Albada 252



INSEPARABLES

(31 de Julio de 2011)

La habitación está casi en penumbras y sólo se oye su voz. Indiscutiblemente y desde hace ya un tiempo –precisa el hombre– paso los mejores momentos del día con ella, en su silenciosa y amigable compañía. Lástima que cuando ya atardece siempre se tiene que ir y entonces más que solo me quedo como si estuviera falto de una parte importante de mí mismo, inacabado, vacío.

Alguna madrugada, cuando en invierno paseo bajo los grandes neones de los escaparates de la avenida, o cuando en los insomnios de verano me acerco a la esquina de mi calle y me siento en el banco junto a la farola, vuelve conmigo. Y viene siempre así, sin que la llame, sin citas previas ni excusas. Ella –aquí suspira el hombre–, ella no las necesita nunca, parece segura de saber dónde encontrarme y se presenta de improviso, convencida de que va a ser bien recibida, de que siempre la espero ansioso. Aunque bien es cierto, y esto en confianza se lo digo, que no siempre la encuentro con el mismo humor. Unas veces viene muy discreta y reservada, se queda quieta a mi lado como no queriendo importunarme y entonces me parece dulce, sumisa, casi débil, y no le digo nada, ni me muevo apenas por si se ahuyenta, porque sé que ella, aunque parezca dormida, en gris, apagada, está atenta a cada movimiento que yo hago, y a cada jadeo de mi respiración su pecho vacila al compás del mío. Otras veces, sin embargo, viene a mí alegre, vivaz, rotunda y embebida de colores; es cuando se pega, se estrecha contra mí con descaro y sin miramientos. Entonces, cuando se me ciñe así –ya sabe de mi timidez– me deja desconcertado y al principio no sé qué decirla.

Pero ella es constante, sabe lo que se hace: si me detengo se detiene, si me vuelvo ella me acompaña y vuelve conmigo; es consecuente, nunca engaña. Al final, esté como esté, frágil o resuelta, le confieso que me llena de ternura su entusiasmo por acompañarme. Busco el lugar más tranquilo del parque para estar con ella: nos seguimos con los brazos abiertos y los pasos más lentos, un pie tras otro, como dos equilibristas sobre una cuerda imaginaria, ella adelantándoseme a veces, detrás de mí otras… andamos más deprisa, ya casi corremos… ahora ¡ya corremos! y presiento su sonrisa cuando se me queda atrás. Al final, agotados y felices, nos tiramos sobre el césped; yo entonces me yergo un poco, lo suficiente para inclinarme sobre ella y contemplarla allí tumbada, tan exhausta, tan contenta, tan como yo... tan siempre a mi lado.

Doctor, sé que me han traído aquí porque me creen loco. No lo estoy. Le aseguro, doctor, que tiene ante usted al más cuerdo de los hombres, porque aunque me haya costado heridas el trato con mentirosos y envidiosos, casi ya desesperado he encontrado al fin de quién fiarme, mi compañera, mi amiga inseparable; y sé también que aunque nunca me haya dicho una palabra, ella, mi sombra, se alegra tanto como yo de nuestra mutua, particular y exclusiva compañía.




Albada 251



MERECIDAS VACACIONES

(24 de Julio de 2011)


Volvemos a la misma conversación durante la comida del día siguiente y de nuevo no nos ponemos de acuerdo. Por la mañana apenas tenemos tiempo de cruzarnos dos palabras; mi mujer, que entra más tarde al trabajo, aún duerme cuando apago el despertador. Seguramente estará arreglándose frente al gran espejo de nuestro cuarto de baño mientras yo ya estoy llegando a la oficina, puntual como siempre, para la primera reunión del día.

Sentados a la mesa, ella intenta distraerme comentando alguna noticia que oye en la televisión, o la última tontería de su jefe. Le sirve de bien poco: después de un momento de duda he sacado de nuevo el tema, justamente delante del plato de minivolovanes con salmón ahumado y las cazuelitas de gambas con salsa de vainilla (ya llevamos tiempo con el régimen del famoso Dr. Dukan, juntos por supuesto, por aquello de que una pactada pragmática solidaridad es más efectiva, económica y razonable... ya se lo dejé bien claro así a mi mujer cuando se negaba a seguirlo conmigo). Casi ya terminando con la tartaleta de zanahoria la conversación ha llegado a tal punto que no tiene vuelta atrás. Dadas las fechas en las que nos encontramos y estando todavía sin decidir cuándo ni dónde nos vamos de vacaciones, le digo que esto no puede seguir así, que hay que hacer las cosas bien, seguir un orden (siempre un sistema, un método es imprescindible), huir de las improvisaciones que sólo te llevan a desagradables sorpresas de última hora… hay que sacar billetes, buscar hoteles, estudiar las guías, elegir ciudades e itinerarios, que ya no hay tiempo… ella no atiende... no nos ponemos de acuerdo. Estoy algo nervioso, lo reconozco, y sin pensarlo más, como un estúpido, voy y le planteo el absurdo ultimátum: si tú no quieres ir de vacaciones, me iré yo solo.

Lo “malo” no es que entonces sí llega el acuerdo; lo “peor” es el imprevisible y doloroso asombro al escucharla decir que es lo mejor, porque a ella cada año le cansan más, le aburren terriblemente, cada vez más, nuestras vacaciones... y todo eso diciéndomelo como si nada, incluso casi, -ahora lo pienso pero no estoy seguro-, con una tímida sonrisa, mientras recoge despacio los platos, dobla tranquila las servilletas…

Me decepciona pero no le digo nada, quizás por la rabia de no salirme con la mía, tal vez por la sorpresa de su reacción...o, seguramente, por no querer saber más de lo que en aquel momento ni intuyo. Definitivamente no le pregunto nada; me levanto de la mesa y me marcho para hacer mis 26 minutos justos de siesta (según el informe reciente de la NASA este periodo es el necesario para mejorar en un 34% el rendimiento durante el día y conseguir una inmejorable digestión).

Y ahora estoy aquí, con un jet-lag de impresión atornillándome las sienes, mirando como un bobo mi maleta deshecha y las perchas bailando como esqueletos de fantasmas en el fondo del armario empotrado de esta habitación de hotel; de esta habitación de hotel grande, demasiado grande como su cama. Antes de bajar al restaurante, rescato el móvil del bolsillo pero ella no contesta.

Ceno sin hambre y sin régimen Dukan compartido frente a un mar que tú no miras conmigo. De nuevo en la habitación recoloco, reordeno mis cosas... cansado de estar solo, aburrido de estar sin ti... preguntándome de pronto todo lo que no me atreví a peguntarte en casa. Vuelvo a buscar el móvil pero me detengo a tiempo. A tiempo de mirar el cielo anochecido de esta ciudad desconocida y comprender al fin; a tiempo para poder llegar a esbozar una sonrisa y mandarte un mensaje definitivo, sin método ni orden: “Querida, feliz descanso de mí, felices y merecidas vacaciones de mí, te quiero”

Albada 250


LA COLECCIONISTA

(17 de julio de 2011)

Cuando le parece que amaina la tormenta se apresura hasta la playa. Ya no llueve, pero aún no se ha calmado el vendaval. La galerna vespertina arranca a la espuma de las olas gotas de agua salada que le golpean la frente y las mejillas, le agitan el cabello, le empapan la piel… No hay nadie en la orilla, sólo en la vecina carretera se adivina algún coche que pasa con las luces encendidas. Aprovecha la soledad para mirar al cielo y extender los brazos. Abre la boca y bebe de aquel aire que sabe a mar, que también es mar. Se siente feliz.

Al fondo resuena un trueno porque la batalla todavía continúa allí. Pero mientras la borrasca se revienta sobre el oscuro chaflán del horizonte bajo sus pies un tímido sol comienza a dibujar su sombra sobre la arena. Si ella supiera pintar escogería el amarillo-cadmio, eléctrico y frío, para ese sol tras la tormenta… y al reflejo verdiazul de las ondas, le añadiría la profundidad ahumada del negro, la majestad oscura del océano antiguo.

Pero ella, aunque sepa de colores y de mar, no es pintora. Ella es coleccionista, coleccionista de recuerdos. Y un coleccionista que se precie debe darse prisa si quiere encontrar tesoros a la orilla de una playa, debe llegar allí antes de que se le adelanten las gaviotas carroñeras rompiendo los caparazones más hermosos, pataleando y desarmando todo lo que encuentran a su paso.

Avanza mirando atenta al suelo. Sus ojos avezados le permiten leer aquí y allá, interpretar, valorar, decidirse a recoger los regalos que las olas, gigantes martillos que hace apenas una hora se estrellaban contra la costa, han dejado reposando sobre la arena. Todavía húmedos brillan como gemas los bruñidos cristales, los trozos de botellas acariciados interminablemente por la corriente; ante ella restos de lapas, bígaros, almejas, caracolas de interior tornasolado, erizos… pinzas de cangrejo, brazos de estrella de mar… Líquenes, plumas, caparazones rotos recubiertos de retorcidas formas tubulares de cal, blanquísimos cráneos de aves... Pedazos de mascarones de barcos hundidos, varados en el turbio limo, ramas y esqueletos de árboles de otras lejanas orillas que el agua ha tallado con mano de artista dejando la parte más dura de la fibra esmaltada, vidriada…

Entre las rocas, donde aún les arrancan vida las lavandas y los lirios marinos, encuentra uno de esos pequeños charcos en los que el agua del mar ha quedado aprisionada. Se siente pletórica ante aquel microcosmos deslumbrante, repleto de criaturas invisibles, imperceptibles algas, gambas, quisquillas, esponjas... cangrejos escondidos entre las grietas, medusas de gelatina, anémonas como flores esmeralda y rosa salmón flotando en el agua quieta... Cuando llega a la base del acantilado apenas hay luz para ver los fósiles que el azote de la tormenta ha dejado al descubierto.

Es luna llena y vuelve sobre sus pasos con el alma tan agitada como la marea. Regresa a casa, regresa al mar. Ya la cinta de escamas se está anudando a su cintura y desciende suavemente por la piel, la viste entera hasta esconderle los pies. Entre los brazos no le pesan los recuerdos; ha elegido bien sus tesoros: la roja cinta del pelo, las brillantes monedas que tintinean alegremente al chocar, el peine ambarino, las verdes gafas de sol, ese molde azul para hacer estrellitas en la arena, la cadena con la pequeña cruz de plata... formas y colores prendidos de vidas que la fascinan.

Sólo el silencio escucha el hermoso canto. Bajo el cielo de las olas nocturnas, muy al fondo del horizonte de los olvidados océanos, cada recuerdo cuenta su historia: sueños ligeros de amantes, risas infantiles, cantos oscuros de ancianos... mientras ella, la hermosa coleccionista, acuna en su corazón de sirena uno a uno los infinitos deseos humanos.




Albada 249

ARIADNA Y EL MINOTAURO

(10 de julio de 2011)

El cartel de este año tiene el mismo formato: es una gran foto con una escena vaquillera del pasado de nuestra ciudad más o menos remoto (el de estas fiestas pone “segunda década del siglo XX”). Como siempre ocurre con esas viejas ¿instantáneas?, la fotografía en la que Interpeñas anuncia en tamaño póster la Semana de San Fernando da para estarse un buen rato delante de ella.

Y además se hace con disfrute: la mirada, favorecida por la estupenda ampliación de la imagen, puede pasearse a sus anchas por todo el encuadre, fijarse en algún detalle, y con tiempo, detenerse incluso en cada uno de esos personajes estáticos que aparecen (nadie corre en esta escena, todos están mirando fijamente al toro ensogado, un toro también parado, suspendido en el tiempo y en el momento, con las patas posteriores un poco abiertas, la cabeza agachada (es fácil imaginarse sus ojos prendidos a partes iguales por la sorpresa y el enojo) como a punto de emprender la embestida. Aquellos turolenses viviendo el instante, sin ser conscientes de que muchos años después cientos de miradas nuevas iban a “conocerlos”… Al mirarlos uno se siente un inocente voyeur de los padres de nuestros tatarabuelos. Un fisgón, un curioso que observa con total impunidad, parándose aquí en ese tipo del sombrero del primer plano, examinando allá en el fondo de la calle a la gente ya casi borrosa, o hasta investigando más allí, más adentro de lo que ocurre en los abarrotados balcones.

Después de aquel último toro todos abandonaron el mirador y siguieron con la alegre reunión en el interior. La casa estaba aún tan llena de todas las visitas que habían ido llegando a lo largo de la tarde que pronto no bastaron los asientos de la sala de estar. Hubo que subir al piso principal algunas sillas guardadas en el sótano. Entre sillones y sillas, entre alfombras, muebles y cortinajes, entre estatuillas de porcelana, macetas y lámparas, entre tan amplia familia y tan abundantes amistades, la gran habitación nunca parecía más pequeña que en las fiestas. Y cada año, cada celebración, igual. No importaban el estorbo de sombrillas ni bastones, ni el engorro de los grandes sombreros de las señoras… la velada proseguiría hasta altas horas comentando todos los incidentes por mínimos que fueran, historias, anécdotas de la tarde que su privilegiada atalaya les había permitido ver cómodamente, intercambiando chascarrillos, hasta alguna pequeña malicia, describiéndose todos los sucesos, todas las historias... Por los balcones abiertos y mientras baja la noche al corazón de Teruel se oirán risas y entrechocar de copas: es Fiesta e incluso los niños, habituados a guardar siempre la compostura delante de sus mayores, parecerán hoy más niños que nunca: jugarán a pillarse los primos mayores sorteando los muebles, mientras en los sillones, vencidos por el cansancio, dormitarán los más chicos.

En la calle otros niños corren también; ahora son de nuevo los dueños de la plaza adoquinada de la que se habían apropiado los padres y su toro. Alpargatería Simón Pescador se lee entre dos enormes cartelones que anuncian las corridas de la feria. El numeroso grupo de mujeres que se arremolinaba al comienzo de la tarde junto a la tienda hace tiempo que se ha desperdigado. Se han ido a preparar la cena a sus maridos, que ahora continúan el jolgorio en el café. Después aún les dará tiempo a irse con ellos de verbena y les contarán de la mirada de ese toro parado frente a ellas.

Ellas, el grupo de mujeres junto a la tienda de Simón Pescador y ellos, los burgueses engalanados del balcón, aparecen en la fotografía del cartel de este año de Interpeñas.

Viejas fotografías que nos hablan… parte de aquel hilo mágico que nos facilita el camino, que une cuna con presente, el ahora con el antes. Esta vez, Ariadna, la hija del terrible Minos, ha conseguido inmortalizarlos a todos, incluso hasta al asombrado y asombroso Minotauro. Nos han surgido de repente en nuestras Vaquillas de 2011, para compartir con nosotros un poco de aquellos latidos encerrados en el daguerrotipo de una placa de cobre. Porque nada ni nadie muere del todo para siempre.















Albada 248

(M.E. Ivaldi)

EL DESAYUNO

(3 de julio de 2011)

Ahora a través de la ventana semiabierta el sol del amanecer entra delicado y apacible. Su luz es sutil y ligera, como si el aire hubiera cosido en ella una continuación del raso de los visillos que atraviesa. El alba de este primer domingo de julio parece haberse adueñado de todos los objetos de la cocina y los ha esponjado del rosa-azul de la primitiva aurora. La mañana ha detenido a toda la estancia en el tiempo, en la eternidad del instante. Mientras el universo late con ruido de motor de nevera, Raúl se ha despertado y deja correr el agua fría en el lavabo. La costumbre de la rutina le ha desvelado a la misma hora, casi al amanecer, pero hoy es domingo, su primer domingo de vacaciones y sólo aspira a la pereza. Ralentiza a conciencia cada uno de sus movimientos, la brocha, la crema, la cuchilla de afeitar aparecen ante él como objetos nuevos, con formas y colores en los que nunca había reparado pese a ser su cotidiana realidad. Atrapa pensamientos mientras se mira en el espejo y siente la suavidad de la hoja deslizándose sobre la piel húmeda. No tiene prisa, su lujo es ahora la pereza, saborear cada instante, saber, al fin, de la calma, de ganarse aunque sea solo a plazos el respeto del tiempo y de la vida.

He aquí por fin mis vacaciones se dice mientras sale del cuarto de baño. Y por un momento todo en la casa, como en el corazón de Raúl, es un instante intenso y silencioso. Ni un latido, ni un suspiro. Quietud para conquistar su tiempo, ser dueño del día por hacer, o mejor por no hacer. Las vacaciones y por una vez no hacer planes, no tener horarios ni previsiones… el intenso placer de vivir con plenitud el momento, apurarlo al límite sin pensar ni en lo venidero ni en lo pendiente..

Cuando entra en la cocina la luz matinal que ahora es más roja también le transforma a él como ha hecho antes con la tostadora, la cafetera, y las cerezas del frutero.

Mientras se hacen el café y las tostadas, Raúl trocea los pomelos, el limón y las naranjas. La licuadora suena a promesa placentera, más aún cuando calla y vierte el zumo en la jarra. Comer y beber para sentir, para despertar los sentidos del sabor del filo del sueño. Porque tiene el desayuno de los días de fiesta esa magia de hacernos soberanos del tiempo, guías de nuestras vidas, a sabiendas de lo fugaz del sentimiento..

Coloca en la bandeja las tazas de café, la jarrita pequeña con la leche, la más grande con el zumo; en una esquina del plato, las tostadas, la mermelada, el dorado aceite.

La habitación está casi en penumbra. Se para en la puerta y la mira: le gusta adivinar su perfil sobre la almohada, la curva de su cintura bajo la sábana. Ella aún duerme, aún está muy lejos de él esta mañana. Deja el desayuno sobre la mesilla y se da cuenta por primera vez de su propia desnudez. No importa, porque hoy el reloj no ha ganado la batalla. Hoy el tiempo es suyo y su privilegio el placer de la indolencia, la inacabable ternura. Ahora mientras el sol abandona poco a poco su dulzura y vuelve a la luz más hiriente, casi pétrea, dos siluetas duermen abrazadas y se enfría, abandonado, el desayuno.


Albada 247

(Kokoschka)




GIGES


(26de junio de 2011)



El profesor de filosofía les preguntó a los alumnos su opinión. La joven de la fila segunda que por aquel entonces pensaba y además (por añadidura) “creía” en la bondad intrínseca e innata del ser humano -y por derivación de semejante supuesto en la “solidaridad universal de la Humanidad” (¿¿!!¿?)- levantó la mano y fue deshilvanando, primero con cierto temblor en las manos (lo de hablar en público siempre le imponía) y poco a poco incluso elevando levemente el tono de voz (el razonamiento de su discurso le fue infundiendo valor), todo el argumentario a favor de que el hombre es bueno por naturaleza, etcétera, etcétera y más etcétera.



La clase de ética había comenzado casi como un cuento feliz, -así empiezan a menudo las cosas- leyendo en la Republica de Platón la asombrosa historia del pastor Giges. Sin embargo la pregunta que en medio del relato les planteó el profesor fue tan simple en su enunciado como delicadas y graves las consecuencias de cualquiera de sus posibles respuestas: ¿En caso de poder actuar en su propio beneficio de manera deshonesta, injusta, perjudicial para el prójimo, con la seguridad del secreto total, de que nadie nunca lo llegará a saber, el ser humano lo haría?




Giges mira el anillo que acaba de encontrarse. Brilla el oro entre sus dedos... todavía no sabe que un ligero roce activará su magia y lo volverá invisible. Cuando el simpáticón y afable pastor de Liria descubra la total impunidad que le brinda aquel tesoro, su actitud cambiará radicalmente: sabiéndose invisible, y que va a salir por ello siempre indemne, se cuela en el palacio real, seduce a la reina, mata al rey y se hace con su reino... no rebla ante nada ni nadie para conseguir lo que se le antoja.



En la clase el profesor plantea ahora a sus alumnos la clásica duda sobre la moralidad y la integridad del ser humano: ¿el hombre ama la justicia, lo legítimo y el bien por si mismos, o simplemente los acata y considera por temor al castigo?




Un chico de pelo rubio y rizado, con mucha más seguridad que la chica de la segunda fila (a él siempre se le dio bien la verbosidad, el palique y la facundia), se atreve con la teoría de Glaucon: si tuviéramos el anillo de Giges, dice, si nos supiéramos , hiciéramos lo que hiciéramos inmunes, seríamos malvados por nuestra propia naturaleza, ya que el ser humano sólo es justo por la amenaza de la condena de la ley o por la esperanza de la recompensa a ese buen comportamiento. Sonríe el joven antes de concluir su argumento: el hombre hace el bien hasta que puede hacer el mal sabiendo que nunca va a ser descubierto.




Secretismo, ocultamiento, invisibilidad que nunca deja a la luz el fondo que se esconde tras la capa nacarada. El profesor les lee la última parte del relato de Platón: Sócrates convence a Glaucon de que al fin y al cabo sólo son felices los justos, los “buenos”. Los “otros”, los del anillo, nunca lo serán realmente por mucha felicidad que aparentemente se pueda obtener con la injusticia.




Aquel día la clase terminó aquí. La chica de la segunda fila faltó a la de la semana siguiente y al final se quedó tan sólo con la explicación “buenista” del maestro ateniense. Ahora, sin embargo, con un montón de años más y la vida cargada a la espalda, ha aprendido bien (por experiencia) la otra lección que Sócrates se olvidó de darle a Glaucon: es tanta la cantidad de Giges que cruzan a nuestro lado cada día, son tantos y tan enojosos, que incluso se agradece que sean invisibles y que no nos enteremos “demasiado” de sus manipulaciones. Y piensa que mientras no se les desenmascaré (¡qué cansina tarea por Dios!), será mejor que los “otros” sigan disimulando, protegiéndose, temiendo que pierda alguna vez sus cualidades el fabuloso anillo. Mejor que al menos sean competentes en su ruin impunidad, hábiles como el astuto Giges para que sus compañeros pastores, para que su rey, no se enteren... mejor que nos dejen pensar y además “creer” (de nuevo por añadidura) que vivimos en paz y que nos quieren .





Albada 246


MEJOR CON DULCES


(19 de junio de 2011)

La cafetera es de las de antes. Hasta la habitación donde están reunidas las cuatro amigas llega el sonido del borboteo del café hirviendo. Maúlla a su son, impaciente, un gato.


Juana, que ya está saliendo… voy a apagar el fuego... Y Luisa se apresura. Juana, que camina con más dificultad, entra detrás de ella en la cocina. El ruido cantarín y burbujeante es ahora un chisporroteo que se apaga de improviso; Luisa levanta con cuidado la tapa de aluminio y el aroma del café se extiende por toda la habitación. Juana abre el primer cajón del gran aparador lacado en color turquesa (demasiado moderno, le había dicho a su hija cuando el año pasado se empeñó en reformarle toda la cocina) y saca el mantel de lino bordado y las cinco servilletas. Entran Marta y Simone: ¿y si merendamos hoy aquí, Juana? ¡Es tan bonita tu cocina que da gusto estar en ella! Cambiaré pues el mantel por el redondo más pequeño… ¿abrimos el balcón de la terraza o entrará aún mucho calor? En medio de la mesa colocan la fuente con los pasteles que ha traído Simone, justo al lado de la tarta de chocolate que ha hecho Luisa.


A Juana le gusta el café con un poco de leche fría y Marta lo prefiere solo. Simone y Luisa apenas unas gotas oscuras sobre la taza humeante de leche. Todas se sirven el azúcar, esperando con una sonrisa su turno para coger la plateada cucharilla del azucarero. En la quinta silla antes vacía se ha subido el gato negro que ahora vuelve a maullar.


Dicen que tus vecinos son muy ruidosos, Juana, pero no se les oye ahora ni con el balcón abierto. La anciana anfitriona sonríe dulcemente a sus amigas mientras se mete delicadamente a la boca un trocito de las torrijas con canela que ha traído Marta. Como a tus vecinos, igual le pasó a mi yerno, dice Simone mientras le hace un guiño a Marta. Brindan después las cuatro y al entrechocar las pequeñas copas de cristal tallado caen sobre la mesa diminutas gotas de anís.


Tras la merienda, Juana enciende el gran televisor de plasma colgado de la pared que su hijo (no iba a ser menos que su hermana) se empeñó en regalarle para la cocina nueva, cambia con el mando canal tras canal y decide finalmente apagarla. Estaremos mejor con la radio, ¿no os parece? Laura hace ganchillo, Simone petit-point y Juana y Marta están casi terminando dos pequeños jerseys para sus nietas (a uno, el de color rosa-perla, sólo le falta el elástico del cuello; al otro, al azul-aguamarina, el final de la última manga).


Junto al balcón abierto al atardecer un domingo de junio, toman la fresca cinco amigas, cuatro se llaman Juana, Luisa, Marta y Simone, la quinta se relame la leche de sus largos bigotes. Cinco escobas aguardan en penumbra detrás de la puerta.



Albada 245

GIRASOL
(12 de Junio de 2011)

Me duele verla cada instante con la misma intensidad que me golpean los minutos de retraso cuando llega tarde a nuestra cita.

Como otras veces, he dejado la habitación casi en penumbra. A través de la persiana del salón la luz dibuja líneas paralelas de anaranjado brillante en la repleta biblioteca frente a la que estoy sentado. Sólo se oye el zumbido continuo del ordenador. Lo apago también. Así estoy mejor. Así la espero mejor. A oscuras y en silencio, como cuando la acaricio, la beso, la tomo; entonces ni una palabra, ni siquiera un susurro por mi parte. Por la suya, no. Ella a cada roce, a cada ternura del envite se estremece con esa risa dulce y suave que me deja desde el primer momento sin aliento, desarmado. Ahora, ella es también en el recuerdo, y la evocación de su alegría me produce un estado de burbujeante nerviosismo mientras espero.


Fuera no es tan de noche como en la casa. Atardece despacio en junio. El reloj ya no suena aquí dentro; no lo necesito: todos los días giran alrededor de ella. Mis semanas y meses siguen su órbita sin salirse ni un segundo de su sonriente estrella.
Me confieso a mí mismo sometido y no contrito. Más que atraído, subyugado por esta magnifica criatura que la vida me ha regalado al final de la existencia. Soy, me reconozco, un girasol convencido y jubiloso.


Es un amor tardío, me digo, la última oportunidad de vibrar con la gozosa entrega, ten cuidado. Pero más consciente que nunca, he atrapado toda su plenitud de golpe, sin darme un respiro. Y dejo de explicarme a mí mismo incluso en momentos como ahora cuando sólo me rodean mis libros, mi penumbra, mi silencio. Su memoria me protege, me calma del dolor mordiente de la melancolía, ella misma es antídoto de la huella que me deja su presencia. Me lastima verla pero no quiero renunciar a esos rasgados bordes de la herida abierta que hacen sentir el pálpito esperanzador de la existencia.

He dejado campo libre a la pasión. Cada noche la impaciencia nos posee como amantes y hace que se desvanezca la torpeza de la edad. Aliso con el deseo mi piel marchita, doy un plazo nuevo al abismo que presiento. Y la amo, la amo sin elección posible, sin concesiones a mi corazón, sin límites a mi propio acabamiento.
A veces, cuando la pasión descansa satisfecha, ella me habla de la hondura de su amor. Yo la miro y mis ojos le dicen de su juventud y de mis años. La acaricio y mis dedos le hablan del océano de tiempo que no cruzaremos de la mano. Entonces ella acerca sus labios a mi rostro y envuelve la lágrima con su calma nueva que aún no sabe de finales. La abrazo mientras llega el sueño, y la abrazo más lejos, allí donde es el tiempo eterno instante y huyen juntos hacia arriba mi antes y su futuro.


La luz naranja ya no está; la habitación es ahora azul. Sonrío al oír el tintineo de las llaves sobre la puerta. Sé que después vendrá su voz precediendo a los pasos del amor. Mi último, mi querido, mi definitivo Amor.





Albada 244

GIGANTE
(5 de junio de 2011)






Como un gigante con pies de barro, así de vulnerables nos hemos sentido de pronto esta semana. Un gigante acometido tambaleándose: ha bastado que una consejera de Hamburgo saliera a la prensa especulando sobre el origen español de la mortal contaminación para que a la producción de hortalizas y verduras de nuestro país se le diera con las puertas en las narices en la mayor parte de los mercados europeos, y todo ello además a velocidad de infarto. De nada sirvió la tibia y lenta actuación de nuestro gobierno afirmando que faltaban bases científicas para tal acusación, tampoco la postura en absoluto “definida” de la Comisión Europea ha ayudado mucho… Las consecuencias han sido devastadoras para el sector agrícola español, aún a la espera hoy de alguna medida “reparadora” ante las “instancias que correspondan” (¿Alemania, la Unión Europea, nadie?)

Tertulianos, prensa, calle… en estos días se ha hablado mucho de las cuantiosas pérdidas en economía y en el prestigio de la marca España; también de esa sensación que por desgracia no nos es muy extraña: percibir que a la hora de la verdad siempre parecemos el vecino pobre de la escalera, el más vulnerable, ese al que todos pueden toser y quedarse tan tranquilos. El proceso ha sido parecido al de otras veces; ante las primeras noticias, alarma y estupor; luego con las consecuencias, indefensión y rabia, y por último después del desenlace, alivio, desahogo y quizás incluso esta vez hasta cierto resentimiento al ver la cara de “poco arrepentimiento” de la misma responsable de Hamburgo al dar los resultados de la pertinente analítica.

Sin embargo, si queremos ser consecuentes y nos permitimos ver “más allá” de estas importantes perdidas y de este enfado mayúsculo, comentaríamos, “debatiríamos”, “nos preocuparíamos” sobre todo por el trasfondo de las causas de estas crisis del sector de la alimentación y sanitario. Como también ocurrió con la gripe aviar, las vacas locas, las dioxinas de los piensos etc. etc., estos hechos son una muestra de lo que se esconde en el origen: una gran equivocación. Es mucho más que la mala gestión de crisis puntual, porque esos pies de barro de los que hablaba al principio son los mismos para todos los países, todos los compartimos, todos estamos haciendo un camino equivocado con la radical liberalización del mercado agroalimentario. Esta vez ha sido una enorme ola la que nos ha salpicado, un remojón intempestivo y doloroso porque además ha habido muertes, pero el principio está en el mar de fondo, en la terrible tormenta ya cercana al horizonte que entre todos estamos preparando con un tema tan importante, tan vital como es la ALIMENTACIÓN.
Hemos construido un modelo industrial para ella, como si la alimentación pudiera serlo (¡niño, con la comida no se juega!, qué razón tenían nuestras abuelas!); se han dirigido las producciones hacia el mercado global, al servicio un capital controlado/descontrolado por los grandes grupos de presión, olvidándose de la producción y la demanda a escala local y sostenible; se ha aumentado la producción de grandes extensiones de monocultivos, agotando tierra, paisaje, acuíferos, a la vez que se arruinaba a las pequeñas explotaciones familiares.
La nula sostenibilidad de este modelo urbano-industrial se nos muestra todavía más evidente en momentos de deflación económica y crisis generalizada como los que estamos viviendo. Se ha hecho además evidente que no es solución para remediar la falta de alimentos en los países “menos desarrollados” pues las superestructuras de la industria alimentaria no están pensadas para dar de comer al hambriento sino para conseguir los mayores beneficios de los propietarios de las grandes compañías. (A pesar de que en poco tiempo se ha triplicado la producción de alimentos, la hambruna y la escasez de recursos de los mismos es cada vez mayor).
Los consumidores con este modelo agrícola-industrial pagamos cada vez más precios abusivos en los alimentos básicos mientras que los agricultores no reciben nada de este sobreprecio; al contrario, la globalización nos hace tan dependientes que estamos asistiendo al nuevo fenómeno de la deslocalización: el acopio de tierras, de buenas tierras por parte de organizaciones poderosas, un verdadero saqueo en toda regla que lleva a muchos campesinos a abandonarlas en manos de las multinacionales de los agronegocios.
Finalmente es una cuestión de mera supervivencia, supervivencia para los campesinos y supervivencia para los que vivimos atrapados en la ciudad, cada día más dependiente, más esclavos de intereses globalizados y ajenos. Es un problema que nos afecta a todos porque la producción agraria, o llamémosla más llanamente “los alimentos”, son un bien social colectivo y vital, y como tal todos debemos hacernos responsables (todos necesitamos comer, todos tenemos derecho a la comida).

No se trata de volver a la época de las cavernas, consiste precisamente en lo contrario, en aprender a saber vivir mejor: recuperar la soberanía alimentaria, aprovechar los recursos autóctonos, relanzar el consumo local, “reconstruir” un sistema agroalimentario social y ecológicamente sostenible, reorientar las propuestas políticas hacia la descentralización, recuperar la variedad paisajística y los ecosistemas con el uso de una ganadería y un cultivo responsable, respetar las formas de vida, la cultura, la dignidad de nuestros agricultores y ganaderos, evitar ese silencio de abandono que cada día se escucha más en nuestros pueblos y campos (el de Teruel es atronador). Se trata de abandonar el camino equivocado y reconducir nuestros pasos, los pasos de todos, aunque de momento pertenezcan a unos frágiles, dudosos pies de arcilla y barro.

Albada 243



RECUERDA...
(29 de mayo de 2011)

...que un gran poder conlleva una gran responsabilidad, recuerda. El tío Ben le repite al tímido Peter Parker ese recuerda y tiempo después el héroe tomará esta consigna como emblema de su vida. Esa es mi virtud y mi perdición, añade él a la frase, consciente de la renuncia y el sacrificio que supone aceptarla.
De todos sus portentosos compañeros Spider-man es con diferencia mi preferido. Quizás porque siempre ha sido el “más humano” , el primero que se cuestiona las razones de esos poderes que se le han “adherido” sin pedirlos, y de regalo junto a ellos, ese deber moral de estar siempre al servicio de los demás, en el que no valen excusas ni vacaciones, amores ni rencores; de hecho él es el único de los superhéroes que en un arranque de honestidad consigo mismo renuncia a serlo para intentar luchar en esa otra batalla: la de alcanzar la felicidad aunque sea la felicidad de un “hombre normal”.

Tras las elecciones estamos asistiendo, como cada cuatro años, al nacimiento de un considerable número de “poderosos” (aunque de momento, y durante algunos días, casi todo sean suposiciones sobre quien dejará de tener “facultades especiales” y pasará a ser uno más, o sobre quien será el afortunado de ser morador de ese pequeño Olimpo plagado de “cargos”).

Ahora bien, siguiendo con el símil del hombre-araña, si a los nuevos inquilinos del “monte de los dioses” les diera por pensar y actuar tan consecuentemente como al bueno de Spider-man, quizás se verían atrapados por un considerable número de inquietudes morales; a lo mejor ni dormirían toda la noche de un tirón al concluir que ese “mayor poder” no está destinado para su provecho sino exclusivamente para favorecer a través de ellos a la mayoría; porque para los elegidos precisamente lo que va a significar es sólo mayor deber, mayor esfuerzo o, visto desde el lado positivo, mayor satisfacción personal por cumplir con su obligación… tal vez entonces pudiera ocurrir que algunos se dieran cuenta de que la “bicoca” no es tal “chollo” y dudaran un tiempo antes de decidirse a aceptar el “puesto”(¿me paso de ingenua?).
A nuestros futuros, ilustres y satisfechos, políticos poseedores de “potestades especiales” no les he tildado antes de “super” ni de “héroes” entre otras cosas porque ellos SI que han solicitado -aunque sea vía voto de listas cerradas- el que se les concedieran los…“poderes”. Pero si hacemos caso al sabio tío de Spider-man resulta que aunque efectivamente no lo sean, a todos nos gustaría en esta aventura que lo fueran “un poco” y que hicieran por nosotros lo que es tarea obligada de cualquiera de ellos a diario: hacer el bien, cambiar lo que se pueda para mejorar “el mundo”, prevenirnos de los peligros, acabar con las injusticias y los malos, dar su castigo merecido a tiranos y opresores y ser famoso, y ser admirados, y ser aclamados… Mientras nosotros, con nuestros superpolíticos al mando, tan tranquilos y tan ricamente viviendo nuestras vidas, ocupándonos de los afanes propios y cotidianos sin tener preocupaciones ajenas de “cargos” que hacen mal su trabajo o simplemente ni lo hacen.

He comenzado esta albada con una frase de un personaje de cómic y acabo de escribir el final feliz que podría ser el de cualquier otra historieta. Dicen que un cómic representa valores de la vida real elevados al superlativo. Pero no hablemos más de “super” , no queremos obligar a nadie a aceptar el papel de “héroe”: lo cierto es que en la vida real “bastaría” simplemente con hombres y mujeres que fueran buena gente, gente honrada y preparada en la que se pueda confiar, personas que procurasen con inteligencia y sentido común conseguir lo mejor para todos, que su prioridad fueran los demás y no los intereses propios.

No sé si es pedir demasiado, no se si esa reflexión del inicio sobre la obligación de ser Más-Responsable consecuentemente con el grado del Mayor-Poder que se tenga la considerará seriamente alguno de nuestros políticos. Me gustaría pensar que si. Me alegraría además, sobre todo y especialmente, por los chicos y chicas del Movimiento15-M, y también por qué no decirlo, más particularmente o egoístamente si quieren, por lo que nos toca a nuestra ciudad y a nuestra provincia.

Albada 242











OLVIDOS CONSENTIDOS
(22 de mayo de 2011)



Si ayer le hubieran preguntado a T. cuántas patas tiene una hormiga, o si tiene o no antenas, hasta pudiera haber dudado. Esta mañana no.
T. se ha pasado toda la noche soñando con hormigas. Ahora, todavía tumbado sobre la cama, puede recordar sin dificultad hasta el más mínimo detalle del insecto (potentes mandíbulas, garras ganchudas, ojos compuestos).



Está perplejo, o incluso puede que aún esté casi dormido. Confusamente piensa T. que su sueño no es el sueño de un adulto; sin duda está fuera de lugar, porque si todo fuera como debiera, un hombre nunca soñaría con hormigas, sólo los artistas y los niños lo hacen. Él hace años que ya las ha olvidado. A T. hace cientos de generaciones de hormigas que ya le han olvidado.



Ellas (las hormigas) y ellos (los niños) comparten universo, pertenecen a una misma realidad diminuta y lejana. Unos y otras habitan una distante y apartada existencia que los mayores, inmersos en su propia crisálida, ignoran. Ellos, los pequeños humanos, se pasan horas mirándolas fascinados. Agachados o en cuclillas, casi al mismo nivel la cara del hormiguero, las ven ir y venir, afanosas, aplicadas. Ellas, himenópteros de negro charol, arrastran de un lado a otro pesos increíbles, se entregan a encarnizadas batallas fraticidas, corren enloquecidas hasta adentrarse en el primer agujero que se topan.
Esos mismos niños, cuando se cansan de observarlas, aburridos las empujan con palitos, las atrapan en vasos de cristal, las inundan, las aplastan a pisotones. Esas mismas hormigas, cuando la noche envuelve con su aire tibio el jardín, avanzan en fila india hasta la ventana abierta, y suben con fiereza a las camas de las pesadillas de los niños, a los que potentes mandíbulas les hacen gritar despavoridos.



T. se despereza, los sueños se han quedado en la cama bajo las sábanas revueltas. Mientras se ducha piensa que es una suerte que a medida que crecemos nos olvidemos de jugar con las hormigas.


Tras la ventana cerrada, en el jardín, los hormigueros están en plena efervescencia. También sus habitantes prefieren que los humanos adultos juguemos a otras cosas.




Albada 241







MI CHICA DE LA BICI


(15 de mayo de 2011)

Les contaré que fue en la hora más calurosa del día. Sus voces me sacaron de ese sopor del mediodía que te abriga con un dulce e inestable duermevela. La primera vez que la vi, como digo, hacía mucho calor –a pesar de que aún estábamos en primavera– y era la hora de la siesta. Iba despacio, en grupo; charlaba animada con un par de chicas más que pedaleaban a su mismo nivel, abarcando todo el ancho de la calle, vacía de coches en aquellas horas. Un poco más atrás, esta vez en fila y ocupando estrictamente la zona reservada para bicicletas, iban otros dos chicos que de vez en cuando les hablaban, o casi gritaban. Todos parecían divertidos y sus risas se solapaban, atropellándose sobre las paredes gastadas de los antiguos palacetes, repicando en los cristales de los balcones cerrados, perdiéndose, por fin, entre las pilastras de los portales adintelados…


Aquel día, aquel primer día, pude contemplarla largamente, primero de frente, luego de espaldas, incluso al final me tropecé entusiasmado con su perfil cuando, al llegar a la plaza, el grupo giró hacia la calle de la derecha y desapareció de mi vista. Siempre me he preguntado cómo no había sabido antes de ella, cómo había podido vivir cada uno de mis días anteriores sin conocerla. Quizás porque hacía poco tiempo que frecuentaba aquel barrio antiguo de la ciudad y andaba como despistado; quizás porque en realidad nunca la había visto. Sí, era eso: la casualidad había sido cruel conmigo y no me había permitido verla antes; de otra forma no habría podido nunca dejar de reparar en ella, de otro modo no habría podido olvidarla.


A partir de entonces, la esperé cada día en la esquina del viejo caserón que daba comienzo a la calle. Quieto, en silencio, la veía pasar unas veces acompañada, muchas otras veces sola, pero siempre montada en bicicleta.
Iba y volvía; se perdía al final de la plaza y aparecía de nuevo un tiempo después por cualquiera de las pequeñas callecitas que desembocaban allí... y entonces (¡sí!) al encaminarse ya de retorno a su casa pasaba muy cerca de la esquina donde la esperaba yo, paralizado, inmóvil, palpitándome el corazón como nunca antes me había pasado. A veces era muy tarde cuando regresaba y lo hacía muy deprisa; eran esas noches en que yo oía también lejanas músicas y la suponía de fiesta con sus amigos de la Universidad; esas noches, aunque el cansancio me cerrara los ojos, yo la esperaba en pie junto a la puerta de aquel palacio ruinoso del principio de la calle, leal vigía, firme vigilante. Los sábados por la mañana, sin embargo, la veía aparecer pedaleando muy despacio, esta vez el cestillo de la bici cargado de fruta y no con los acostumbrados libros.



Por mi parte yo nunca me movía de la acera; pegado a la pared no me atrevía tan siquiera a hacer un intento por acercarme. Además, pensaba, siempre sobre aquella bicicleta hubiera sido muy difícil abordarla, colocarse frente a ella (llegué a tener un curioso sentimiento bipolar, un amor/odio por aquella máquina de dos ruedas que tan pronto me la acercaba rápido como me la alejaba con la misma diligencia veloz). Les confieso también que más de alguna vez sentí unas irrefrenables ganas de salir corriendo detrás de ella, de echarle un pulso a su bicicleta y ponerme a su lado en una loca, loquísima carrera… ¡todavía no sé cómo me contuve!



Pasaron lluvias, pasaron otros mediodías sofocantes, pasaron noches de fiesta y compras en mercados… Pero un día sucedió… un día ella paró su bicicleta justo frente a mí. Fueron quizás segundos, pero me parecieron siglos enteros, eternos, en los que no me moví, ni pestañeé, sólo seguí mirándola arrebolado.
Les diré ahora, que la primera vez que por fin la contemplé con los pies en tierra, fue precisamente entonces, cuando ella dejó su bicicleta apoyada en la pared... se me acercó… me habló… y... ¡me acarició!
Sería por mi torpeza de ser aún un cachorro, sería porque el flechazo hacia mi nueva dueña me impedía ser más avispado, el caso es que yo nunca había imaginado que mi chica de la bici se hubiera fijado en mí ya hace tiempo, justamente aquel caluroso mediodía en que me pilló desperezándome sobre la acera.
Ahora, ventajas de ser el perro de una chica “sobre ruedas”, voy a todas partes en el cesto de su bicicleta y les confieso que lo que más me gusta de mis continuos y divertidos viajes es cuando mi ama enfila rápida la “conocida” calle y paso junto al antiguo caserón... entonces, olfateando el aire –hocico al viento– lanzo dos ladridos al cielo lleno de felicidad, embriagado de velocidad...



Albada 240





SNACKS Y CIA


(8 de mayo de 2011)

Ahora que el espectáculo sale al aire libre y las terrazas ocupan metros y metros de la piel más festiva de la ciudad, el aspirante a escritor se siente más voyeur que nunca. Fin de semana. Atardece. Elige la más llena de gente y consigue la última mesa libre. A duras penas contiene las ganas de sacar la moleskine roja (siempre caprichoso, pidió a los hijos para su cumpleaños que se la compraran de ese color) y la vieja cómplice montblanc (regalo de novios). Cuando el camarero ya le ha servido la cerveza y los snacks –así los llama su mujer desde que estuvieron en aquel crucero– mira alrededor y suspira satisfecho.



A veces, como ésta, tiene suerte y en lugar de las habituales frituras de pseudo-maíz y patatas con sabores, en el pequeño plato ovalado brillan rutilantes una docena de olivas (lustrosas, hermosas aceitunas de verde suculento, tierno, carnalidad cetrina rodeando al duro corazón). Su mujer, con mohín de desagrado tuerce la boca; le gustan bien poco las aceitunas, tanto como le encantan a él; es un aperitivo ordinario, a menudo demasiado salado, le dice, y encima con el incordio de tener que sacarse los huesos de la boca con los dedos, ese desagradable gesto, tan poco fino… y luego el espectáculo continuo de los restos repelados a la vista de todos, allí, presidiendo el medio del velador…



Para cuando ella se ha puesto la chaqueta sobre los hombros y lleva ya la tercera queja (¡qué aburrimiento estar allí parados, y encima con lo que está refrescando la tarde!), él ya ni finge escucharla: ha puesto en marcha su sentido favorito, ese que a fuerza de horas y horas de práctica ha conseguido dominar a la perfección. Observa y disimula, aguza los oídos, se pone las gafas de sol, a veces toma notas y otras aparenta mirar concentrado el plato de las aceitunas… Nadie, salvo su mujer que cada día lleva peor lo que ella llama “manías”, repara en sus “maniobras”.



Esta tarde, como quiera que ha comenzado a leer el último libro de Javier Marías, le ha dado por reparar en las parejas. Las narraciones de amor siempre dan mucho juego, se venden bien, piensa. Y no es que espere encontrar en las mesas vecinas a la “pareja perfecta” protagonista de la historia del “maestro”, pero se ha ido poco a poco entusiasmando al coger al vuelo alguna frase perdida. Las expectativas pintan bien, como un torrente se le amontonan imágenes de desencuentros, celos y traiciones, historias rotas, malentendidos... material de primera mano para escribir su propia novela. Sin levantar la vista comienza a tomar notas.



No te quiero, no aguanto más, aquel amigo, démonos un tiempo, pensarlo, dolor, sé razonable, intentémoslo de nuevo, no te quiero, no aguanto más, por qué no me lo dijiste, aquel compañero, no te quiero, no aguanto más… aquel verano que te quedaste sola, tu compañero, el más joven, no te quiero, no aguanto más; tu familia te indispone contra mí, mentira, celos, saturada, culpa, no te quiero, no aguanto más… intentémoslo de nuevo, él no fue nada, no te quiero, no aguanto más, una tontería de verano, lágrimas, besos… perdón, sigamos, no te quiero, no aguanto más
La página de la pequeña agenda está casi llena y él sigue escribiendo sin levantar la vista... tiene ya todos los datos del desamor y el reencuentro de la pareja de al lado, aunque hay algo que no le encaja, algo que chirría entre aquellas frases cogidas a vuela pluma…
Ya no te quiero, no aguanto más… cuando lo vuelve a oír sabe que son esas palabras, precisamente esas, las que no van con la historia de amoríos con final feliz. Alza la vista y ve a su mujer repitiéndolas en voz muy baja mientras se levanta: son sus palabras las que se han colado en la historia, las que no se ajustan, y él apenas ha reconocido su voz, tan acostumbrado a oírla todo el tiempo…



Ahora la mujer del aspirante a escritor se aleja. El la mira atónito y en su descuido deja la agenda sobre el plato repleto de huesos de aceitunas. Los ocupantes de las mesas vecinas siguen sus historias; la de él, la suya que no escribirá nunca, acaba de empezar.

Albada 239









QUERER EN EXCESO
(1 de mayo de 2011)

Recuerdo bien la tarde de primavera en que todos llevamos al colegio una cuchara de madera, un pedazo de fieltro (suficiente para la lucida pajarita), hebras de lana de colores (melenas imposibles) y cinco escarpias (siempre una de sobra por si se nos perdía alguna). Atareados fabricando el “BCPCCM” –“Bonito Colgador de Paños de Cocina con Cuchara de Madera”– para regalar a mamá, se nos pasó volando la clase de manualidades. Cómo olvidar tampoco el sumo cuidado con que guardamos en el fondo de la cartera el “decorado artefacto” (¡las yemas de los dedos aún con el pertinaz Imedio!”) y lo escondimos en casa hasta la mañana en la que, tras el ¡Feliz día de la madre, mamá!, habíamos de llevarlo hasta el abrazo de la “sorprendida” progenitora. Y así un año y otro, un primer domingo de mayo tras otro, regalo a cambio de sonrisa y beso.




Supongo yo que lo de celebrar el Día de la Madre debe de venir de largo si ya hasta los de nuestra generación, que aún pensábamos más en terminar el álbum de cromos que en lo que nos mandaban hacer los anuncios de la tele (regala a mamá, regala a papá, pide que te regalen a ti…), nos lo tomábamos tan en serio. Supongo también que será porque la cosa va del amor, del tan traído y llevado “AMOR DE MADRE” (así, con mayúsculas, mejor), y en cuestión de “sentimiento tal” no hay tiempo que valga, aunque las formas lo envuelvan diferente e incluso en algunas culturas apenas permitan exteriorizarlo.




Sin embargo, aprovechando la fecha, me gustaría mencionar aquí un hecho preocupante que cada vez más aflige a las “queridas mamás” de nuestros días. Me refiero a esa anulación de sí mismas como persona, con que muchas de ellas entienden que debe ser el amor a sus hijos. Ya dicen los expertos que “las mamás que aman demasiado crían pollitos feroces”, hijos, desde muy pequeños (no digamos ya adolescentes), siempre exigentes, irritados, intolerables, a menudo totalmente insufribles; y algo de eso debe haber si el querer demasiado da como resultado hijos que no saben hacerlo.




Cada vez hay más madres –curiosamente numerosas en hogares donde no falta de nada y se vive con holgura– que se deshacen en excusas ante los “reyes de la casa” por no poder atender todas las reclamaciones y pretensiones que éstos, como “centro del universo”, exigen; madres que un día, cuando no aguantan más, se preguntan angustiadas qué será lo que han hecho tan mal para terminar sufriendo así… si sólo han rodeado de solicitud y cariño al hijo… si sólo han estado noche y día pendientes del menor de sus gestos, de sus más mínimos caprichos… siempre disponibles, siempre sin límites por ellos y para ellos con su mejor sonrisa. Quizás han sido demasiado “buenas”, demasiado utilizables, se dicen mientras asoman por fin las lágrimas de la incomprensión y la ofuscación de sentirse consumidas en la tarea que mejor querían cumplir, la que más les importaba: criar a sus hijos lo mejor posible.
Madres concesivas, bienintencionadas que disculpan los improperios, las malas contestaciones, madres generosas hasta la extenuación para evitar cualquier herida o la experiencia descarnada de la vida, aunque sea ésta al final ineludible para todos, madres agotadas en la tarea de servir de parachoques entre los hijos y el padre, entre los hijos y la escuela, entre los hijos y la vida, madres explotadas, madres desesperadas. Un amor excesivo, que desconoce la firmeza y la fuerza del NO necesario, que no “ve” cómo es realmente su hijo en el hijo idealizado, que confunde “amar de veras” con “amar demasiado”…
Madres rotas y víctimas, madres abnegadas sacadas de quicio, hastiadas, doloridas, madres amargadas que tienen toda una vida por delante de la que han “desaparecido” por los hijos, esa bendita ilusión que se ha convertido en su amargura cotidiana…




Y sí, quizás hoy precisamente porque es su DÍA, pudieran pararse un momento, dejar de correr continuamente detrás de los hijos y quedarse, detenerse en ellas, pensar que el amor conlleva muchas renuncias pero nunca renunciar a sí misma, nunca anularse una misma.




El mejor regalo del “Día de la Madre” tal vez sea el que hoy se haga por fin una madre a sí misma y a sus hijos: desde ya, desde ahora, una madre segura, además de cariñosa, una madre dulce ,valiente, fuerte, libre.

P. S. De los padres, hoy hablar no toca. Otra vez será.



















Albada 238








¿PREMONICIONES?


(17 de abril de 2011)




Me manda mi amigo José la copia de la portada de “La Provincia, Diario Independiente” publicado en Teruel allá por un 22 de abril de 1922. La peculiaridad de este recorte de prensa de aquel “otro” abril turolense de hace 89 años radica en que José Torán (fundador del periódico, ingeniero capaz y comprometido, alma inquieta) narra con minuciosidad la visita a Teruel de los “insignes” Ortega y Gasset y Baroja.



Contado pues el encuentro con detalle, y en algunos momentos casi cercano al chascarrillo (no hay más que leer cuando refiriéndose a Ortega nuestro paisano nos confiesa “ me produjo una ligera decepción su manera de vestir. Aquel gabán tan entallado y tan urbano para una excursión en automóvil...!” ), se desliza de pronto –como bien señaló Antonio Pérez en su libro “El modernismo en la ciudad de Teruel”- el poco agrado que los dos visitantes profesaron por la renovación modernista de nuestra ciudad: al pasear por la Plaza del Mercado ( plaza del Torico) protestaron “airados contra alguna fachada que había roto su aspecto tradicional”.




Sin embargo lo que me interesa hoy a mi de esta curiosa página de la historia cotidiana de Teruel no va sobre los gustos estéticos -¿trasnochados?- de nuestros forasteros, sino sobre el pequeño y muy sorprendente dialogo entre el sabio del “abrigo ceñido” y el ingeniero turolense a propósito del futuro de nuestra provincia:


“Yo le hablaba de las posibilidades de esta provincia, de los ferrocarriles que se necesitan, de la unión para conseguirlos; a lo que él replicaba:


-Pero no crea V. que los hombres se unen solamente por conquistar bienes materiales. Los pueblos luchan siempre por un ideal...



-¿Cuál cree V. que puede ser el nuestro?-me atreví a preguntar al maestro.



-Está en su escudo. Vea V. el cuartel del toro y la estrella.



Confieso que me quedé perplejo. ¡coger una estrella! ¿dirigir la vista arriba!...¿Quién sabe?...”



Noticia por noticia pongo al lado del recorte del viejo diario las páginas de nuestra ultimísima prensa de esta semana: el proyecto Galáctica, la construcción del Observatorio Astrofísico del Pico de Buitre... y... y me quedo perpleja claro, casi tanto como el amigo Torán con aquella respuesta un tanto críptica y bastante enigmática del ilustre filosofo. ¿En qué diantre estaba pensando Ortega? ¿Serían premoniciones? Me sonrío yo sola cuando se me ocurre que habría que llamar al director de alguno de esos locos programas de misterios de la tele para qué nos lo aclarará, esos que “hacen” ya a última hora, cuando precisamente en Teruel sólo las estrellas están en la calle... y hablando de horas, es tarde también cuando escribo estas líneas, entre la una y las dos de la madrugada, casi la misma hora de plenilunio en la que se despidieron los tres paseantes a los pies de la Escalinata aquel lejano abril de 1922.



“Ortega y Gasset repetía sin cesar: -Es este un pueblo extraño, muy extraño.


- Y yo celebraba, al separarme de ellos, que nos juzgaran así y que hubieran visto en nosotros un poco de inquietud”


Así termina Torán su escrito y así lo termino yo.