Albada 315





IN MEMORIAM
(28 de ocutbre de 2012)

F. Nietzsche: El que tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo.

Cuentan los que estuvieron en Ginebra el 27 de octubre de 1553 que la ciudad amaneció lluviosa y destemplada. En la Colina de Champel la pila de leña era escasa, y varias de sus ramas de encina aún reverdecían; la gente allí reunida acertó al pronosticar un largo suplicio para el reo, tortura que todavía se hizo más insoportable cuando al mediodía el viento comenzó a soplar con fuerza y apagó las llamas de algunos leños. Tras tres horas de horrenda agonía en la que el fuego fue consumiendo, lento e implacable, piel y huesos, Miguel dejó escapar al fin una suplica: “ Ay misero de mí, que no puedo acabar al fin mis días en esta hoguera! ¿Es que las doscientas coronas de oro que me robasteis al meterme preso contra toda ley y el collar de oro que me arrancasteis del cuello no os bastaban para comprarme unos buenos troncos, traerlos aquí y acabar conmigo mejor, pobre de mi?”. Atado a la estaca del suelo con una cadena de hierro, tenía el cuello rodeado por cinco vueltas de una gruesa soga que le sujetaba a la altura de las rodillas “el libro” (su libro) condenado como él a “morir” quemado. Dicen que algunos de los presentes, aterrados de tan inhumano tormento, arrojaron fardos para acortar la insoportable escena.

Lamento tan dantesco comienzo. Claro que son más divertidos los recordatorios de los nacimientos, o las medallas o los premios en metálico (aunque estos últimos algún valiente “consecuente” los rechace, ¡chapeau J. Marías¡); pero aunque la excusa sea un año más el triste aniversario de su ejecución, pienso que nunca hay que perder la oportunidad de hablar de Miguel Servet: se trata de una persona tan admirable, de la que se puede aprender tantas y tan buenas cosas, que cualquier razón es oportuna para que su vida aparezca en las páginas de los periódicos, incluso quinientos años después de dejarnos. Si por casualidad a alguien se le despierta la curiosidad y decide interesarse por él estaría más que justificada esta albada.

El nombre de Miguel Servet siempre irá unido al derecho de libertad de conciencia y a esa generosidad espiritual que no se puede arrebatar porque es lo que hace que la vida tenga sentido y propósito. La soledad del sabio, el sufrimiento y la muerte, no pudieron con él. Es un ejemplo para todos, como bien dice su biógrafo Fernando Solsona, por la lealtad a sus convicciones, por la fidelidad a sus amigos (a los que no quiso delatar, lo que hubiera aminorado mucho la dureza de sus jueces) por la línea recta de su vida y de sus trabajos, por la claridad de sus ideas, por la tenacidad y heroicidad en defenderla…

En su excelente libro (éste afortunadamente escrito después de que fuera liberado su autor) “El hombre en busca de sentido”, Viktor Frank nos confiesa por propia experiencia que uno de los mayores tormentos que se sufría en los campos de concentración nazis no era el hambre ni los castigos físicos, si no que consistía en rebajar la autoestima como persona del prisionero a limites extremos: uno llegaba a ser consciente de su propia “mezquindad” al tener que reconocer a diario, en lo más íntimo, su cobardía, su miedo, su egoísmo; saber que al final valores como la solidaridad, la abnegación, el amor o la piedad resultan para ti nada ante la propia necesidad de la subsistencia; que tú nunca serás capaz de renunciar a ese trozo de pan que te salva, pero que también salvaría a otro compañero si se lo entregaras, era vivir cada día un acabamiento como persona que terminaba por socavar lo mas hermoso de la dignidad humana. “Después de todo lo visto y vivido, los escasos afortunados que regresamos, gracias a una cadena inexplicable de fortuitas casualidades o auténticos milagros, estábamos férreamente convencidos de que los mejores de entre nosotros no llegaron a casa.”

No todos somos héroes, no todos resistimos igual, y sí, es cierto que a los mejores casi siempre les aguarda la soledad, la incomprensión y como dice un buen amigo mío, ¿por qué será que a los que “molestan” los matan?, pero nunca hay que dejar al menos de intentarlo. Hoy que no se quema a nadie en la hoguera, todavía hay cosas que matan en vida como silenciar, ningunear, desterrar. El fanatismo y sobre todo la intolerancia saben ocuparse bien de los que no están de acuerdo y pretenden tener criterio propio.

Y porque hoy, afortunadamente, también hay héroes anónimos que desde la barricada del día a día, desde el cotidiano devenir, saben levantarse y cuidar del legado de aquel Serveto, del derecho a pensar diferente y poder decirlo, vaya en este nuevo aniversario un homenaje a ellos en el recuerdo del epitafio del ilustre hijo de Villanueva de Sigena:Miguel Servet, geógrafo, médico, fisiólogo, que ha merecido la gratitud de la Humanidad por sus descubrimientos científicos, su devoción a los enfermos y la indomable independencia de su inteligencia y de su conciencia”





 



Albada 314




RISUEÑO BOTÍN
(21de octubre de 2012)

Está bien, vale, lo confieso: soy un ladrón. Que yo recuerde lo he sido desde siempre o desde muy niño, que para el caso es lo mismo. A estas alturas, en las que ya peino alguna que otra cana, pueden suponer que si nadie me ha pillado debo ser hasta millonario, máxime teniendo en cuenta que no suelo fallar en casi ninguno de mis “golpes”. Es así, no se equivocan, mi fortuna en la actualidad es inmensa, no en vano llevo toda una vida dedicándome al acopio.

Como soy un tipo que ama antes que nada el trabajo bien hecho, en el que cada uno, en lo que quiera que se ocupe, sea un profesional fino y competente, he desarrollado a lo largo de los años un método disciplinado y exigente.

La primera de mis premisas radica en que el robo debe realizarse con mucho ingenio, evitando cualquier tipo de atropello; con agudeza, con inteligencia; así, hay que aplicarse, estrujarse bien el cerebro antes de pasar a la acción. La segunda es que la sustracción deje el menor rastro posible, que el sujeto en cuestión apenas se entere de que alguien le está hurtando, que le cueste descubrir que le han “limpiado” limpiamente. Concluiré diciendo que todo el éxito se resumirá en la elegancia, en la exquisitez del engaño.

Y es que un humorista que se precie debe saber fabricar una mentira tan descomunal que por eso precisamente, por lo extraordinaria, sea posible. Es la única manera, por ejemplo, de conseguir que resulte creíble la escena de un soldado hablando por teléfono tan naturalmente con “el enemigo”; y al respecto, precisamente, Miguel Gila, que en esto del humor era un genio, advertía: “Un ladrón poco sutil entra en un restaurante y, a mano armada, roba unas croquetas. Un humorista vulgar entra en un teatro e intenta robar la risa violentamente, burlándose de los demás, parodiando simplemente su entorno, imitando el comportamiento de los más desfavorecidos. Pide la risa a gritos. Sin embargo el ladrón sutil, como el humorista sutil, se inventa un alambre, un gancho ingeniosamente preparado para robar la risa. Las carcajadas, como las croquetas, hay que robarlas sin que nadie se dé cuenta”, y yo, como les digo, tengo bien aprendidas las enseñanzas del maestro.

Y bueno, vale, lo aclaro de una vez: soy un ladrón de sonrisas. A eso me dedico desde que tengo memoria o desde que, según mi madre, aún con chupete fui capaz de arrancarlas a todo el que se me acercaba. Mi medio no son los escenarios ni las tablas, sino que birlo a pie de calle, entre lo más cotidiano y común.

Soy rico, ya les dije, tengo un tesoro de risas y las tengo de toda clase y condición, empezando por las más agradecidas que son las de las buenas gentes. A ellas la alegría les sale fácil porque son ante todo generosas y les reservo uno de los mejores sitios en mi vitrina.

Como anécdota les diré que las que más me cuesta arrancar son las de los envidiosos (mucho más que las de los tristes o enfadados). Sonríen, claro, pero a menudo el resultado no me sirve para mi colección: sus risas son tan falsas que sería un fiasco, como guardar trocitos de vidrio entre diamantes. Me cuesta robarles lo que no les nace, pero ahí está el gusto por el trabajo bien hecho, ese es mi reto. ¿Que cómo distingo la risa buena de la que no es? Muy sencillo, hay un truco que nunca falla: la verdadera siempre te enciende el corazón, la fingida llega siempre fría y desabrida, resbala por dentro, se te escurre hasta los pies.

Atrapar su sonrisa es tener lo más hermoso de un ser humano: la entrega total en la completa desnudez del alma; y así me siento yo, un magnifico vencedor cada vez que la consigo.

Siendo un ladrón de risas me he vuelto un experto en el tema; tentado estoy de hacerle la competencia a Bergson y escribir un libro. Pero eso me privaría del tiempo que quiero dedicar a mi tarea, que es todo. Así pues, hasta que la impunidad y las fuerzas no me fallen, hasta que la sonrisa no termine por ahogarla el mundo, ¡que ustedes lo rían bien… y que yo lo aproveche!
 







Albada 313

(H.Wilson Watrous)

COSAS DE AMIGAS
(14 de octubre de 2012)

Amiga, así como quien no quiere la cosa, como quien habla del tiempo o de lo mucho que han subido la peluquería y la entrada de los cines me cuentas esta mañana que te has enamorado. La noticia me ha pillado por sorpresa, a la hora del desayuno en el trabajo, dándole vueltas a la cucharilla de la taza de mi cortado corto de café. Sé, porque me lo he notado, que se me ha quedado cara de asombro, quizás, bien pensado, hasta de tonta, sí, más bien he puesto cara de alelada al escucharte decir en voz muy baja y emocionada tu inesperada confidencia.
Y así me has tenido un instante, sentada en la terraza del bar conocido, a la hora acostumbrada, en un día que pensé sería igual a otros cientos cualquiera, mirando asombrada a mi amiga de siempre… tú, la seria, la formal, la prudente… Compréndeme, entiende mi desconcierto: ¡mi sensata y juiciosa amiga ama “apasionadamente” (así me lo has puntualizado) a un hombre! Al escucharte, me he conmovido por dentro por completo; tras la sorpresa, tras el estupor del primer momento, he sentido, te lo aseguro, la más honda de las emociones. Qué insignificante, qué vacía es la vida sin amor y qué afortunada eres tú, amiga mía, al sentir de nuevo así. Ahora que lo sé, me explico el brillo cálido de tus ojos, la causa de la sonrisa que días atrás te brotaba sin razón. Cómo embellece el amor a sus adeptos, cómo los trasforma y adorna. El amor es siempre bello y hace importante y bueno al detalle más pequeño.
Incluso acabo de descubrir en mí, nunca te lo agradeceré bastante, como me hace mejor la alegría que siento al saberte así; tu felicidad, compartir contigo tan hermoso sentimiento también me hace feliz. Tu emoción me emociona y me contagia, al escucharte se me arrebolan las mejillas como a ti y me palpita, también, más deprisa el corazón… “¡serán cosas de amigas!”, me dices riendo. Porque la verdadera amistad no conoce de envidias, ni la fortuna del amigo sincero hace nacer rivalidades.
Te imagino ahora pensando solamente en él y a mí también me gustaría poder morir un poco de deseo. Porque el amor, con ser tan tierno, es lo único que al final vence tormentas, lo único hermoso, lo que más importa.
Te deseo suerte, y te pido que te protejas de tan delicado y sublime sentimiento, que estés en guardia, que desconfíes, que de tanto conmover mueve cimientos y deja al aire, a flor de piel, lo más frágil del alma; pero tú vuelves a negar y me sonríes. Así que río yo también y alejo el miedo.
 Antes de levantarnos y dejar sobre la mesa, ya frío, ese poco de café que olvidamos terminar, te ofreceré mi complicidad y mi encubrimiento. Mi silencio y tu secreto no serán más que la misma cosa, amiga; Cosas… las definitivas, irremplazables y trascendentales cosas de amigas.





Albada 312


APUNTES
(7 de octubre de 2012)



El otoño arrecia y se lleva lejos las primeras hojas amarillas. También se marchan las risas de los niños que jugaron en mi calle, menos risueñas han vuelto al colegio de la mano de sus madres. Las golondrinas este año están tardando más en juntarse y emprender el viaje. Estos atardeceres se las ve aún haciendo piruetas, despachando con prisa los últimos insectos, viejos mosquitos locos, saltamontes de cara de caballo, evanescentes mariposas… pronto, todos, cáscaras huecas.
Si las aves azules no se dan prisa el bramido de los ciervos bajo la lluvia se les juntará con el viento repleto de las voces de los pinos y les hará más difícil la partida. Será entonces un remolino de alas atravesando el monte, muy abajo el agua fría de los ríos, más lejos todavía las piedras esquivas de sus lechos y apenas garabatos las desnudas ramas. Pero ahora aún alcanzo a adivinar sus largas colas puntiagudas columpiándose sobre los cables del tendido eléctrico. Gráciles, mientras el Poniente incendia poco a poco la metálica luz del otoño, parecen querer guardarse la imagen de nuestra tierra en calma que pronto cambiarán por la alta mar.
En la casa de invierno de la sabana africana sus retinas amontonarán recuerdos de pellas de barro bajo los soportales y de hierba seca trenzada al sol entre las vigas de madera de los viejos cobertizos. Cuando miles de kilómetros descansen bajo sus pequeñas alas habrán quedado ya muy atrás los carrizales helados de nuestras lagunas.
El sol de primavera y las flores blancas del ciruelo recibirán de vuelta a las golondrinas, más azules cada año de tanto beberse el cielo. Ellos y yo las esperaremos, siempre.
SIETE DE OCTUBRE DÍA MUNDIAL DE LAS AVES. Apunto en mi cuaderno: Primer propósito, levantar la vista un momento y saludar a un gorrión, ese vecino diminuto cuyos ojos, brillantes botones de charol, te ven pasar por la ciudad mientras el otoño se te cuela por el cuello de la chaqueta. Compartir con él la ternura de un amanecer sería otro feliz atrevimiento.  






Albada 311

(La doncella corintia, 1782-1784, JWright de Derby)


AUREA MEDIOCRITAS
 (1 de octubre de 2012)


Domingo de fiesta. Comida familiar. Júpiter trae a los desapacibles inviernos pero él mismo se los lleva. Si ahora te va mal, no será así también en el futuro; de vez en cuando provoca Apolo con su citara a la musa silenciosa y no siempre tiende su arco. El voluminoso tomo de literatura clásica da para mucho. Pasa páginas y se queda ahora con el viejo Plinio. Horacio es mucho Horacio para consolarse, aunque la hiedra verde y el oscuro mirto rodeen también a Lidia en el jardín de la casa de sus padres. Deja las Odas suspendidas en el recuerdo, suavemente, igual que deja pasear la mirada por encima del mantel. Nada sobre la mesa hace pensar en la reciente comida festiva, sólo hay una taza de café vacía –su taza- y un poco de azúcar volcado al lado; sin embargo aún huele el aire a ceniza de barbacoa y algo del humo se ha quedado prendido en su ropa y bajo las anchas hojas de la higuera.
Comienza a hacer frío pero ha decidido quedarse allí un rato más leyendo. Dentro de la casa la familia se ha organizado pronto: los más pequeños, pertrechados ante la pantalla, juegan a turnos con la videoconsola; los mayores disfrutan entre risas de una prometedora y larga partida de cartas, y el más mayor de todos, el abuelo que dice que nunca duerme la siesta, hace más de diez minutos que dormita placidamente en el sillón. Fuera el aire de la tarde es denso, henchido de humedad, pero la lluvia gusta últimamente de hacerse esperar. A Lidia, sin embargo, lo que le gusta es “el antes”, ese cielo que anuncia tormenta, las nubes avanzando lentamente y cubriéndolo todo de azul oscuro, el instante del rápido reflejo del primer relámpago, tan lejano que aún ni siquiera se atreve a restallar, el escalofrío repentino como una premonición. Aquel atardecer en Corintio no llueve tampoco, pero hace tanto frío que sólo el silencio habita las oscuras calles. Junto al hogar encendido la hija de Butades de Sición, el alfarero, contempla al soldado dormido. Mañana es la partida y se resiste a la idea de no volver a ver su rostro. Llamas rojas y doradas alumbran con intensidad su cara: la frente alta, noble, el mentón ligeramente cuadrado que habla de aquella férrea voluntad que le conducirá al despertar hasta lejanas tierras en guerra, el maxilar anguloso de las mejillas que tantas veces ha besado… También el resplandor le devuelve el contrapunto de una sombra. Un perfil sobre el púrpura donde las hermosas facciones parecen tener vida propia: en aquella temblorosa silueta impresa en la pared descubre el alma del amado que vela con ella el cuerpo del durmiente. Apenas se mueve por no despertarlo. Con sumo cuidado recorre la silueta de la sombra con un trozo de tizón y el milagro se produce: atrapado en la pared, prendido del reflejo aparece el querido rostro. Aguardará años a su lado la imposible vuelta del guerrero, venerando aquella imagen, la primera que nadie ha dibujado, acariciando con su propia sombra el rostro del soldado. Cuando la muerte visitó la cruel batalla y convirtió a los dos amantes en fantasmas, el afligido Butade recogió el perfil de su hija junto a la silueta de su enamorado: dos sombras que son una al fin.
Las primeras gotas son gruesas, fuertes. Se extienden sobre el papel del libro abierto por ondas como si tuvieran la consistencia de una piedra acuosa empapando la superficie del mar de celulosa. El viento ha pasado varias páginas y se ha vuelto a abrir por las Odas de Horacio. Lidia despierta tan súbitamente como antes se quedó dormida. Llueve y la lluvia es ahora dura, de solidez implacable contra el frágil. Cierra el libro caído en el regazo y corre al interior de la casa. Dentro hay risas y calor, y ella quizás ya ni recuerda la página que la llevó al sueño o siquiera que soñó. Al fin y al cabo las sombras son el principio del olvido y sólo existen en el filo del límite de un sueño o en las viejas historias de los libros. Empieza a diluviar en el jardín y la familia pronto se reunirá para merendar.

Albada 310

A MÍ
(23 de septiembre de 2012)


Es que nunca me pasaba nada. El cuaderno que compré hace una semana, sin embargo, ya está casi lleno, no le quedan apenas hojas blancas. A mí es que lo de escribir a mano siempre me ha gustado mucho, que para hacerlo en ordenadores ya lo he hecho en la oficina de ocho a tres todos los días durante muchos años.

Desde pequeña disfruto escribiendo; lo hago despacio, extasiándome en cada trazo, dejando el espacio justo entre palabra y palabra, entre frase y frase. Mi letra es menuda y redonda, nunca dejo una “o” sin cerrar ni una “i” sin su puntito, tampoco abuso de los adornos para las mayúsculas, me parecen una floritura innecesaria.

-¡Se te entiende todo muy bien! ¡Es la letra más clara de la clase! eso me dijo la profesora de Segundo. Pese a la protesta de algunas compañeras (¿envidiosas?) ya no hubo más que hablar, se decidió así y desde entonces fui yo la que cada mañana, antes de que el resto de niñas entraran en clase, copiaba en la pizarra la muestra de caligrafía de ese día. Era el honor mayor que cualquiera hubiera querido tener en la clase de Segundo, y… ¡era mío! Consciente de mi importancia me daba prisa para llegar la primera al colegio, además no quería cruzarme con otros alumnos ni con ningún otro profesor por los pasillos (siempre he sido muy vergonzosa). Ella, sin embargo, siempre estaba ya allí, trabajando en la mesa de su despacho; que yo recuerde no faltó ningún día aquel curso, ni yo tampoco, claro. Sonriente, cada día me alargaba una nueva frase para que la copiara en el encerado y me despedía con otra sonrisa, mientras yo apenas acertaba a responderle con un “gracias, profesora”.

Creo que con diferencia aquel fue el mejor año de mi vida. Nunca más me sucedió ser la elegida para nada. La verdad es que, como les digo, nunca me pasaba nada. La vida siempre ha sido para mí un espectáculo en el que no he tenido ningún protagonismo; la vida o la no-vida que he llevado me ha convertido en lo que soy: una simple espectadora, una observadora o, si prefieren ustedes llamarlo de otra manera, una fisgona.

Pero no se equivoquen al juzgarme que yo nunca me metí con nadie; siempre he sido una hormiguita, de casa al trabajo y del trabajo a casa. Después, eso sí, me encierro entre estas cuatro paredes de mi cuarto y “observo” mientras escribo. En él, en mi cuarto, jamás ha entrado nadie. En ella, en mi casa, solamente mis dos gatos y yo. Afortunadamente, las ventanas son grandes y los tabiques muy delgados; afortunadamente, también, los vecinos de hoy en día gritan mucho más que los de antes, parece que no les da vergüenza que todo el barrio se entere de lo agrio de sus disputas, de la locura de sus amores. Es una suerte, ya les digo, porque me entero de “todo” y es que a “todos” les suceden “cosas” menos a mí. Porque a mí pasarme, lo que se dice pasarme, nunca me ha pasado nada desde aquel curso de Segundo.

Por eso, ahora, no entiendo lo que pasa. No comprendo a qué vienen tantas fotos como me están haciendo. Tampoco que haya gente en mi habitación husmeando entre mis cosas. No sé por qué esos hombres de uniforme me están llamando pobre vieja ni por qué han sacado del armario mis cien cuadernos repletos de muestras de caligrafía infantil. Y lo que más siento de todo, perdonen mi sinceridad, es que me hayan puesto esta sábana cubriéndome la cara. Para una vez que vuelvo a ser protagonista y no me dejan verme… ¡a mí, qué nunca me pasaba nada!












Albada 309



VER LAS ESTRELLAS

(16 de septiembre de 2012)

Les aseguro que las vi, claro que aquella noche las vi, no una ni veinte, creo que fueron todas.

Aunque no podía meter en el cuerpo ni un gramo más de alcohol, ni tan siquiera un centímetro cúbico más de humo, acabé de un trago el whisky con el último cubito bailando hecho un esqueleto (el cubito, se entiende, no yo) y apuré en dos largas caladas el sospechoso cigarrillo compartido. Todo por no saber decir “no” a aquella desconocida rubita que no paraba de reírse y tirarme de la manga diciéndome de seguido: venventontoven. Y así de imbécil debí de ser, que sin pestañear la seguícomounidiotalaseguí. La seguí a ella y también a sus modernísimos amigos; tan interesantes, tan originales ellos empeñados en terminar la noche viendo las estrellas en la parte alta del pueblo. Y mientras ellos y ella seguían con su jijí-jajá, comencé a pensar, sin dejar de ir detrás de ellos tropezando por las empinadas cuestas, que menudo plan, como si nosotros, los del pueblo, no hubiéramos pasado más de una y diez noches al raso espiando los brillantes cuerpos celestes y también, todo hay que decirlo, a otros cuerpos mucho más terrenales pero no menos brillantes retozando a nuestro lado. ¡Para eso tanta modernidad y tanta risa!

Ya casi llegando al mirador, el aire de septiembre, frío y húmedo, hizo que la dueña de aquella dorada cabellera se apretara un poco más contra mí y empezara yo a ver aquel “plan” con mejores perspectivas, digamos que “como más claro” y eso que el cielo estaba bien oscuro. Tan oscuro era, tan sin luna, que ésta apenas se dibujaba como un jirón a la derecha.

“¡Oh, qué cielo más ideal para ver las estrellas!”, gritó uno de aquellos zangoretinos mientras yo abrazaba a mi rubia más fuerte.

No sé por qué, ni tampoco cómo pasó. Quizás es que cuando el deseo parece tan simple y tan sencillo, tan fácil que ya lo sientes en la punta de los dedos, la mente baja la guardia y se despista la atención; o quizás fuera simplemente que me las prometía tan felices, sentándome junto a la chica con ademán de cazador, que no reparé en la proximidad del barranco.

Mientras rodaba por la ladera (cuatro costillas rotas y fractura de cadera) apenas me dio tiempo de cerrar los ojos para ver toda la bóveda celeste entre la imagen fugaz de una cabellera rubia. Estrellas dentro de mi cabeza, miles de ellas vi, se lo aseguro.



Albada 308


MIL RAZONES DE SEPTIEMBRE
(9 de septiembre de 2012)


Septiembre y los trenes tienen mucho más en común que las es, y las tes, y las erres. Septiembre es la hora punta de las despedidas, el punto de partida de algunas lágrimas en el otoño del solitario, el sordo estertor de un coche al cerrarse. Septiembre es tan sutilmente provocador como la suavidad del musgo y el atardecer. En mi ciudad sabe a puestas de sol increíbles desde el Ovalo, a diluidas Fiestas del Jamón y a canciones de folklores olvidados. Tiene en sus afueras prendido el olor dulce de la vendimia de la uva y de la miel y por dentro huele a colonia de niño pequeño esperando con sus lapiceros nuevos y el baby de tergal a que abran la puerta de la escuela. Al septiembre voluntarioso se le pasa todo el rato en preparativos y propósitos mientras decide de una vez por todas cuándo echar a andar; a veces, da un golpe de timón y se transforma en maleta o mochila y ordenata y desaparece sin más, tan viajero, que cuando menos te lo esperas se ha ido y te ha dejado sólo la oscuridad del jersey para abrigarte por las noches. Un día, así, de repente y porque le da que sí, va y te pone el tiempo en contra y entonces el verano es ya sólo los jpgs que aún no has pasado, ni pasarás nunca, a papel de fotografía.

La universidad se llena de carteles que anuncian pisos compartidos mientras septiembre se emborracha con los coleccionables o se empapa de la moda otoño/invierno que abarrota los kioscos. Es cuando la tostada que no te tomas en casa porque te secuestran las prisas, la cambias por el saludo del camarero que te preparará el café a media mañana. Es la vuelta de tuerca que te conduce a lo cotidiano y el calor casero de lo predecible que cubre de hiedra el mármol en ruinas del recuerdo.

Septiembre de reencuentros, cuyo sol de San Miguel madurará el membrillo y hará crecer la noche hasta que le pueda al día. Mes de lluvia esperada de nubes violetas que se hunden en los sedientos barbechos y de granizadas intempestivas. Mes de perdices locas y humo de pólvora en el aire. Septiembre, mes de suspensos aprobados y matriculación en sueños de olmos dorados. Estrellas de septiembre brillando sobre las manzanas rojas de mi jardín.

Me gusta septiembre porque enciende de nuevo las luces de las casas y mueve saetas para que los amantes tengan aún más tiempo para amarse. Me gusta septiembre por la belleza triste y silenciosa de las últimas rosas y la llamada azul de Ofelia desde las piscinas tapizadas de otoño.

Y me gusta septiembre, ya no se me olvida, porque en septiembre es también tu cumpleaños.

Albada 307



INSIGNIFICANTE
(2 de septiembre de 2012)

Érase que se era… no sé por qué la historia de mi vida siempre debe comenzar así.
Si con una leve seña hubiera sido suficiente seguro que la habría hecho; habría llevado el dedo índice a la comisura izquierda de mi boca tras señalarle sus labios (evidentemente, con el debido disimulo requerido en estos casos). Habría hecho la señal, o incluso la hubiera repetido tres veces o hasta la saciedad, qué su destinataria bien creía yo que lo merecía; pero pronto me di cuenta de que era inútil: cualquier gesto, cualquier guiño o ademán de aviso que yo hubiera hecho nunca sería visto por Ella. Y es que Ella seguía y seguía hablando sin parar, nada existía para la Bella excepto su propia borrachera de voz que sin previo aviso, sorprendiéndome, la había abducido, la había arrancado de nuestra mesa para llevarla a no sé que extraño espacio, a un cuasi universo hecho tan sólo del aluvión de sus palabras.
Ya no era Ella; de pronto era un torrente, una inundación de locuacidad que me dejó tan perplejo como suspenso de sus labios. De sus labios doblemente además porque allí, precisamente a la izquierda de su hermosísima boca, sobre su dulce y deseada boca que no cesaba de abrirse y cerrarse discurseando sin orden ni concierto, también, suspenso y ahíto como yo, reposaba el maldito trozo de guisante.

Pegado al cálido borde, orillando el rojo escarlata turgente y codiciado por mi, que hasta hacía unos segundos sólo bebía de la sonrisa silenciosa que entre bocado y bocado me dedicaba la diosa, un pedazo de Pisum sativum, de la familia de las Leguminosas, y más concretamente miembro de la subfamilia de las Papilionoideas, en un imperdonable descuido de la bella mientras daba cuenta del suculento plato, se había apropiado con total plenitud de toda la hermosura de su cara.

De cómo y el porqué una minúscula migaja, apenas un átomo, un insignificante trocito de guisante es capaz de apoderarse y transformar así toda la esencia de un ser humano, de cómo una sola partícula es suficiente para hacer que mi bella no fuera tan bella, ni su sonrisa tan silenciosa, es un misterio al que no sabría responder.

Sólo cuento lo que sucedió y como sucedió lo cuento. Durante el resto de la cena mi atención sólo la acaparó aquel resto del vegetal. No fui capaz de mirar ni atender a nada que no fuera aquella insignificante mota verdosa en la cara de la Deseada

A la salida del Restaurante me confundí entre la gente y nunca más supe de Ella, tampoco supe si al llegar a casa el espejo le diría la causa de mi huida.

Dice el rey, mi señor padre, que a este paso no vamos a encontrar princesa que desposar ni futuros nietos que coronar.

Para calmar su enfado mi madre y augusta reina le ha hablado de su nuevo plan y no cesa de encargar plumas para colchones, montones de colchones, ¡Será por guisantes!, ha dicho.

Será lo que será, érase lo que se era…pero esa ya es otra historia.

Albada 306

Tomorrows (J.M. Ubé)

ETERNAMENTE
(26 de agosto de 2012)

 
Alguien como yo ha vivido ya muchos agostos. A mis años uno comienza a familiarizarse tanto con esa línea plana de la vida que le cuesta tener vocaciones futuras. Sin embargo sigo convencido de que la dicha es tener alguien a quien amar, y es lo que busco desde hace una eternidad.

Último domingo de agosto. Verano en esta ciudad pequeña. Casi fin de verano en la ciudad pequeña. Claro que está todavía el calor; el calor desdice la fecha del calendario. El calor es tan agobiante que me confunde, no me deja fácilmente imaginar que dentro de poco terminará la rutina de las vacaciones y comenzaré a echar de menos este no saber cuándo, dónde, cómo hasta que llega la noche y las calles se me hacen, al fin, atrayentes, incitantes.

Tomo cerveza helada y una tapa de jamón en la primera terraza de la plaza, justo la que está en una de las entradas de la plaza. Una plaza llena de sonidos de verano, en una ciudad pequeña plena de gente de paso (¿aves de paso?), con un paso, en todo caso, perezoso, ralentizado; tanto, que su ritmo hace juego con las miradas lentas de los que sentados en las terrazas beben, como yo, cervezas heladas.

La ciudad de invierno no parece la misma de la mañana de agosto. Cuesta reconocerla en este salón concurrido que es ahora su plaza mayor. Da la sensación de que fuera otra ciudad o que tal vez uno se ha perdido en una celebración en la que ni siquiera él mismo sabe si es invitado del novio o de la novia. Se saluda gente que hace un año justamente no se veía. Se saluda y se despide; último domingo de agosto, oigo decir de nuevo a alguien.

Elijo otra terraza y pido otra cerveza helada, rechazo el plato de aceitunas. Es medio día. Me gusta leer el periódico al medio día. Solo, sentado entre tanta gente, miro las hojas de deportes y echo un vistazo a las esquelas. Y bebo cerveza, y miro a la gente, y de nuevo el periódico y por fin termino mi cerveza, y...

Y la hora de comer calma la plaza y el ruido. Pago la cuenta, me marcho de allí. Hace tanto calor que decido quedarme en casa todo lo que queda de tarde: bajo persianas, cierro luces y echo llaves a las puertas… toda la casa en silencio, suspensa en el frescor de la oscuridad. Y duermo una siesta larguísima, a la espera de que me llame la luna que está creciendo Afortunadamente los días se van encogiendo y el atardecer llega cada vez más pronto. Tras las paredes comienzo a oír la noche; los dos, la noche y mi cuerpo, nos despabilamos juntos. Me siento renacer y no recuerdo nada de mi pasado, ni siquiera el sabor de la cerveza del último domingo de agosto.

Es lo que tiene haber vivido ya muchos agostos, que no importa uno más para los tipos como yo: un aprendiz de Drácula en verano, perdido en esta ciudad pequeña, buscando siempre, eternamente buscando, alguien a quien morder, alguien a quien amar.


Albada 305



MOMENTOS
(19de agosto de 2012)

El coche remonta lentamente la montaña. El camino es tan inestable que a veces parece que las ruedas se van a quedar atrapadas por el fondo de la carretera, hundidas, deglutidas en aquel símil de asfalto. El pequeño vehículo aminora entonces la marcha, casi se para por completo, y parece tomar fuerzas; entonces, cuando el motor apenas ha parado unos segundos, arranca de nuevo con brío renovado el camino de la cúspide. Del motor sale mucho más fuerte ese brooomm, broooommmm brooomm y un shissssss se encadena sucesivamente con otro cada vez que derrapa en la gran cantidad de cerradas curvas que sortea hasta llegar a la cumbre. Una vez allí la bajada es fácil: consiste simplemente en dejarlo caer por la pendiente, al albur del recorrido; más rápido en las mayores pendientes, un poco más lento cuando el nivel se va allanado… y finalmente, pararse del todo cuando llega la horizontalidad completa del suelo. Hay algunos coches que a veces tienen un encontronazo con algún pliegue y se detienen en la bajada (esos son los que pierden), o incluso hay otros que chocan con alguno de los parados que ya han hecho la carrera (esos también pierden). Gana el que consigue llegar más lejos, y aún quedan tres coches más para intentarlo.
Asciende ahora otro; es rojo, un Testarossa nuevecito que recorre voluntarioso las imaginadas curvas que bordean la subida. Suena despacio el brom-brom de su alegre motor. Esta vez ha separado las rodillas y ha formado dos montañas: ¡más difícil todavía, subir y bajar, subir y bajar! Cuando se desliza por la primera bajada el choque con la falda de la otra montaña (su pie izquierdo) es inevitable: ¡pumbaaa!... y el coche va a caer boca-arriba fuera de la cama.
Romm roomm!!… sigue imitando con los labios fruncidos el ruido de las ruedas todavía girando como locas… cuando va a bajarse de la cama a recoger el juguete, de pronto se queda quieto y en silencio. Le ha parecido oír pasos, quizás es mamá que se ha levantado para ver qué ruido es ese de su habitación. Se acurruca de nuevo y se tapa hasta la frente, cierra los ojos y espera haciéndose el dormido. Escucha mejor. No, nadie se oye por el pasillo, nadie ha ido a la cocina ni viene a la habitación de su hermano y suya. Todos en la casa siguen dormidos, salvo él, claro. Él sí que lleva un buen rato ya despierto y pasándoselo en grande con los coches en la cama, construyendo con sus piernas circuitos imaginarios sobre la sábana, asistiendo a fantásticas carreras que sus coches han hecho para él y que sólo él ha podido presenciar: ¡se siente el más feliz del mundo!
Al niño le gustan los domingos por la mañana porque puede jugar en la cama y estarse mucho tiempo inventando aventuras. Mientras todos, hasta Muffi el perro, duermen, él siente que a esas horas del amanecer la casa es otra y que vive con su familia en un tiempo y en un mundo en que todo lo bueno y lo mágico es posible.
Hoy, además de ser domingo, son vacaciones y en vacaciones todos los días se parecen un poco a los domingos. ¡Qué suerte tienen!
A su lado su hermano pequeño, que todavía acuestan en la cuna, ha vuelto también a dormirse. Antes, por un momento vio que tenía los ojos abiertos y levantaba los brazos. Pero no llegó a llorar: un rayo de sol muy nuevo, muy de domingo por la mañana se había colado por las rendijas de las persianas justo para posarse entre las barandillas de la cuna. Era un rayo de sol juguetón, de color amarillo claro que se escondía entre los barrotes mientras el pequeño jugaba a atraparlo con aquellos deditos gordezuelos de los bebés chicos. Para cuando el hilo de luz, flotando una y otra vez, consiguió alcanzar el techo de la pared de enfrente, el hermano agotado por el juego se había vuelto a dormir ya, y él había vuelto con su apasionante carrera de coches.
Pero ahora, él también se ha cansado y se frota los ojos con la manga del pijama. Vuelve a oír aquellos ruidos. Sabe que no son sus padres, ni siquiera Muffi porque el ruido viene de fuera: un viento furioso ha comenzado a azotar a los árboles del jardín y las gotas de la inesperada lluvia de verano golpean la persiana.
De repente toda la casa se le vuelve grande y en la habitación aquellos rayos de sol que han iluminado sus juegos y los del su hermano se han oscurecido.
A medida que avanza, el pasillo se le hace más largo y tiene que extender los dos brazos porque le parece que las paredes se inclinan amenazadoramente sobre él. Nadie se lo ha dicho, pero sabe que eso es el miedo.
Afortunadamente nada hay mejor en esta vida que abrirse un huequito en la cama grande y segura de los padres, y que te reciba ese abrazo tibio entre el sueño y la vigilia de papá y mamá.
Abrazo tierno, imborrable de la felicidad en uno de esos domingos de vacaciones, con la tormenta mirándote tras los cristales.

Albada 304



VIDAS SINCRONIZADAS
(12 de agosto de 2012) 

Las nadadoras llevan bonitos bañadores y tocados brillantes en las cabezas. Las nadadoras se mueven con movimientos rotundos, ejecutados con una precisión milimétrica, las dos a un tiempo, sin separarse nunca de ese eje de simetría imaginario que marca la armonía y la dificultad del movimiento. Se contorsionan a veces casi acalambradas, crispadas las manos, los dedos de los pies como pulsando un violín acuático invisible. Otras veces marcan con el arco de los brazos y el cuello formas redondeadas, pasos que son apenas el inicio, el esbozo de una figura que se engulle sin contemplaciones el agua de la piscina.

Las nadadoras llevan pintados los ojos con colores psicodélicos, y las bocas de rojo coralino indeleble. Cuando se sumergen se transforman a través de la superficie en manchas luminosas, fosfenos mágicos, que coronan las ondas a borbotones con imágenes surreales donde brazos y piernas ya no son tales sino elegantes filamentos de una sola cara sonriente y fija como el mascarón de un barco antiguo. Las nadadoras nunca cesan de moverse con movimientos hermosos e increíbles que nunca llevan a ninguna parte, siempre giran y giran en medio de su azul y límpido universo olímpico

Los sonidos de la escoba pasando una y otra vez sobre las baldosas restallan contra los setos de las tapias encaladas y se allanan en la superficie de la piscina. Se para a descansar. El televisor lleva encendido un buen rato. En la pantalla las dos nadadoras continúan en su ir y venir frenético al compás de la música mientras él enciende con parsimonia un cigarrillo y se queda quieto, fumando de pie, mirando aquellos dos seres magníficos que bien pudieran ser habitantes del Olimpo. Haciendo contrapunto a su inhalación de fumador empedernido se oye de pronto el siseo reiterado de los aspersores en la zona ajardinada. Es la señal, la hora de abandonar él también la piscina; hace mucho tiempo que todos los bañistas se han marchado ya. Su trabajo por hoy ha terminado.

Baja el toldo de la caseta del bar. Revisa los estantes con las patatas fritas, los cacahuetes, las cortezas… abre la nevera y cuenta por encima los refrescos que le quedan. Mira el reloj: las diez y quince. Cuando pujó para que en verano le adjudicaran la explotación de la piscina del pueblo, no se imaginaba lo largos que se le harían los días, incrustado durante horas en ese microcosmo aislado de muros altos, tripulante-jefe de una crisálida de fondo líquido en la que se refleja un cielo en medio de la nada. Su Olimpo particular no sabe de medallas ni de famas. Al apagar la televisión del local se oscurecen también las dos sirenas de la pantalla. El encargado de la piscina, tras terminar de apurar el último cigarro del día, pausadamente, casi con la seguridad con la que se dibuja una acuarela del paisaje tantas veces visitado, descorre el cerrojo de la puerta principal y se pierde en la oscuridad de la calle.

Albada 303



CUMPLEAÑOS FELIZ
(5 de agosto de 2012)


A veces hay vidas que no “merecen la pena” de verdad hasta los cincuenta, pero por eso mismo esperas y esperas, como en esas películas que hasta la mitad no hay quien sepa de qué van, pero que “algo deben de tener” que hace que sigas allí sentado, inmóvil en el asiento de la sala oscura, “por si acaso”.
A veces hay vidas que transcurren anodinas, planas y predecibles como esas novelas en las que nunca sucede nada, sólo el tiempo estirando los finales y un índice y un pulgar pasando las páginas con desgana; pero ambas, vida y novela, de pronto, al llegar al medio, se vuelven apasionantes, te envuelven en un torbellino del que es imposible ni siquiera querer salir… tanto te gustan, tanto te “enganchan”, ¡tanto se siente a los cincuenta!
Y entonces, cuando el feliz hallazgo ocurre, sólo vives para “tu instante” y se te olvidan con gusto muchas cosas: se te olvidan las líneas de tiza pintadas en el suelo que no llevaban a ninguna parte, líneas reflejadas en tu cara que son tu día a día, mes después de mes, año tras de año; se te olvida el tiempo en que estuviste tan sólo aprendiendo a hacerte el muerto, se te olvida todo porque a veces, en la vida, es un obstáculo inútil la memoria.
A partir de ahí, de “aquí”, ¡qué el reloj desteje calendarios, qué cuenten, si quieren, otros el tiempo!

Todos estos pensamientos los “siente” ella mientras va de acá para allá por su casa, extendiendo manteles, cubiertos, copas… Preparar una fiesta de cumpleaños tan especial lleva mucho trajín, te ayudaremos, le dijeron las amigas; pero ella les contestó  qué era su fiesta y lo sería hasta en los preparativos.
Porque lo qué no sabían las amigas,  ni sabría nadie más que ella (¡y él!), era qué lo que aquella noche celebraban eran mucho más que las cincuenta velitas de la tarta.
¡Radiante!, ¡qué bien te sientan los cincuenta! le dicen todos mientras comienzan a llegar. Y entonces se multiplican risas y regalos y en el Cumpleaños feliz, él le roza la mejilla con el beso, y ella sonríe por dentro, y piensa también, qué más que nunca es y será siempre aquella “su fiesta”, su momento y…
Y es que veces, afortunadamente, todavía hay novelas y películas, y también vidas, que tienen un final sorprendente, feliz y apasionante; a veces, al llegar más allá de la mitad, descubres que aquellos largos, aburridos y cansinos preparativos de la vida, “han merecido la pena”. Tan sólo hay que saber esperar un poco (esperarle piensa ella) antes de cerrar la tapa del libro o antes de que se enciendan definitivamente  todas las luces de la sala.






Y LOS DÍAS NO ESTÁN LO BASTANTE LLENOS


Y los días no están lo bastante llenos


y las noches no están lo bastante llenas


y la vida se desliza como un ratón de campo


sin mover la hierba. (Ezra Pound)









Albada 302


TANGO DE VAQUILLAS
(29 de julio de 2012)

El coche está aparcado delante de la puerta, las maletas dentro. Ya se ha despedido de la familia, de dos vecinas y hasta de Agustín el tendero de la charcutería de la esquina.

Antes de salir hacia la carretera que la llevará a Barcelona, mecánicamente, sin proponérselo siquiera, vuelve a dar una última vuelta muy despacio a toda la ciudad.

¿Y si, esta vez, la suerte hiciera que lo viera pasar por cualquier calle en el último momento?

Lo ve cada Vaquilla, sólo cada Vaquilla. Cada comienzo de sus vacaciones de verano, cuando vuelve a enfilar el coche hacia el sur, hacia la ciudad pequeña que la vio nacer y escuchó sus risas de adolescente subiendo La Escalinata (¡esas vueltas a casa desde el Instituto que se estiraban y estiraban!), piensa desvaídamente en él; nunca, entonces, lo hace con demasiada intensidad, más bien es como un recuerdo deshilachado que incluso le parece algo ridículo y sobre todo cansino… ¡es perezoso mantener vivo y con colores sólo lo imaginado! El invierno y la distancia abrigan poco las ilusiones.

Pero ya dentro de la fiesta, el calor y la luz de ésta lo transforman todo. Cuando lo vuelve a ver, en la misma plaza, en la misma Peña, con la misma indumentaria, en ese instante tan idéntico a los otros instantes, le vuelve a latir con fuerza, de nuevo, el sentimiento y entonces se dice (¿es eso un suspiro?) que aún debe seguir enamorada.

Durante tres días vivirá en la calle muchas horas a su lado, cada uno a lo suyo, ese suyo que es lo mismo para todos: la fiesta y la risa; la amistad y el reencuentro; el pintar de colores el cotidiano gris o el olvido momentáneo de lo fatal e inevitable. Escape de ella, escape de él, escape por tres días de la realidad de todos. El ruido de ese camino de huída le suena a música y pasos arrastrados al compás del baile (¿qué tendrá que ver aquel viejo tango con la fanfarria de las fiestas?).

Es como si el tiempo se hubiera reanudado justo en la noche de aquel otro final de lunes de Vaquillas, es como si todo lo demás del año (el invierno, incluso la primavera junto a Las Ramblas) no hubiera existido y continuara la misma historia tras el siguiente amanecer.

Es la ilusión de estar de nuevo junto a él. Oírlo, verlo, y a veces, cuando en el tumulto, las charangas se cruzan pasando por las calles más estrechas de la ciudad, en esas ocasiones, hasta incluso rozarse atropelladamente. Ella le mira de reojo, a veces una mirada de frente cuando está lejos, y seguir así… ambos (¿aparentemente?) seguir con su grupo, con sus amigos, con sus parejas, con sus vidas.

Recordarlo ahora, cuando está abandonando Teruel es como echar una ojeada a las páginas de un libro nunca escrito, es leer sobre la historia que pudo ser o la que sólo ha sido en su imaginación. ¡No te montes películas! se dice a si misma cada comienzo de Vaquillas… pero ahí sigue, dirigiendo escenas imposibles, escribiendo finales de guión hasta con perdices.

De nuevo terminan otras vacaciones sin saber su nombre, de nuevo no volver a encontrarlo en ningún rincón de la pequeña ciudad después de las fiestas… y otra vez marcharse enamorada e ilusionada como el año anterior. Sólo le consuela la esperanza de que el tiempo sea el remedio. Tiempo para olvidarle un poco, tiempo que pase pronto para volver a verlo, otro año más, otra Vaquilla más...

Queda ya muy atrás el Torico, más desnudo sin su pañuelo rojo, más solitario que nunca de turolenses (ese abandono de agosto en busca del mar, de la frescura de la casa del pueblo). Mientras allá, en lo alto, afrontará valiente el objetivo extraño de cientos de cámaras de fotos de los turistas, ella se va también. En el cd del coche suena el mismo tango que dejó a medio escuchar cuando julio aún empezaba… esencia de mujer… Y las notas del violín se van perdiendo por la ventanilla en el perfil de un Teruel, largo y dúctil como la espina dorsal de una muchacha.






Albada 301



Office at night, Edward Hopper
DIABLOS
(22 de Julio de 2012)

Ya está ahí fuera, le reconoce aunque ya no le ve la cara. ¡Mejor, no le ha gustado nada lo que ha visto! Aquel pobre diablo acaba de abandonar el despacho con una expresión en el rostro muy distinta de la que tenía cuando entró. Por el tiempo que ha tardado en aparecer en la calle, adivina cuánto le ha costado bajar cada escalón, cada peldaño, desde el segundo piso (no ha oído que cogiera el viejo ascensor). Parece que le está viendo secarse el sudor de la frente (durante la entrevista ha conseguido estar sereno hasta el final) con un pañuelo blanquísimo, con tres iniciales bordadas tras tres puntos y exquisitamente planchado, parándose, apenas un par de segundos, antes de abrir con cierta dificultad la gran puerta de rejería modernista que da acceso a la entrada principal de la finca; lo hace (lo hará, sin ninguna duda, piensa) con un pequeño esfuerzo, porque no tiene una complexión vigorosa, más bien es delgado, tirando a alfeñique, a flojo, a poca cosa, así se lo describió su secretaria tras atenderle por primera vez, cuando acudió a la oficina para pedir cita; no llamó por teléfono antes, sino que fue él mismo allí, preguntando de manera directa, sin titubear, escudriñándolo todo, exigiendo resultados de antemano. Dato a considerar, apuntaría ese día entre sus notas del caso: persona de naturaleza desconfiada, controladora, que incluso en un asunto como éste, tan delicado, tan íntimo, necesita asegurarse al cien por cien de los resultados, como si se tratara de uno más de sus múltiples y pingües negocios. Este hombre, incapaz de delicadezas o de la más mínima perspicacia se sentó en su despacho con la misma segura prepotencia con que lo haría frente a su propio contable. Poco dotado para leer “las sutilezas del alma”, siguió escribiendo en sus notas él, cerrado y terco como un bruto, lo describió su secretaria después de que le tocara soportar un interrogatorio minucioso e insistente sobre en qué consistirían los informes y si aumentando la cuantía de los honorarios tendría la documentación en menos de veinticuatro horas... ¡rapidez y eficiencia, ese es mi lema!, les dijo con una sonrisa torva que pretendía ser simpática.
Se enciende de nuevo el puro. Lo cierto es que está casi sin empezar; cuando su eficiente secretaria le avisó que el cliente M. A. Z. subía por el ascensor le dio tiempo a apagarlo y dejarlo en el cenicero del cuarto de al lado (la socorrida habitación que le servía lo mismo para echar una cabezada a media mañana o como almacén de los centenares de carpetas de expedientes). Le dio tiempo, incluso, para abrir un poco el balcón y espantar el ligero humo. Aquel balcón. De siempre había tenido esa costumbre: retirar un poco la cortina y mirar el caminar del cliente que se acabara de marchar. Le decían mucho cómo eran sus movimientos, como se iba meciendo la silueta al tiempo que se alejaba, sus andares, resueltos o tímidos, la corpulencia o la fragilidad, la rectitud o curvatura de la espalda… ¡todos eran datos a considerar!
Le ve cruzar con pasos lentos la acera y pararse un poco dubitativo delante del cruce, son sólo dos segundos de indecisión porque al final no cambia de dirección y sigue recto por la avenida (él sabe que esa es la dirección que le conduce más rápidamente a casa); su paso cada vez se va haciendo más seguro, más rápido y firme, casi corre, se entremezcla con la gente, a veces hasta la roza, diríase, aún por la espalda, que se le nota alegre... sí, parece que el tipo está contento, relajado… pero a él no se le escapa esa ligera caricia al bolsillo interior de la chaqueta, una vez, dos veces.
Se gira veloz, brusco y casi grita el nombre de la secretaria. Pero no hace falta gritar, ella ya está junto a él, mirando, también discretamente, por el balcón, a la espera de sus órdenes. Llama inmediatamente a la esposa de Miguel Ángel Zenón, dile que tenía razón, que su marido la mataría si se enterase de que le engañaba, que sólo buscaba evidencias de lo que ya sospechaba. Avísale del peligro que corre, que se vaya, rápido, de su domicilio, que él ya lo sabe todo, que le acabamos de entregar las pruebas y va hacia su casa cargado de malas intenciones y una pistola en el bolsillo.
Sólo cuando la secretaria le confirma que el “recado” ha sido entendido por la cliente, llama a la comisaría más cercana. Ellos, allí, se encargarán del resto, sin preguntarle demasiado, piensa cuando cuelga ya totalmente tranquilo… son muchos años, son ya más que viejos conocidos.
El detective camina ahora por la acera de la avenida, se entremezcla con la gente, a veces le rozan. Es casi de noche y los escaparates han encendido sus luces de neón. Mientras vuelve a casa siente un escalofrío que le recorre la espalda, toda su columna parece habérsele paralizado de pronto como si una mirada en su nuca la hubiera recorrido entera. Deshecha la idea de inmediato y sonríe mientras su paso cada vez se va haciendo más rápido y firme, casi corre, incluso parece acariciar el bolsillo interior de su chaqueta, una vez, dos veces.

Albada 300



(Fotografía de Pepe Alcaide)

SIESTA DE ANEA
(15 de julio de 2012)

Bajo el porche, tumbado al lado de la puerta, casi a mis pies, veo bostezar al perro. Me he sacado la silla baja, la de anea; pesa poco pero es fuerte, aguanta el peso, hasta el de un viejo gordo como yo. Cuando te sientas en ella hace un ruido tenue, es como si fuera la silla la que se acomodase al cuerpo de uno y no al revés. Las descoloridas tiras de espadaña, tejidas con sabiduría antigua, aún conservan en la memoria vegetal un poco de su lozanía de antaño, cuando en aquel feroz noviembre la tormenta se coló entre los juncales de la laguna y ellas respondieron altivas, resistiéndose a la genuflexión, tamborileando, azotando a la lluvia y al viento con su agitar sonoro; aquel pequeño crujido al sentarme parece el eco de sus batallas.

Ahora, a la silla de anea la llevan los nietos de aquí para allá, cómo si fuera un juguete. Este verano alguien le ha pintado las patas y el respaldo de azul-turquesa; es como una novia vieja demasiado engalanada para su primer amor, parece otra, está desconocida. Las niñas sientan sobre ella a sus muñecas mientras fingen darles de comer cucharadas colmadas de imaginaria sopa que nunca se derrama; los niños, la tumban, la visten con trapos viejos y la convierten en improvisada tienda de campaña o en trinchera. Pero lo habitual es que la silla pase en un rincón muchos meses vacía, sobre todo cuando termina agosto y la casa sólo la habitan el perro, mis recuerdos y yo.

Era la silla de mi madre, después fue durante un breve tiempo mía (¡bien chico era yo entonces!), de la mujer, de las hijas… y, en cualquier momento, siempre ha sido la silla de todo el que entró en la casa.

A mi madre la recuerdo (todavía muy guapa, con su pelo brillante y rubio) sentada en el sombreado patio. Al atardecer, recién regados la buganvilla, el jazmín y los geranios, todo allí eran risas y perfume fresco; sentadas a su lado, la abuela, las tías y alguna vecina de visita, todas con la labor en el regazo (los bolillos o las interminables y coloridas colchas a punto de cruz)

En los fríos inviernos, sin embargo, el patio estaba callado y vacío. Entonces sólo yo utilizaba la silla de anea: era la única que por su tamaño servía para trabajar en la mesita junto a la lumbre de la cocina. A la vuelta del colegio, mi madre me daba la merienda y no me dejaba levantarme de allí hasta que no terminaba las cuentas. A ratos odié, por carcelero cruel, aquel amoroso asiento.

Y luego llegó ella, mi mujer. También es invernal y laboriosa su imagen en mi corazón, pero me duele aún tanto su figura, ausente y tan querida, que confundo las noches con los días a su lado: el ganchillo y el hilo entrelazado entre sus hábiles y largos dedos, el fuego de la chimenea reflejando el púrpura en su blanca piel... la sonrisa que a veces me elevaba desde su asiento en la silla diminuta… y la certeza, la certeza dolorosa de que entonces era el instante y el latido y de que todo lo querido estaba, aún, al alcance de mi mano.

Vinieron las hijas, se criaron al abrigo del cariño y partieron también. La ciudad quedaba lejos para un abuelo testarudo y cabezota; tampoco una vieja silla de anea encontraría sitio en un piso sin fuego en la chimenea.

A mi lado, junto a la puerta, veo de nuevo bostezar al perro. Se levanta y se mete dentro de la casa. A su paso tintinean las cuentas de colores de la cortina. Hace calor. El sol se ha atrevido a entrar hasta en esta umbría del porche. Mientras pienso, creo que podría haberme adelantado un caracol. Levanto la vista hacia el horizonte, hasta la falda de la montaña vecina. Apenas alcanzo a distinguir en la parcela del Matías las manchas blancas y negras; casi todas quietas, tumbadas, un par moviéndose lentamente. Seguro que allí debe hacer más fresco: la hierba húmeda, la brisa del roquedal de arriba bajando al valle… ¡un alivio para este sol castigador de la hora de la siesta! Pastar por la mañana, sestear toda la tarde ¡no estaría mal ser vaca!, me digo, y bostezo, bostezo ahora, al fin, yo también, contagiado por el tiempo y la nostalgia, mientras remuevo un poco mi cansado cuerpo sobre la silla de anea.

Albada 299

EL ÁRBOL
(8 de julio de 2012)

El árbol crecía despacio porque se asustaba de las nubes, sobre todo de esas blancas que tienen alma corredora y atraviesan el cielo a grandes zancadas, sin dejar apenas huella. También tenía miedo del sonido que hace el viento cuando, algunas noches, agita las copas de sus hermanos mayores y todas las hojas del bosque temblaban a la vez. Si la tormenta hacía estallar el rayo en el horizonte se agazapaba más, se retorcía acurrucándose en la tierra tierna y mullida por la lluvia.
Antes que alzarse y columpiar al aire, antes que husmear al sol e ir en busca de los hermosos cantos de los pájaros, que retener su peso ligero y agitado sobre las ramas, el árbol prefiere bajar a sus raíces y contemplar, iluminado por la luz verdosa que la sabia transporta, el trabajo ordenado de las hormigas…ver relucir, cimbreándose sobre la seda plateada, a la araña o acunar el silencioso despertar de la oruga a mariposa.
Asustado, se encoge cuando los pasos estremecen el suelo. Como un eco equivocado o mentiroso, las pisadas se oyen cada vez más poderosas y cercanas y es entonces cuando le cambia el color, se vuelve gris, opaco… se desfigura entero en una sombra como el humo y la agonía que anuncian la presencia del humano.
Aquel pequeño árbol tiene madera de cobarde. Lo sabe él y lo saben sus tres vecinos más cercanos, dos pinos jóvenes de un verde chillón cuajados de piñas aún cerradas, y la vieja encina azul, tronco rugoso, trenzado de cientos de venas arenosas, una por cada primavera que ha visto nacer. Lo saben también el musgo empapado y el topillo que esconde su descanso entre los guijarros de su base. Lo saben hasta las golondrinas que sortean al atardecer su silueta, haciéndole burla con sus suicidas filigranas de acróbata.
Al abrazar a un árbol, si es que sabes escuchar, dicen que él te cuenta sus secretos. Y este proyecto de árbol delicado y vulnerable, podría confesarte todo el temblor del mundo en su saludo. Como un Peter Pan inmóvil, que se rebela dejándose querer por el sol naranja que le estira y le estira para subirle a sus alturas; como un niño chico, mecido en el halda de la vida sin sueño ni deseo de reposo, el árbol te hablará del miedo tierno de su alma vegetal, tan parecido al nuestro, tan fiero y salvaje y a la vez tan desvalido su miedo, nuestro miedo…
Si es que lo sabes entender, si es que, por fin, has conseguido sacar el humo de la recamara de tu cabeza y logras percibir su palpitar entre tus brazos, te contará misteriosos amaneceres, te dirá secretos que sólo la luna y el bosque conocen …
Y cuando el árbol pequeño y miedoso se atreva un día a rasgar esas nubes vagabundas, tú te irás con la certeza de que esa gota en la camisa es mucho más que el zumo maduro de sus frutos.