Albada 266


DEPREDATOR

(13 de noviembre de 2011)

Lo recuerdo todo muy bien. Aunque algo creo en premoniciones y telepatías, me quedé estupefacto al girar la esquina de aquella calle y darme de bruces con Carlos.

Hacía muchos años que no sabía de él, aunque la noche pasada, precisamente, había soñado que un joven Carlitos me seguía haciendo trampas mientras cambiábamos cromos a las puertas del colegio. En el sueño me engañaba, claro, como siempre había hecho cuando éramos niños y compañeros de pupitre... todo el día juntos, nosotros y las mañanas interminables, silenciosas, rellenando libretas de caligrafía y sumando, a escondidas con los dedos, las cuentas de los cuadernos Rubio. En el instituto nos tocó distinta clase, pero seguíamos viéndonos a diario ya que ambos vivíamos en la misma calle, un portal frente a otro portal, su ventana ante la mía. Por aquel entonces ya no eran los álbumes con los cromos de la liga de futbol lo que nos obsesionaba, ahora lo único que importaba era Carmen: que Carmen, la chica más guapa y deseada del barrio, nos dedicara algo más que una de sus lánguidas e indiferentes miradas era un triunfo (ni que decir tiene que Carmen y Carlos llegaron a ser novios). Después de que empezara mis estudios en la Universidad y quizás porque su familia se mudó de casa, no sé si fue esa la razón, ya no volví a ver a Carlos; hasta ese día en que nos tropezamos a la vuelta de una esquina.

Le abracé, era lo menos que podía hacer después de tantos años. Me sonreía beatíficamente, con esa expresión en su cara que yo conocía tan bien – la misma que de niños me confundía y conseguía que me quedara de nuevo con el cromo tres veces repetido –. Como entonces, como siempre, me dejé atrapar y me oí a mi mismo invitándole a cenar en casa... de pronto me convertía en “amiguísimo” de aquel “contrincante” de la infancia que tanto me importunó.

Le dije que tenía prisa y me despedí con un ¡te veo esta noche Carlos!, mientras tenía la certeza (aunque, desde luego, no me atreví a volverme para comprobarlo) de que él me seguía mirando mientras me alejaba calle arriba... le había dado la dirección de mi casa, le iba a abrir las puertas de mi vida... ¡qué más quería!

De aquel encuentro han pasado ya tres años, pero como he dicho al principio, recuerdo todo muy bien: todas mis palabras y cada una de sus sonrisas. Aquella noche presumí hasta la imbecilidad de gran casa y familia feliz ante aquel que, entonces, presentaba a todo el mundo como un viejo amigo. Mi mujer le acogió con agrado, y a mis hijos les cayó especialmente bien. A nadie le extrañó cuando conseguí que le contratarán en mi empresa, y que hace justo un año y medio le nombrarán vicepresidente de la junta rectora; también entusiasmó a toda la familia que hace unos meses se animara a comprar el chalet vecino al nuestro. Yo mismo cuando firmo con su nombre, Carlos, me siento cada vez menos extraño; es como si hubiese olvidado del todo cómo me llamaba antes de que él volviera. ¿O es que antes, “siempre”, como dice Carmen, mi mujer, me he llamado Carlos, doctor? .

Albada 265


CINCUENTA Y MÁS

(6 de noviembre de 2011)

Doce centímetros: los tacones de esta temporada vienen altos, súper-altos. Afortunadamente, piensa Sandra, también se llevan con plataforma, incluso con tacón muy ancho; ¡qué gran descanso para sus sufridos pies amortiguar un poco (al menos ese poco) cada paso del día que comienza! Sus nuevos zapatos son de un resplandeciente color violeta y resuenan con un suavísimo toc-toc-toc al pisar sobre la tarima del pasillo. Pese a que anda rápida y decidida mientras se pone el abrigo, recoge las llaves y mete el móvil en el bolso, ni se le ocurre caer en la tentación de esa última ojeada en el espejo del recibidor. Ese espejo, cómplice hermano de los demás espejos que están inventando un rostro nuevo sobre su rostro de siempre. Un semblante extraño en el que se sorprende cada vez que la mira esa otra mujer ¿mayor? en la que no acierta a distinguirse todavía.

Se desliza el sedán rojo por las largas avenidas. El otoño en Madrid hace flotar en el cielo mareas de ocres y amarillos; unas nubes vagan al fondo del azul. Todo es insoportablemente hermoso. ¿Quién me vende una máquina del tiempo? ¿Dónde está el camino para volver atrás diez, quince años? Siente el calor subir desde su pecho hasta la nuca. Baja la temperatura del aire acondicionado, aumenta la fuerza del ventilador. Sandra quisiera que lloviera escarcha para apagar el incendio que se ha prendido en sus sienes, la angustia abrasando la frente pálida.

La urgencia es ahora la luz de neón tras salir del ascensor. La oficina es un cómodo refugio, un oasis donde no pensar. Allí, analizando informes, estudiando proyectos, contestando y escribiendo correos electrónicos, da una tregua a la cabeza que bulle repleta de preguntas, de reproches. Por primera vez desde que se ha levantado deja que le engulla lo cotidiano y le devuelva a cambio la tranquilidad de un mundo que es como ese viejo conocido que nunca cambia, que nunca le desconcierta.

Pasan las horas sin hacer cruces, ineludibles. Sandra sólo ha pedido un primer plato. Vigila el peso e intenta acomodar la consistencia del tiempo que transcurre a la vez que trata de reacomodar también esos tres kilos inesperados que no consigue perder. En el restaurante de la empresa hay hombres jóvenes con mujeres más jóvenes que ella. Acostumbrarse a ser objeto de deseo no cuesta nada, lo que sí duele es no enhebrar miradas, claudicar al fin a la evidencia de que los años te han derrocado y la invisibilidad se te ha instalado de rondón sin darte cuenta. La vida te desplaza como a esas hojas del parque madrileño, piensa, mientras el coche deshace el camino. Deslumbran las ventanas de los modernos edificios a la luz del sol poniente y también el reloj en su muñeca. Todos almacenan nostalgias.

Sabe que al abrir la puerta de su casa se encontrará frente a frente con la mujer de la que no quiso despedirse esta mañana. A la luz del recibidor aquella aparición le devuelve la mirada interrogante y le sorprende su expresión serena: un día más ha vuelto a regalar a aquellos ojos mucho de la hondura y la belleza de la Vida. Sonríen por primera vez desde hace tiempo las dos: la mujer que mira y la que se mira.

Ahora, se dice Sandra, bajar de los doce centímetros será fácil si además te esperan unas suaves zapatillas. En el espejo, el reflejo de aquella mujer de cincuenta y pico, guarda prendida una sonrisa todavía un instante más, mientras se aleja -toc-toc-toc- pasillo alante. El tiempo está en calma, igual que la soledad: vacíos de rencor, quizás esta noche haya una tregua.



("Eve". John Martin)


Albada 264


DICEN
(30 de Octubre de 2011)

En el metro la lluvia no se oye pero te empapa de gris desde el mismo momento en que empiezas a bajar por la escalera. Ya en el vagón se convierte en tormenta oscura y por eso no se ve como moja desde dentro; huele a nostalgia mientras miradas disimuladas observan de reojo, los hombros más calados, más cerradas las pestañas empapadas, más lacios los brazos... tanta humedad, tanto vacío, esponjarán pronto hasta los huesos. Por eso, para no sentir tan arrugadas las palmas de sus manos, hoy, que llueve como hace tiempo no lo hacía, ha decidido cruzar la piel de la ciudad.
El cielo a esas horas es un borrón de colores imprecisos. Detrás de los grandes edificios, se adivinan trazos rosa y amarillo bajo el marengo sucio que lo empieza a envolver todo desde arriba. Anochece y sigue lloviendo a pesar de las luces rojas de los semáforos, a pesar de que mañana es fiesta y los niños no saltarán sobre los charcos camino del colegio.
El taller está escondido, agazapado en un callejón del Barrio Antiguo. Para llegar hasta él hay que recorrer un laberinto de esquinas desconchadas y plazas diminutas en las que ahora serpentean riachuelos extraviados del filo de las alcantarillas. Al ruido de la persiana metálica le contestan los aullidos asustados de dos perros en el piso de arriba, el resto de la casa —tres plantas y granero con terraza— hace tiempo que permanece vacía, como casi todas las casas de aquel viejo corazón de la ciudad.
En el taller la temperatura es agradable; los cientos de listones amontonados en las paredes según grosor, las tablas apiladas por tamaños, los rizos de viruta sobre el suelo… son una frazada que confina aquella habitación a la simple emanación de su propio universo (en el íntimo orbe de cualquier madera aún late el calor del árbol).
Sentado ante el banco se afana en terminar su obra abandonada; talla y encola pequeñas piezas. Los dedos, sabios y acostumbrados, no dudan ni una sola vez sobre las décimas de milímetro. Cepillan y ensamblan, dan forma y espacio… Ajustan el diapasón al cuello, colocan las clavijas de ébano, el cordal de jacarandá… y por fin se extienden los brazos levantando la obra hacia la oscuridad de la ventana.
La sombra de aquella noche no conoce fin y los segundos son sólo inútiles muescas en el polvoriento reloj de la pared... pero la labor está casi por concluir. El instrumento es de un blanco sonrosado y el barniz tiene que envolverle tan suave como el sol a la piel de un recién nacido. Este último paso —y todos y cada uno de los que tan minuciosamente ha seguido— es importante para que el sonido sea nítido, el matiz el justo, la vibración la deseada. Todo debe ser perfecto.
Callan los perros. Desde el taller surgen las notas de una canción triste, bordean el callejón, atraviesan el Barrio Antiguo, se perciben por toda la ciudad que aún simula dormir... avanzan en círculos concéntricos por el cielo. Ahora, que todo al fin está terminado, no le importará bajar al metro: al fin y al cabo la lluvia nunca podría mojar las manos de un fantasma.
Dicen que cada noche del treinta y uno de octubre se oye una música sublime en el taller abandonado de aquel difunto Luthier, el afamado maestro que murió sin conseguir la obsesión de toda su vida: fabricar el instrumento insuperable, el violín capaz de emitir las notas más hermosas.
Dicen, y como lo dicen así lo cuento... por si acaso alguna noche de éstas mientras no les llega el sueño escuchan...


Albada 263

MUCHAS FELICIDADES

(23 de Octrubre de 2011)

Pienso yo que el mejor reconocimiento que los otros pueden hacerte, el mejor regalo, es manifestarte el reflejo de tu bondad en ellos; cuando ocurre así, cuando sin esperarlo una confidencia en voz baja te descubre todo el bien que le has hecho, cuando te azoras sorprendido por el agradecimiento que nunca buscaste porque simplemente has sido como siempre eres, se te disipa de pronto cualquier duda, y esa emoción cálida en tu corazón te dice que, después de todo, la vida (y tu vida) debe tener algún motivo. Sentirte así, aunque sea sólo un breve instante en la grisura de lo cotidiano, supera con creces cualquier medalla o el más valioso de los premios.

En los tiempos que corren no es tarea fácil, desde luego, la de ser bueno, o mejor dicho que la gente, las circunstancias, te permitan serlo; hay que tener mucho valor, mucho coraje y sobre todo ser tan generoso que ni siquiera te importe que cualquier suspicaz (siempre los hay) te llegue a tildar, como poco, de ingenuo o candoroso. Convendrán conmigo que estamos muy faltos de seres así. Yo les llamo personas- faro por aquello de que son seres de luz a los que de vez en cuando te tienes que volver para no ver las cosas (o más bien a las personas) tan oscuras y correr el riesgo de tropezarte de nuevo.

Este domingo toca una albada de felicitaciones, felicitaciones a todos por contar entre nosotros, turolenses, con ALGUIEN así (permítanme las merecidísimas mayúsculas); y felicidades a él por acabar de cumplir 96 años. Noventa y seis años lúcidos, hermosísimos, llenos de claridad y constancia, llenos de esfuerzo, de grandeza en su humildad y sencillez, plenos de amor y conocimiento, porque él es ante todo eso: un hombre sabio y bueno.

A todas las personas que hemos tenido la fortuna de cruzarnos alguna vez en la vida con él nos ha regalado parte de esa bondad y de esa sabiduría. Hablaba al principio de “reconocimientos”, de regalos, de confidencias. Pues bien me lanzo y cuento: yo conocí de niña al Pastor de Andorra, fue durante una larguísima espera en la calle. Actuaban varios grupos y era invierno. Mis compañeras y yo nos aburríamos, se nos helaban los dedos. Y él estaba allí también, esperando para cantar. Podía haber pasado de aquel grupo de crías cansadas y protestonas; no tenía porque preocuparse por nosotras, pero lo hizo, y cuando comenzó a hablarnos se nos pasaron todos los males de repente: nos hizo reír, nos enseñó a tener paciencia, a pensar que merece la pena esforzarse, nos hizo sentirnos importantes. No conocíamos su nombre, pero cuando después nos emocionamos al oírlo cantar, supimos que habíamos estado con ALGUIEN fuera de lo común. Sé que para él es lo habitual, que él es siempre así, y puede que parezca una anécdota trivial, porque él ha protagonizado historias y triunfos importantes, pero lo que se siembra en el alma de un niño siempre termina por nacer, y a mi nunca se me olvidó que en aquella conversación fue la primera vez que sentí que alguien me hablaba de persona a persona, no de adulto a crío. Esa consideración a los demás, el respeto a todos (sin importar edad, posición social, cargo político... todo el mundo para él ha sido igual de importante), esa valoración del esfuerzo y la constancia fue una lección que mis amigas y yo aprendimos aquel día de él, y como decía al empezar ningún regalo mejor que decirle a una persona el bien que te ha hecho. Por eso, por su arte y por el ejemplo de vida que nos da cada día a todos, desde la admiración y el respeto, desde el agradecimiento y el cariño: ¡muchas felicidades Don José!












Albada 262


LA CAJA DE METAL

(16 de octubre de 2011)

La caja es de metal, parecida a la que de niña veía utilizar a su madre para guardar los hilos, las tijeras, el jaboncillo azul de marcar la tela y el dedal. Ni siquiera recuerda cuándo decidió conservar en ella cosas que no quería perder. Quizás la tiene desde los 9, los 10 años (es la fecha que aparece en las papeletas con sus notas de solfeo que también guardó allí).
Las cuatro de la noche y el sueño, que como ayer y antes de ayer no llega, dan para mucho, sobre todo da mucho tiempo para pensar ante cada una de las ventanas oscuras de la casa. Esta nueva madrugada de insomnio ha cambiado la lectura por enredarse dentro de los cajones que apenas se abren y escudriñar en las estanterías más altas a las que rara vez nadie se sube.
Lo hace despacio, con mucho cuidado para no despertar a alguno de los suyos, los queridos durmientes, ajenos por completo a las dos realidades que coinciden en este mismo instante dentro de la vivienda: sueño y vigilia, los dos ávidos, codiciosos amos que no admiten medias tintas y atrapan a los humanos al completo, sin concesiones.
Ha subido a una silla. La caja está al final de la estantería, de tan al fondo, ni se ve. La palpa con la puntas de los dedos, la arrastra con las palmas, hasta que al final aparece enfrente mismo de sus ojos. Cuando vuelve a pisar el suelo, se sienta y la pone sobre sus rodillas. La mira antes de abrirla: no tiene prisa, sabe que las horas son más largas hasta el alba y que lo que contiene la caja le será tan familiar y a la vez tan inquietante como su reflejo en el espejo. Como si fuera una asaltante de su propia vida, va sacando uno a uno papeles ambarinos escritos con tinta azul y caligrafía de niña que lee con una sonrisa, viejas agendas con direcciones ya inexistentes, sobres repletos de fotos en blanco y negro... el diario de tapas azules y candado de juguete... postales con dedicatorias de novios quinceañeros, un recorte de periódico con su nombre en negritas, los resultados del análisis por el susto aquel…
Va dejando a su lado todo: la copia de su primera paga, las cartillas sanitarias de cuando sus hijos eran bebés con sus listados de vacunas, sus gráficas de peso y altura… -gramo a gramo, centímetro a centímetro cada mes, ¡aquellos números que tanto significaban!-, el mechero verde de Bic, la entrada del concierto de Los Secretos, el aro de plata, el llavero con la única llave...
Extendidos a su alrededor, aquellos objetos cotidianos han adquirido un aspecto que los hace diferentes. Es, desde luego, algo más que lo que pinta la pátina del tiempo... es... como si de tantas emociones contenidas se les haya abrazado un halo especial de extraordinario, como si les hubiera crecido peso y fragancia.. como si el trozo de vida prendido en ellos los hubiera vestido de más Ser. Ella sabe, que aunque parezca imposible, aquellas cosas
existen más.
Sensaciones difíciles de explicar a las siete de la mañana. Ya se oye el ruido de la ducha, y pronto la casa se sumergirá en olor a café. Sobre la silla empuja los recuerdos hasta el fondo de la estantería.
Las viejas cajas de metal llenas de recuerdos son salvavidas de las noches oscuras, farolillos que a veces encendemos para no caernos más. Las cajas de metal llenas de recuerdos son como el otoño: dulce, triste, necesario y muy, muy hermoso.

Albada 261


(fotografía de J. M. Garcés Gargallo)


EL SEÑOR S. Y SU PÍRRICA VICTORIA

(9 de octubre de 2011)

No les diré mi nombre. Me pueden llamar si quieren simplemente señor S., aunque no por ello estén dando por sentado que sea yo un hombre en vez de la despampanante morenaza con la que se cruzan algunos de ustedes camino del trabajo. No crean todo lo que les dicen y tampoco lo que leen... es de manual. También es de manual que un detective que se precie nunca debe decir como se llama, ni por supuesto dejar suponer que lo es. ¡Nada de pistas de la vida de un detective!. Como imaginarán la empresa suele ser harto difícil, especialmente cuando, como es mi caso, uno vive en una ciudad pequeña. Ser detective por ejemplo en una localidad como la mía es complicado… ¡ya quisiera yo ver aquí a Holmes, Dupin o Poirot!. Ni siquiera a la apacible miss Marple le sería sencillo hacer sus pesquisas sin riesgo de ser descubierta. Aunque finalmente, y pese a la falta de privacidad de mi ciudad (ya les digo que se parece poco a la imperturbable St Mary Mead), he de reconocer que, como la curiosa anciana inglesa sentenciaba al final de sus bien resueltos casos, “la gente es igual en todas partes”.

Y precisamente porque el ser humano es como es y además lo es con independencia de clase social o condición, me encuentro yo estos días inmerso hasta el cuello en un caso que me tiene, más que preocupado, obsesionado.

Cuando acepté hacerme cargo de él lo hice a regañadientes. No se siguen casos de divorcios, lo pone bien claro en el anuncio, le dije por teléfono a aquella voz sofocada. Sin embargo ni el mismísimo Marlowe habría hecho ascos a la considerable suma de dinero que el conocido personaje de mi ciudad (no hizo falta ni siquiera que se identificara pues lo reconocí al instante) me ofreció por encontrar pruebas de la infidelidad de su esposa.

Sería coser y cantar me dije mirando la foto de la estupenda señora de mi cliente. Su bonita cara me resultaba familiar claro, normal, ¡si aquí todo el mundo termina por ser conocido en mayor o menor tiempo!.

La estrategia fue la habitual: primero el perceptivo seguimiento encubierto, sin contacto inmediato con el individuo, en este caso “la individua”; y después, si no se consiguieran los objetivos –como así vino a suceder aquí– proceder a un marcaje más directo, forzando el trato o incluso la familiaridad si fuera necesario. Así que en mi afán por estar lo más cerca posible de “la sujeto”, y ya con menos disimulo, me apunté a su mismo gimnasio y a sus clases de acuarela; fui a los mismos conciertos y a las mismas películas, me senté en la terraza de la concurrida plaza a la hora justa en que ella tomaba su vermut con las amigas... Debo reconocer que hasta casi empecé a compartir con ella gustos y costumbres, no en balde me hice un corte de pelo en su misma peluquería y me compré ropa en las tiendas que ella frecuentaba. Lo normal no tardó en suceder: de tanto vernos o “coincidir” comenzamos a saludarnos; primero fue un breve “hasta luego” cuando nos cruzábamos en la calle; y más tarde, y como “por casualidad” estaba yo también en el mismo establecimiento, incluso me pidió opinión sobre un par de zapatos que dudaba en comprarse. Le hice fotos sola y acompañada, en la calle, desde el coche, y desde el interior de los locales… Completé así el grueso dossier y una tarde concerté una secreta entrevista con el marido en la cafetería más concurrida de la ciudad (es también de manual de detective que las cosas que no quieres que se sepan hay que hacerlas con normalidad y a la vista de la mayor cantidad de público)

A estas alturas se preguntarán, sin duda, cual fue el resultado de mis pesquisas, si la descubrí, si la pillé, al fin, con su presunto amante… Pero perdonen, debo atender ahora al marido al que veo ya esperándome en la mesa del fondo (hay que saber ser también discreto dentro de la “naturalidad”...).

Albadas 260

(Gabriele Münter)

MATRIOSKA

(3 de octubre de 2011)

Una mujer está sentada a la mesa; frente a ella una ventana. Es una mañana de invierno, hay nieve en las ramas sin hojas del jardín. Sobre la mesa, una taza de porcelana blanca, un plato vacío y otro con un trozo de bizcocho. La jarra con leche, también de porcelana, está a su izquierda junto a la taza; el bizcocho y el plato vacío a su derecha. Todo es blanco, hasta el impoluto mantel, todo menos la esponjosa miga amarilla. De espaldas a la puerta no se ve su rostro; sólo la suave melena marrón y la estirada silueta hacen pensar que la mujer es joven, aunque no demasiado. Inmóvil, con los brazos caídos sobre el regazo, quizás mira los pájaros posados en el cerezo. En sus ramas, tan cercanas que saben llamar en los cristales cuando hay tormenta, se columpian sobre el hielo el rojo carmesí y el azul de un camachuelo, se mecen el amarillo chillón y el negro de cuatro carboneros. La habitación respira tibia y huele a café con dulce. Fuera, libertad y el aire preñado de azul brillante; dentro, refugio y la piel suave de un bizcocho junto a una jarra de porcelana aún caliente. ¿Qué contiene a qué, quién contempla a quién? Una mujer sola mirando quieta nadie sabe si dentro de sí misma o fuera... Frente a una taza y un bizcocho se asoman los pájaros y el cerezo nevado a través de la ventana. Sólo ellos, tras el cristal, ven si tiene sus ojos cerrados o sonríe mirándoles. Desayunar sola una mañana de invierno frente a la ventana. Instantes de intimidad antes de que la casa despierte y se llene de voces infantiles, de besos breves con aroma a after-shave. Instante de soledad, la casa vacía a su espalda, la vida hueca tras las paredes de aquella habitación. Mirando el cuadro nadie sabría decir cuál es la verdad de aquella mujer.

Casi acaba de amanecer pero ya ha vuelto a poner el caballete con el lienzo a medio terminar al fondo de la habitación. Mientras espera pacientemente a que el sol escale y se pierda por encima del pedazo de cielo que se cuela dentro, ha dispuesto las piezas del desayuno como ayer y antes de ayer, a ambos lados de la mesa. Ha decidido que ella estará mirando hacia la ventana. La pinta de espaldas, la sombra desparramándose desde sus hombros, la luz sólo adivinada en su rostro oculto. Se pintará así. Nadie sabrá si la mujer del cuadro está triste o feliz, únicamente que es una mujer sola desayunando frente a una ventana que quizás mira a los pájaros (un camachuelo y cuatro carboneros) posados en el cerezo nevado de su jardín.

Albada 259


A. Durero, 1505

SEMBRAR

(25 de septiembre de 2011)

No todo van a ser nuevas preocupantes. De acuerdo que obtener contento últimamente leyendo el periódico empieza a ser difícil, sin embargo esta semana me he descubierto sonriendo feliz al leer una de las páginas de nuestro Diario. Me estoy refiriendo a la noticia sobre el reconocimiento en el Premio Educared 2011 que han recibido cuatro alumnos del IES de Calamocha. Veo en la foto al estupendo equipo, Laura, Chabier y los dos Jorges, atentos a las explicaciones de sus profesores, Chabier de Jaime y Rodrigo Pérez, y adivino en las jóvenes caras todo un mundo por abarcar, un futuro lleno de ilusión, de sueños, de proyectos. Me consta que como ellos, muchos otros alumnos se interesan, se implican, se comprometen con las variadas e interesantes iniciativas en las que el equipo de profesores de este instituto turolense viene ya desde hace tiempo trabajando con esfuerzo, gran preparación en las más innovadoras y eficientes líneas educativas y sobre todo con inagotable ilusión y constancia.

La suerte de tener buenos profesores quizás no la sabemos valorar hasta bastante más adelante, cuando al echar la vista atrás, evocamos una memoria agradecida a aquel maestro que supo “hacernos ver”, que nos ayudó a descubrir las inagotables posibilidades que la vida y la naturaleza ofrecen si se las sabe observar, mirar con mimo, con espíritu crítico, sin ofuscaciones. Hablo de la generosidad de esos profesores que supieron además de compartir sus conocimientos, motivar, activar como si fuera un resorte nuestro espíritu científico y nuestra creatividad. Se trata, en definitiva, de saber sembrar buena semilla y apostar por la buena mies.

El estudio premiado sobre el ciervo volante, un gran escarabajo que ha encontrado en las riberas del Jiloca su abrigo más meridional, ha llevado a los alumnos más de dos años de trabajo de campo voluntario. Los resultados pasarán a formar parte del acervo del saber científico. Es muy loable que la voluntad de llevar acabo esta iniciativa por parte de un grupo de alumnos de un instituto de una pequeña localidad, transcienda y vaya a aportar a la ciencia valiosos datos. Se reconoce así, una vez más, la importancia de la labor educativa rural y su contribución a la mejora social de todos, habitantes de ciudades o de pueblos, de cualquier país, de cualquier lugar.

Un pequeño susurro se escucha en el soto. El escarabajo de charol recorre como si se tratara de un fantástico helicóptero el humedal. Muestra orgulloso sus grandes mandíbulas semejantes a dos cuernos de ciervo y vuela tranquilo. Inconsciente de su destino, apura ya sus últimos días en este estío y es, como decía Borges, más que ninguno inmortal. Afortunadamente la supervivencia de su especie como la de muchas otras maravillosas criaturas tienen excelentes aliados. Ellos, y todos nosotros, tenemos la suerte de contar con el trabajo y la ilusión de estos cuatro jóvenes investigadores que, como muchos otros en todo el mundo, son la garantía de que aún es posible la esperanza. Cuando la primavera y los estudiantes vuelvan, cuando volvamos todos a las hermosas riberas del Jiloca, hallaremos criaturas mágicas volando. Una buena siembra es lo que tiene: siempre da excelentes frutos.



Albada 258


GIROS


(18de septiembre de 2011)
Aunque siempre me han llamado Luisa, la verdad es que yo quiero llamarme Juana. Bueno llamarme no, yo lo que quiero, de verdad, es ser Juana. No quiero parecerme a ella, ni tener su mismo hablar, sus mismas manos morenas, ni tampoco sus andares o su risa. Yo lo que quiero, definitivamente, es ser ella, ser Juana.
Ella conduce, trabaja, hace la compra. Su marido la adora, sus hijos también. Todavía se ve bonita ante el espejo, aún se atreve a mirarse desnuda y mantener la luz del baño encendida más tiempo del necesario. Pero no lo duden: yo sabría ser todavía más hermosa, más cariñosa con sus hijos, más amante del marido.
Cada mañana me despierto convencida de que soy más ella y de que ella, la que se hace llamar Juana, se está diluyendo poco a poco e irremisiblemente en la nada, como esos terrones que se echan en el café. La cucharilla dando vueltas apenas hace ruido mientras yo giro a la vez mentalmente: una vuelta, cinco vueltas, diez, veinte, cien… giro y giro hasta que su figura se borra de mi mente por completo y entonces surjo yo, la nueva Juana, la auténtica Juana.
Hoy se ha levantado rara. Se nota extraña. Ella no sabe, ignora que es sólo el principio de su trasformación, si no estaría aterrada. Yo mientras tanto tengo que ser fuerte, estar serena y disimular, que no se me note que yo también estoy cambiando, que me estoy volviendo cada vez más ella, que casi ya soy ella.
Mauullaaa, maulla pequeña… los niños te acariciarán y tú te desesperarás por hacerles comprender. Nunca sabrán lo que tú y yo sabremos. Pequeña Luisa, acostúmbrate pronto a tu nuevo nombre, y olvídate de todo lo demás.

Juana hace días que parece distinta. Los médicos no saben decir qué le sucede. Pasa muchas horas tendida en la cama sin hablar, sin decir nada, sólo se acurruca entre las sábanas, bosteza y vuelve a dormir. En sueños emite un suave ronroneo, apenas un murmullo satisfecho. Mientras su dócil gata Luisa sigue arañando la puerta queriendo entrar, ella no la quiere ver. Es lo único que ha pedido la enferma a la familia: que se deshagan de la gata.
Luisa es un animal vulgar, sin raza, que por no tener no tiene siquiera los tres colores que debe tener una gata callejera que se precie. Nadie la quiere y termina abandonada a su suerte. Subsistiendo sobre los tejados de la ciudad, a veces cree reconocer su antigua casa y una mirada de su dueña desde el balcón. El pobre felino nunca sospechó de la locura de su ama, ni siquiera se asustaba cuando ella, Juana, se le quedaba mirando fijamente hora tras hora mientras giraba, incansable, la cucharilla en su taza de café.

Albada 257

MORES

(11 de septiembre de 2011)

No sé si lo que debería hacer es cambiar de costumbres. Es lo que tiene empezar siempre el día escuchando, aún desde la cama, las noticias de la radio: que lo que dicen te da para mucho pensar, para mucho cavilar. Y es que estás en ese titubeo casi crucial, (un tanto masoca si no fuera porque tiene tanto de cotidiano que siempre sabes que terminará “bien”), ése me levanto ahora, aunque… mejor me espero un minuto más que aún hay tiempo… pero bueno ya, (y aquí mirada reconcentrada al despertador )… ni un minuto más… aaayyysss, mecachis…. ¡que sueño, Señor!… Pues eso, sí, todas las mañanas esa especie de desazón (el lunes multiplicada por cuatro) por comenzar el día y ver la cara gris que no te apetece nada y luego eso: lo de la “manía” de apenas despegados los ojos, darle una vuelta a la ruedecita de la radio. Y todo ello sabiendo que, últimamente, las noticias te van a poner el corazón en un puño... Y es que esta semana, convendrán conmigo, no ha pasado un informativo, cambiaras el dial donde lo cambiaras, que no te metiera el susto en el cuerpo... y te dieran ganas de hacerte una tienda de campaña bajo las mismísimas sábanas de tu cama, y quedarte ahí, quieta, varada en medio de esa isla… y que el mundo te olvidara un rato, y que tú te olvidaras del mundo, al menos ese mismo rato.

Como no llevo muy bien eso de no entender y de que, además, cada vez entienda menos, me he sacado de la biblioteca el Krugman, ese manual de macroeconomía con el que parece que (dicen) te enteras de algo, pero ni con ésas: cuando creo que empiezo a vislumbrar alguna lógica de las tan traídas variables económicas o que si la segunda recesión, la prima de riesgo y tal... cuando parece que he conseguido traducirme lo que dicen, allá que te aparece otra nueva palabreja que me descoloca, que me hace sentir de nuevo que de controlar nada de nada, que lo único que me queda claro, al final, es que la cosa parece que no marcha y de que si a alguien le va a ir peor seguro (seguro) que será a los pobres don nadie como yo (eso sí que lo entiendo, mira tu por donde, sin necesidad de que me lo explique libro alguno).

Durante un tiempo (de eso ya hace mucho ahora que lo pienso) me quedaba la esperanza de que todo se pasaría tal como había venido, que se esfumaría tanta crisis tanto paro y que igual que se había ensombrecido veríamos, no muy tarde, aclararse de nuevo el horizonte... quizás, en definitiva, todo consistía en apagar la radio y aguardar a la mañana siguiente... Ahora, sin embargo, ya a la espera de este nuevo otoño con elecciones incluidas, y viendo tal como sigue todo, ya no sé ni que pensar, ni a quién echar la culpa. Confieso que no creo que ni siquiera los políticos, a pesar de sus poderosas artes para haceros creer en purita magia o en el consabido y comieron perdices, sepan dormir nuestras conciencias lo suficiente para convencernos de que conocen dónde está la puerta para salir de ésta.

Y he pensado que quizás debería buscarme un hobby, sí. Una de esas aficiones que te acorcha el cerebro, pero todavía no sé por cúal decidirme. De momento, y hasta que la encuentre, creo que continuaré con lo que más me gusta: seguir leyendo. Eso sí, proveyendo los tiempos que se avecinan dejaré a un lado a Eliot, Pound y Vilas y me volcaré con el optimista Jorge Guillén... y escucharé la radio al despertar, claro, que hay costumbres que no conviene cambiar nunca.


Albada 256

DESEADO CRIMEN EDIFICANTE

(4 de septiembre de 2011)

El escritor estuvo pensando desde que se despertó si el título que había elegido para su cuento era el oportuno. Consciente de que no era, evidentemente, un buen título, de que enganchara por ser ocurrente e incitara a seguir leyendo, de lo que sí estaba absolutamente seguro era de lo muy significativo que resultaba, ya que definía a la perfección el contenido y a la vez la intención última del relato. Quizás demasiado, pensó. Tal vez de tan evidente, de tan acertado podían aquellas tres palabras en mayúsculas ponerle a él, autor ya con cierto prestigio internacional, en un apuro.

Miro el reloj. Casi las diez. A estas horas muchos ya estarían empezando a ojear los periódicos. Alguno incluso hasta habría tenido ganas y tiempo de leer su cuento. Lo cierto es que había escrito un buen relato. Disfrutó escribiéndolo. Sabía que sería justamente elogiado por sus compañeros Se puede decir que lo escribió al dictado: en su mente las palabras no dejaban de aparecer: nítidas, precisas, ingeniosas, cargadas de tanta intención como sutileza e ironía, pidiéndole, exigiéndole como dotadas de vida propia, que las plasmara. Una vez puesto el punto final lo leyó varias veces en voz alta y se dio cuenta enseguida de que aquel relato sonaba perfecto; casaba de maravilla con su idea de la buena literatura, la de él, escritor conocido y reconocido por su exigente delicadeza, por su sensibilidad extremada, nada dado a concesiones a la vulgaridad y lo innecesario, él que siempre proclamaba en las entrevistas la suma importancia de la musicalidad y el buen gusto en la escritura.

Después estaba lo otro, claro, lo de la historia en si. En su cuento lo contaba todo, se podría decir que era una confesión en toda regla: como empezó a brillar el día cuando oyó cantar a la primera perdiz... sus amigos, algunos escritores como él, avanzando en zig-zag sobre los terrones de tierra... el sol apenas amarillo, el jaral cristalino escarchado por la helada… fue poniendo letra a cada nube, a cada niebla, a cada instante. La culpa desde luego la tuvo el tipo aquel. Quien le habría mandado al ridículo hombrecillo cruzarse en su camino. Aquel orondo y rollizo ser pertrechado de pies a cabeza con su recién estrenado equipo comprado en el gran almacén de deportes del centro comercial de cualquier barrio. Pudo soportar la horrible chaqueta de camuflaje, las brillantes polainas de serraje, incluso el morral de cuero labrado y a la vez “multitachuelado” de estrellas, por lo demás tan largo que le llegaba al barrigón aquel más abajo de las grotescas rodillas que el calzón, abotonado a media pierna y también de simulado camuflaje, dejaba al descubierto. Lo malo no fueron las gotas de sudor rodando desde su estrecha frente ni la sonrisa boba autosuficiente con que le miró… lo peor, lo que colmó el límite de su temple, fue aquel espantoso sombrerito verde con plumas incluidas. No lo dudó: agazapado como estaba tras los matojos no le era difícil acertar. Fue un crimen edificante, señoría, llámele si quiere ejemplar. Lo maté porque afeaba, afeaba mucho, de verdad. Así lo piensa y así lo declarará ante el juez el afamado escritor, en el caso improbable de que alguien este domingo lea su cuento, comprenda su título y busque luego en las páginas de sucesos “imaginados” el final accidentado de un grueso directivo, al parecer, cazador aficionado.



Albada 255



COSAS
(28 de agosto de 2011)
Para no variar me he despertado hoy también al amanecer y con unas ganas horribles de llorar, pero ni se me humedecen los ojos. No sé el porqué, quizás para aguantar un poco más en la cama y no dar muchas vueltas (por nada del mundo quisiera despertar a Nuria que como siempre duerme como una bendita), pero he empezado a pensar cosas absurdas. En lo que echarán hoy en la televisión por ejemplo. En que se irán los suplentes y volveremos a ver la cara de los viejos presentadores de Las Noticias otra vez. Bueno viejos no, porque cada vez son más jóvenes, más guapos y afortunadamente más mujeres… pero yo ya me entiendo: me refiero a eso de tener de nuevo a la hora de comer en el televisor el rostro, no diré amigo, sino familiar que es más exacto, ese que igual te cuenta la última reforma en el Congreso que el penúltimo atentado… y mientras tanto tú con la comida en la boca y las prisas…¡otra vez las prisas!. Lo de empezar a ver pasar los anuncios de los coleccionables es otro “síntoma”. Siempre aparecen ahora, no falla. Este año el que más me gusta es ese del “dos caballos”, aquel modelo Chaleston negro y granate que de joven no me hubiera importado tener (siempre he sido un poco “retro” lo reconozco). Claro que si me decido me pasará como tantas veces, que empezaré con tres o incluso cinco fascículos y la maqueta se quedará sin terminar, pronto me cansaré… ¡no tengo yo mucha vocación de coleccionista!... ya lo decía mi madre: hijo lo que a ti te pasa es que eres muy poco voluntarioso y te ahogas en un vaso de agua…¡te falta sangre!. Mi pobre madre, sin embargo, se fue al otro mundo convencida de que había cambiado. El puesto de dirección (necesité tocar a más de un “amigo político”), la casa nueva, este apartamento en primera línea de playa que ella no llegó casi a disfrutar… sí, puedo decir que se fue satisfecha de su hijo al otro mundo… Recuerdo la aplicación con que recortaba y pegaba las fotografías del periódico, esas en las que yo siempre estaba con cara sería… ¡tienes que sonreír más hijo, y mirar de frente, a la cámara, qué siempre sales mirando para otro lado! Aún debe estar el álbum ese por ahí, creo que Nuria lo guardó por algún lado. Decidido, le diré a Pablito que me ayude con lo de la maqueta, quizás entre los dos hasta la terminamos. Luego cuando salga a por el pan y el periódico compro el primer número. Anita vino ayer tan tarde a casa que yo ya estaba despierto. La oí después hablar por el móvil todavía un buen rato… ¡que obsesión con los móviles la de estos hijos! Pero si se acaban de ver y ya se están llamando… no sé yo si tendremos pataletas mañana cuando nos vayamos, para mi que esta vez va en serio, que se ha enamorado… ¡el primer amor y eso de separarse, eso de volver cada uno a su ciudad!…ya sé yo lo que lastima eso, ya sé yo que duele mucho que no soy todavía un viejo… pero bueno, que aguanten, que peor lo teníamos nosotros… aquellas interminables esperas de cartas, las monedas de cinco duros trucadas para que nos costara la llamada más barata… entonces ni móviles, ni twitter, ni papá, porfa, que necesito dinero para este finde que me voy de viaje… Definitivamente le apretaré las tuercas a González. Ese ejecutivillo se cree muy listo, que sabe más que nadie, que manda mucho. Le pondré en su sitio, que sepa quien es el jefe. ¡Estaría bueno!, ¡qué se habrá creído!. Le diré al Ramón que le vigile bien, qué a él eso de ir con el cuento de los demás siempre se le ha dado bien… no aguanto aquí, me levanto de la cama, y estas ganas de llorar pero que no puedo… Luego me daré el último paseo por la playa. Mañana quiero que salgamos pronto para no coger mucho tráfico... esa maldita manía de todo el mundo por volver el mismo día de vacaciones… echaré gasolina al coche esta tarde… le diré a Nuria que nos llevemos hielo… y…
El ruido de la puerta del baño despierta a la mujer pero sólo unos segundos, los justos para darse la vuelta y volver a coger el sueño en el espacio de la cama que acaba de dejar libre su marido. Éste, bajo la ducha, consigue llorar al fin. Afortunadamente el sonido del agua acalla bien el sabor de las lágrimas.

Albada 254

NOTAS A UNA VEREDA

(14 de agosto de 2011)

Recuerdo que cuando subí al caballo se me vinieron a la cabeza los socorridos versos de Cavafis. Y no es que me hubiera propuesto ir en busca de Ítaca alguna (creo) ni que pidiera que el camino fuera largo para hacerme “más sabia” o tal vez “más buena”, no; lo que pensé desde el primer momento de aquel breve viaje es que lo que estaba viviendo era tan hermoso que cuando se terminara inmediatamente lo iba a echar de menos.

Tomé conciencia de ello cuando giré un poco las riendas de Fugitivo (ese era el nombre de mi montura) y avancé con el grupo. Como si entre todos formáramos un solo y fabuloso individuo, los caballos y jinetes, las vacas cada una con su ternero al lado, los perros de carea rodeándonos, los pastores y acompañantes que hacían la vereda a pie… todos los que hasta ese momento estábamos en la Dehesa de Guadalaviar, comenzamos a movernos con una sola voluntad y un mismo sentido: llevar con bien el ganado hasta los pastos de las faldas del Caimodorro.

Quien haya tenido la fortuna de hacer una vereda sabrá de las sensaciones. Sabrá del paisaje que te empapa el alma y casi sin darte cuenta te va cambiando la mirada: esos ojos cotidianos, puramente mecánicos, tan a menudo carentes de la auténtica ilusión y que han olvidado el aliento para la aventura, para lo apasionante, para lo imprevisible; sabrá de cómo por segundos nos compadecemos sorprendidos de nuestra raquítica manera de entender la Vida y nos reconocemos al fin parte de la naturaleza, esa misma que aquí la sabiduría popular ha sabido comprender y aprovechar en beneficio de ambos; sabrá del consuelo del olor a mejorana y a romero; sabrá de la armonía que siente el corazón al contemplar el cadencioso caminar de las vacas madres velando el trotar gozoso de los candorosos terneros…. del sonido de sus mugidos llamándose, de las voces hondas de los pastores, del laborioso corretear de los perros a su alrededor… del polvo, del sol, del río que refresca, de la sombra donde sentarse a almorzar, de la vida que se esconde entre las ramas y que más allá del trozo del cielo que parecen acariciar los árboles hay también nubes blancas que pasan.

Abandonamos los pastizales de la dehesa y nos adentramos a través de brezales, enebrales y aliagares cada vez más en la sierra: desde Casas de Bucar, cerca del nacimiento del Río Guadalaviar, dejamos a la espalda Griegos, bordeando su río y las espectaculares dolinas de Villar del Cobo, subimos por el Pico de Ribagorda (1712 m) y bordeamos Peña Blanca (1849 m)… El caballo esquiva pinos silvestres, atraviesa cuidadoso las pequeñas sabinas, ladea algún rebollo… veo desde la montura el bosque verde moteado por la piel ocre del ganado que lo recorre mansamente, sin dudas: su sentido de orientación prodigioso es como una tiza invisible que hubiera marcado previamente uno a uno cada tronco del camino.

Tras más de cuatro horas de marcha llegamos al Puerto de Orihuela. Allí dejamos los caballos, el resto del camino (unas dos horas) hay que hacerlas a pie. Cruzamos el Río de La Hoz Seca en el que el ganado aprovecha para beber y comenzamos la última subida. El bosque se ha hecho más frondoso, apenas pasa el sol. De vez en cuando entre los pinos aparecen esos otros ríos silenciosos que descienden tan lentos como infalibles: son corrientes vivas de piedra producidas por la gelifracción, que hay que cruzar con el mismo cuidado que si de torrentes de agua se trataran pues fácilmente puedes resbalar y caer arrastrado por la ladera.

Y por fin la meta, el objetivo conseguido: he aquí ya los pastos del pico más alto de esta sierra: el Caimodorro (1935 m.).

La alegría se pinta tímidamente en nuestros rostros algo sudorosos después del esfuerzo. Y yo estoy feliz por haber podido participar en esta pequeña vereda. Ha sido para mí un regalo porque sé de la importancia de la trashumancia y que su permanencia va mucho más allá que los intereses inmediatos de los ganaderos. En ella, en que se mantenga, se cuide y se potencie nos va mucho a todos: la salvaguarda de la biodiversidad con el aprovechamiento y la mejora de los pastos naturales y la difusión de semillas gracias al paso del ganado, el sostenimiento de nuestros sotobosques, setos, y bosques limpios sin riesgos de incendios, el mantenimiento y el vigor natural de nuestras razas autóctonas, el impulso del trabajo en común de ganaderos con la consecuente mejora de su imagen social, la compenetración de su trabajo con profesionales de muy distintos ámbitos, el mantenimiento del paisaje en el aprovechamiento de los recurso naturales, el turismo rural, la pervivencia de los pueblos… y cómo no esa “espiritualidad” tan valiosa que pervive en la forma de vivir de la trashumancia, esa que nos hace valorar la Vida con los ojos nuevos de la sabiduría de siempre. Definitivamente, creo que cuando la cara más gris del trabajo se vuelva hacia mí este invierno, me acordaré más que nunca de la brillante crin de Fugitivo.




Albada 253





NOTAS A UN PASEO

(7 de agosto de 2011)



Domingo. Apura el calor del mediodía. La ciudad se esconde tras la tibieza de las habitaciones. Casi hora de comer y enfilo el coche por la carretera Teruel – Cedrillas. Comienzo a subir. Al llegar al desvío giro a la izquierda y poco a poco me adentro en las estribaciones de la Sierra del Pobo. Aún se le notan las cicatrices del último incendio, pero este paisaje sigue teniendo esa belleza solemne que estremece. Una se vuelve a sentir criatura ante este silencio sereno susurrando a la sien del solitario que, efectivamente, hubo un tiempo, y no hace mucho, en que el hombre no existía. Olor a tomillo y té.

Detengo el coche en el arcén: sobre la carretera he visto el cuerpecillo de lo que parece un zorro. Me acerco y veo que son los restos de un ejemplar joven atropellado no hace mucho, su pelo no tiene todavía los hermosos tonos rojizos de los adultos. Me parece ver entonces la silueta de una rapaz… y sí, está ahí… justo enfrente, oteando sobre las parameras recién cosechadas. A pesar de que me entusiasmo cada vez que las veo, con mis escasos conocimientos pocas veces puedo distinguir con seguridad la especie. Hoy sin embargo estoy de suerte porque la zona, altiplanicie de horizontes abiertos, es inmejorable para observarla con nitidez y el ave me permite hacerlo largo tiempo; así que tras sacar los prismáticos me digo sin dudar: águila culebrera. Dibujo su perfil en mi cuaderno, ya no se me olvidará. La veo dar grandes círculos planeando, ligera, soberana, escudriñando con su vista agudísima el suelo mientras se cierne en el aire. No acaba ahí mi suerte porque más allá, en lo alto del horizonte, descubro al dorado alimoche acercándose; me alegro porque no han sido muchos los que he conseguido ver este año. Escribo: Tarea: informarme sobre su situación actual.
Sigo carretera adelante y paso el recoleto pueblo de El Pobo. Al cruzar Ababuj unas señales me desvían de las calles habituales: el pueblo está reunido en la plaza alrededor en una paella monumental… sonrío, estoy contenta: a mi alrededor se respira algo parecido a la felicidad, sin duda el espíritu de las vacaciones es un bálsamo que suaviza la vida habitualmente sobria y retirada de nuestros pueblos.
Yo también decido pararme y comer, aunque sea en mucha menor compañía: el merendero, junto a una antigua huerta empedrada, tiene grandes mesas y bancos también de piedra; más allá una docena de abejarucos revolotean por el campo, sus cantos como sus brillantes colores son inconfundibles.
Cuando llego a Aguilar del Alfambra el pueblo ya sestea. Relleno en la fuente de la entrada mi botella y bajo hacia la vega. El coche, cómplice y fiel, esperará aparcado mi vuelta.
Llevo en el bolsillo el folleto con la explicación de los Senderos de Aguilar del Alfambra. Son cinco rutas para recorrer a pie y otras dos en bicicleta. Comienzo a seguir las flechas de madera tras decidirme por la que la que me llevará por la zona más fresca, la más húmeda: las orillas del río Alfambra. El calor del mediodía de agosto empieza a ser recuerdo nada más empezar este camino. La luz que a estas horas es cada vez más blanquecina y pujante me llega tamizada atravesando la arboleda. Se está bien aquí, en el frescor de la sombra: los cientos, los miles de chopos cabeceros que me rodean saben guardar bien al río y dar cobijo a sus moradores, de los que yo ahora formo parte.
Cada uno de estos ejemplares vale por sí solo toda la admiración que seamos capaces de dispensar. El sendero es un viaje para privilegiados, y así me siento yo mientras bebo la paz y la armonía de este valiosísimo bosque de ribera.
El Alfambra es un río tozudo y pertinaz que en su deseo de llegar a todo parece no decidirse y marcha primero al norte, y luego al sur; se detiene casi enfangado de rojo en los estíos para luego arrollarlo todo con sus temidos arrebatos. En el Estrecho de la Hoz se vuelve espléndido y se encaja en los enormes anticlinales que ha cortado. Este paraje, antiguo dominio de los grandes saurópodos, visto a ras de suelo, desde el valle, o a vista de pájaro, desde la vecina Ermita de la Virgen de la Peña, es una lección viviente de historia del planeta, un patrimonio geológico indiscutible.
Se me hace tarde, ya empieza a anochecer, pero antes de volver decido subir hasta la ermita y los restos del castillo. Desde allí veo el serpentear de las hoces de la vega, la Muela con el verde azulado de sus pinos, los huertos rodeados de muros de piedra seca, las grandes extensiones del cultivo de cereal… adivino ermitas, molinos, masadas, acequias y manantiales, reconozco a la derecha al alto Ababuj y un poco más a la izquierda y baja a la acogedora Jorcas también asomada amorosamente al río. Vuelvo a escribir en mis tareas pendientes:
informarme sobre cómo está el preocupante asunto de la mina de arcilla a cielo abierto que pretende instalar la WBB.

De regreso a casa, en las cercanías de Teruel me cruzo con varios milanos negros. Es una sorpresa. Al parecer se están reagrupando para volver al sur; para ellos estos días de verano son ya de preparación de su despedida. Yo, un poco más rezagada, apenas aún acabo de comenzar mis vacaciones, mis paseos y este cuaderno de notas.