DIARIO
Albada 188
DIARIO
Albada 187
Aquel dios parece que despistó a Teseo y ya lleva bastante tiempo viviendo con nosotros. Al parecer el fabuloso rey de Atenas nunca consiguió ajustar en la diminuta cama al ático gigante como cabal castigo por sus tropelías.
Disfrutaba Damastes con el robo y el engaño, pero sobre todo con la persistente extravagancia de adaptar a sus huéspedes a las medidas exactas de las dos únicas camas de su posada. Claro está que no era porque buscara su bienestar; por el contrario, como era un condenado bromista, siempre hacía trampa: ofrecía la más larga al visitante de estatura menor para después sin más preámbulos estirarle brazos y piernas hasta el consiguiente deceso; y, como no, brindaba la pequeña al espigado para cortar, también sin más, todo aquello que sobresalía del fatídico lecho pensado para descansar, sí, pero no tanto…
Él se excusaba con los del Olimpo diciendo que no era su finalidad robarles sino que al amoldar al huésped a la longitud de la cama lo hacía porque amaba la “paz y la concordia”: que de todos es sabido que no hay nada más tranquilizador que la uniformidad y la semejanza porque el detalle discordante, la diferencia, la más exigua diversidad, afea y es origen de rebeldías que terminan en discordias…
Pero no nos asustemos: Damastes, ya ha olvidado sus crueles artimañas y se ha adaptado a nuestro tiempo. Nadie sabe exactamente en que trabaja pero luce bien alimentado y parecido.
Procusto, como le llaman los amigos más cercanos, ha conseguido utilizando métodos sutiles y refinados que nunca ha revelado, ese hombre gris perfecto, el ser anónimo y uniforme que buscaba en su posada de Eleusis. Ha logrado (multiplicado por millones, que para eso es hijo de los dioses) el trabajador obediente, el currito con hipoteca, deportivo y novia; ése que en un partido político, no importa cuál, aplaude y asiente fielmente a sus líderes, ese que asiente y aplaude a su equipo de fútbol, no importa cuál ni tampoco que jugada.
A Procusto le va tan bien, tan estupendamente bien con nosotros, que hasta él mismo se ha echado novia y le ha pagado una sesión con el cirujano.
Será que aún no se le han olvidado del todo sus viejas aficiones, pero le ha salido del quirófano como nueva: con esa narizilla redonda y diminuta, con esos labios regordetes como esbozados por tiralíneas, con esos pechos también redondos y regordetes trazados de una vez con el compás.
Procusto bebe cerveza y mira en el televisor a una presentadora igual que su noviadedespuesdelaoperación. La clon de su novia y de las novias de todos los del bar habla sin parar de un volcán de nombre impronunciable. Al parecer, dicen, la vida, la rica y diversa vida, amenaza con romper moldes mientras Teseo, unas banquetas más allá, toma café y espera.
Albada 186
FARO
A él lo ha pintado a la derecha, medio cuerpo inclinado sobre el alfeizar de la gran ventana, una rodilla sobre un taburete, la otra pierna firme sobre el suelo de madera. Está casi de espaldas, en un escorzo difícil, apenas se le adivina la sonrisa tras la barba blanca, las manos que sujetan el catalejo y el humo de la pipa. El capricho del artista le ha pintado dentro de la estancia con el gorro marinero calado hasta las cejas. No hacía falta: todos teníamos ya las pistas para saber que él era el viejo farero y que tras la ventana abierta, aunque nosotros no lo viéramos, estaba el mar.
La pintura es mala, la perspectiva desajustada, pero para una niño la fantasía corrige y embellece todo, aunque ese todo fuera un souvenir playero, un kitsch cualquiera, traído por alguien que ya ni se recuerda, hace mucho tiempo.
Él ha crecido con ese cuadro y ha hablado en sueños con el hombre que mira por la ventana. De su obsesión infantil le ha quedado una magnífica colección de miniaturas, faros diminutos, perfectos, casi tan reales como los que coronan cada uno de los cabos que ha visitado. Tan grande es su fascinación por los faros como su incomprensión hacia los fareros y su amor por la soledad. Él teme a la soledad.
Sube, cada atardecer, a lo más alto de su adosado de la Fuenfresca. Mira al sureste y adivina el mar: hay días que el viento atraviesa muy rápido el horizonte y trae hasta Teruel, casi intacto, un poco de aire salado, un trocito de ese mar añorado al que cantaba Labordeta; mira al norte amigo, al oeste cómplice… Entonces, como se siente muy pequeño en su torre de vigía, se acerca el horizonte con el catalejo.
Albada 185
En los estantes todavía quedan seis botes de mermelada del año pasado. Son seis frascos de color rojo intenso.
Tras el amanecer, donde ayer había sombra de olmos invernales, hay ahora reflejos encarnados: el sol, después de colarse por la ventana sin cortinas, resbala sobre los tarros de la confitura.
La estancia es el interior de un gran calidoscopio en el que se mueven lentamente luces escarlatas, reflejos brillantes, a ratos violáceos, a ratos púrpuras. Desde lo más alto hasta el suelo la habitación se va envolviendo en destellos.
Revolotea el insecto sobre su cuello empapado de almíbar. Sin prisa, perezosa, la primera mosca de la primavera es la reina de la cocina silenciosa. Su compañera, la polilla voraz, mariposa nocturna devoradora de bibliotecas y roperos, no quiere dulces y prefiere dormitar en el rincón más oscuro del armario.
No hay nadie allí desde que empezaron los fríos. Al cerrar el portalón la mano helada, resonó por última vez la risa del nieto y la tos seca del abuelo. Desde entonces sólo deambulan por el pasillo el azul lunar y el polvo suspendido en un oblicuo rayo amarillo.
El edificio entero aguarda. Sueñan los manteles desplegarse, las camas deshacerse y enredar sus púas los tenedores del primer cajón. Toda la casa y la lagartija quieta esperan atentas el definitivo chirriar de ruedas sobre la gravilla del jardín.
Hoy, al fin, con la llegada de los pájaros del sur, la casa de los días largos y las noches acunadas por el canto de los grillos; la de la piscina, los columpios y la hamaca frente al porche, la otra, despierta del letargo mientras florecen, dentro y fuera, las cerezas.

Albada 184
A veinte kilómetros escasos de la capital, dirección noreste, visitar la Laguna del Cañizar debería estar entre “esas cosas que sin falta hay hacer aprovechando estos días de vacaciones”.
Al menos eso: “ir a verla”. No escribo conocerla, recorrerla una y otra vez en las cuatro estaciones, al atardecer o bajo el sol brillante, participar en su recuperación y difundirla, protegerla y disfrutarla… porque tengo la certeza de que cuando la visitemos estos pensamientos, estos deseos, nos van a brotar con tanta facilidad como sus aguas emergen ahora de las hermosas tierras del Alto Jiloca.
A nadie se le escapa que el trabajo es largo, que llegar a ser referente en un espacio tan exigente y riguroso como es el turismo medioambiental requiere esfuerzo e imaginación y sobre todo que nunca decaiga la ilusión. El que comience a repercutir en la economía de la zona lleva también más tiempo que apostar por espejismos (pan para hoy, hambre para mañana) de crecimientos súbitos y engañosos, mucho más fáciles y rápidos, pero que no son más que meras fantasías que destruyen lo mejor de nuestro hábitat.
El nombre de Villarquemado y Cella son cada vez más sinónimo de las cosas bien hechas, resultado de una apuesta inteligente, consecuente y constante, por el mejor futuro.
Felicitémonos todos pues, y este domingo de fiesta, esta primavera, siempre, visitémosles y hagámonos amigos de su/nuestra Laguna del Cañizar.
Albada 183
(Publicado en Diario de Teruel 28 de marzo 2010)
Nos decían estos días los titulares de prensa que el 15,7 % del total de la plantilla de las empresas públicas aragonesas (hay unas 100 según los últimos datos publicados en el 2008) son altos cargos, es decir consejeros, directivos o similares. Si las cosas fueran proporcionales, podríamos estar contentos. Quiero decir: si la relación entre cargo y eficacia o nómina y validez, si el nexo entre autoridad y operatividad fuera cuando menos equilibrado y consecuente, las cosas nos pintarían genial a los curritos de a pie; no podríamos más que felicitarnos ante semejante suerte.
Porque si un jefe lo es (según nos enseñaron) por su probada capacidad para gestionar y buscar soluciones a las dificultades, ¿cómo no vamos a estar seguros y contentos teniendo tantos “jefes” en Aragón? ¿Acaso, incluso, no tendríamos que empezar a plantearnos seriamente considerar este hecho como digno de estudio? (Me explico: el que tanto cerebro privilegiado y espíritu servicial se nos reproduzca con tanta exhuberancia y en tales proporciones en nuestra querida y fecunda tierra).
Y si a estos altos cargos unimos los otros “cargos”: los viceconsejeros, los “jefes y vicejefes” de las comarcas, los de las administraciones en sus diferentes niveles, los asesores, jefes de área, directores generales… ¿cómo no dar saltos de alegría ante nuestra buena estrella, ante semejante cohorte, ante esta Aristocracia aragonesa, este gobierno de los mejores, de los más capacitados, trabajadores y honestos administradores, elegidos y designados por ser los mejores candidatos, por ser nuestra nueva nobleza del siglo XXI?
Y es que como somos tan chulos aquí, por qué no decirlo, no nos andamos con chiquitas. Nosotros hemos sabido ir mas allá de lo que pregonaba Aristóteles y hasta el mismísimo Platón: no sólo tenemos a “unos pocos, los mejores” gobernándonos y buscando nuestro bienestar; nosotros tenemos a un buen “puñado” acompañándoles allá arriba bajo la nube gris, moviéndose afanosos entre la niebla dorada que envuelve a los que mandan, cuidando de nosotros como en un Olimpo moderno (un Olimpo a rebosar, eso sí, que hay muchos favores que hacer y clientelismo que atender).
Pepito Grillo no ha esperado estos días para irse de vacaciones. Hace mucho que está en paro y le hemos perdido de vista. Ojalá que alguna noche se acercara a la oreja de esas cabecitas privilegiadas que dormitan en la blanca y blanda almohada y les susurrara la pregunta: ¿Me gano yo lo que me pagan? Pero a la que otrora llamaban “conciencia” no hay manera de encontrarla. Debe estar dormida en algún remoto país o protagonizando algún que otro cuento de pinochos mentirosos. Mientras, aquí, el canto de los grillos no despierta ya a nadie.
Albada182

(alcaraván. foto de A. Sáez)
(Diario de Teruel 21 de Marzo de 2010)
Al alumno de la tercera mesa, según se entra el cuarto en la fila de la izquierda, le han mandado en clase que haga un inventario. No es un inventario cualquiera, a él le parece un inventario raro. Al parecer, con eso de que ya empieza la primavera, al maestro le ha dado por ahí: no se ha conformado con la tan socorrida redacción “tema dos puntos primavera”, sino que ha embarcado a toda la clase en un sinfín de tareas a cuál más peregrina.
Los hay que van a hacer un censo de los nidos de vencejos bajo los tejados; los hay que buscarán los dormideros de autillos y lechuzas, o se atreverán, incluso, a hacer serias disquisiciones sobre cómo el macho del gorrión de pecho más oscuro se queda con las migas de los donuts (cada vez más escasos los gorriones, nos advertiría si pudiera Félix). Otros imitarán al inefable Calvino e intentarán seguir a un gato callejero en su deambular por la ciudad; hay incluso quien se encargará de plantar el socorrido huerto, tan ecológico como su buena voluntad y el tiempo les permitan; los hay que deberán anotar el color cambiante de las irisadas lagartijas dormidas en las solanas…
Un inventario botánico de los alcorques de tu barrio: efectos de la primavera ¡Aquello le sonaba a chino!... Primero, claro, tuvo que enterarse de lo que significaba la palabreja, y, después, comenzar con paciencia a aprenderse los nombres de las plantas.
No imaginaba el alumno cuarto de la fila de la izquierda, que con la afición a su herbolario, cada vez más extremada, la mirada se le estaba volviendo tan dorada.
Ahora Alfanhuí anota despacio mientras repite en voz baja: -dos ejemplares de cebadilla de ratón (Hordeum murinum), tres de Llantén (Plantago mayor), una amapola (Papaver rhoeas), tres excrementos de perro...
En cuclillas frente el alcorque, bajo el agitar sonoro de las hojas recién nacidas del platanero, puede adivinar el bombeo de las sales y nutrientes desde lo más profundo de la tierra. Hasta la superficie de aquel pequeño universo, hasta el oasis en medio del asfalto de apenas dos metros cuadrados, sube y se extiende sin descanso la savia transparente que él ya es capaz de percibir.
Mientras el laborioso Alfanhuí escribe, mientras decenas de otros Alfanhuís se afanan en sus industrias y andanzas por la ciudad, todos están de acuerdo en que ésta será una hermosa primavera. La primavera de la infancia y el recuerdo. Aquella misma primavera en la que el maestro cada día terminaba las clases contándoles las aventuras extraordinarias del niño de ojos como el alcaraván.
Albada 181

BURBUJAS
Esta madrugada nieva de nuevo. La nave que ha transportado al grupo de humanos soñolientos casi con mimo les arroja ahora al frío del asfalto sin ni siquiera un chasquido de despedida de sus anaranjadas bocas de metal; por el contrario, los ha soltado en silencio, con la certeza de que al anochecer volverán a su vientre; con la misma seguridad con la que se mecen los barcos de los piratas esperando frente a la bahía.
Antes del mediodía uno se encuentra en su mesa trabajando con Nuevas hipótesis sobre el universo del físico inglés Thomas Wright. Según el sabio “el espacio infinito está lleno de universos jerarquizados e intrincados mutuamente, con estructura en forma de burbujas”.
Al atardecer la tierra se ha dado ya la vuelta y cruje el vacío del tren. Mientras le acercan a casa, uno no puede olvidar las palabras del autor inglés que aún no ha escrito, de ese tal Wright que ni siquiera ha nacido. Deduce que según sus teorías lo que le sucederá de inmediato bien pudiera ser un salto al infinito desde su burbuja personal. Es eso lo que más teme: saltar al exterior del desde-donde de todos los regresos y porvenires.
Cada día al irse de casa da una galleta a su perro. Antes de cerrar la puerta del jardín uno siempre se siente observado por cientos de ojos redondos y oscuros. Aunque él no lo sepa ocurre que en las otras burbujas los gorriones esperan a que se marche para comer las migas de galleta caídas en el suelo. El día que uno se olvida, los gorriones esperan inútilmente muchas horas.
Tenía razón aquel viejo Thomas Wright: el espacio infinito está lleno de universos intrincados mutuamente. Sólo hace falta que caiga de su esfera, y que como un Pablo de Tarso cualquiera, uno vea.
Albada 180

EL ARTE DEL BIS
Desde niño era lo que quería. Y de mayor también. Siempre había soñado con ser importante, había esperado ser alguien. Y ya que no lo fue por listo ni por ocurrente, lo que le sacó del anonimato, de la medianía que él tanto aborrecía, fue su asombrosa capacidad de repetir.
Repetimonas le llamaban los niños de la clase cuando les recordaba al pie de la letra la última retahíla de deberes que preferían olvidar; repetimonas le gritaba su hermana mayor cuando remedaba delante de la madre sus conversaciones a escondidas con el noviete de turno. Pero él nunca se dio por aludido. Por el contrario bien pronto decidió sacarle partido a su extraordinaria capacidad de poder repetir sin equivocarse cualquier cosa que oyera.
Aquella habilidad suya que en el instituto fue el origen de algún que otro ojo morado y de bastantes más disgustos con su querida hermanita, fue sin embargo la que le permitió acabar la carrera con facilidad y hasta -según comentario no exento de envidia de alguno de sus compañeros- con escandalosa comodidad. Lo cierto es que con la edad se aplicó en utilizar aquella memoria prodigiosa sólo para su propio beneficio, lo cual le libró de no pocos embrollos.
Sólo una vez apareció el vértigo. Sólo aquel tropiezo, el contratiempo con el viejo profesor de ética de quinto. Apunto estuvo, a un tris, de suspenderle y estropear el historial de su brillante porvenir. Él fue el único que descubrió su secreto, la certeza furtiva que siempre había conseguido ocultar.
Que no pensaba, le dijo. Que era incapaz, no ya de tener ideas más o menos buenas, más o menos acertadas, sino de tener una sola idea propia. Que era un repetimonas, un fraude vamos, le dijo, una cotorra de pensamientos y de juicios ajenos que no llegaría a nada.
Se le hizo más tarde de lo habitual en el despacho: la cita bien requería un poco más de esfuerzo. Mientras bajaba a la sala, aprovechó el espejo del ascensor para anudarse de nuevo la corbata. Entre luces y micrófonos avanzó seguro hasta el atril. Todo controlado; lo tenía, como siempre, todo controlado.
Las consignas y argumentarios políticos es lo que tienen: son extremadamente fáciles de memorizar y más para alguien como él “que no pensaba”. Cuando las cámaras de televisión le enfocaron, su primera sonrisa, mal disimulada y sesgada, se la dedicó a aquel viejo profesor.
Albada 179
Hace tiempo que ya no asombra que el sueño continúe. La sorpresa empezó a terminar justo el primer día del primer año que se vio a todos, a casi todos, juntos, festivos, alegres y algunos hasta emocionados… ¡y eso sin ser Vaquillas! Pese a la incredulidad, pese a nuestra obstinada indolencia ahí estaban: calles de un Teruel diferente pero no extraño, curiosamente más familiar, más abrazable que nunca; aire envuelto en un silencio blando que sale de ruidos pequeños, pisadas amortiguadas por paja sobre el asfalto escondido, mareas de gente vestida con puntadas nuevas sobre los calcos del pasado. Bailes gentiles, sabor a humo de hoguera y una historia tristemente hermosa habitando de nuevo nuestras calles.
Mientras allí arriba cobijados en el Mausoleo, escoltados por la torre más austera y antigua, reposan dos cuerpos y se despliega otro silencio, el imaginario compartido más querido, el sueño colectivo de mi ciudad está de fiesta. Como en un País de las Maravillas todos nos hemos puesto las mejores galas y hemos pintado rosas rojas preparando el encuentro de Juan e Isabel. En el aire las campanas son chispas de luz sobre la penumbra fatídica del anuncio de los tambores: alguien sube por la escalera y su corazón tiene prisa, y eso todos lo sabemos hoy en Teruel.
Para los turolenses que hemos nacido a la sombra de la leyenda, y hemos sabido de ellos casi al mismo tiempo que esperábamos a los reyes magos; para todos los que hemos contado infinidad de veces con mimo y cariño su historia a los que nos han visitado, y les hemos contaminado con nuestra sonrisa la esperanza de que una pasión así puede haber sido verdad, y que no hay mejor ciudad que la nuestra para cobijarla… para todos nosotros, turolenses, es fiesta.
No pensamos estos días ni en los giros sintácticos de los papeles de letra antigua de Yagüe, ni en estudios pormenorizados, ni en comendadores de Alfambra, ni en Girolamos ni Salvestras porque las sombras se vuelven pálidas al alba y nadie pide a los sueños certificado de autenticidad… Hoy nos toca vivir la ilusión y dejar que el sueño continúe.
Albada 178
Y aunque hoy no fuera día de San Valentín diría lo mismo. Que sí, que vaya que sí engancha: escuchar cantar al cuarentón Coque Malla con su voz de adolescente “no puedo vivir sin ti” y esas imágenes de parejas, un tanto cómicas – aunque unas con caras más perplejas que otras- a punto de perder el poder absoluto sobre sus cosas por “un no puedo estar sin ti, no hay manera”, atrapa a cualquiera. Entretenidos como estamos en imaginar si habrá para ellos un fueron felices hasta te hacen olvidar que lo que estás viendo en la tele es un anuncio más de muebles de aquella república independiente de tu casa.
Y es que eso, eso de independiente… eso de repartir cama y armario, eso de empezar a convivir en pareja y ocuparse de que en la nevera haya para dos, de que el mando a distancia sirva para dos, de que tu cama se convierta en el lado de tu cama, tu sillón en tu trozo de sillón; eso de decidir quien saca la basura y quien lleva el coche a la ITV, eso de encajar que este fin de semana al otro le apetece quedarse en casa o que a ti ir a ver la última peli de Haneke no te apetece nada, nada, eso...
Me dijiste que te irías, pero llevas en mi casa toda la vida, debería estar cansado de tus manos, de tu pelo, de tus rarezas, pero quiero más, yo quiero más…sigue cantando el de los Ronaldos… Definitivamente si a algo hay que llamar Amor con mayúsculas debería ser eso: eso de seguir queriéndose pese o precisamente por no poder vivir sin ti. El frágil, emocionante y excitante equilibrio entre tu espacio, el suyo y el territorio feliz de los dos, el conseguir que la libertad sea la única cadena que nos tenga “enganchados”…
CANCIÓN DE AMOR por JOSÉ ANTONIO LABORDETA
Albada 177

7 de febrero de 2010
Me dice que ahora mismo le gustaría pensar que aún se venden billetes para aquel velero bergantín, levar anclas y acompañar a Darwin dando la vuelta a un mundo todavía sin descubrir. Me cuenta que algunas veces, aunque sólo fuera por probar, no le importaría pasar un frío de espanto mientras atraviesa la misteriosa y hermosa Antártida sobre el trineo helado de Shackleton… o, por qué no, salir en busca del Dorado, montar en la galera veneciana con Marco Polo rumbo al Lejano Oriente…o que incluso se conformaría con algo más cercano, más a mano –dice- como recorrer agarrado de la capa de Superman los cielos de Nueva York, jugando al corre que te pillo con los rascacielos de Manhattan, el caso es salir de aquí. Y es que -me repite ya riendo- le ha dado de repente por tener que irse, por necesitar darse, urgente e inaplazablemente, un garbeo fuera.
Debe ser que se te despierta en las venas ese instinto de pitecantropus errante que aún llevamos dentro, o que al final vas a resultar un nómada como aquel de la canción del Battiato… le contesto yo también riendo,
Pero no tarda en sacarme del error mi amigo. Porque lo que a aquel Ulises moderno le estaba ocurriendo no era un complejo cualquiera por abandonar su Ítaca particular con billete de vuelta en el bolsillo, ni tampoco se trataba de un repentino amor por las emociones fuertes. Desde luego no le podían las ansias de aventura, ni huía del aplastamiento que produce en muchos espíritus inquietos lo cotidiano. Lo que le ocurría, simple y llanamente, era que estaba aturdido, asombrado, y en algún momento me confesó que hasta un poquito espantado amaneciendo día a día en nuestro querido país. Y en todo caso es comprensible, porque también esa retahíla de emociones nos han pasado por encima un poco o un mucho a todos los españoles esta semana: despertarse del sueño y volver a tener que hacernos a la idea de que somos un país que marcha por detrás del resto de los países de Europa, aguantar el chaparrón de las afirmaciones del gurú Roubini llamándonos “amenaza para la zona euro” o el triste panorama que nos ha descrito el Nobel Krugman (otrora mucho más benevolente con España) achanta y fastidia a cualquiera. Es más que difícil llevar con garbo y con gracia que nos digan eso de que hemos colapsado, de que en la Bolsa la consigna es vender España…¡ahora que habíamos empezado a sentirnos uno más de los de arriba, y que el orgullo español no sólo lo llevábamos prendido en la camiseta de la selección de futbol!
Normal, pues, que este amigo mío, aunque siempre ha sido algo exagerado y muy peliculero, diga lo que diga; normal que todos nos palpemos la ropa, miremos hacia otro lado y no sepamos donde agarrarnos... Comprensible, pues, hasta que alguno se invente sueños de expediciones en barcos imposibles: a nadie se le escapa que requerirá de mucho esfuerzo, sacrificio y mucha imaginación sacar a nuestro país a flote; y que, siguiendo con el símil del barco, necesitaremos de una muy buena brújula, un capitán de pulso firme y una tripulación unida. La cuestión de cómo navegaremos, de que nos dejaremos en el camino o si el puerto será seguro no tendrá más remedio que vivirla mi amigo junto con todos nosotros, porque no hay Beagle que valga para escaparnos (hace tiempo que sólo es recuerdo)
Albada 176

EL RELOJ
Este reloj es pesado, pero… ¡tan bonito! le dijo su abuelo cuando se lo regaló. Ciento veinte gramos, no más de doscientos les aseguró el vendedor del Rastro… La primera vez que lo tuvo entre las manos (quizás también porque entonces era muy niño) se preguntó cómo a sus anteriores propietarios no les habría molestado llevar aquel artilugio encima todo el día, colgado de la cadenita de plata. Enganchada y a juego, colgaba también la diminuta llave para darle cuerda. Cada noche con precisión, con mimo, el abuelo y él apretaban al botón, y la tapa de atrás se abría como al reclamo de un sortilegio; entonces giraban la llave despacio, muy despacio, cuidando de no pasarse con la rosca. Cuando ya no estuvo el abuelo, el reloj fue el talismán que le devolvía su sonrisa grande y la querida mirada clara; más de alguna vez se quedó dormido acunado por el tic-tac de la vieja máquina, viajando en sueños por las cientos de peripecias que juntos habían imaginado para sus otros dueños. Tenía la certeza de que ahora él era uno de aquellos desconocidos, y de que a todos les había unido en una misma Historia, segundo a segundo, el sonido del latido de aquel viejo reloj.
El reloj es pesado, de acuerdo, pero no importaba, se dijo años después, porque tenía la esfera blanca casi intacta, números romanos para las horas y dos saetas infalibles. La plata de la tapa era magnífica, labrada con un laberinto de hojas y de flores, y en el medio tenía lo mejor: aquel pequeño escudo enmarcando dos letras entrelazadas y un poco borrosas: L. y C. (la primera noche que pasó en vela recordando la boca sonrosada de Cristina, casi le da un vuelco al corazón al caer en la cuenta de que su querido reloj ya tenía, como en una premonición, grabadas sus iniciales…)
El reloj es pesado, sí, pero aquella mañana al ir al instituto lo había escondido en el bolsillo del vaquero. Se moría de ganas por enseñárselo a Cristina. Decir Cristina era como llamar a la ternura: no sabía porqué cuando pensaba en ella se sentía tan raro, tan indefenso, ni porqué le entraban aquellas ganas tontas de llorar cuando ella pasaba a su lado y ni siquiera se fijaba en que la sonreía, en que como un bobo, él la sonreía todo el rato.
Definitivamente este reloj pesa demasiado pensó Luis cuando volvió aquella tarde de clase y fastidiado lo guardo en el cajón. Con él, en el mismo gesto, fueron al fondo el desengaño del primer amor y un hilo de olvidos infantiles... Es un estupendo reloj, ligero, volátil, como el tiempo que aún nos queda por vivir, le aseguraría el relojero, algunos años después, mientras atendía su encargo y cambiaba con pasmosa facilidad aquella borrosa C. por una hermosa y rutilante A.
Albada 175
(24 de Enero de 2010)
Me ha tranquilizado lo que hasta ahora he leído sobre el proyecto seleccionado para la Vega por la UE (no me ocurrió así con el favorito de nuestro consistorio -menos mal, mira tú por donde, que la crisis lo hacía inviable). También he leído con agrado las palabras de una de sus arquitectos, Berta Barrio, hablando de mantener “la magia de su carácter, su Genius Loci” ( me resulta curioso y muy estimulante escuchar hablar de fenomenología para mi tierra, sorprenderme porque alguien se pregunta y preocupa por el Genio de la ciudad, y evoca las teorías de Norberg-Schulz para un paisaje tan nuestro, tan cotidiano y entrañable.)
La última vez que estuve en la Alhambra me traje entre los centenares de fotos de la fantástica colina roja, la de una pequeña placa casi desapercibida. En ella, entrecomilladas, las palabras de Torres Balbás, el arquitecto-conservador sensible y riguroso, resumían en una frase todo el temblor de una pasión: “Para los que amamos la Alhambra, para los que a ella hemos consagrado nuestro entusiasmo y nuestra actividad, para los que hemos interrogado febrilmente muchos de sus secretos y fuimos viviendo con el monumento al compás de nuestra propia vida, su porvenir será siempre motivo de inquietud”. Bien, esa “inquietud” es la misma que nos hará mantener lo mejor de nuestra ciudad y hacerla cada día más hermosa. No hay que perderla nunca. En ella descansa el Espíritu del Lugar, nuestra identidad, el Genius de Teruel, ése al que si cuidamos hará que siempre nos sintamos en nuestra ciudad como en casa.
Albada 174

¿Qué soñarán
las mariposas mudas
sobre las flores?
REIKAN
Un año más, un nuevo invierno que volvía buscando calor y la encontraba. Fue en lo primero que se fijó al entrar: ella continuaba allí dentro, al fondo de la gran sala, sobre la mesita de cristal ahumado del rincón izquierdo. Frente a la ventana y recibiendo la luz triste que se colaba en aquel local -número 38, entresuelo B-, apenas una mancha oblicua de claridad, seguía la azalea. Aunque la vio de lejos y tras la pared transparente de seguridad que les separaba, le pareció que no había crecido apenas, y que a cambio todavía tenía, tan hermosas como en su último recuerdo, once flores abiertas. En pleno enero y con el hielo haciendo estrellas sobre las lunas de los coches, aquellas flores de interior le hicieron estremecerse: eran como once promesas distraídas, once absurdos presagios de no sabía bien qué. Con el paso del tiempo, ese que ensordece los sonidos transparentes y emborrona la memoria, se le fue aminorando el temor y también el frío de los huesos. Ahora, cuando cada noche recostaba al fin la frente en el cartón, miraba a la azalea en el fondo de la sala. Escondida al final de mostradores, mesas y biombos, la imaginaba crecer, adivinaba la sabia fluorescente caminando por cada una de sus hojas esmeralda. La sonreía: ella era lo único vivo dentro y fuera de aquel mundo oscuro. Acariciaba el vidrio que los separaba dibujando su silueta lejana para conseguir así que también se le evaporaran la ausencia y la nostalgia, y que el sueño le salvara un día más. Adormecerse y soñar. Soñar cada noche un sueño nuevo y en cada sueño la misma azalea de flores blancas. Soñó que nada les separaba, que ya estaban juntos entre cuatro paredes de cristal, cobijo y palacio creados sólo para ellos, libres dentro de la gran bola mágica, hasta que la marea la rompía noche tras noche en mil pedazos: sobre la nieve blanca, las rosas aun más blancas. Sólo fueron once las noches, once los sueños. El duodécimo día el banco había iniciado las planeadas reformas de sus locales en aquella calle escondida, y al atardecer un contenedor de obras ya recogía los restos donde había estado montado el cajero automático y parte del mobiliario no servible del interior de la oficina. Entre las planchas de vidrio roto, carteles con caras sonrientes que invitaban al ahorro y tiras del metal, una maceta con flores impasibles. Aquella noche, cuando desesperado buscó a la azalea entre los amasijos del escombro, crujieron bajo sus dedos once sueños de mentira… ¿Qué soñarán las mariposas mudas posadas sobre las flores de plástico?
Albada 173

UN GRAN PERFIL
(10 de enero de 2010)
Desde que llegó a la pequeña ciudad de provincias pudo comprobar que a los pocos días ya le saludaba todo el mundo. Sentirse reconocido, formando parte de una comunidad tan repentinamente, no le sorprendió en absoluto. Pese a que nunca le había pasado, y siempre había sido uno más dentro de ese maremágnum que atravesaba a trompicones la Puerta del Sol en las horas punta, pese a ser siempre otra hormiguita cualquiera perdiéndose en las profundidades del suelo por la boca del metro, su arrogancia le impidió asombrarse.
Albada 172
-Lo que él escribió: No sé si lo conseguiré. Pero es mi deseo más importante, obsesivo, único, y si alguien me apurara afirmaría que hasta el definitivo: quiero ese reloj parado, este momento suspendido. No quiero saber tu nombre. Me gustas así. Me gusta pensarte sin saber como te llamas, ni el número de tu calle. Tú. Sólo siendo tú, tal como apareciste cuando te instalaste en mi corazón y empezaste a crecer hasta hacerlo todo tuyo. No quiero perderme por tus señas ni confundirme en tus apellidos. No quiero conocer tu identidad, ni tu país. Sólo saberte ahora, mujer sólo y a mi lado. Pensar en ti sin nombre. Tu risa, el abrigo color de musgo que te envuelve, esa mirada en mis ojos y tus dedos al rozarme en un descuido.
-Lo que ella escribió: No sé si lo conseguiré. Pero este año no me olvidaré otra vez entre las calles tranquilas de Greenwich Village, ni adormeceré ilusiones en las tiendas de la Quinta Avenida. Cogeré ese autobús y luego aquel avión, y el otro avión después. Me quema el billete en el bolsillo del abrigo y la caricia de tu mano. No quiero que me acompañes, que compartamos la maleta que guardo en el armario. No a tu ropa junto a la mía, a que me preguntes cuándo llegamos ni a dónde vamos. Yo. Solamente yo ahora, sin mañana ni historia. Yo sin nombre, mujer sólo. La vida deslizándose, ese reloj dando el Año Nuevo al fin.
La esfera de cristal cae como un caleidoscopio mágico. Sesenta segundos de cuenta atrás y millones de confetti flotando en el aire de New York. Anhelos escritos en papeles de colores, lluvia de mensajes que se cruzan y nunca se dirán. Hay también un par de deseos envueltos en azul que alguien atrapó al vuelo y los juntó. Esperanzas de dos desconocidos, mientras duerme, despierta y bosteza el nuevo año. En la intersección del mundo, en el centro de todo, en Times Square , y también aquí, los periódicos dicen que pese a la crisis, la fiesta de esta Nochevieja del 2009 fue más animada que nunca. Termino esta Albada (mientras me cantan en el Spotify Vestusta Morla aquello de un año más un año menos) deseándonos a todos un feliz 2010.
(Vetusta Morla cantando Año Nuevo)
ALBADAS 171-
(ilustración Yevgenia Nayberg)Si se piensa bien el patio de luces recuerda a un enjambre: decenas de abejitas sin alas, torpes pero diligentes, apurándose en sus respectivos pisos.
ALBADAS 167-170

(Albada 20 de diciembre de 2009)
Cae la nieve sobre los tejados de Teruel. Se diluye entre copos la voz de Sting en If on a winter's night…(disco blandito para recibir de regalo estas navidades) y me dejo llevar por ella mientras apoyo la frente en los cristales helados de la habitación. La noche se ha deslizado suave y decidida frente a mi ventana. Desde la fría calle, nieve y luna terminarán por convertirme en un reflejo, en el rostro borroso de una esfinge. Comparto la querencia del cantante por la estación de la imaginación y los fantasmas: Hay algo del invierno –dice- que es fundamental, misterioso, completamente irreemplazable, algo a la vez deprimente y profundamente hermoso, algo esencial para este mito de nosotros mismos... Coincido también con él en que la Música es mágica, la más espiritual de las artes, la que con más certera puntería llega a tocarnos el alma. Y esta noche helada, de esas de quedarse en casa, nieva en mi Teruel aterido y escucho música. Música en invierno. Música, invierno y… libros: mientras oigo al ex-The Police reinterpretar viejos poemas del siglo XVI y piezas clásicas de J.S. Bach y Schubert ojeo El ruido eterno, escuchar al siglo XX a través de su música, de Alex Ross. Magnífico, inteligentísimo, ameno libro (gracias Fernando por tu recomendación) que sin duda será un estupendo obsequio, y no sólo para los apasionados de la música. Habla Ross del siglo XX, de su historia a través de los artistas contemporáneos, y aquí recuerdo mi alegría al saber que el Ayuntamiento se comprometía a proporcionar locales para que los jóvenes músicos turolenses (nuestros compositores del XXI) puedan ensayar sin tantas penalidades. Ojalá que la Asociación T-Music pueda darnos pronto buenas noticias. También habla mucho el libro de música clásica, y ello me da pie para reclamar de nuevo el que uno de estos años por fin podamos asistir a la inauguración del flamante Conservatorio de Música de Teruel. Mientras llega, prefiero felicitarme por el trabajo de la Asociación Cultural de Músicos de Teruel (AMTE) que acaba de grabar dos CDs con una cuidada selección de las composiciones (1986-2009) de J. M. Muneta para trompeta y órgano; interpretado por el animoso grupo turolense Brillant Magnus y producido por el estimado y también turolense Jesús Puerto, podría ser otro estupendo regalo (y ya van tres). La música está siempre desplazándose desde su punto de origen hasta su destino en el momento fugaz de la experiencia de alguien: el concierto de anoche, el paseo solitario de mañana (Ross dixit), la noche clara de la ciudad nevada, añado yo... El hielo dibuja estrellas en el cristal de mi ventana, hay flores de nieve en el parque vecino y en el aire tibio de la habitación un violín funde los carámbanos, diríase que son notas colgadas del alero, música en invierno

(foto de Mariano Esteban Pradas)
HAY DIAS QUE...
(13 de diciembre Diario de Teruel)
Se ha levantado como siempre alegre. No le cuesta porque es extremadamente generoso, diríase que uno de esos seres luminosos, rara avis desde luego. Pero sin previo aviso esta mañana se le ha encendido otra bombillita mucho menos festiva e inocente, una de esas que vierte sombras (que las hay se lo aseguro); y justo lo ha hecho con la máxima potencia en medio de su cabeza, tan alopécica y brillante como el susodicho foco. El primer destello surge cuando piensa que el día es muy frío y no estaría mal ponerse el jersey burdeos. Como si no llevara ya más de quince años sacando y guardando la ropa del “closet empotrado” de la habitación de matrimonio, (“tan versátil y de amplia estructura interna” según les dijeron al enseñarles la casa) se da cuenta de pronto que todos sus jerséis -el azul regalo de cumpleaños de los niños, su favorito el más gastado de color marrón, el negro de cuello alto que le compró su mujer en las navidades pasadas, el gris-marengo y el burdeos por supuesto…- todos sus jerséis, y sus corbatas, y… toda su ropa al fin, se han ido amontonado poco a poco en los estantes más altos del dichoso y felizmente compartido armario conyugal; tan sólo las perchas con alguno de sus trajes y media docena de camisas han conseguido perpetuarse en la parte más noble del pseudo-vestidor cerrado que tanta ilusión le hizo a su mujer cuando compraron la casa. El segundo fogonazo, menos sorpresivo pero con diferencia mucho más irritante, le ocurre al sacar el coche del aparcamiento. Cierto que a menudo ya se ha topado con el vivales de turno, ése que en vez de ir a pagar primero el ticket y después sacar el coche, lo hace siempre al revés, convencido de que para él no se han hecho normas y tiene perfecto derecho a formar una fila de conductores fastidiados esperándole tras su coche en marcha (el del caradura siempre está en medio de la salida, por supuesto). Y aunque a tipos así, como les decía, ya se los conoce de memoria, esta mañana nuestro buen calvito juraría que le ha parecido ver las comisuras de la boca del caradura sospechosamente mucho más cerca de las orejas… Como no hay dos sin tres, le llega la tercera enseguida, justo cuando se sienta a su mesa y descubre amontonado el trabajo urgente que Perea debería haber entregado el jueves antes de pillarse el moscoso en las pistas de Formigal; rimero de papeles que ahora él tiene inevitablemente adjudicado… Dicen que donde hay mucha luz más oscura es la sombra… y hoy le ha tocado a nuestro luminoso protagonista vivir uno de esos días en la otra cara de la luna y eso que sólo son las doce de la mañana todavía...

FUTURO
(6 de diciembre de 2009 Diario de Teruel)

FRENTE A LA CASA
ALBADAS 162-166
El manzano que plantaron juntos el día de la partida, apenas es ahora una rama esquelética y azul surgiendo entre los terrones agrietados del abandonado jardín. A su lado, tan absurdo, tan sin sentido como un mástil sin enseña, está el otro, el manzano casi centenario que dejó de dar fruto la madrugada en la que el viento se coló por cada rendija de la casa. Tras esa helada tardía de primavera nunca volvieron a tener manzanas en la mesa. Nunca hasta aquella mañana -alguien diría que maléfica- en que se llenó la fuente de porcelana y la casa se perfumó entera. Ella, cuando se iba, lo prometió. Aseguró que les visitaría cada mes de octubre y recogerían juntos las manzanas ambarinas del árbol nuevo. Volvería, sí, que volvería cargada de regalos y noticias. Entre lágrimas de tristeza y nervios, entre besos de despedida y abrazos, les habló de futuras dulces tartas, planeó excursiones, auguró, ya casi perdiéndose de vista en su carroza rosa, risas y juegos frente a la lumbre del otoño… Pero pasaron más de mil amaneceres sin que sus dedos de niña abrieran de nuevo la cancela de aquel jardín. Pasaron primaveras de hojas verdes y cosechas de huertos. Les siguieron otoños de racimos, sarmientos y pámpanos de néctar. Se cubrieron los cielos de lluvias y días de trabajo, pies cansados y horizontes fatigados de tanta espera. Los siete corazones sintieron en invierno la serpiente de la tristeza zumbando cada noche tras la puerta, hasta que el veneno funesto les enfrió a escondidas, uno a uno. Ahora, mientras el mirlo clama desde el arroyo, ella vuelve al fin. La puerta está cubierta de zarzas y dentro de la casa la vida ha escapado de espaldas al sol. Sillas cojas, camas rotas, olor a cerrado y vacio. Mientras el bosque silencioso la envuelve con sus ojos lunares, Blancanieves, la que fue dueña de los espejos, ama de castillos y señora del príncipe azul, busca entre cenizas y estelas aquel viejo y querido sueño al que volver a despertar
La lluvia cae suavemente sobre los jardines de Manchester Square. Como si fuera abril, o tal vez otoño, llueve en un Londres con cielos de grises rizados. No durará mucho: a lo lejos el sol poniente insistirá y abrirá por fin la tarde en un abanico de ondas rosas y amarillas. El viejo Turner, donde quiera que esté, aplaude esta gloria fugitiva de luz que cada día maquina el astro. Luz que no hiere a los ojos, luz mínima como ya dormida. Sólo quedan ellos y el ruido de sus pasos en las salas que se apagan. Cuando la pareja sale por fin del museo, se queda absorta mirando al horizonte. A él, el cielo ardiendo le ha traído a la memoria un reflejo del traje de seda de la muchacha de Fragonard balanceándose sensual sobre el columpio de terciopelo. Y bien porque la humedad del aire anima a buscar refugio, bien porque el recuerdo de aquel arrebatamiento voluptuoso del escarpolette travieso aún le dura en la retina, aprieta la mano blanca más fuerte. Ella le dice que así, tan pasmados, se parecen a los personajes solitarios de Friedrich contemplando absortos las puestas de sol. Luego, antes de empezar a caminar, le cuenta que en su país y también en el de Friedrich el sol es madre, novia y femenina, tan femenina como las estrellas, mientras que la luna es padre y masculino como el más leal de los planetas. Él repite entonces con su acento francés Sonne und Mond, Sonne und Mond hasta tres veces más con los brazos extendidos como un sacerdote egipcio que ha perdido la cabeza, y ella se ríe. Todo sabe a instante: el aire, la luz, los ruidos de los coches a lo lejos, el café humeante que se tomarían, la cama que desharían. Volveremos a vernos, se dicen los dos desconocidos cogidos de la mano. Volveremos a encontrarnos, se dicen dos desconocidos que se separan al final de la avenida. La vida es un instante, vive la vida, le dice ella mientras se guarda en el bolsillo la entrada del museo con las palabras azules y apresuradas que él le ha escrito frente a Manchester Square: todo aquello, lo que quedó acumulado en el silencio. Vuelve a llover sobre Londres bajo la luna de noviembre.
No fue neura pero sí inquietud lo que sentí al leer esta semana en el periódico que “El Ayuntamiento de Teruel apuesta por una reordenación urbanística profunda de la vega del Turia”... Pronto me di cuenta de que el tiempo verbal no era futuro ni tan siquiera condicional, sino que más bien se trataba de un presente desvaído y encima sin financiación, así que respiré aliviada. De tan “profundo” y catastrófico experimento (por muchos premios que le den en el extranjero) quizás, mira por dónde, nos haya librado la funesta crisis. Por eso mismo, por aquello de los costes inasumibles, ni siquiera me pregunté por qué denostamos tanto los usos agrícolas si tener un suelo fértil es un privilegio (que yo sepa, aún no se come el cemento, y por cierto, aviso a navegantes que quieran ser más modernos que nadie: en las ciudades más vanguardistas se empieza a poner de moda levantar las capas hormigón para dejar al aire y libre la tierra). Convencida de su inutilidad, tampoco pedí que me explicaran dónde se nos quedaría la “vega” si en la misma habían de ir los “numerosos equipamientos desde playa artificial, piscinas y otras instalaciones deportivas hasta establecimientos comerciales, oficinas, locales de ocio o espacio para conciertos, manteniendo en su ubicación actual tanto la estación de ferrocarril como la futura intermodal”; supuse simplemente que se hablaba de una “veguita” de juguete, uno de esos rastros que se dejan como muestra para “poner en valor” precisamente lo que nos hemos cargado. Dudé de que el arquitecto que decía “reinterpretar” (¿?) nuestra muy vapuleada huerta del Turia hubiera leído la hermosa descripción que Madoz le dedicó allá por el XIX, ni que hubiera paseado de niño sus riberas o tan siquiera detenido más de dos minutos frente los fantásticos atardeceres desde el óvalo, y por esa misma ignorancia que le supuse, le excusé (me mosqueó más ese afán “desarrollista arrollador” que le ha entrado a nuestro querido Ayuntamiento). En lo que sí me detuve a pensar fue en el título del proyecto: Redes Neuronales, lo llamaban. Precisamente por esos días andaba yo leyendo el libro de F. Mora, Neurocultura: una cultura basada en el cerebro. Al parecer nos tendremos que ir acostumbrando a que el término “neuro” vaya precediendo a la mayoría de las ciencias y manifestaciones culturales (antes le tocó a “sostenible”). Lejos de ser algo snob la propuesta, en el libro aparecía muy bien justificada y sugería un futuro esperanzador. Lástima que al final todas las cosas nuevas y buenas terminen por perder su auténtico significado y su indudable valor por el mal uso y el manoseo: un proyecto que destruye lo bueno nunca debería calificarse de cerebral, sería demasiado desalentador para la inteligencia de todos.













