para sacarles –después de estrujarnos convenientemente el ingenio–¬, la moralina breve, el final, tan ejemplarizante como lacerante, destinado al menos avispado, al egoísta o envidioso… en definitiva: escarmiento seguro para el animal “no-racional” que en el apólogo hemos hecho más “parecer” y “padecer” la esencia de la mediocridad de los “otros animales”, los racionales…
La verdad es que no sé qué pensaría sobre este asunto el monje eremita, el santo barbudo y ascético varón al que celebramos estos días en medio de hogueras y el sabroso cañamón. De momento ahí está, acompañándonos en su pequeña ermita de siempre, las puertas abiertas al día festivo, al desfile alegre de perros, gatos, canarios y periquitos llevados por sus dueños con ese gesto llamativamente igual en todos los “amos”, esa mezcla de orgullo cuidadoso, amparo incondicional y a la vez de rendición absoluta hacia la criatura que obedece a la mano...
Y es que los animales, como la naturaleza y la vida misma, en el mundo de los hombres se nos vuelven todo fragilidad, tanto que no es de extrañar que la sabiduría popular les buscara, antaño ya, su santo protector, y además uno tan carismático como San Antonio Abad, fuerte, para resistir las mejores tentaciones, valiente, para acompañarse de la soledad, poderoso, para elegir la pobreza… todo un ejemplo de santo, vaya.
Pero yo que de vidas de santos ya he olvidado mucho, si me he acordado al hilo de las procesiones de santos valedores de estos días, de esa otra figura “protectora” de los animales que, aunque mucho más moderna y sin dorada aureola ni barba, fue también, además de carismática, buena gente: Félix Rodríguez de la Fuente.
La labor que en defensa de la naturaleza hizo este naturalista fue capital para nuestro país y nos marcó a toda una generación. Por aquel entonces, en las casas, los bares, los teleclubes, comenzó a suceder un hecho asombroso: todo el país se paralizaba cuando empezaban los programas de Rodríguez de la Fuente en la tele; Fauna, Planeta azul, El hombre y la tierra… y la propia persona de Félix “el amigo de los animales”, eran un auténtico fenómeno de masas que conquistó, pervivió y consiguió cambiar la mentalidad de los españoles hacia la naturaleza.
Mucho se podría hablar de este apasionado adalid que tanto nos enseñó a conocer la vida –al que por cierto siempre acompañó componiendo la impactante y emotiva música de sus programas el turolense A. García Abril– pero de momento vaya sólo este recuerdo y dejemos el resto del día para celebrar a nuestro ínclito San Antón, que ya en el barrio de San Julián comienzan a verse los primeros brillos de su hoguera... y se oye la alegre música.

Albada 224



HARINA, SAL Y AGUA

(9 de enero de 2011)

Como cada domingo, aunque llueve desde el amanecer, una luz cenicienta lleva ya minutos incontables colándose por las rendijas de la persiana. La casa respira pausadamente, al fondo del pasillo incluso la quietud es más lenta, como si temiera deshacer aquel baile translúcido del polvo suspendido y romper la perfecta claridad oblicua que cruza –de esquina a esquina– la habitación en penumbras.


Tumbada de lado, en la cama, siguiendo el camino de la luz sobre la pared, la mujer imagina que no está tan sola, que está con la lluvia y con el sol de invierno. Suspira. Se vuelve despacio. Da la espalda ahora al balcón y se estremece al sentir esa parte de la cama, en la que apenas ha dormido este último año, más fría y ancha de lo que recordaba.
Desde que el marido falta, no tiene prisa doña Pilar por levantarse los domingos. Ya no vigila en la cocina el chocolate al fuego, ni pone con mimo las dos tazas, las dos cucharillas, sobre el mantel de las mañanas de fiesta. Ya no espera oír su llave cantarina abriendo la puerta de la calle, ni que sus manos traigan, envuelto en papel de estraza, el olor de la churrería de la esquina que impregnará el piso entero.
Si la nostalgia tiene un nombre, debería llamarse navidad, dice la anciana en voz alta mientras con fatiga se vuelve de nuevo y se queda, esta vez de frente, mirando al techo: –Debería mandar pintar, quitar esta escayola antigua y esta lámpara vieja también… debería… de pronto calla. Hay en todo aquel silencio, tan sólo enmarcado por la lluvia, algo de plenitud conmovedora. No se escuchan hoy las carreras de los niños del piso de arriba; tampoco se oyen los portazos y las risas. Quizás –piensa– les han vencido las emociones del día de Reyes, quizás estén también en la cama, tan quietos como ella, pero dormidos, profundamente dormidos, sin ese desvelar que traen los años a la vida… A la señora Pilar, que esta mañana se ha despertado con el alma más alerta, le parece que tardan más que nunca en despertarse, que todo el edificio parece como enfermo sin sus voces. Y es que desde que el marido falta, sólo “ellos”, ahora, le hacen tener prisa por levantarse los domingos.


Aguarda bajo la colcha, quietud silenciosa, hasta que oye –por fin– los primeros ruidos: pequeños piececillos corriendo por los pasillos, quejas por el agua caliente de la ducha, risas llamando a la madre, jugando con el padre… reclamando el desayuno…
Harina de trigo, sal y agua cociendo... la señora Pilar fríe la masa en el aceite hirviendo, espolvorea los churros en azúcar, los coloca en la fuente de cristal. No hay tiempo que perder mientras los aromas a dulce y a recuerdo envuelven de nuevo el piso entero.


Continúa lloviendo fuera, pero el sol ha conseguido teñir de naranja los tejados de la ciudad. En la escalera se oye el chasquido suave del interruptor de la luz en el rellano de la señora Pilar. El ascensor vibra unos segundos al detenerse en los vecinos del piso de arriba… como cada domingo.

Albada 223



MATERTERUEL
(2 de Enero de 2011)

Lástima que las Elecciones no coincidan con fin de año y comienzo del nuevo; lástima porque tendré que hacer dos veces cosecha, recuento de lo vivido y sementera del porvenir; lástima porque cuesta bastante esfuerzo –casi pereza a estas alturas– no dejarse caer en el desánimo agridulce de aquel mi “historia es la ironía en marcha”, y acto seguido volver a creer en compromisos y promesas… todo sólo y además por obra y gracia de ser Año nuevo y de “nuevo” Elecciones.
Lo que me pasa, si les soy sincera, me duele especialmente por mi gente joven, y por aquello de qué ofrecerles para que hagan su vida aquí conmigo. Y si les digo que me encuentro un poco triste en este comienzo de 2011 al pensar en su futuro no les exagero, aunque perdónenme, que no quiero oscurecer las fiestas (al fin y al cabo les hablo desde una albada) ni tampoco dármelas a entender en estas fechas –ya de por sí tan proclives a emotivas escenas y ternuras varias–.

Lo cierto –y ustedes lo saben bien– es que lo que me sucede no es de ahora mismo… porque ya hace tiempo que mis páramos y sierras están cada invierno más vacíos, y que por no oír apenas ya balidos, y menos aún el trasiego de los hombres al faenar los campos, escucho…
Ahora que nuestro gran azul lo surcan de visita grullas y milanos, a veces les detengo y les pregunto por lo que harán mis hijos en otras tierras: apenas me contestan con un ya volverán por vacaciones, alegres, ávidos de encuentros con tus horizontes infinitos, con tus hermosos y queridos paisajes, conocidas esquinas de sus pueblos de la infancia… “¡que ya volverán!” –me vuelven a decir– como ellos mismos lo hacen: un instante intenso sólo para acariciar al vuelo tomillos y sabinares, enredar sus pestañas en las almenas de mis torres y empaparse del sol violeta al atardecer.

Y me duele, párpados flojos, desiertos escarchados, ser presa de las dudas y del temor al abandono. A mi, Teruel, tierra y madre cada día más sola y más hermosa, donde por doquier vuelven a anidar las miradas de las aves olvidadas y crecen las carrascas sobre los bancales rotos, me estremece este Año Nuevo y tener que despertar, nublada de recuerdos, al silencio conocido.
La sabia y antigua Luna en mi frío desvelar me habla, pero la tranquilizo: no temas, amiga, estiraré otra vez los brazos hacia el cielo, respiraré el alba tras la lumbre del ocaso, abriré más tierno, si pudiera, cada surco… y todo… por la esperanza… por si la lluvia del invierno y las promesas que vendrán en primavera consiguieran envolver -de nuevo- mi alma de piel terrosa con un poco de ESPERANZA.


¡Suerte y luminoso 2011, Teruel!.

Albada 222




EL MODERNO HUECO
(25 de diciembre de 2010)


No le gustaba. Definitivamente no sentirse ya especial, ni alejado del populacho -que ahora tanto le entendía y aplaudía- le inquietó en un principio, para después desagradarle profundamente. Si eso seguía así significaría que él no era tan “moderno” como quería/creía ser. Si la gente común, y tan vulgar, ya no le extrañaba ni le miraba perpleja, si no la escandalizaba, si no le esquivaba ni le hacía un mal gesto… ¡poco distinto o especial podía sentirse!


Todos, ahora, respetaban pacientes sus exabruptos e inconveniencias, señal inequívoca de que algo comenzaba a ir mal, pensó. Ya no era el iluminado estupendísimo, el que juzgaba todo lo que hacían los demás como propio de simples y mentecatos y se lo soltaba en su despectivo silencio. Él, divo que hacía mofa de las modas, era, ahora, prototipo, modelo a seguir… ¡todos parecían su copia!… y si el ignorante se aprende la lección mejor que el maestro, si ya no existe distinción entre ambos, ¿qué le quedaba entonces a él de extraordinario?


Se sentía perdido: le horrorizaron las sonrisas de simpatía de sus vecinos cuando coincidieron en el rellano del ascensor -él, arrastrando malhumorado compras y familia, ellos, los vecinos, tan repelentes y redichos como siempre pero esta vez mirándole con beneplácito, como al más querido de los suyos-. Ya antes había soportado mal la expresión complacida de las cajeras mientras delante de ellas afeaba a su mujer la costumbre de comprar tantas cosas innecesarias en estas fechas… Y bastante antes, por la mañana, se empezó a mosquear en la oficina cuando todos, absolutamente todos, le dieron “fieramente” la razón mientras desproticaba ¬–como cada año, por lo demás- de las reuniones familiares, de tanta suegra y cuñado plasta que aguantar, del rollo, en fin, de las Navidades… Sin faltar ni uno, el despacho entero aplaudió sus ocurrencias con viveza, casi le jalearon, alguno como el bobalicón de Gutiérrez hasta le guiñó el ojo… estaba decidido: ¡este año nadie celebraría la Navidad!.


Tanto éxito, tanta aprobación popular de su propio y buscado aislamiento, de su rebeldía proverbial, le resultó molesto y muy preocupante: ¿Cuál era entonces su merito, su triunfo, su diferencia de aquella gente que el siempre había considerado inmadura, rebaño retrasado y manipulado? ¿Cuál su excelencia y diferencia? El éxito de sus propósitos, paradojas de la vida, era su fracaso; el aplauso a la causa que él había abanderado -estar por encima del común de la gente y de sus tópicas y típicas obsesiones navideñas- su completa derrota, ya que su postura personal era ahora la de todos.


Si para estas fechas de fin de año siempre hacía lo mismo -poner cara de pocos amigos, esa gris de las prisas para que pasaran pronto, se volvía más huraño con su mujer y perdía la paciencia con los niños-, esta vez fue él quien insistió para que se hiciera la gran cena familiar en su propia casa: no estaba dispuesto a no tener que llevar la contraria a nadie: si ahora ellos no querían fiestas, ¡él las celebraría!

Allí puso villancicos, tomó mazapán y cava e hizo como si no se diera cuenta de la cara hastiada del resto de la familia –su misma, su anterior cara gris, ¡si hasta la mismísima abuela con su reluciente dentadura de porcelana nueva no sonreía!- Se sintió paleto, consumista, inmaduro y patético, por supuesto nada “divino” claro… y sin embargo con no ser como el resto, por ser de nuevo distinto, todo aquello que antes detestaba le valió la pena. ¡Es lo que tiene ser un moderno hueco!...


Pero la pesadilla dulce se le esfumó pronto, justo hasta cuando subió el tono de la tele en los anuncios; despertó confundido: se había quedado frito en el sofá de casa de los suegros mientras esperaba que llegara el resto de la familia.
La cena navideña transcurrió como cada año anterior, todo igual excepto porque el moderno, todavía impresionado por el sueño, no reaccionaba, aún flotaba...


Sólo al final, cuando llegó el momento de intercambiarse los regalos, se reavivó su esencia y volvió a las andadas: sonrío pícaro, un segundo, al darle a la cuñada mojigata el libro con la selección de las más escabrosas cartas de Joyce a Nora Barnacle; reprimió la carcajada al ofrecerle la selecta selección de turrón, del duro exclusivamente, a la abuela y disimuló cuando a escondidas les dijo a los sobrinos que ¡claro que podían jugar allí con el fantástico balón firmado por “ la Selección”!….


Ya se marchaba cuando oyó el gran espejo de la sala rompiéndose en mil pedazos, la llantina de la abuela mientras su compungida suegra le recogía los restos de la esplendida dentadura clavada en el turrón, y el gritito de enfado de la escandalizada cuñada mientras escondía rápidamente el libro en el bolso…


Por esta vez, se dijo el moderno hueco, la Navidad no le había vencido… aunque… ¡apunto estuvo!

Albada 221




DIEZ MINUTOS
(19 de diciembr de 2010)


Hace tan sólo –ni siquiera– diez minutos, que ha cerrado aquella puerta que ahora intenta abrir con las manos tiritando. Hace casi diez minutos que ha conseguido aparcar el coche después de recorrer un laberinto de calles. Encontrar sitio en aquel barrio de moda, plagado de restaurantes chic recién inaugurados, es una hazaña un viernes por la noche. Él esta vez ha tenido suerte: a mucho menos de diez minutos del XXX’s, el estupendo restaurante donde la empresa invita este año a la cena de Navidad, ha conseguido ¡al fin! aparcamiento.


Pero antes de entrar en aquel sofisticado “ambiente cosmopolita y puro diseño neoyorkino”, ya lleva diez minutos volviendo –esta vez a pie– helándose por el laberinto de calles en busca del teléfono olvidado.
El frío viento le acuchilla pequeño y seguido la cara, le ha pintado de cian la punta de los dedos. El hombre entra en el coche de nuevo; a tientas palpa debajo de los asientos, hurga y revuelve en la guantera; enciende, ahora, la luz del techo y mira perplejo en el asiento de atrás por si el móvil, nunca más inmóvil y callado...
–¡Debió caérseme al coger el abrigo!…


Piensa en que ahora tiene que volver a salir del coche, y en esos cerca de diez minutos –¡otra vez!– de frío laberinto. Y le entra una invencible pereza que le paraliza, y que le deja allí adentro, quieto, mientras sigue pensando… pensando en el risotto con foi y setas de la cena, en sus compañeros obedientes, ya ordenadamente sentados bajo la luz de las lámparas de diseño, en esa huella escarlata en los bordes de las copas y en las sonrisas pintadas de los jefes… pensando en que trabaja más minucioso cuando un poco de aire se cuela por la única ventana de la oficina –su fachada pura galería motorizada–, en la música ambiente chillout y en la cara aviesa del envidioso del despacho vecino… en la hora en que madruga el metro para llevarle hasta el trabajo y en el montón cada vez más elevado de asuntos pendientes apilados a la derecha de su mesa…


Si un claxon fuera poco, son suficientes las luces de cuatro, cinco coches y hasta unos golpes en la ventanilla:
–¿Pero va a sacar usted el coche o no, se va a quedar ahí dormido? ¡Que yo necesito aparcar!


Autómata, gira la llave del motor y ya desciende por la gran avenida. Lejos, casi a diez minutos, queda el barrio de moda, el de los restaurantes de postín y las cenas de empresa con cocina de fusión

Y ahora el hombre, mientras se aleja, piensa en aquella silla vacía que quedó tan sólo –ni siquiera– a diez minutos.


Albada 220


MÍMESIS DE PLEXIGLÁS
(12 de diciembre de 2010)

Tomás, tipo desconfiado por instinto, pasa las hojas de sus apuntes de dos en dos, lee rápidamente, a golpe de vista, desganado… Acodado en la barra escucha sin poderlo evitar las conversaciones de voces airadas a su lado mientras apura el segundo café; dos niños hacen burbujas soplando ruidosamente las pajitas en el vaso de coca-cola, mientras un tercero, más pequeño, duerme en el regazo de una mujer.
Gira treinta grados sobre el taburete de plexiglás: frente a él, la lluvia cae lentamente pintando en los ventanales figuras que se alargan, se estilizan, para terminar finalmente deshaciéndose en diminutos charquitos sobre la esquina del alfeizar. Fuera todo está desenfocado, quizás tanto o más impreciso de como lo está todo allí dentro.

Persuasivas, las noticias en el televisor repiten una y otra vez el mismo mensaje en un idéntico esquema: discursos de políticos de unos y otros partidos, declaraciones de implicados… y, explícita e implícitamente iguales, las entrevistas de afectados en las que sólo cambian las caras del periodista y del entrevistado; la misma puesta en escena en todos los canales, exacta a la que él puede ver, sin necesidad de levantar la cabeza hasta el televisor, tan sólo mirando alredor.

Sobre el plexiglás Tomás vuelve a prestar atención a los folios: Aristóteles y su eikos, definiendo lo Verosímil como la opinión general en contraposición a lo factible considerado por los “más cultos”; los clásicos franceses del XVII y su Verosímil equiparado a lo más deseable, a lo que mejor sienta creer… nosotros, los contemporáneos, consiguiendo gracias a la manipulación más refinada convertir en Verosímil lo posiblemente verdadero…

Pero –piensa– ¿quién pide no ser engañado? ¿Quién intentaría si quiera mover un poco los hilos de la pesada maquinaria mediática e ir más allá de las leyes del espectáculo? Él lo único que quiere –como todos los que están en la barra de la cafetería, como los tres niños aburridos, como esa madre, como los que aguardan deambulando fastidiados, nerviosos, por pasillos y salas de espera– es largarse de una vez de allí.

Quizás es verdad eso de que el nombre termina por marcar tanto el carácter y el destino del individuo que ya no se llega a distinguir ni quién ni qué fue antes, pero el caso es que a Tomás, el de la duda, le ha dado por desconfiar un poco, nada más que un poco…
Pero la incertidumbre dura lo que aguanta su esfuerzo: al estudiante le duele la cabeza y está cansado. Mientras deja los apuntes de Ética peligrosamente demasiado cerca de los niños y sus coca-colas, se pide otro café… quizás con un poco de suerte anuncien pronto su vuelo y duerma en casa.

Albada 219

(Foto Arturo Bobed)


EL LECTOR
(5 de diciebre de 2010)

Por la mañana la nieve sobre el sendero fue instante azul, ahora suavemente rosa mientras el sol cae rozando el perfil de la montaña. Vuelve a nevar. El viento levanta torbellinos en lo que ayer aún era camino: se lleva hasta el vecino río el olor del sarmiento que calienta la masada y el balar soñoliento del ganado que, ya saciado, se hacina en la paridera.


Anochece. Una bandada de estorninos hace crujir a un tiempo el esqueleto del viejo chopo frente al corral, mientras las cornejas y las chovas, negro palpitante sombreando el frío blanco, alejan su vuelo hasta los dormideros escondidos más allá de las carrascas y sabinas. Noche cerrada, ni una estrella, y duerme ya el pastor mientras sestea el viejo perro de carea junto a la chimenea.


Hiela negro fuera –el primer domingo de diciembre ha irrumpido sin luna– y pese al frío la vida se afana sobre el silencio de la nieve: decenas de topillos se aplican masticando raíces, arrancando suaves brotes… arriesgan dejando un rastro de pisadas diminutas en sus escarceos de madriguera a madriguera. Tejones, garduñas, musarañas… pululan absortos entre endrinos y majuelos... es un baile el suyo presuroso y diligente.


El ulular del cárabo detiene un momento su ritmo acompasado. Abandona el desnudo tronco la pandilla de estorninos. Es el aviso: un desarmado ejército de húmedos hocicos y vientres tibios se agazapa aterido cuerpo a tierra. La silueta se adivina rojiza, los pequeños ojos podrían ser brillantes… pero más allá de la sospecha de las sombras se oye el chasquido al caer sus finas y largas patas sobre la presa. Ni un quiebro de su hermosa cola ha necesitado para atrapar de un salto al pequeño ratoncillo.
Se aparta el zorro de la masada con el botín en la boca, despreciando la mondas de patata y mandarina que el humano dejó junto a la tapia; su andar es desdén al ladrido del perro amansado al calor de la cocina y chuscos de pan duro.


Al alba chirría la puerta de la casa. El pastor, rico en días y sabiduría, lee la nieve. Se entretiene siguiendo con la vista las pequeñas pisadas del topo, reconoce las redondas marcas de las pezuñas de los corzos que tímidos apenas se han alejado del bosque… y mas allá los hondonares dejados por un par de jabalís… Sonríe al contarle las huellas sobre el blanco cómo el pequeño zorro se ha alejado ligero con la presa.


Montaña y hombre saben que la soledad allá arriba es sólo un disfraz de la noche y que la nieve, hoja suave, devuelve al amanecer la historia de la vida contada al milésimo detalle. Sólo hay que saber leerla.