Te regalo una estrella


TE REGALO UNA ESTRELLA
(29de junio de 2013)

"...Y cada noche vendrá una estrella
a hacerme compañía
que te cuente como estoy
que sepas lo que hay..."

Es sábado por la noche y se preparan  para salir. Cuando se pone el colgante a todas les llama la atención. Pocas chicas de Teruel no tienen una estrella, les dice a sus compañeras. Y las inglesas M. y A., la francesa J. y las alemanas R. y V., aquel equipo de naciones que son ahora las amigas de Lucia, se pasan el adorno de una a una y le dicen que quieren otra igual; que cuando vaya a Teruel, en vacaciones, les traiga una, que ellas también quieren tener su estrella. Una de esas que, como dice la canción, hace mucha compañía porque siempre son un regalo de alguien que te quiere bien. Y es cierto porque cuando con un gesto mecánico, Lucía se lleva la mano al cuello y la acaricia, sin pretenderlo le llega un poco del calor de ese cariño. Eso le pasa siempre que se pone la estrella, y la suele llevar muy a menudo.

Teruel queda lejos, ese océano que le parecía tan pequeño, tan abarcable cuando recorría con sus deditos de niña la bola del mundo, ahora, desde la otra orilla y bastante más mayor le parece interminable. Alguien le dijo que se animara, que aquellas tierras no son tan diferentes a la suya, que en Canadá las noches son frías como en Teruel pero el cielo, en cuanto sales de la ciudad, tiene también esa intensidad de nuestros azules más puros. También ese alguien al despedirse y regalarle un beso le contó que la estrella se llamaba Actuel.
Actuel, una supernova que al explotar brilló durante mucho tiempo tan intensamente, que su potente destello se podía contemplar incluso a pleno sol. Actuel, una estrella que nace brillando sobre la frente de la Constelación de Taurus, justamente en los lejanos tiempos en que Teruel, aún una pequeña aldea islámica, pronto se fraguaría en la ciudad intrépida y valerosa creada para la conquista.
Cuenta la leyenda que una fulgurante estrella señaló como mágico este lugar, enredándose entre los cuernos de un toro. Será casualidad o será que Actuel quedó impresa para siempre en la retina de aquellos primeros pobladores, el caso es que hoy toro y estrella están unidos en la leyenda de su fundación y continúan también juntos en nuestro escudo.
Símbolo de unión de culturas, símbolo de la magia que conlleva siempre la tolerancia y la generosidad, la estrella de ocho puntas que lleva Lucia al cuello le habla de este Teruel nuestro donde aún hoy un pequeño toro lo preside con la mirada expectante, silencioso, aguardando esperanzado que de nuevo la estrella platee desde el cielo su noble testuz.
Lucia se coloca de nuevo el colgante mientras les sigue contando a las amigas la historia de su ciudad. Si aquel astro guió antaño a valerosos guerreros hoy ella se siente también un poco heraldo de su tierra, valedora en modernos torneos de un futuro incierto que aún sigue aguardando en esa estrella, en su estrella.
Lejana la familia, lejanos los amigos, lejano el amor, pero a la vez todos en ella…. Es sábado y en la noche de Vancouver el cielo hace guiños a Lucía.








Albada 344



PÁJAROS

(21de juniode 2013)

… pero aquellas que el vuelo refrenaban / tu hermosura y mi dicha al contemplar; /aquellas que aprendieron nuestros nombres, / esas… ¡no volverán! Se equivocaba Becquer. No debía conocer mucho el poeta sevillano las costumbres de estos hermosos animales. Las “Hirundo rustica”, es decir, las golondrinas, siempre vuelven al lugar donde hicieron su nido. Después de cruzar miles de kilómetros desde sus cuarteles de invierno en las cálidas tierras africanas, incluso después de cruzar el mar, regresan con nosotros; vuelven a ese mismo nido que dejaron vacío allá para el mes de septiembre, cuando los días comenzaban a acortarse y el aire se enfriaba. Tener un nido de golondrinas en casa y poder contemplar de cerca la cría de los polluelos de estas gráciles y a la vez poderosas aves de reflejos azules (de un azul intenso de brillos metalizados si les acaricia el sol) es un auténtico privilegio y una de las razones que cualquier ser humano puede esgrimir para comenzar el día contento o simplemente esperanzado (que ya es mucho).
Las golondrinas, como sus parientes los aviones, llevan más de 35 millones de años volando de un lugar a otro, infatigables, laboriosos. Los nidos del avión, más amante de la ciudad (urbica) que la golondrina, afortunadamente aún se encuentran en algunos tejados y ventanas de nuestra ciudad. Hace poco los vi hasta en el mismo edificio del Vicerrectorado de la Universidad. Es un lujo. En otras ciudades los miman con esmero, hacen recuentos, premian a quien los protege. Nosotros, si queremos, aún estamos a tiempo de no perderlos del todo.

Llevo casi un mes sin poder salir de casa. La culpa la tienen una caída desafortunada (¿hay caídas dichosas?) y unos huesos rotos. Durante este tiempo, con tantas y tantas horas sin poder moverme, escuchar desde la mañana los cantos de los pájaros ha sido un aliciente, el mejor libro, la mejor música. Desde el balcón abierto veo cruzar veloces vencejos haciendo acrobacias mientras gritan alborozados. Los vencejos me recuerdan a mi niñez, cuando vivía en el Centro y al atardecer (o en lo más fresco de la mañana) se apoderaban del cielo de Teruel y moteaban todo el blanco de las nubes de inquietos y sonoros acentos. Más de alguna vez tuve que sortear lo infranqueable para colarme en el patio de luces de mi antigua casa. En su alboroto, algún despiste los había hecho caer allí y desde el suelo estas aves son incapaces de impulsarse para emprender el vuelo: si no se remediaba aquel pájaro, antes volátil y ligero, ahora un montón de dolientes plumas en el rincón más oscuro de un patio, estaba condenado a morir mientras veía en su agonía, por el cuadradito que se abría al cielo mucho más arriba (mi casa tenia cinco pisos), a sus compañeros atravesar como flechas el aire. Saber lo cierto de su destino y sobre todo de la dolorosa espera era demasiado para una niña, así que no importaba el riesgo. Claro que todo no era generosidad ni altruismo, porque yo tenía la mejor de las recompensas: después de recogerlo (siempre con un trapo para que no me clavara las uñas), soltarlo desde la terraza y verlo volar era un instante único, una experiencia apasionante (¿es posible qué una niña se sienta “Dios” en algún momento?). El vencejo vive en el cielo, sus alas nunca dejan de volar; sólo se posa para incubar sus huevos o cebar a los pollos; su cuerpo, con sus atrofiados pies (apus apus, ápodo: sin pies), no está hecho para estar quieto. Cuando un día la joven cría se decida y se lance al vacío en su primer vuelo, estará en el aire, sin tocar nunca tierra, más de dos años, hasta que la vida lo madure y construya su primer nido en la más alta de las cornisas. Mientras tanto se habrá alimentado volando, habrá copulado volando, habrá dormido volando. Como grandes peces con alas, surcaran los cielos con su pico abierto y nos librarán de millones de pertinaces mosquitos. Mientas los humanos dormimos, a casi dos mil metros por encima de nosotros, estas aves, reinas del cielo, dejándose acunar por las suaves corrientes del aire y sin nosotros saberlo, velarán nuestro sueño.
Pero no son sólo los vencejos, desde mi encierro veo más pájaros. Aquí abajo, en mi diminuto jardín de adosado, esta primavera puse varios comederos colgando de un pino. Uno con pan, del que dan, constantemente, buena cuenta los gorriones (un día hablaré de los increíbles gorriones); otro con semillas y trozos de nuez que embadurné con grasa y que han hecho las delicias de una pareja de carboneros garrapinos (aunque parece que no les gustó el nido que les fabriqué con una caja de leche y se han marchado a criar a otro lugar). A veces veo también petirrojos, currucas capirotadas, y alguna que otra picaraza (urraca) que está al acecho por lo que pueda “pillar”, aunque no cuenta con que mi perro, que tiene una particular manía a los pájaros de su especie, las perseguirá infatigable.
Veo al mirlo de siempre (el “de siempre” porque estas aves son muy territoriales) posado en las antenas de la casa de enfrente. El mirlo canta y canta y a mi me parece que mira hacia mi ventana, quiero creer que me ve mirarle y por eso canta; eso pienso (ilusa) hasta que vuela hasta allí, cruzando por encima de mi tejado, la mirlo hembra (más clara y reservada que su compañero) y emprenden el vuelo juntos, quizás hasta otra antena más discreta.
No me puedo imaginar una ciudad sin pájaros. Sería como esas “cosas” valiosísimas que no las hechas de menos hasta que te faltan, cuando la vida ya no es igual de “Vida”, sin ellas.
Una ciudad sin pájaros es como una ciudad sin niños. Recuerdo en un viaje hace muchos años a una ciudad del norte de Europa en la que no llegué a ver, en los tres días que estuve, ningún niño. No me inquieté hasta que de pronto me di cuenta de su ausencia y entonces dejé de admirar sus “notables” monumentos para buscar desesperadamente la mirada de un niño por la calle. Quizás estaban en el “cole” no sé, el caso es que me marché de aquella hermosa ciudad con una secreta angustia.
Al anochecer oigo a los autillos del otro lado de la carretera, en la Rambla Franquía. La noche se hace más ligera, menos oscura con su canto.
Y aquí sigo con mi cuerpo roto. Los días se nos van deprisa y se va perdiendo la cuenta de los años. Quizás, al final, resulta que sí hay caídas afortunadas. Al menos, de vez en cuando, es bueno parar un poco y simplemente dejar tiempo para mirarse y escucharse a uno mismo; y como no, aprovechar para mirarlos y escucharlos también a ellos, los pájaros, nuestros etéreos compañeros.

 

















Albada 343

UNA DE ROMANOS POR TERUEL
(16 de junio de 2013)

¡Parece que Roma quede tan lejos! Mañana antes de que amanezca y el sol de Iunius comience a dorar la cosecha de sus hermosos campos abandonaré definitivamente esta tierra. Roma me reclama y vuelvo a ella sabiendo que aquí dejo, desgarrada y herida, parte de mi vida. Aquí, flotando en el agua alegre y el viento que peina la agreste sierra; aquí, dormido entre sus trigales, bajo los altivos pinos y las encinas ocres… Aquí mismo, en esta ciudad tranquila y recogida, donde se queda mi querida madre. Ayer, esta noble matrona ejemplo de todas las virtudes, Maria Stenna, mientras ofrendaba al Lar, me decía con su sonrisa afable que ya es demasiado vieja para enfrentarse a la vida trepidante de la gran urbe de las urbes, que prefería ver pasar sus días sentada en el peristilo disfrutando de la dulce brisa del jardín y del canto de las aves. Con ella, aquí también, se nos queda la pequeña Marcella. Marcella murió hace una semana.

Ahora todo está oscuro y silencioso; apenas un rayo de luna se cuela desde el atrio hasta mi cubículo. Hecho de menos el tarareo machacón de los grillos del verano para exorcizar recuerdos mientras me veo a mi mismo, hace muchos años, en esta habitación; es otra noche oscura y silenciosa como ésta, pero a la vez muy distinta: hace poco que acabo de llegar a estas tierras de la Hispania Citerior, la Tarraconensis próspera para la que la madre Roma tiene tantos planes; estoy bastantes años más joven, mi cabeza aún la cubren cabellos negros; he dejado el tratado de Marco Vitruvio Polión sobre la mesa y apago las lucernas. Agotado, deseo dormir, tener un sueño reparador y profundo; por hoy ya basta de trabajo. La misiva que Sexto Julio Frontino me ha enviado está bajo el docto De Architectura. La carta es clara y las órdenes tajantes, no dejan lugar a dudas del gran interés que desde la metrópolis se tiene en este proyecto; hay que adelantar y terminar rápido, cueste lo que cueste; Roma tiene dinero y tiene también decidido construir el acueducto. El futuro dispuesto por el Emperador para esta pequeña ciudad y sus tierras es determinante y en poco tiempo surgirán nuevas y alegres domus mientras decenas de batanes, fraguas y molinos harineros jalonarán todo el trazado del specus. La ingeniería romana parece no conocer límites y los ingenios hidráulicos se reparten por todos sus dominios. El Imperio es otra gran máquina que necesita estar siempre engrasada y en marcha, y el prudente Trajano sabe que estas obras civiles, garantes del bienestar cotidiano, son el verdadero motor de su poder. En el duermevela me viene a la cabeza el rostro del viejo cónsul Frontino, trabajé con él ya en tiempos de Nerca, cuando fue nombrado curator aquarum y juntos nos enfrentamos a la tarea de sanear al padre Tiber. Fueron años duros, pero no tanto como éstos en que a la dificultad y complejidad de acertar con el trazado de las curvas de nivel se unen la penosidad de la excavación del terreno y las prisas por acabar el acueducto. Las tareas se llevan a veces con un ritmo infernal. Sólo al atardecer, cuando nos refrescamos con un buen vino en la taberna, se nos olvida un poco que al día siguiente la tarea nos espera con la urgencia y dificultad de siempre.

Dormí por fin y descansé bien aquella noche y también las cientos de noches más que la siguieron. Dormía y trabajaba duro, todos trabajábamos tenazmente mientras poco a poco este gran canal se abría paso dentro de la roca blanca.
Vuelvo al presente más cercano, justo cuando, este mediodía, me abracé a Lupercio, el jefe de los mensores, y me despedí de scribas y praecones. Di las últimas instrucciones a los capataces de la obra y comprobé la excelente ejecución de los plumbarii. Artesanos y fossores me saludaron mientras almorzaban. Todos parecen contentos. No queda prácticamente nada por hacer, las herramientas se recogen y los animales de carga reposan tranquilos en los establos. Ya se han retirado las últimas poleas de los putei y los escombros y los limos se han ocultado con pericia. Todo tan perfecto que parece que nunca hubiera sucedido nada en estos tranquilos campos de la Hispania.
Hace dos días, cuando el azud se abrió por fin, desde los lumina todos pudimos oír el borboteo alegre y decidido del agua corriendo. El grito de victoria de tantas gargantas fue una única y potente voz emocionada al ver aparecer el preciado líquido en la cisterna central: la obra estaba concluida. El propósito logrado: el acueducto era un nuevo éxito que hablaba latín y vestía toga.
Concluida mi labor, me reclaman con urgencia a Roma. Pese al duro trabajo se que añoraré esta tierra. Son muchos años recorriéndola con detenimiento, sopesando delicadamente cada detalle de su perfil, cada pliegue de sus entrañas, midiendo con detalle amoroso cada una de sus crestas y barrancos, trazando el dibujo de su piel una y otra vez mientras que, cambiada, parecía tomar vida para mi. Me enamoré de su río joven, de sus campos cubiertos de aliagas amarillas y sabinas centenarias… ella me dio a mi hija y en ella, abrazada a las hojas de los álamos, la dejo. Marcharé dejando mi corazón en su romero azul, bajo el que descansa su recuerdo. Mi madre ha encargado a Julius, el maestro de los canteros, una hermosa estela. Marcella / M(ari) • Caledi • fil(ia) / h(ic) • s(ita) • e(st) / Maria / Stenna / nepotae he leído esculpido en elegantes letras sobre la piedra. Es su regalo, la ofrenda de una abuela enternecida por su nieta.

Todo sigue silencioso. Enciendo la lucerna. Queda poco para amanecer. El alba comenzará a llamar a las calandrias más madrugadoras. Pronto cabalgaré junto al acueducto y oiré el agua correr con fuerza por el interior de la montaña; pero el agua caminará en una dirección que ya no será la mía. No miraré hacia atrás, me espera un largo, muy largo, camino y Roma ¡queda aún tan lejos!










Albada 342




EREMITA
(9 de junio de 2013)

Mi vecino del séptimo-C era un solitario feliz. El señor X disfrutaba lo indecible con cada uno de sus rituales cotidianos: enfurruñarse un poco al oír el despertador y aguantar un rato más en la cama (lo justo), desperezarse y arreglarse con calma; saludar con un educado “buenos días” al portero de la finca, disfrutar del cortado frugal en la familiar cafetería del barrio… hundirse en la boca de Metro más cercana y confundirse con la multitud… y así, uno a uno, los mismos pasos hasta concluir una agotadora jornada laboral de siete horas y media (con su correspondiente intermedio en la comida) para de nuevo, otro atardecer más, deshacer bajo el asfalto de Madrid el camino de vuelta a casa.

No pedía lujos, ni grandes sueldos. No tenía caprichos ni ambiciones; sólo eso: ser el jefe de su propia cotidianeidad. Tener todo el día regulado y pautado, la garantía de que a cada momento sabía lo que se le pedía y debía hacer (y, por supuesto, hacerlo) le daba una sensación de “persona de bien”, de que su vida “marchaba” y todo era como “debía de ser”. Cuando cada noche se acostaba, entre la soledad y el deber cumplido, rápidamente le podía un sueño reparador, y el no padecer de insomnio, el dormir como “un bendito”, lo consideraba el justo premio a sus desvelos de ejemplar cumplidor.

Aunque era un solitario, el señor X no era un tipo aislado. Le gustaba estar rodeado de gente, cuanta más mejor; nunca se sentía más a gusto y solo que cuando se encontraba en un sitio concurrido. Durante la comida, que solía hacer siempre en el mismo abarrotado restaurante y, por supuesto invariablemente, en la misma mesa (su mesa) junto a la
ventana (su ventana), pasaba alguno de los momentos más agradables del día. Observaba, recogía mentalmente información (tenía perspicaz oído, aguda vista, envidiable olfato y, sobre todo, sabía pasar desapercibido bien), procesaba, especulaba y “sustanciaba” en sesudos argumentos todo lo que a él le parecía digno de retener. Pero su conocimiento era frío y sin sentido práctico alguno, nunca podría considerarse al señor X como un solidario, un abnegado filósofo del siglo XXI entregado a “allanar” el camino de la humanidad con sus elaborados conocimientos: era egocéntrico e indiferente a todo lo que no fuera el mismo, y si alguien le hubiera preguntado hubiera contestado que no creía correcto que con sus impuestos se debiera ayudar a los que lo están pasando mal si eso desestabilizaba un ápice su propio bienestar.

El del séptimo se tenía simplemente por ermitaño, una suerte de anacoreta enamorado de la soledad y del orden de los que gozaba en un desierto lleno de las facilidades de la vida moderna. Alguna vez, pero sólo muy rara vez, se lamentaba de que su soledad no tuviera el lustre y un poco del aspaviento heroico de aquellos eremitas de antaño, pero no se veía cambiando su traje de formal funcionario por un áspero sayal ni su casa por una cueva perdida en el monte. Al contrario, cuando llegaba de nuevo a casa repetía con parsimonia y extremado placer la ceremonia de encender el televisor y apoltronarse con un suspiro de satisfacción en su sillón favorito: ¡era su derecho, su justo premio!

Firmé mi declaración aunque en la cara del agente vi claramente que todo aquel sermón que le había soltado sobre mi vecino fuera a servir de algo. Creo que alguien del edificio dijo a la policía que habían hecho recortes en su oficina y al señor X le había tocado irse al paro. Claro que esto había sucedido, por lo visto, hacia más de un año y curiosamente yo había seguido viendo salir y llegar puntualmente a sus horas a mi cumplidor vecino. El agente me dio las gracias y supe que pensaba que lo que yo dijera no se considerarían más que simples cotilleos de una vieja solitaria.

Temporalmente clausuraron con cintas de plástico la puerta del séptimo-C. Pasado el tiempo vinieron a vivir allí una agradabilísima familia con tres hijos que dieron “mucha vida” a mi rellano de escalera.

De donde se ponen el sol y el frío

(8 de Junio de 2013) 



Con guantes y con bufanda y también con la nariz helada se dan un beso. Les surge así, de repente. Emocionados ante la belleza de aquella puesta de sol se besan, no hay palabra ni mejor respuesta… incluso cualquier mordaz aprendiz de glaciar se hubiera derretido como ellos ante la visión que tienen justo enfrente. También verlos besarse en aquel helado atardecer de Teruel hubiera abrigado de ternura al primero que les hubiera visto. Pero en aquel instante, en el Óvalo, no hay nadie más. Salvo la amorosa pareja el paseo está vacío:   los pocos viandantes que ahora caminan otras calles lo hacen deprisa y con las manos en los bolsillos. En nuestra ciudad, el domingo invernal, ya acercándose la anochecida, llama al sillón del cuarto de estar o a lo sumo (a los que se les antoja demasiado pronto pensar en el lunes laborioso) al calor de la barra de un bar.
Mientras tanto, mientras se bajan las persianas y se ciegan las ventanas, se pone el sol fuera y también busca su sitio el frío. Envolviendo al cielo inocente, el aire gélido se llena de rosadas evanescencias que atraviesan de punta a punta la ciudad bruñendo el barro de los últimos tejados, nacarando la piel escarchada de las cuatro antiguas torres… en segundos Teruel se sumergirá en púrpura y azul y tiritará sobrecogido.
Apoyados sobre la barbacana de la Escalinata los enamorados se han quedado apresados por el horizonte… es lo que tienen las puestas de sol de nuestra ciudad: pueden (suelen) ser tan hermosas, que abruman y dejan fascinado al que se atreve a detenerse en ellas. El observador tiene la impresión de que en aquellos segundos está formando parte de algo irrepetible, de un momento de belleza que sin previo aviso arrebata la voluntad y a cambio te inunda por completo de paz y bienestar. Y si “hace fresco”, si ese frío de Teruel, por el que salimos en los mapas del tiempo y en los blogs de los turistas avezados, ha venido de nuevo a visitarnos, el temblor será más intenso hasta notar como se nos cuela en el centro mismo de los huesos la belleza del escalofrío del último rayo de sol; sustancia, tuétano del alma, que consigue milagrosamente por un instante detener la Vida.
Muy a menudo los verdaderos referentes o lo que en esta sección venimos llamando “símbolos” de una ciudad no están hechos de materia o al menos no de una materia tan palpable como pueden serlo una estatua o un edificio. A veces son algo tan etéreo y sutil que han permanecido prendidos en el alma de sus habitantes desde sus inicios.
En esta categoría hay que considerar nuestras puestas de sol y nuestro frío. Ambos forman parte de nosotros, nos han calado hondo y nos han conformado esperanzados de belleza y resistentes (¿abnegados?) a la adversidad. Nos han ido haciendo cada día más fuertes y sensibles, tanto que, sin darnos cuenta, el carácter de los turolenses no sería el mismo sin ellos. Somos parte de una tribu todavía detenida, todavía por saber a dónde ir, pequeña crisálida acunada por el cielo.

Ya las primeras estrellas hacen guiños desde lo alto de la Muela cuando la pareja se adentra en la ciudad. Bien podrían haberse llamado Isabel y Juan, bien podrían haber sido “ellos”, pero en definitiva da igual porque nunca faltarán historias de Amor en esta ciudad: en nuestro Teruel, dónde se buscan para besarse el sol y el frío.




Albada 341




LE MÉTÈQUE
(26 de mayo de 2013) 




Es domingo y el tiempo le ha dado una pequeña tregua que ella quiere entender que es a su libertad o incluso a la buena marcha de su salud “mental”. Ha sido una semana de trabajo penosa, enclaustrada entre paredes y prohibiciones absurdas, en que apenas ha tenido tiempo de mirar hacia arriba y respirar el cielo. Se sienta junto a la ventana y al abrir el suplemento del periódico encuentra una foto (¿de los años 90 quizás?) y su antiguo nombre, Giuseppe Mustacci, en grande. Se le agolpan los recuerdos. Adoraba las letras de sus canciones, le gustaba su voz contenida, bien timbrada, toda suavidad. Descubrió y se aficionó a la “chanson française” gracias a sus Ma liberté y Ma solitude y nunca agradecería bastante ese hermoso encuentro que le haría compañía durante su juventud en una ciudad pequeña reina de páramos, sembrada como ella misma de sueños y desafíos que nunca parecían decidirse a nacer.

Griego, italiano, judío, francés, enamorado del Mediterráneo de su infancia en Alejandría (“respirar el olor salado del viento, aventurarse con la barca entre los barcos de guerra inmóviles, explorar calas lejanas, arrancar mejillones de las rocas, mirar furtivamente el cuerpo de las chicas que se desnudan en las playas…”) y del Brasil tropical y exótico en su madurez, viajero incansable que amaba empaparse de la Vida… ese era Moustaki… apasionado, seductor, comprometido… ciudadano del mundo que nunca se sintió realmente “extranjero” en ningún sitio, porque para él las fronteras eran solamente líneas de humo trazadas en el aire, ese era/es el autor de Le Métèque, el himno de los desterrados y apátridas. Todo eso y aquella melena y barba descuidada (que sin embargo le daban un aire de hombre bondadoso “que nunca defraudaría”) le vienen esta tarde de domingo a la memoria. Acaba de enterarse de que ha muerto y se da cuenta de que hace mucho (demasiado) tiempo que no le ha vuelto a escuchar. Recupera de entre sus viejos discos de vinilo aquel Lp que se compró en Barcelona. “Por haber dormido tan a menudo con mi soledad se ha convertido casi en una amiga, en una dulce costumbre. No me deja ni un momento. Fiel como una sombra me ha seguido por todas partes, por los cuatro rincones del mundo. No, nunca estoy solo, con mi soledad”… vuelve a oírle cantar y se baña toda la habitación de su voz tan tierna como profunda e irrebatible. Cabe todo un mundo interminable dentro de estas cuatro paredes que ya no son más que  barandas por donde inclinarse al infinito. La buena música, los buenos hombres como George Moustaki, tienen esas cosas… abren límites, derriban fronteras… incluso rompen en mil pedazos el desagradable recuerdo de una semana difícil. Sólo hay que dejarlos sonar y no olvidarlos nunca demasiado.







Albada 340






PETER
(19de mayo de 2012)


De día trabajo, y, por las noches, bebo, escribía Philip Larkin; me despierto en la oscuridad y, en la oscuridad, miro, seguía el poema. La noche puede ser tan larga que a veces no termina nunca aunque esté blanco como arcilla, el cielo. Despertar de la noche puede que te lleve toda una vida, o puede que toda la vida lleve la noche cosida a tus talones y nunca llegues a ver los muebles que habitan este cuarto absoluto y definitivo, funda gris de lo cotidiano. Él, de momento, sólo sabe que cada día se va haciendo más mayor, la niñez es un recuerdo que resbala por encima de su cabeza rala, y al acostarse reza a Peter para olvidarse de las pesadillas diurnas.

Y un anochecer va Peter y se le aparece con su flauta de Pam, con la sombra recobrada y ese gorrito con pluma roja; y le propone volar a Nunca Jamás y él, entonces, le dice que le lleve.

Y Teruel se va volviendo cada vez más pequeñito mientras distingue a través de tejados, transparentes como el cristal, a su jefa dormida a pierna suelta, repantigada entre almohadones y edredones a cuadros comprados en Ikea; y se fija en su tendero de siempre haciendo cuentas sobre la vieja mesa del almacén, y ve a la vecina chismosa dormida con el mando de la tele sobre regazo; y al alcalde, también dormido, en la parte de atrás del coche oficial que le lleva y le trae de cualquier viaje; y descubre a dos amantes juntos y despiertos, y a un enfermo también despierto, y a un niño que tiene pesadillas llamando a gritos a su madre… y Teruel… ¡Teruel ya casi ni se ve!

Y se alejan cielo arriba, los brazos extendidos, las piernas estiradas, rozándose con los vencejos que duermen acunados por el aire; y se pierden más allá de la primera estrella, y luego de la segunda y después de aquella otra, la de la esquina más lejana. Y Peter, que va volando delante, de vez en cuando vuelve la cabeza para hacerle un guiño mientras le habla de Los Niños Perdidos o de como asusta el garfio de plata del Capitán Hook.

El vuelo dura tanto, o quizás tan poco, que no sabe contar el tiempo que ha pasado cuando le saluda el suave tintineo. Campanilla es más brillante, más hermosa y mucho más pequeña de lo que hubiera imaginado: apenas alcanza a sujetarse de su oreja y susurrarle que le siga ahora a ella… el sonar de las campanas se va dibujando más fuerte, más ingrato hasta convertirse en un desagradable timbre que desaparece cuando su mano derecha alcanza al fin el despertador: el trabajo espera. Van de casa en casa carteros y médicos terminaba el poema de Larkin.

Albada 339




AHORA
(12 de mayo de 2013)

 
Para recordárselo y con la idea de que sea lo primero que vea al despertar ha escrito la frase en una cartulina y la ha pegado en la pared frente a la cama. No es que sea olvidadizo, al contrario, como corresponde a una de sus mayores preocupaciones, siempre ha procurado llevar al día la “lista de las cosas pendientes” para no dejar nada ni a nadie sin lo que se espera de él. Martín ha sido desde niño alguien ejemplar, lo que se dice “una persona como debe de ser”.

Últimamente se le han complicado tanto las cosas que no llega ni a la mitad de esa “lista” y ve que la vida es muy frágil, que toda una existencia repleta de empeños y perseverancia se derrumba tan fácilmente como un castillo de naipes (cuanto más alto y delicado es el castillo, cuanto más tiempo ha costado construirlo, más fuerte y estrepitosa es la caída).

Las preocupaciones se le agolpan en las sienes y un nudo le oprime el pecho casi constantemente. Pero hoy, ahora, está Martín en ese breve intervalo del “casi”: el aire tibio penetrando en los pulmones, cada uno de los sentidos funcionando con precisión… está en paz con su cuerpo y, por una vez, hasta con su alma: no piensa, sólo siente; se deja invadir por la curva sinuosa de la verdeante ladera, por el canto del jilguero y la calandria, por la sombra del nogal ya en flor. El campo, después de las lluvias y la nieve inesperada de abril está esplendido. Como si nada hubiera sucedido antes, ni problemas, ni preocupaciones, como si no hubieran existido volcanes, ni miocenos, ni pleistocenos, como si el viento de febrero y la helada de marzo fueran un sueño. Los campos sembrados son cuadraditos de verde- limón y verde-esmeralda y Martín piensa que fuera de allí, de aquel ahora que no alcanza a terminar, está la tormenta y que el camino es el camino amorosamente trazado, que el árbol es el árbol y crece con todas sus ramas en armonioso orden, que las piedras son piedras nada más porque ya cumplen con serlo, que los pájaros cantan porque es lo que se quiere de ellos, que todo esta en su sitio, donde debe y donde se espera. Es el AHORA y es su ahora, es el ahora de todos los instantes, lo único que existe.

“No conozco la clave del éxito, pero se que la clave del fracaso es tratar de complacer a todo el mundo” Desclava la frase del W. Allen de la pared frente a la cama. Ya no la necesita, tiene el instante.

Una glorieta sonora






 

UN GLORIETA SONORA

(11 DE MAYO DE 2013)

Al amanecer no queda ya quien me recuerde tal como fui en el principio; pero pese a tantos cambios aún me reconozco en el color sepia: la explanada soleada, la sempiterna carretera plegando en el abrazo de su curva el Este festivo y marinero sobre el Norte silencioso, las siluetas de los paseantes como lunares flotando en esta pecera mágica llena de tiempo suspendido que es una foto antigua… nostalgia. Pero me la espanto pronto: y al mediodía vuelvo a mirarme hermosa en el espejo de otra fotografía: los últimos destellos del caprichoso Modernismo no me han olvidado y me han regalado un sutil templete de tejados ondulados y columnas de hierro… en su barandilla, forjadas amorosamente, las notas del himno que el maestro Bretón dedicó a Teruel. En la imagen, de nuevo, mis hijos me recorren cadenciosamente sorteando las farolas que emergen de sus bancos de mosaicos multicolores o se refugian bajo la sombra de las resistentes acacias; a su espalda la fachada del antiguo Convento de Santo Domingo alberga ahora el Gobierno Civil, la Delegación de Hacienda, el Banco Hispano Americano, la Jefatura de Obras Públicas... creo que definitivamente me he convertido en un espacio importante para la ciudad. Mi nombre resulta sonoro y prometedor: Glorieta. La Glorieta de Galán y Castillo, tan sonoro como los bailes que albergaba mi flamante pabellón junto a la carretera o el jolgorio que traía la brisa de la concurrida terraza del Hotel Aragón, en el vecino Paseo de la Infanta Isabel frente a la Escalinata. Recuerdo bien que era tiempo de tertulias, de conversaciones apasionadas sobre revueltas políticas, viajes tentadores, inventos asombrosos… Teruel bullía “a la hora del vermut” y familias enteras aprovechaban cualquier hora de asueto para salir a la calle y disfrutar de la risueña primavera.

La tarde nos sorprendió a todos con la feroz contienda fraticida. La batería de cañones desde la “Casa del Barco” apuntó directamente hacia mí y acertar no fue difícil, apenas nada quedó de lo que antaño había sido. Quizás esa farola rota del medio. De aquellos días aciagos sí que permanecen todavía miradas que lo vieron todo, manos que se estremecieron y que ahora, apoyadas en un bastón, me siguen recorriendo.

Del amasijo de escombros y ruinas el Servicio Nacional de Regiones Devastadas hizo tabla rasa y trazó con tiralíneas mis nuevos jardines. Me volvió a dar un templete, menos airoso eso si aunque solemne y contundente, con sus diez arcos de medio punto y debajo el bar Nido, donde los paseantes compraban gaseosas y se sentaban en su terraza a tomar aperitivos los domingos por la mañana. La vida, poco a poco, me a abrió paso y la verdura de árboles y parterres me convirtieron en la prometedora selva de los chiquillos: la tierra polvorienta de mi suelo fue el paraíso de las combas y del “churro va”. Las rodillas con mercromina me recorrían veloces jugando al “tú la posas” mientras en las esquinas se oían incansables los tute, retute y guá… Me cambiaron el nombre: por suerte no tenía aún su “estatua” y todavía podía ofrecer conciertos y bailes a los turolenses. Fue a principios de los setenta cuando llegó el busto del “Generalisimo” y más estatuas bordeando una absurda fuente de luces… y un suelo de piedra blanca con extraños rombos rojos que nadie entendió… y me quitaron el templete y la música… y la vista infinita a la Muela del Pinar tapada por un anodino edificio... sólo me quedó esconderme en las coquetas pérgolas de ladrillitos rojos que se emboscaban bajo las enredaderas que se olvidaron quitar.

Anochece y de nuevo estoy aquí, en mi tercera y espero que no definitiva “reforma”. Después de tantos y tan movidos años me consuelo pensando que este color gris, que este vacío que me cubre ahora serán sólo pasajeras, que volveré a estar más guapa, que mis hijos turolenses se enamorarán de nuevo bajo la sombra de las acacias, que la música y la dulce compañía me recorrerán otra vez de uno a otro lado.

Me consuelo al pensar en otros muchos lugares emblemáticos de Teruel que también saben de desafortunadas mudanzas. Me digo que es normal; que no debo asustarme; que al fin y al cabo distintas sensibilidades dan un resultado muy diferente dependiendo de la época y los intereses. Me digo eso y muchas cosas más, mientras espero que me crezcan las rosas y que alguien me plante un árbol, o dos o tres… mientras aguardo que me pinten una sonrisa y un arco iris…








Albada 338


COMIDA
(5 de mayo de 2013)

Resulta que a pesar de haber adelgazado tanto a costa de apretarnos el cinturón ya no podemos comernos ni un Huesito. Por lo menos un Huesito de los de “siempre”, made in Aragón. Porque si lo que quieres es uno de los de toda la vida, uno de esos de barquillo crujiente bañados en chocolate con leche que idearon e ininterrumpidamente se han venido haciendo en la aragonesa Chocolates Hueso de Ateca, muy pronto ya no los vas a encontrar fabricados por nuestros paisanos. Ahora en esta tierra nuestra, como nos está pasando con muchos otros productos y con muchas otras fábricas, empresas y talleres, nos quedaremos también sin poder producir la famosa “ambrosia–praline de chocolate” ideada en 1975 en las instalaciones de Ateca: con eso de la deslocalización se llevaran su elaboración a Polonia; allí las ayudas y la mano de obra a la multinacional que desde hace unos años gestiona su producción (2010) le deben resultar mucho más “apetitosas”, casi hasta el punto de producirle un empacho si se descuida. La misma multinacional que compró la empresa que allá por 1862 fundará Francisco Hueso se llevará también fuera (en este caso a la más cercana Valladolid) los conocidos caramelos “Respiral”.

A nosotros, y especialmente dolorosos para Ateca, nos quedarán los 120 nuevos parados, en aras del capitalismo feroz que tiene en la globalización una de sus más fervientes aliadas, el instrumento eficaz que no sabe de pueblos que se tambalean ni de familias que se hunden… sólo de cifras, convenientemente maquilladas que resultan más que nutritivas ya que engordan a placer los bolsillos de unos accionistas que en sus paraísos nada saben de un pueblo “antiguo” a orillas del Jalón y del Manubles.

La sombra de las multinacionales es demasiado alargada, extremadamente poderosa y la crisis, que favorece muchos desmanes “legales”, no sólo va aumentar la cuantiosa lista de parados: muchos otros, variados y graves, serán sus efectos. La producción de alimentos (tanto como el agua), se va a convertir pronto en uno de los problemas capitales de la humanidad, ya lo es realmente, aunque muchos no seamos todavía capaces de distinguirlo y prever sus consecuencias.

En Norteamérica estudiosos hay que empiezan a medir la pobreza de una población con la distancia que ésta tiene que recorrer para adquirir verdura y fruta. Eso si, la comida rápida, la comida basura, la tienen nada más abrir la puerta de su nevera; de nuevo se hace patente el poder que tienen las grandes multinacionales y la globalización, capaces de llegar a cualquier rincón de nuestras casas. Parece baladí pero no lo es en absoluto: cada vez más “gente” (y no sólo los habitantes de los extrarradios de las grandes urbes americanas) tiene que recorrer tal cantidad de Kms. para encontrar un establecimiento que le proporcione “comida de la buena”, un sitio donde adquirir vegetales, hortalizas, productos frescos… que su economía no le permite desplazarse en el coche hasta las mismas: “esa clase de comida” se ha convertido en un lujo, en alimento para ricos. La gordura, sin embargo, el colesterol y la grasa serán cada vez más patrimonio de todos, agrandarán nuestras caras y achinarán sonrisas entre mofletes rechonchos… es lo que tienen la comida basura que “cunde mucho”.

“Cunden” también las explotaciones de otros alimentos como las gambas. Para la creación de estas “granjas” se talan los manglares, se desforesta la selva, aumenta la salinización y la contaminación, desaparecen los deltas que regulan el aumento del nivel del mar… se planta el caos a cambio de conseguir un producto que nunca hemos comprado tan barato. Es la especulación, el dinero rápido y fácil para unos pocos a costa de todo, aunque este “todo” sea la supervivencia de nuestras regiones más fértiles. “Cunden” también, las mono-plantaciones de aceite de palma, responsables de uno de los mayores desastres ecológicos del momento que se está llevando por delante bosques y selvas enteras…

La lista de atropellos sería larga. Pero volviendo ahora a nuestras queridas galletas de chocolate, los ricos Huesitos que la multinacional de turno se lleva a otro país, sólo se me ocurre, además de lamentarlo profundamente, que quizás la vuelta al consumo propio, a la fabricación local controlada y de calidad (actualmente contenían algo de grasas hidrogenadas) podría ser un futuro (el futuro para este dulce aragonés y también para la mayoría de los alimentos cotidianos que tendríamos que empezar a buscar mucho más cerca), abrir un camino, aunque sea al principio pequeño, que no deje a esa hermosa tierra bilbilitana sola esperando junto al Jalón y el Manubles






Albada 337



CATÁLOGO
(28 de abril de 2013)

Quizás la costumbre le viniera de cuando era muy niña, de cuando aún no sabía ni andar.

Su madre le contaba que a la atardecida, al dejar de apretar el calor, todas las mujeres de la familia (la abuela, las dos tías, tres de sus primas mayores) y algunas vecinas como la señora Fuensanta y La Margarita (siempre fue “La Margarita”, sin ningún otro apelativo delante) se reunían a coser en la puerta de casa; a coser y a escuchar la radio, y a comentar chascarrillos de la tele, y a recordar viejas historias de los vecinos o de quienes -hijos y nietos del pueblo- iban llegando de la capital, con sus coches repletos de bártulos y maletas de colores, para pasar las vacaciones.

Y ella también estaba allí, con las mujeres de la casa, en su cuna todavía, al lado de su madre y del bordador de su prima Isabel o del mundillo forrado de verde sobre el que La Margarita movía una y otra vez los bolillos (más de treinta palillos que con una habilidad pasmosa iban construyendo un hermoso camino de encaje tan delicado como el sutil sonido que surgía al cruzarlos de uno a otro lado).

Y sí, seguramente la costumbre de mirar al cielo le venía de aquellas tardes dulces de verano. Braceaba, movía las piernecitas y barboteaba; su madre le decía que gorjeaba como los pichones de la torre de la iglesia, y que tenía siempre la vista fija en el cielo, viendo pasar las nubes por encima del tejado de aquella pared encalada, esa pared que era una ventana abierta al mundo entre macetas de geranios y claveles.

A diferenciarlas mejor, le ayudó, sin embargo, la parte masculina de la familia. Fue el abuelo Pepe el que le enseñó cuales eran las que traían tormenta o las que sólo jugaban a tapar el sol y se esfumarían en un suspiro; le habló de las más altas que él llamaba “nubes de hielo” (no sabía, claro, que eran “cirros”… eso se lo explicaría a ella en la clase de Ciencias Naturales la maestra de tercero, doña Maruja) y también de las más bajitas, ésas que formaban como una manta que envolvía los bancales de detrás de las eras y que siempre terminaban, antes de anochecer, en una niebla que escondía toda la hilera de las primeras casas junto a la carretera.

A ella y a su abuelo las que más les gustaban eran las que traían sorpresa; esas nubes traviesas de verano, cargadas de gotas gordas y sonoras repletas de una lluvia blanda que iba tiñendo las calles de lunares gris plata y cuyo repiqueteo sordo hacía juego con el ruido de las pisadas de los sorprendidos vecinos, corriendo y hablando a gritos al mismo tiempo, mientras buscaban el refugio de los portales.

Su primer beso, el que le robó aquel novio rubio de Barcelona, le pilló bajo un cielo azul perfilado de blancos rizosos… ¡Cirrocúmulo!, pensó mientras sentía bajo la nariz las cosquillas del proyecto de bigote de su enamorado… Pese a no volver a verle más tras su verano quinceañero, guarda, convenientemente etiquetado en su catálogo de nubes, el cielo de aquel primer novio: un piélago de escamas blancas, un pez plateado flotando sobre sus labios de aprendiz.

En Durham, la ciudad en la que vive desde hace cuatro años, los cielos suelen ser casi siempre grises. Le faltan claros para contar las nubes, para perfilarlas en un marco que no sabe de pieles azules. El inventario celeste se le ha quedado de pronto detenido, un poco lo mismo que su vida, en un paréntesis, en un paso hacia atrás para querer salir más rápido.

A su novio de ahora, al inglés con el que sale a pasear por las orillas del Wear, le cuenta de aquellos atardeceres en la acera de su casa y de cuando la señora Fuensanta y su madre cambiaban la costura por el cuchillo y el balde para “arreglar la borraja”, también le habla de aquella lluvia juguetona y de los truenos repentinos de las largas tardes de verano. Bajo la sombra del impresionante castillo normando un catálogo de sueños desgrana cielos de infancia. Un beso a nuestros jóvenes emigrantes.







Albada 336




COMPARTIR
(21 de abril de 2013)



Hace muchos años asistí a unas jornadas sobre Internet en Zaragoza. Como digo fue hace mucho tiempo, tanto que nadie a mi alrededor (y eso que trabajo en una universidad) había oído hablar por aquel entonces de esa nueva y misteriosa “red telaraña” y, cuando solicité permiso a mi jefa para asistir, me tuve que explicar confusamente sobre las aplicaciones “interesantes” que probablemente conllevaría para nuestra biblioteca este nuevo “invento”.

Por aquel entonces Internet era un batiburrillo de recursos en plena ebullición, todo a punto de cocinarse y prometiendo como resultado los más fabulosos sabores y aromas inimaginables: casi se podía palpar materialmente en aquella sala de conferencias el entusiasmo que iba despertando entre los asistentes las exposiciones que los informáticos nos daban tan ilusionadamente: estaba claro que éramos unos privilegiados asistiendo al principio de algo importante..

Recuerdo que durante el camino de vuelta a Teruel pensaba que si aquel “sueño” se hacía realidad el mundo iba a ser a partir de entonces mucho mejor. Y digo bien SUEÑO porque en aquella reunión se había hablado y sobre todo “se había creído posible” que por fin la comunidad científica iba a poder compartir libremente y con total generosidad todos sus nuevos descubrimientos. No importaría el lugar del mundo donde se produjeran, ni quién, ni tampoco los medios: Internet sería la plataforma ideal desde la cual se podrían intercambiar generosamente todos los conocimientos, se pondría TODO al servicio de TODOS de manera tan rápida e inmediata que la cultura y especialmente ciencia avanzarían como nunca.

En aquellas jornadas los asistentes sentimos por momentos el vértigo de la solidaridad universal de la ciencia, la grandeza de la generosidad de compartir los hallazgos que llevarían a un trabajo común que por supuesto daría frutos asombrosos: remedios para enfermedades hasta el momento incurables, solución a problemas de infraestructuras técnicas en la actualidad insalvables, etc., etc., etc. (la lista era interminable)

Aquella sensación, aquella utopía pasó y se convirtió, como muchas otras cosas en esta vida, en un recuerdo que a veces comento como anécdota (a muy poca gente porque a nadie le gusta que le llamen iluso).

Sin embargo, la noticia que acabo de leer me hace recordar hoy aquí públicamente aquellos momentos, y hacerlo con cierta amargura: efectivamente las cosas han cambiado y mucho desde los años noventa; aquellos crédulos que imaginábamos un futuro tan prometedor debíamos estar “en trance”, estar algo locos para pensar así o simplemente conocer muy poco los últimos resortes de la naturaleza humana. No es nueva la noticia, pero volver a leer que estos días se está dilucidando en un tribunal (Tribunal Supremo de los Estados Unidos) si se blinda o no la propiedad intelectual sobre el ADN, llena de desasosiego. Que la explotación comercial prime sobre el libre conocimiento para poder avanzar en el tratamiento de enfermedades como el cáncer, que el poder curarse, que el derecho a la vida, dependa de tener dinero para acceder a los medicamentos y terapias es descorazonador.

Sea cual sea la respuesta que resulte sobre si es legal o no patentar a un gen humano asistiremos a unas consecuencias que influirán en todos nosotros, por muy lejos que queden de nuestras casas las oficinas de patentes y marcas o las grandes compañías farmacológicas. Es evidente que “el que sabe” tendrá siempre el poder en sus manos: el conocimiento guardado bajo llave al parecer garantiza el ingente enriquecimiento a costa de avanzar la investigación y hacer extensible a todos (no importa el dinero que tenga en su bolsillo) los beneficios de la ciencia.

Podría seguir hablando y hablando más sobre el tema, pero creo que ya está dicho todo..

Albada 335



LA NOVIA VIETNAMITA
(14 de Abril de 2013)

Hacer un buen bacalao al pil-pil tiene su aquel. “¡No te descuides que ligar la salsa como lo hacemos aquí requiere de ese toque de muñeca tan especial que es precisamente por el que se nos reconoce entre cientos!” le dice el dueño. Lleva soñando toda la noche con el dichoso movimiento circular del brazo que hace única a la famosa salsa del restaurante donde trabaja. Bajo la ducha canturrea la última canción que ha escuchado en la radio. Cuando salga, en el aire del ascensor permanecerá unos segundos un suave aroma a cedro, musgo y sándalo, las notas de fondo de aquella colonia que le regaló su novia vietnamita.

Aún después de llevar 3 años, la vida allí le sigue pareciendo un mundo aparte. Dicen que la moto es una extensión del cuerpo de los habitantes de Hanoi. Él también ha terminado sucumbiendo y tiene una roja y blanca que utiliza sobre todo para llevar hasta el lago Hoan Kiem a la dulce Yanlu, la vendedora de colonias que compuso personalmente para él su nuevo perfume. Para trabajar no usa la moto a no ser que tuviera que acercarse hasta el barrio de los rascacielos Keangnam, ya a las afueras de la ciudad; Le gusta arriesgar y jugar peligrosamente a sortear por las aceras a los motoristas que cruzan sin importarles sitio ni gente; tropezarse con transeúntes despistados es lo menos grave que podría ocurrirle cuando todas las mañanas va andando de casa al trabajo: las motos, son verdaderos kamikazes que aparecen y desaparecen sin norma alguna, son las reinas de la calle y también de las aceras.

Yanlu trabaja en la tienda al lado del restaurante. Es un comercio grande, muy iluminado, calcado a esos occidentales que te puedes encontrar en cualquier ciudad europea: venden colonias y perfumes colocados por marcas con sus probadores a un lado, al otro extremo los productos de maquillaje (decenas de marcas europeas, carísimas) y al fondo un apartado de droguería con productos como peines, champús o cuchillas de afeitar; allí, al fondo de aquella impersonal tienda, fue precisamente donde la conoció, cuando hace (hoy exactamente) dos primaveras entró a comprarse algo para su cara irritada; un altershave, algo hidratante no importa qué, le dijo cohibido a la pequeña dependienta (entonces todavía no era Yanlu). Mientras hablaban se fijó automáticamente en los carteles de propaganda que les rodeaban: aparecían hermosas mujeres de labios rojos y ojos azules, nada parecido a la vietnamita de ojos rasgados que le escuchaba atentamente con la cabeza algo inclinada y las manos apenas cogidas a la altura de la cintura.

Los fogones del restaurante se encienden pronto por la mañana y no paran hasta más allá del mediodía. Qué cómo un restaurante español ha podido llegar a alcanzar tanta fama entre los asiáticos se le escapa hasta a su mismísimo jefe, un vasco criado junto al Bidasoa: no acaba de creerse que la lista de espera para comer la tenga ya comprometida para varios meses, y temiendo que el sueño acabe tan rápidamente como comenzó (hoy hace dos primaveras exactamente), no dejar de arengar a sus cocineros para duplicar esfuerzo e inventiva.

La novia vietnamita está ahora en la trastienda repleta de colorines y aromas de la vecina gran superficie; a través de la oculta ventana que da al patio interior, si se sube al taburete, alcanza a verle trajinando entre sartenes y grandes cazuelas.

Sonríe la oriental mientras vuelve a sus probetas y prueba con un poco más de cinamomo y dos gotas de esencia de regalíz.





Albada 334











AFORTUNADAMENTE
(7 de Abril de 2013)



Ver pasar la vida a tu alrededor desde luego puede ser una opción, ¿por qué no si hay muchas personas que lo hacen casi de continuo? Sin embargo, a priori, a nadie le gustará reconocerlo: pocos afirmarán haber elegido esa “manera de existir”, haberse conformado con semejante “planazo” para el resto de sus días. Afortunadamente también está el otro verbo, el de “mirar”; más cansado, más arriesgado desde luego, pero mucho más estimulante porque conlleva siempre una aspiración, una intención concreta: orientar, enfocar la mirada hacia una dirección responde a un propósito por muy leve que éste sea (saciar nuestra curiosidad, por ejemplo); “algo” buscamos al mirar y “mirar por algo” o por alguien requerirá por nuestra parte de un catálogo de cuidados y atenciones a menudo extenso y laborioso. Mirarse a los ojos tiene mucho de encuentro, bastante de abrir el alma, un punto difuso de entrega e incluso el peligro (maravilloso) de quedar para siempre prendado, atrapado por una mirada.

Este domingo terminan unos días de fiesta esplendidos para habernos “fijado” en la Vida (con mayúsculas) y encontrarnos con su cara más amable. Salir de lo cotidiano favorece nuestro mirar, nos reconocemos anhelos, nos descubrimos afanes y aficiones, estrenamos flamantes horizontes… y es que la fiesta, las emociones o simplemente lo extraordinario (aún siendo éste doloroso) es “el paraíso de la mirada”.

Y ya de vuelta del dulce paréntesis al quehacer corriente, al despertador y a las prisas habituales lo que mañana, lunes, nos pide el cuerpo es ponernos las gafas de sol o aguantar, con los ojos cerrados, la que se nos viene encima. Quizás la solución para este abatimiento sea redoblar el ánimo y poner dos letras delante del verbo mirar: practicar el sano ejercicio de “admirar” podría curarnos un poco del desencanto que nos rodea, ofrecernos, al menos, la dosis mínima de ilusión… el problema estaría ahora en encontrar el objetivo, reconocer el referente que cada día parece escasear más.

Leía estos días un artículo de Manuel Vicent, titulado Fontanería, que hablaba de los pequeños actos felices que constituyen la Felicidad en abstracto: “Me levanto cada día con la necesidad de admirar a alguien, y puesto que los políticos ya han sido convertidos en carne para albóndigas y los intelectuales están todos en el bingo, busco en las páginas amarillas a los héroes del momento… me conformo con un carpintero que haga una buena silla… con un panadero que fabrique con amor un pan románico…. Prestar los servicios más simples con honradez, poner un tornillo a conciencia, acudir a un cita puntualmente constituye la máxima categoría mental de un individuo desarrollado… un país se puede permitir que sus políticos sean unos ineptos, pero no que lo sean sus fontaneros”

No se puede decir más claro y termino por darle la razón al escritor; quizás, añadiría yo, no estaría nada mal (sería hasta conveniente) llegar a admirarse uno también a si mimo, al menos un poquito, precisamente por idénticas razones: por hacer las cosas bien. Los héroes del XXI en nuestro país barren aceras con esmero, arreglan bien los coches, curan enfermos, venden excelente género y te dan en sus clases todo lo que saben; los héroes de hoy, dignos de mirarlos y admirarlos te tratan con amabilidad y paciencia y además consiguen solucionarte el problema de tu móvil nuevo que parece que se ha vuelto loco o te regalan una sonrisa cuando te venden el periódico… tantos héroes cotidianos hay todavía, afortunadamente, en esta España nuestra, que la mirada se vuelve golosa sólo de imaginarlo. Afortunadamente todavía.



                                          siempre, siempre, siempre