Albada 196

(Foto Arturo Bobed)



SUR DE CALIFORNIA
(20 de junio de 2010)

En aquellas mañanas de veranos interminables al emular a Albert Hammond con lo del It never rains in sourthern California apenas el índice le llegaba para la cejilla del acorde. Trasteaba las cuerdas de la guitarra como trasteaba su mal inglés, pero las pestañas de las niñas ya le acariciaban en aquel rincón de La Glorieta y despertaban en él las primeras sensaciones de placer inconfesable.
El aire lleno de sol y los discos dedicados en la radio del tercero subiendo por todo el patio interior de la casa hasta el cielo azul cruzado a rayas por los tendederos. La hora de comer con la hermana pequeña bendiciendo la mesa y el termínate todo que sino no sales. La abuela esperando la hora del serial de Lucecita y las tardes de siesta leyendo tebeos cambiados una y otra vez en Casa Ros o en la Tropela
Y luego a las seis y media, cuando bajaba el calor, salir para encontrarse con los amigos mientras las calles del centro quedaban tomadas por decenas de pequeños con la merienda en la mano, jugando a las cuatro esquinas - esquinas mágicas del centro de un Teruel sin coches- a tres navíos en la mar, a churro va, a la luneta, la cuerda, las tabas, los pitones… Más allá, en los bancos de piedra de la Placeta de las Monjas, un grupito intercambiando los cromos de Vida y Color y otro jugando con las barajas de las familias (familia bantú, familia de tiroleses) y encima de todos y de todo los vencejos del verano: los vencejos amigos de cada verano chillando y haciendo piruetas sobre las torres.
Tenía razón Fernán Gómez las bicicletas son para el verano, y también para el atardecer en el camino del Carburo arreglando con parches rojos la rueda pinchada. A las ocho la partida en los futbolines de la Bolera de la calle San Andrés o el encuentro con el resto de la panda en el Electroter de la calle Salvador.
Una caña mojada en el Goya (una sola y a veces compartida, por que no había pesetas para más) y los más atrevidos bajar a la Casa de Los Condes por si algún fantasma…
El Un, dos, tres en la televisión y conseguir después de rogar un poco (lo que te diga tu padre decía siempre la madre, más blanda, más cómplice) que te dejaran salir de nuevo, al menos hasta la una. Estrellas sobre los tejados de Teruel, calles repletas de voces familiares, vecinos en los balcones de tertulia a la fresca de la noche. Sensaciones. La calle de todos siempre con el carnet en el bolsillo por si la pareja daba el alto (lo de correr delante los grises llegaría algo después en Zaragoza).
Ha pasado la tarde con el borrador de la ordenanza. El otrora jovencito enamoradizo de la guitarra, hoy serio señor con corbata sólo en los actos oficiales, repasa el texto. El título octavo de la esperada ordenanza dice que regula locales juveniles, encuentros festivos en la calle y exige “condiciones y requisitos” en pro de la “seguridad, salubridad e higiene”, en pro de la “convivencia ciudadana”. Documentación, horarios, garantías…sanciones, folios, más folios.
Ya en el crepúsculo cierra la carpeta. Bajo el soñoliento cansancio mira de reojo a su hijo adolescente: tirado en el sillón, puntea suavemente la vieja guitarra, las manos más grandes, más expertas que las suyas a su edad…
Quizás por la ternura que le sobreviene, quizá porque Albert Hammond le enseñó que nunca llueve al sur de California, piensa de pronto que para ser justos no estaría mal que a la rigurosa ordenanza la acompañase de una vez por todas algo más que promesas oportunistas en época electoral o titulares periodísticos ad hoc para nuestros jóvenes. Puede que ellos también exijan algún día ese otro título octavo de nuestros compromisos y que terminen por sancionarnos también con rigor las promesas de mayores que nunca se han cumplido. Locales para ensayar música, teatro, danza o simplemente para reunirse y hablar y reír; centros y ofertas permanentes de ocio y cultura, lugares al fin para socializarse y crecer como personas y ciudadanos respetados y respetables de esta ciudad, Teruel, que es tan suya como lo es de sus mayores.

Albada 195



JUNIO
(20 de junio de 2010)
En Junio terminan las clases. Fin de curso. La Selectividad es ya sólo espera de notas que cuadren y nervios destrenzados. Los estudiantes ocupan las estaciones con sus maletas más llenas y se alejan. La ciudad desaparece, aunque nunca lo hacen, por mucho que se distancien, la luz sobre los tejados y ese olor a violetas.
Si alguien volviera aquí, justo en ese preciso instante en que el tren acaba de perderse tras el envés del horizonte, vería que es verdad: la ciudad no existe, pero de su presencia ausente queda la luz con el perfume. La claridad fragante y el alrededor con la estremecedora nada abrazándolo todo.
P. ha vuelto al colegio de la infancia y no hay una sola ventana por la que asomarse; del instituto ni siquiera el testimonio del primer escalón donde se sentaba con C. y L. para jugar a las canicas, esperando sin ganas a que el conserje abriera.
Del viejo cine: aire; de los árboles talados de la plaza: sombra color de regaliz. Eso queda mientras P. frunce la vida en una sonrisa congelada.

Junio, mes de las despedidas, algunas para siempre, las definitivas. Son ésas, las últimas veces que nunca supimos que lo fueron hasta mucho tiempo después, las que más vacío dejan, las que ahondan hasta el escondido rincón del recuerdo.
La última vez que… la última vez que… la última vez que… ¡y ni lo sabías TÚ que ya no habría más veces!
Levantaron casas, ensancharon aceras, y el esplendor que se alzó hizo estallar secretos antiguos y emborronó memorias. Los años que han pasado construyeron el vacío que conjuró la única huella que a P. le quedaba.

Junio, que lleva nombre de diosa madre y de infancia protegida. Junio el de las despedidas de adolescentes que sólo sabrán cuando el reloj de arena gire mil veces que los adioses del mes de primavera hacen más daño cuanto más lejos se quedan.
Ahora que ha recogido despedidas que no supo que lo fueron, P. busca recobrar una ciudad que sólo existe en su corazón; ahora, cuando el tren dobla el reverso del horizonte, P. va a encontrar un mar silencioso de luz malva. Como un Peter Pan cualquiera desesperado por el deseo de volver. Lo que más duele, decía Pessoa, es el ansia de cosas imposibles…
en el fondo del alma hay una congoja intensa e invisible, una tristeza como el ruido del que llora en un cuarto oscuro.
En Junio, cuando florecen las violetas.

Albada 194

ELEGIDO
13 de Junio de 2010


Se ven a lo lejos, justo detrás de las últimas casas. En el descampado grande, frente a las eras, el grupo de chicos está quieto. Sólo dos de ellos parecen hacer equilibrios sobre un hilo inexistente en el suelo: echan suertes. Oroo. Plataaaa. Orooo. Plataaa. Orooo… ¡monta y cabe!…
Frente a los dos, los otros nueve esperan expectantes. Las cuentas no fallan, son once y el último que quede sin elegir no jugará. Siempre ha sido así, lo saben todos los chavales; es equitativo, sin blandas compasiones ni falsas concesiones de mayores. Cuando el número no “cuadra” a alguien le tocará quedarse fuera.
Sin necesidad de explicaciones, con esa justicia a veces tan dolorosa como incontestable, los capitanes van eligiendo uno a uno, en voz alta, señalando, haciendo cada vez más pequeño el corro de los que aguardan en silencio, y más numerosos a los que esperan saltando, pasándose la pelota, respirando ya a risotadas.
Definitivamente hay uno que sobra, uno que se quedará mirando como los demás juegan.
Lo más duro sin embargo no es no jugar; lo peor son los segundos eternos en que los capitanes van escogiendo, sentenciado.

Apoyado en la valla de madera escucha los gritos mientras se pasan el balón. El aire del atardecer lleva pedazos de sus voces hasta el pueblo. En la plaza los pequeños se han cogido de la mano y giran. En el alboroto, todos se sueltan del corro y se buscan de nuevo… Al pavo pavito pavoo… Las cuentas no fallan, son número impar y alguno se quedará solo. Sin pareja a la que abrazarse, y más niño que nunca, aguantará las burlas de sus compañeros: ¡pavoooo!.
Lo más duro sin embargo, lo que más le ha dolido, no será oír sus chanzas ni las risas, sino esas punzaditas de miedo sobre la sien mientras giraba al compás de la absurda canción.

Hoy ya se olvidó de contar hasta cien jugando al escondite. Se olvidó de posarla siempre, de ser el menos rápido de todos en el correquetepillo, de nunca esquivar la pelota en el balóntiro, de no encestar ni una…ya se olvido, piensa.
Casi tras las últimas casas, hay ahora una gran carpa sobre el césped. Delante del flamante “Restaurante Las eras” el grupo de invitados baila. La música lo envuelve todo.
La mira, y así vestida de blanco radiante, su sonrisa le hace revivir el pasado. Ella, la más deseada por todos, la chica de sus sueños a la que nunca se acercaba, ha elegido también.
Y se lo dice a él, sólo a él en medio de toda aquella algarabía de la orquesta, despacio, casi al oído: camarero, tomaré un poquito de cava, por favor…

Albada 193


DE FERIA
(DdT, 6-VI-2010)
Ir de feria. Si nos atenemos al significado del latín tardío de la palabra (y también, por qué no, al que nos apetece más a todos) es ir de fiesta.
Así que apunto en mi cuaderno: día de feria igual a día festivo, igual a día para festejar… Y mientras lo escribo me digo que visto así lo de la Feria del Libro, debería ser una pasada, vamos, el no va más: la feria, la Fiesta de la Cultura…!ahí es nada!, ¡y encima en Primavera!...

Les confieso que cuando llegan estos día en que se oye hablar tanto de ferias del libro me da un poco de rabia (sólo un poco por que el ser de Teruel, es lo que tiene, que te terminas por hacerte además de resignada una estoica) pero rabia al fin y al cabo sí, un poquito de rabia -lo reconozco- me da….
Me explico: eso de que en Zaragoza tengan estos días su Feria del Libro, eso de que en Huesca tengan estos días su Feria del Libro… eso de que la tengan, como no, Madrid y también más de España y media… En fin, que chincha un poco - qué quieren que les diga- pensar que todos los demás sí y nosotros…¿?

Y es que me hubiera gustado mucho, por ejemplo, haber salido esta mañana y poder asomarme en las calles de Teruel a los libros de mis autores preferidos, descubrir agradables sorpresas al abrir las tapas de un título desconocido, o pasear simplemente la mirada entre esas montañas de colores con libros ordenados y engalanados para su “fiesta”… ver a las familias con los niños revoloteando ante esta invitación a la lectura en toda regla (¡ay aquellos tebeos de la infancia!)... haber conocido algún autor y preguntarle... en fin, tener una mañana de domingo como la habrán tenido muchos de nuestros vecinos oscenses y zaragozanos (por citar sólo los más cercanos).

Me busco un consuelo y me digo que, quizás al no tener la dichosa feria, me he librado de ver las casetas plagadas con los best-sellers de turno, de comprobar la penosa pleitesía que la literatura debe rendir al marketing y al mercado para subsistir… Es una disculpa pobre, lo reconozco, pero como sea que siempre que uno imagina fantasea lo mejor, yo me había fabricado una Feria del Libro en Teruel repleta de buena literatura ( por qué no si soñar es libre y todavía no le han subido los impuestos...)

Creyéndome ya liberada del reclamo de los libros, al que tan difícil me resulta resistir, termino esta tarde de domingo sumergiéndome en uno de ellos: nado entre sus páginas creyéndome a salvo, por un momento, hasta de mi misma y de mi tontas rabias.





Albada 192





CUANDO LAS ALAS YA NO AGUANTAN
(30 de mayo de 2010)



Es tarde, casi las tres. El tic-tac del viejo reloj hace tiempo que se me ha llevado el sueño. Frente a la ventana, la luna llena del pasado jueves ha ido menguando poco a poco, pero pese a su perfil mordido, aún recuerda la que fue. Acabo de terminar la revisión de mi pequeña intervención en el curso multidisciplinar que sobre las brujas ha organizado la UNED para mediados de Junio. Lo he titulado Las brujas, entre la inspiración y el pretexto; un recorrido por el mundo del arte y de cómo los artistas han tratado a estos seres, la inmensa mayoría mujeres indefensas e inocentes, y las menos (una minucia si comparamos con las miles de personas-¿sesenta mil?- que fueron torturadas y quemadas) hermosas malvadas y celosas, viejas horripilantes, aterradoras y en definitiva locas.

Sumergirse en la historia del fenómeno de la caza de brujas es bucear en la gran facilidad del ser humano para tergiversar y emponzoñar las cosas, en la habilidad de cambiar la historia de la cultura y el progreso con poco menos que un gesto; es ver cómo unos cuantos son capaces de llevar al paroxismo a unos muchos; es volver a ver que ese pequeño manotazo que inclina la primera ficha puede arrastrarnos a todo el dominó de una manera y a un ritmo tan predecible como irreparable.
Asombra siempre, pese a que en Historia es una de las primeras cosas que aprendes, comprobar cómo los intereses de unos pocos (que curiosamente siempre están arriba), son el origen de auténticos disparates, causa egoísta que hunde en la desolación a toda una generación. Está bien, pues, reflexionar sobre lo que fuimos para evitar repetir errores, o al menos para entenderlos y entendernos, que a veces es lo único que nos queda (saber y ser capaces de disentir con criterio, aunque sea en el silencio).
Está bien, pues, este curso de la UNED de Teruel, y más porque va a tener como escenario el mismísimo Jabaloyas, nuestro hermoso pueblo de las brujas.


Como esta noche ya he terminado definitivamente mi exposición, y como el sueño no llega, me he distraído con los libros de pintura. Me he detenido en uno de ellos, contemplando la imagen que ilustra el título copiado en esta albada (la imagen me trae de inmediato el recuerdo de algunas de las caras que vi este jueves en el Congreso). El grabado de Durero, Melancolía, acapara toda una página. Es poco para semejante densidad de objetos que, minuciosamente trazados y aparentemente caóticos, rodean al personaje: un ángel sentado. Ángel que ya no vuela, con la cabeza apoyada en la mano y ojos terribles en la mirada perdida. Desparramados alrededor, cada objeto es un mensaje, un grito silencioso y condensado que nos ha trazado con maestría el buril del enigmático alemán. Una vez tienes las claves y comienzas a descifrar su significado, se te abre un mundo y comienzas a entender.

Al melancólico todo se le presenta como una interrogación obsesiva, sin el orden que le permitiría actuar. Al melancólico todo se le antoja sin salida. Dice el texto que acompaña a la imagen de Durero que casi todas las épocas “melancólicas” en la historia de la humanidad, se han caracterizado por una situación social compleja en las que cuesta orientarse y actuar en consecuencia.

Inquietud, tenebrosas visiones, confusión, aturdimiento… ¿indicios de que también nosotros estamos en plena fase melancólica, aunque la dichosa palabra ya no esté de moda? ¿Es este nuestro tiempo de melancolía, de hastio y atonía cuando las alas ya no vuelan?…

Miro por la ventana: la luna continúa en lo más alto, y me ha parecido –será el sueño– que una figura quizás ángel, quizás bruja, la ha partido con apenas el oscuro destello en dos. Es tarde, casi las seis. Apago la luz para intentar dormir la escasa hora que me queda. Quizás, si hay suerte, aún pueda soñar con las brujas buenas de Jabaloyas.

Albada 191




INSTANTES
(DdT 23, de Mayo de 2010)
Hay instantes que tienen toda la esencia de la vida detenida. No les sobra ni les falta nada. Son perfectos e inmejorables del mismo modo que los tres elementos: esfera, silencio y sonrisa inesperada.
Como si se tratara del más perfecto haiku, de la más hermosa fórmula matemática, si tenemos la fortuna de “saberlos”, la consciencia de estar viviéndolos, nos podremos considerar el más feliz de los mortales, el más sabio de los dioses, que es lo mismo.
Al final, resulta que lo mejor de la vida está hecho de esos presentes lúcidos en que comprendemos y sentimos que vivimos.

Desde la terraza ve los tejados del Teruel más viejo. Océano vertical de olas de tejas anaranjadas, al que le han salido flores azules, lunares de líquenes esmeralda, gatos que parpadean metafísicos, lagartijas perezosas y petirrojos jugando al escondite.
Al fondo, el cielo repleto de gritos de vencejos y el hilo del brillo del Turia, silueta agazapada, bordeando el perfil más bajo de la ciudad.
Siente, más que imagina, la agitación de los chopos que ya verdean, movidos por esa brisa primaveral de la ciudad.
Sacude la ropa al aire y el ruido sordo llena todo el espacio. Es el chasquido familiar de la tela mojada, estirada con ímpetu antes de tender. Arpegio antiguo que interpretó su madre y la madre de su madre.

Estás, lo sabes, en la mañana más honda de tu vida. Estás, lo sientes, tendiendo la ropa bajo el sol. Las pinzas, artefacto perfecto con cinturón engañoso de metal, te obedecen abriéndose y cerrándose en un incansable abrazo sobre la cuerda de tender.
Las manos se te han contagiado de la suavidad de la ropa. Te ha impregnado toda la piel ese olor a limpio y a bienestar, perfume de lo cotidiano a jabón de lavanda y hierbabuena.

La joven madre tiende las sábanas al sol más blanco, el de las mañanas.
A su lado, el pequeño juega con las pinzas de plástico. Hace trenecitos de vagones de colores mientras las viejas pinzas de madera suspiran, si supieran, por la caricia tierna e inexperta de sus dedos.

Estás, lo sabes, lo sientes, viviendo el instante: el aire agita las sábanas tendidas y el sol se cuela para tocarte. Estruendosos estorninos y luz cristalina, azul, de mi Teruel.
Tu hijo escucha; sus ojos redondos son dos universos: esferas, silencio y sonrisa inesperada.

Albada 190




ISOLINE O LA CASA ENCANTADA
( 16 de mayo de 2010)


"Partout où je pénètrerai, j'y apporterai le Bonheur et la Prosperité" (En todas partes donde voy, traigo la Felicidad y la Prosperidad).
La tarjeta-talismán tiene escrita la dirección. Se lee claramente: 42 bis, Avenue de Suffren, Paris.
Y está aquí: justamente en la misma acera donde Clarisse espera que termine aquel aguacero repentino.
La fachada con huecos pareados, recubiertos sus balcones de metal forjado. El arco del portal, 42 bis, con vegetación de piedra mórbida rodeándolo todo. La gran escalera y el pasamanos quizás de roble, del roble más suave que nunca ha tocado... y girar, girar, y dar la vuelta con cada peldaño alrededor del mástil dorado hasta terminar, ya mareada, justo a la altura de los ojos frente a la gran bola de cristal.
En el rellano, la puerta abierta. Vestíbulos, salones, sillones tapizados de terciopelo y cinta de pasamanería. Alfombras de lana, lámparas con pantalla y una atmósfera cada vez más palpable, táctil, como si se pudiera acariciar el aire.
Bañados por la luz, dragones, flores, insectos, pájaros de colores y sirenas. En cada pared los dibujos de la seda bordada parecen cobrar vida, una vida sin sol, tamizada por vidrieras ambarinas y cortinas quietas.
Por fin, en la habitación de techos redondeados, recostada sobre la chaisse longue, ella:
Isoline, le sorcière.
La misma mujer, la misma bruja que se anuncia con foto y con promesa (Passé, Present, Avenir) está ahora mirándola a los ojos.
Le pesa en la boca su sonrisa de postal. Son como dos en un espejo, o una sola en un espejo. Una de las dos, quizás las dos, no miran. Ya.
Un viento gélido arrastra papeles junto a la casa modernista de la Avenue de Suffren. Chantal ha recogido la vieja postal del suelo. Bajo un matasellos de 1900, la foto de una mujer y una dirección.
Y está aquí. Justamente en la misma acera donde se ha parado a contestar la llamada perdida del móvil.
Partout où je pénètrerai, j'y apporterai le Bonheur et la Prosperité". Isoline, le sorcière.



Albada 189



EN LA PIEL DE LOS OTROS
(DdT 9 de mayo, 2010)


Durante la primera noche dormí sin sobresaltos.
La quinta, mil cretinos me salieron a la luz sin fuerza, como esos cohetes borrachos que zigzaguean en la oscuridad para desaparecer luego sin un triste trueno, sin ni siquiera un amago de chisporroteo.
Cuando entré a la oficina lo hice repitiéndome mentalmente aquella frase, desgastada de tanto usarla las últimas semanas.
Si estás atravesando un infierno, sigue adelante y no te detengas, si estás atravesando un infierno, sigue adelante y no te detengas, si estás…-¡dichoso psiquiatra y dichosos mantras!
La caja de cartón pesa bastante, pero se que nunca será lo suficiente: la carga será siempre liviana como para contener dentro los recuerdos de veinte años… aunque nunca me detuviera, aunque siempre siguiera adelante acarreando mi pasado, siempre será demasiado ligera.
Primero, el archivador de abajo repleto de carpetas; luego, el segundo cajón con agendas garabateadas de años olvidados, tarjetas blancas de gente que en realidad nunca había conocido, bolígrafos sin estrenar, lápices mellados, más tarjetas, más sobres amarillos, más informes grapados en fotocopias borrosas e ilegibles… En el tercero, una goma redondeada, gastada, verde y otra rosa nueva, una bolsa vacía de clips, más sobres, más tarjetas… y papeles con mi firma, ¡cientos de papeles con mi firma ya inútil!.
Se que el contenido de la mesa de aquel despacho del fondo, abarrota ahora una caja de cartón absurda. Son tres cajones y un calendario de anillas, y la postal de Estambul pegada a la base del flexo y la funda con las gafas de cerca… todo, todo absolutamente innecesario, y todo me lo llevo.
Hoy, después de tantos días, estoy desasosegadamente calma, como ese mar plano a la orilla que se adivina bullendo el horizonte.
Nada que decir, la palabra es una llave, el silencio una ganzúa.
Escucho las noticias, leo periódicos atrasados acodada en la barra del bar... Estoy más atenta pero tengo más sueño que nunca.
Les llamo, me llaman; quedo con antiguos compañeros, todos con las mismas cajas de cartón repletas con el contenido de tres cajones, las postales de las vacaciones, los albaranes con sus firmas borrosas e inservibles.
Algunos dicen que van a volver al pueblo mientras hay quien asegura que en la otra ciudad, la vecina grande y enredada, podría haber más suerte. Teruel se queda pequeña y exigua, para unos; Teruel
se vuelve grande e inhóspita, para otros.
Esta mañana he madrugado de nuevo y he hecho el mismo recorrido de tantos años. Sentada en la escalera de la oficina cerrada, repito la frase subiendo y bajando la cabeza…
el paro, y sigue adelante y no te detengas…
Mientras sueño que un resorte mágico abre puertas secretas y entro en estancias infinitas, imagino que el infierno ha quedado al fin atrás.


Albada 188



DIARIO
(DdT 2 de mayo 2010)


Cuando en la calle han terminado de pasear a todos los perros y se han ido apagando las luces de la casa de enfrente, él todavía escribe. Inclinado sobre el cuaderno parece inmóvil, como un mínimo árbol deforme respirando en medio del salón.
Escribe pequeñas cosas antes de acostarse. A veces le sucede algo importante y también lo escribe; como aquella vez que la chica del autobús le pasó un papel doblado; esa noche él anotó en su diario que el invierno había sido muy lluvioso; que se había quedado de pie hasta que vio alejarse aquella cara dentro mirándole tras la luna sucia del cristal; que le envolvió el ruido sordo de las gotas sobre el metacrilato de la parada, que le quemaba el papel arrugado dentro de la mano… aquella noche la tinta azul emborronó toda la hoja.

Jueves, 29 de abril: Los vencejos han llegado hoy a Teruel, los he oído al salir del trabajo; he podido verlos cruzando el Viaducto, volando alocados hacia la estación y el río. He contado quince.
Y en el verso de la hoja, Miércoles, 28 de abril: Esto se va al carajo. He comprado Bsch a 9,01, vendí a 11 y pico el año pasado. Cae a plomo. Si sobrevivo y salimos de ésta, ganaré un buen margen en unos años. Y si no, pues da igual.

Escribe. Escribe cosas pequeñas y cosas importantes; como que hoy de regreso a casa ha cambiado de itinerario porque una vez más estaba cerrada la Perimetral, y que ha descubierto lirios en flor sobre la tapia de una calle en San Julián. Lirios morados que nadie ha plantado, lirios salvajes, de perfume oscuro, creciendo milagrosamente hacia el cielo por encima de coches y contenedores.
Escribe. Escribe sin falta todas las noches un diario. Anota esta semana que, en la oficina, el amigo Pep se le ha enfadado cuando comentó sonriendo que al final no iban a jugar a Madrid; que le ha mirado mal cuando le ha dicho que se alegraba; que al parecer no había entendido que hablaba de algo más que fútbol, o quizás sí, quizás le había calado desde el principio.
Sábado, 1 de mayo: La bandera, nueva, ondeando suavemente esta mañana sobre el monumento. Nubes y claros sobre los Pozos de Caudé.
Y en el reverso de la hoja: Domingo, 2 de mayo: Llamé a mamá. Hoy he vuelto a ver a la chica del autobús. Bajamos la mirada. Ese novio nuevo, imbécil y gritón, la abraza tanto que no la deja respirar.
Anochece el primer domingo de mayo y junto a los negros muros de la ciudad él todavía escribe.








Albada 187




CLAVADOS
(DdT 25-4-2010)

Aquel dios parece que despistó a Teseo y ya lleva bastante tiempo viviendo con nosotros. Al parecer el fabuloso rey de Atenas nunca consiguió ajustar en la diminuta cama al ático gigante como cabal castigo por sus tropelías.
Disfrutaba Damastes con el robo y el engaño, pero sobre todo con la persistente extravagancia de adaptar a sus huéspedes a las medidas exactas de las dos únicas camas de su posada. Claro está que no era porque buscara su bienestar; por el contrario, como era un condenado bromista, siempre hacía trampa: ofrecía la más larga al visitante de estatura menor para después sin más preámbulos estirarle brazos y piernas hasta el consiguiente deceso; y, como no, brindaba la pequeña al espigado para cortar, también sin más, todo aquello que sobresalía del fatídico lecho pensado para descansar, sí, pero no tanto…
Él se excusaba con los del Olimpo diciendo que no era su finalidad robarles sino que al amoldar al huésped a la longitud de la cama lo hacía porque amaba la “paz y la concordia”: que de todos es sabido que no hay nada más tranquilizador que la uniformidad y la semejanza porque el detalle discordante, la diferencia, la más exigua diversidad, afea y es origen de rebeldías que terminan en discordias…
Pero no nos asustemos: Damastes, ya ha olvidado sus crueles artimañas y se ha adaptado a nuestro tiempo. Nadie sabe exactamente en que trabaja pero luce bien alimentado y parecido.
Procusto, como le llaman los amigos más cercanos, ha conseguido utilizando métodos sutiles y refinados que nunca ha revelado, ese hombre gris perfecto, el ser anónimo y uniforme que buscaba en su posada de Eleusis. Ha logrado (multiplicado por millones, que para eso es hijo de los dioses) el trabajador obediente, el currito con hipoteca, deportivo y novia; ése que en un partido político, no importa cuál, aplaude y asiente fielmente a sus líderes, ese que asiente y aplaude a su equipo de fútbol, no importa cuál ni tampoco que jugada.
A Procusto le va tan bien, tan estupendamente bien con nosotros, que hasta él mismo se ha echado novia y le ha pagado una sesión con el cirujano.
Será que aún no se le han olvidado del todo sus viejas aficiones, pero le ha salido del quirófano como nueva: con esa narizilla redonda y diminuta, con esos labios regordetes como esbozados por tiralíneas, con esos pechos también redondos y regordetes trazados de una vez con el compás.
Procusto bebe cerveza y mira en el televisor a una presentadora igual que su noviadedespuesdelaoperación. La clon de su novia y de las novias de todos los del bar habla sin parar de un volcán de nombre impronunciable. Al parecer, dicen, la vida, la rica y diversa vida, amenaza con romper moldes mientras Teseo, unas banquetas más allá, toma café y espera.

Albada 186

(Faro de Leuret. José Manuel Ubé)

FARO

La habitación es exagonal. En la pared del fondo, el pintor ha dibujado la cama de colcha azulada; en el centro, la mesa con la botella y el vaso, un cuaderno abierto -tal vez un diario-, y el sextante; siete, diez libros apilados en las estanterías, algún atlas, y papeles desordenados sobre la única silla; en primer término, con nitidez, un jersey grueso de lana gris y un chubasquero amarillo colgados de la percha; apoyadas, a la izquierda, dos cañas de pescar, y un lío de redes junto a las botas de agua.

A él lo ha pintado a la derecha, medio cuerpo inclinado sobre el alfeizar de la gran ventana, una rodilla sobre un taburete, la otra pierna firme sobre el suelo de madera. Está casi de espaldas, en un escorzo difícil, apenas se le adivina la sonrisa tras la barba blanca, las manos que sujetan el catalejo y el humo de la pipa. El capricho del artista le ha pintado dentro de la estancia con el gorro marinero calado hasta las cejas. No hacía falta: todos teníamos ya las pistas para saber que él era el viejo farero y que tras la ventana abierta, aunque nosotros no lo viéramos, estaba el mar.

La pintura es mala, la perspectiva desajustada, pero para una niño la fantasía corrige y embellece todo, aunque ese todo fuera un souvenir playero, un kitsch cualquiera, traído por alguien que ya ni se recuerda, hace mucho tiempo.
Él ha crecido con ese cuadro y ha hablado en sueños con el hombre que mira por la ventana. De su obsesión infantil le ha quedado una magnífica colección de miniaturas, faros diminutos, perfectos, casi tan reales como los que coronan cada uno de los cabos que ha visitado. Tan grande es su fascinación por los faros como su incomprensión hacia los fareros y su amor por la soledad. Él teme a la soledad.

Sube, cada atardecer, a lo más alto de su adosado de la Fuenfresca. Mira al sureste y adivina el mar: hay días que el viento atraviesa muy rápido el horizonte y trae hasta Teruel, casi intacto, un poco de aire salado, un trocito de ese mar añorado al que cantaba Labordeta; mira al norte amigo, al oeste cómplice… Entonces, como se siente muy pequeño en su torre de vigía, se acerca el horizonte con el catalejo.
Cada noche aquel aprendiz de farero se pierde en su propia oscuridad y resbala un poco más hacia dentro de sí mismo. Una noche, en la más profunda soledad lo comprendió todo. No tiene ya miedo, ni desamparo, ni siquiera una pizca de melancolía: el sonriente viejo del cuadro le ha contado ya el secreto: al final no es la luz del faro la que nos guía sino esos segundos de oscuridad los que revelan el camino.

Albada 185


La otra
(DdT 11 de abril2010)

En los estantes todavía quedan seis botes de mermelada del año pasado. Son seis frascos de color rojo intenso.
Tras el amanecer, donde ayer había sombra de olmos invernales, hay ahora reflejos encarnados: el sol, después de colarse por la ventana sin cortinas, resbala sobre los tarros de la confitura.
La estancia es el interior de un gran calidoscopio en el que se mueven lentamente luces escarlatas, reflejos brillantes, a ratos violáceos, a ratos púrpuras. Desde lo más alto hasta el suelo la habitación se va envolviendo en destellos.
Fuera, el aire agita árboles en flor. Como si lloviera desde el fondo de un espejo, resbalan por los cristales cientos de pétalos tintados, diminutos, inaprensibles, apenas transparentes y rosados.
Cerezas confitadas, jalea de cerezas y sobre la mesa de la alacena, a medio acabar, una botella de licor rojo brillante.
Revolotea el insecto sobre su cuello empapado de almíbar. Sin prisa, perezosa, la primera mosca de la primavera es la reina de la cocina silenciosa. Su compañera, la polilla voraz, mariposa nocturna devoradora de bibliotecas y roperos, no quiere dulces y prefiere dormitar en el rincón más oscuro del armario.

No hay nadie allí desde que empezaron los fríos. Al cerrar el portalón la mano helada, resonó por última vez la risa del nieto y la tos seca del abuelo. Desde entonces sólo deambulan por el pasillo el azul lunar y el polvo suspendido en un oblicuo rayo amarillo.
El edificio entero aguarda. Sueñan los manteles desplegarse, las camas deshacerse y enredar sus púas los tenedores del primer cajón. Toda la casa y la lagartija quieta esperan atentas el definitivo chirriar de ruedas sobre la gravilla del jardín.
Hoy, al fin, con la llegada de los pájaros del sur, la casa de los días largos y las noches acunadas por el canto de los grillos; la de la piscina, los columpios y la hamaca frente al porche,
la otra, despierta del letargo mientras florecen, dentro y fuera, las cerezas.



Albada 184



IR

(Publicado en el Diario de Teruel 4 de abril de 2010)

A veinte kilómetros escasos de la capital, dirección noreste, visitar la Laguna del Cañizar debería estar entre “esas cosas que sin falta hay hacer aprovechando estos días de vacaciones”.
Al menos eso: “ir a verla”. No escribo conocerla, recorrerla una y otra vez en las cuatro estaciones, al atardecer o bajo el sol brillante, participar en su recuperación y difundirla, protegerla y disfrutarla… porque tengo la certeza de que cuando la visitemos estos pensamientos, estos deseos, nos van a brotar con tanta facilidad como sus aguas emergen ahora de las hermosas tierras del Alto Jiloca.


Poco a poco se han ido superando los prejuicios y las reticencias (lógicas muchas veces porque todo lo nuevo a menudo alarma) y se ha ido viendo como, efectivamente, es posible conciliar agricultura y ganadería extensiva con la existencia de este humedal de aguas dulces (uno de los más grandes de la Península); que sus aguas no suponen un descenso del riego de los campos; que no son un riesgo sanitario para las explotaciones de las granjas intensivas, ni peligrosa molestia para la población.


Si todos siguen, si todos seguimos, apoyando y mejorando la idea, puede ocurrir que la vida (que termina por abrirse paso, maravillosa, asombrosa siempre) nos ofrezca de repente un regalo. Volver a escuchar de nuevo el canto del avetoro, ese pájaro huidizo y en grave peligro de extinción que nos abandonó hace más de trescientos años, ha sido el presente del pasado mes de marzo. Su vuelta al humedal turolense es más que una alegría: es garantía de que las cosas van por buen camino.



A nadie se le escapa que el trabajo es largo, que llegar a ser referente en un espacio tan exigente y riguroso como es el turismo medioambiental requiere esfuerzo e imaginación y sobre todo que nunca decaiga la ilusión. El que comience a repercutir en la economía de la zona lleva también más tiempo que apostar por espejismos (pan para hoy, hambre para mañana) de crecimientos súbitos y engañosos, mucho más fáciles y rápidos, pero que no son más que meras fantasías que destruyen lo mejor de nuestro hábitat.


Y es que dar una oportunidad a la NATURALEZA para que genere un turismo de calidad es un acierto y un ejercicio de talento.
El nombre de Villarquemado y Cella son cada vez más sinónimo de las cosas bien hechas, resultado de una apuesta inteligente, consecuente y constante, por el mejor futuro.
Felicitémonos todos pues, y este domingo de fiesta, esta primavera, siempre, visitémosles y hagámonos amigos de su/nuestra Laguna del Cañizar.



Albada 183


CRI-CRI
(Publicado en Diario de Teruel 28 de marzo 2010)

Nos decían estos días los titulares de prensa que el 15,7 % del total de la plantilla de las empresas públicas aragonesas (hay unas 100 según los últimos datos publicados en el 2008) son altos cargos, es decir consejeros, directivos o similares. Si las cosas fueran proporcionales, podríamos estar contentos. Quiero decir: si la relación entre cargo y eficacia o nómina y validez, si el nexo entre autoridad y operatividad fuera cuando menos equilibrado y consecuente, las cosas nos pintarían genial a los curritos de a pie; no podríamos más que felicitarnos ante semejante suerte.



Porque si un jefe lo es (según nos enseñaron) por su probada capacidad para gestionar y buscar soluciones a las dificultades, ¿cómo no vamos a estar seguros y contentos teniendo tantos “jefes” en Aragón? ¿Acaso, incluso, no tendríamos que empezar a plantearnos seriamente considerar este hecho como digno de estudio? (Me explico: el que tanto cerebro privilegiado y espíritu servicial se nos reproduzca con tanta exhuberancia y en tales proporciones en nuestra querida y fecunda tierra).

Y si a estos altos cargos unimos los otros “cargos”: los viceconsejeros, los “jefes y vicejefes” de las comarcas, los de las administraciones en sus diferentes niveles, los asesores, jefes de área, directores generales… ¿cómo no dar saltos de alegría ante nuestra buena estrella, ante semejante cohorte, ante esta Aristocracia aragonesa, este gobierno de los mejores, de los más capacitados, trabajadores y honestos administradores, elegidos y designados por ser los mejores candidatos, por ser nuestra nueva nobleza del siglo XXI?

Y es que como somos tan chulos aquí, por qué no decirlo, no nos andamos con chiquitas. Nosotros hemos sabido ir mas allá de lo que pregonaba Aristóteles y hasta el mismísimo Platón: no sólo tenemos a “unos pocos, los mejores” gobernándonos y buscando nuestro bienestar; nosotros tenemos a un buen “puñado” acompañándoles allá arriba bajo la nube gris, moviéndose afanosos entre la niebla dorada que envuelve a los que mandan, cuidando de nosotros como en un Olimpo moderno (un Olimpo a rebosar, eso sí, que hay muchos favores que hacer y clientelismo que atender).

Pepito Grillo no ha esperado estos días para irse de vacaciones. Hace mucho que está en paro y le hemos perdido de vista. Ojalá que alguna noche se acercara a la oreja de esas cabecitas privilegiadas que dormitan en la blanca y blanda almohada y les susurrara la pregunta: ¿Me gano yo lo que me pagan? Pero a la que otrora llamaban “conciencia” no hay manera de encontrarla. Debe estar dormida en algún remoto país o protagonizando algún que otro cuento de pinochos mentirosos. Mientras, aquí, el canto de los grillos no despierta ya a nadie.

Albada182




(alcaraván. foto de A. Sáez)



PRIMAVERA

(Diario de Teruel 21 de Marzo de 2010)

Al alumno de la tercera mesa, según se entra el cuarto en la fila de la izquierda, le han mandado en clase que haga un inventario. No es un inventario cualquiera, a él le parece un inventario raro. Al parecer, con eso de que ya empieza la primavera, al maestro le ha dado por ahí: no se ha conformado con la tan socorrida redacción “tema dos puntos primavera”, sino que ha embarcado a toda la clase en un sinfín de tareas a cuál más peregrina.


Los hay que van a hacer un censo de los nidos de vencejos bajo los tejados; los hay que buscarán los dormideros de autillos y lechuzas, o se atreverán, incluso, a hacer serias disquisiciones sobre cómo el macho del gorrión de pecho más oscuro se queda con las migas de los donuts (cada vez más escasos los gorriones, nos advertiría si pudiera Félix). Otros imitarán al inefable Calvino e intentarán seguir a un gato callejero en su deambular por la ciudad; hay incluso quien se encargará de plantar el socorrido huerto, tan ecológico como su buena voluntad y el tiempo les permitan; los hay que deberán anotar el color cambiante de las irisadas lagartijas dormidas en las solanas…
Un inventario botánico de los alcorques de tu barrio: efectos de la primavera ¡Aquello le sonaba a chino!... Primero, claro, tuvo que enterarse de lo que significaba la palabreja, y, después, comenzar con paciencia a aprenderse los nombres de las plantas.
No imaginaba el alumno cuarto de la fila de la izquierda, que con la afición a su herbolario, cada vez más extremada, la mirada se le estaba volviendo tan dorada.
Ahora Alfanhuí anota despacio mientras repite en voz baja: -dos ejemplares de cebadilla de ratón (Hordeum murinum), tres de Llantén (Plantago mayor), una amapola (Papaver rhoeas), tres excrementos de perro...

En cuclillas frente el alcorque, bajo el agitar sonoro de las hojas recién nacidas del platanero, puede adivinar el bombeo de las sales y nutrientes desde lo más profundo de la tierra. Hasta la superficie de aquel pequeño universo, hasta el oasis en medio del asfalto de apenas dos metros cuadrados, sube y se extiende sin descanso la savia transparente que él ya es capaz de percibir.

Mientras el laborioso Alfanhuí escribe, mientras decenas de otros Alfanhuís se afanan en sus industrias y andanzas por la ciudad, todos están de acuerdo en que ésta será una hermosa primavera. La primavera de la infancia y el recuerdo. Aquella misma primavera en la que el maestro cada día terminaba las clases contándoles las aventuras extraordinarias del niño de ojos como el alcaraván.

Albada 181





BURBUJAS
(publicado en el Diario de Teruel el 7 de marzo de 2010)

Esta madrugada nieva de nuevo. La nave que ha transportado al grupo de humanos soñolientos casi con mimo les arroja ahora al frío del asfalto sin ni siquiera un chasquido de despedida de sus anaranjadas bocas de metal; por el contrario, los ha soltado en silencio, con la certeza de que al anochecer volverán a su vientre; con la misma seguridad con la que se mecen los barcos de los piratas esperando frente a la bahía.


Antes del mediodía uno se encuentra en su mesa trabajando con Nuevas hipótesis sobre el universo del físico inglés Thomas Wright. Según el sabio “el espacio infinito está lleno de universos jerarquizados e intrincados mutuamente, con estructura en forma de burbujas”.

El libro, de formato en octavo y fechado en 1750, está escrito con la novedosa tinta ferrotónica. A uno la mezcla del sulfato de hierro y el ácido gálico se le pega a los dedos y a la nariz. Al registrarlo en el inventario se siente afortunado: aquel es el olor que se ha puesto de moda en las bibliotecas de los más acomodados ilustrados; nadie que se precie de tener cierta cultura y un más que considerable poder adquisitivo puede dejar de tener al menos media docena de libros con esa letra picuda y olorosa que él contempla ahora arrebolado.


Al atardecer la tierra se ha dado ya la vuelta y cruje el vacío del tren. Mientras le acercan a casa, uno no puede olvidar las palabras del autor inglés que aún no ha escrito, de ese tal Wright que ni siquiera ha nacido. Deduce que según sus teorías lo que le sucederá de inmediato bien pudiera ser un salto al infinito desde su burbuja personal. Es eso lo que más teme: saltar al exterior del desde-donde de todos los regresos y porvenires.

Uno mira por la ventanilla pasar como una exhalación el cielo oscuro y siente el mismo vértigo que Pascal ante el espacio eternamente silencioso de la infinitud. Puede que el riesgo de fuga, de escape, la posibilidad de que un pinchazo explote toda la seguridad de lo finito contra una vertical asombrosa e inacabable se haya producido ya; puede que en realidad uno ya no sea uno y haya comprendido así, en el pasado, todo el espectro del tiempo que le queda.


Cada día al irse de casa da una galleta a su perro. Antes de cerrar la puerta del jardín uno siempre se siente observado por cientos de ojos redondos y oscuros. Aunque él no lo sepa ocurre que en las otras burbujas los gorriones esperan a que se marche para comer las migas de galleta caídas en el suelo. El día que uno se olvida, los gorriones esperan inútilmente muchas horas.


Tenía razón aquel viejo Thomas Wright: el espacio infinito está lleno de universos intrincados mutuamente. Sólo hace falta que caiga de su esfera, y que como un Pablo de Tarso cualquiera, uno vea.

Albada 180




EL ARTE DEL BIS

Desde niño era lo que quería. Y de mayor también. Siempre había soñado con ser importante, había esperado ser alguien. Y ya que no lo fue por listo ni por ocurrente, lo que le sacó del anonimato, de la medianía que él tanto aborrecía, fue su asombrosa capacidad de repetir.
Repetimonas le llamaban los niños de la clase cuando les recordaba al pie de la letra la última retahíla de deberes que preferían olvidar; repetimonas le gritaba su hermana mayor cuando remedaba delante de la madre sus conversaciones a escondidas con el noviete de turno. Pero él nunca se dio por aludido. Por el contrario bien pronto decidió sacarle partido a su extraordinaria capacidad de poder repetir sin equivocarse cualquier cosa que oyera.
Aquella habilidad suya que en el instituto fue el origen de algún que otro ojo morado y de bastantes más disgustos con su querida hermanita, fue sin embargo la que le permitió acabar la carrera con facilidad y hasta -según comentario no exento de envidia de alguno de sus compañeros- con escandalosa comodidad. Lo cierto es que con la edad se aplicó en utilizar aquella memoria prodigiosa sólo para su propio beneficio, lo cual le libró de no pocos embrollos.
Sólo una vez apareció el vértigo. Sólo aquel tropiezo, el contratiempo con el viejo profesor de ética de quinto. Apunto estuvo, a un tris, de suspenderle y estropear el historial de su brillante porvenir. Él fue el único que descubrió su secreto, la certeza furtiva que siempre había conseguido ocultar.
Que no pensaba, le dijo. Que era incapaz, no ya de tener ideas más o menos buenas, más o menos acertadas, sino de tener una sola idea propia. Que era un repetimonas, un fraude vamos, le dijo, una cotorra de pensamientos y de juicios ajenos que no llegaría a nada.
Se le hizo más tarde de lo habitual en el despacho: la cita bien requería un poco más de esfuerzo. Mientras bajaba a la sala, aprovechó el espejo del ascensor para anudarse de nuevo la corbata. Entre luces y micrófonos avanzó seguro hasta el atril. Todo controlado; lo tenía, como siempre, todo controlado.
Las consignas y argumentarios políticos es lo que tienen: son extremadamente fáciles de memorizar y más para alguien como él “que no pensaba”. Cuando las cámaras de televisión le enfocaron, su primera sonrisa, mal disimulada y sesgada, se la dedicó a aquel viejo profesor.

Albada 179

(detalle del mural en el Mausoleo de los Amantes de Jorge Gay)



I.J.
21 de febrero de 2010

Hace tiempo que ya no asombra que el sueño continúe. La sorpresa empezó a terminar justo el primer día del primer año que se vio a todos, a casi todos, juntos, festivos, alegres y algunos hasta emocionados… ¡y eso sin ser Vaquillas! Pese a la incredulidad, pese a nuestra obstinada indolencia ahí estaban: calles de un Teruel diferente pero no extraño, curiosamente más familiar, más abrazable que nunca; aire envuelto en un silencio blando que sale de ruidos pequeños, pisadas amortiguadas por paja sobre el asfalto escondido, mareas de gente vestida con puntadas nuevas sobre los calcos del pasado. Bailes gentiles, sabor a humo de hoguera y una historia tristemente hermosa habitando de nuevo nuestras calles.

Mientras allí arriba cobijados en el Mausoleo, escoltados por la torre más austera y antigua, reposan dos cuerpos y se despliega otro silencio, el imaginario compartido más querido, el sueño colectivo de mi ciudad está de fiesta. Como en un País de las Maravillas todos nos hemos puesto las mejores galas y hemos pintado rosas rojas preparando el encuentro de Juan e Isabel. En el aire las campanas son chispas de luz sobre la penumbra fatídica del anuncio de los tambores: alguien sube por la escalera y su corazón tiene prisa, y eso todos lo sabemos hoy en Teruel.

Para los turolenses que hemos nacido a la sombra de la leyenda, y hemos sabido de ellos casi al mismo tiempo que esperábamos a los reyes magos; para todos los que hemos contado infinidad de veces con mimo y cariño su historia a los que nos han visitado, y les hemos contaminado con nuestra sonrisa la esperanza de que una pasión así puede haber sido verdad, y que no hay mejor ciudad que la nuestra para cobijarla… para todos nosotros, turolenses, es fiesta.

No pensamos estos días ni en los giros sintácticos de los papeles de letra antigua de Yagüe, ni en estudios pormenorizados, ni en comendadores de Alfambra, ni en Girolamos ni Salvestras porque las sombras se vuelven pálidas al alba y nadie pide a los sueños certificado de autenticidad… Hoy nos toca vivir la ilusión y dejar que el sueño continúe.

Albada 178

ENGANCHADOS


Y aunque hoy no fuera día de San Valentín diría lo mismo. Que sí, que vaya que sí engancha: escuchar cantar al cuarentón Coque Malla con su voz de adolescente “no puedo vivir sin ti y esas imágenes de parejas, un tanto cómicas – aunque unas con caras más perplejas que otras- a punto de perder el poder absoluto sobre sus cosas por un no puedo estar sin ti, no hay manera”, atrapa a cualquiera. Entretenidos como estamos en imaginar si habrá para ellos un fueron felices hasta te hacen olvidar que lo que estás viendo en la tele es un anuncio más de muebles de aquella república independiente de tu casa.


Y es que eso, eso de independienteeso de repartir cama y armario, eso de empezar a convivir en pareja y ocuparse de que en la nevera haya para dos, de que el mando a distancia sirva para dos, de que tu cama se convierta en el lado de tu cama, tu sillón en tu trozo de sillón; eso de decidir quien saca la basura y quien lleva el coche a la ITV, eso de encajar que este fin de semana al otro le apetece quedarse en casa o que a ti ir a ver la última peli de Haneke no te apetece nada, nada, eso...

Me dijiste que te irías, pero llevas en mi casa toda la vida, debería estar cansado de tus manos, de tu pelo, de tus rarezas, pero quiero más, yo quiero mássigue cantando el de los Ronaldos… Definitivamente si a algo hay que llamar Amor con mayúsculas debería ser eso: eso de seguir queriéndose pese o precisamente por no poder vivir sin ti. El frágil, emocionante y excitante equilibrio entre tu espacio, el suyo y el territorio feliz de los dos, el conseguir que la libertad sea la única cadena que nos tenga “enganchados”…

Bueno, y toda esta perorata total por un anuncio en la tele del Ikea... o será quizás porque le pone música y letra aquel cantante que me gustaba hace años, o simplemente porque hoy es la fecha que es...
Pero ya que he empezado con una, y porque además estamos en nuestro Teruel, en la Ciudad del Amor (le pese a quien le pese es un hermosísimo título, el mejor), permítanme terminar con otra canción. Siempre que se la he escuchado a Labordetaaunque él dice que lo de cantar jotas no es lo suyo- se me eriza la piel cuando le oigo aquello de: el amor es el silencio, la palabra guardada en el pecho, es el mar batiendo contra el mar, son las islas halladas entre la soledad…porque no nos ven hablar dicen que no nos queremos, a tu corazón y al mío se lo pueden preguntar…Feliz Día de los Enamorados, pues.

CANCIÓN DE AMOR por JOSÉ ANTONIO LABORDETA






Albada 177



BEAGLE
7 de febrero de 2010


Me dice que ahora mismo le gustaría pensar que aún se venden billetes para aquel velero bergantín, levar anclas y acompañar a Darwin dando la vuelta a un mundo todavía sin descubrir. Me cuenta que algunas veces, aunque sólo fuera por probar, no le importaría pasar un frío de espanto mientras atraviesa la misteriosa y hermosa Antártida sobre el trineo helado de Shackleton… o, por qué no, salir en busca del Dorado, montar en la galera veneciana con Marco Polo rumbo al Lejano Oriente…o que incluso se conformaría con algo más cercano, más a mano –dice- como recorrer agarrado de la capa de Superman los cielos de Nueva York, jugando al corre que te pillo con los rascacielos de Manhattan, el caso es salir de aquí. Y es que -me repite ya riendo- le ha dado de repente por tener que irse, por necesitar darse, urgente e inaplazablemente, un garbeo fuera.
Debe ser que se te despierta en las venas ese instinto de pitecantropus errante que aún llevamos dentro, o que al final vas a resultar un nómada como aquel de la canción del Battiato… le contesto yo también riendo,
Pero no tarda en sacarme del error mi amigo. Porque lo que a aquel Ulises moderno le estaba ocurriendo no era un complejo cualquiera por abandonar su Ítaca particular con billete de vuelta en el bolsillo, ni tampoco se trataba de un repentino amor por las emociones fuertes. Desde luego no le podían las ansias de aventura, ni huía del aplastamiento que produce en muchos espíritus inquietos lo cotidiano. Lo que le ocurría, simple y llanamente, era que estaba aturdido, asombrado, y en algún momento me confesó que hasta un poquito espantado amaneciendo día a día en nuestro querido país. Y en todo caso es comprensible, porque también esa retahíla de emociones nos han pasado por encima un poco o un mucho a todos los españoles esta semana: despertarse del sueño y volver a tener que hacernos a la idea de que somos un país que marcha por detrás del resto de los países de Europa, aguantar el chaparrón de las afirmaciones del gurú Roubini llamándonos “amenaza para la zona euro” o el triste panorama que nos ha descrito el Nobel Krugman (otrora mucho más benevolente con España) achanta y fastidia a cualquiera. Es más que difícil llevar con garbo y con gracia que nos digan eso de que hemos colapsado, de que en la Bolsa la consigna es vender España…¡ahora que habíamos empezado a sentirnos uno más de los de arriba, y que el orgullo español no sólo lo llevábamos prendido en la camiseta de la selección de futbol!
Normal, pues, que este amigo mío, aunque siempre ha sido algo exagerado y muy peliculero, diga lo que diga; normal que todos nos palpemos la ropa, miremos hacia otro lado y no sepamos donde agarrarnos... Comprensible, pues, hasta que alguno se invente sueños de expediciones en barcos imposibles: a nadie se le escapa que requerirá de mucho esfuerzo, sacrificio y mucha imaginación sacar a nuestro país a flote; y que, siguiendo con el símil del barco, necesitaremos de una muy buena brújula, un capitán de pulso firme y una tripulación unida. La cuestión de cómo navegaremos, de que nos dejaremos en el camino o si el puerto será seguro no tendrá más remedio que vivirla mi amigo junto con todos nosotros, porque no hay Beagle que valga para escaparnos (hace tiempo que sólo es recuerdo)