Albada 318

Monje a la orilla del mar (Caspar David Friedrich,)


ENCUENTRO FINAL
(25 de noviembre de 2012)

El primer encuentro sucedió allá por el mes de marzo, nada más salir a la calle; fue casi un auténtico tropiezo a pocos metros del portal de mi casa. Frente a frente, sin otra alternativa, nos saludamos en silencio con un mutuo levantar de barbilla, con ese gesto que pretende ser, más que un signo de respeto afectivo, una señal de reconocimiento sin más. Por otra parte así había sido siempre, ya que nuestro trato, aunque continuo y diario, nunca había pasado de ser meramente superficial. Sin embargo algo debió de notar en mi mirada, quizás extrañeza, tal vez el susto paralizador apoderándose paulatinamente de cada uno de los músculos de mi cuerpo -como si una cámara lenta estuviera haciéndome un inapelable y fatal barrido panorámico, pensé después- porque bajó con gran rapidez la vista y, girándose, aceleró ostensiblemente el paso en dirección contraria a la mía.

Aquella primera vez me costó varios segundos entender por qué el inesperado encuentro con un simple conocido (¿un extraño?) me había acelerado de tal forma el pulso y causado aquel sudor frío.

Alonso Escobedo de Rus, al que acababa de encontrarme cara a cara, ¡había muerto la semana pasada! Por supuesto esa era la razón por la que mi cuerpo había reaccionado involuntariamente con un ataque de pánico, mucho antes de que hubiera sido consciente de lo incongruente de semejante encuentro.

Desde entonces lo veo a menudo. Nos cruzamos yendo a la oficina o ya de vuelta. Ahora nos miramos de reojo y tras un amago de sonrisa seguimos nuestro camino: yo al trabajo o a casa y él… ¡nunca lo he sabido!

Tanto me he ido habituando a su presencia que la primera vez que lo descubrí dentro del piso ni siquiera me extrañé. Es más, una vez instalado allí, no he encontrado la manera de echarlo; aunque tampoco me apremia: es la primera vez que tengo si no un amigo al menos alguien que me escucha. Lo saludo nada más levantarme, mientras me afeito torpes todavía mis dedos; lo veo justo antes de cerrar la puerta, cuando recojo las llaves de la bandeja bajo el gran espejo de la entrada. Y lo vuelvo a ver de nuevo a pocos metros de mi casa, cuando me paro delante de los escaparates de las tiendas… sigue allí, de cara a mí, mirándome desde las lunas de los portales, desde los cristales blindados de los cajeros de los bancos y las mamparas transparentes de las paradas de autobús.

A veces, en la oscuridad de la noche y porque sé que él entonces no me mira, le cuento a mi mujer que he conocido a mi propio fantasma, pero ella, aunque se despierta sobresaltada y parece que me escucha, tras un breve llanto se recuesta de nuevo en la almohada y nunca me contesta.



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