Albada 347



EL NADADOR
(28 de julio de 2013)


La playa está todavía vacía. Los de la limpieza hace poco que se han marchado con sus cilindros motorizados tan estrambóticos como naves explorando atmósferas lejanas. Las sombras perpendiculares de las papeleras (azules y brillantes recuerdan el lapislázuli en las pestañas de las diosas africanas) dividen matemáticamente la arena en porciones hasta donde se pierde la vista.

El agua acaricia los tobillos y luego hace lo mismo con los hombros tostados por el sol de julio. Al fondo no veo fin y mis brazos fuertes de nadador, curtidos por tantas y tantas horas de ejercicio, comienzan sin pausa a trazar dibujos sobre este mar esplendido que late sólo para mí. Siento su pulso sutil y blanco con cada fleco de espuma que va envolviendo mi cuerpo a medida que me adentro en él.

Soy feliz.

En este instante soy feliz. Nada me sobra y, sobre todo, no me falta nada. Descubro a cada brazada el milimétrico e inacabable placer de la belleza. Absorbo la belleza y me derrama ella en su infinito. Soy un fragmento, una partícula. Soy armonía en estado puro, en la que me deshago y dejo de ser yo para serlo todo al fin y por completo. Mi cuerpo se mueve al compás de la más perfecta de las máquinas, la eternidad se hace materia en las olas que marcan el tono. El ritmo atronador del silencio recorre mi cuerpo. Vibra cada una de mis articulaciones, cada tendón se yergue y se destensa en el cadencioso ir y venir del oleaje.

Nado y lo hago en dirección al final, que se que no es más que un espejismo: el horizonte es un labio salado que se pliega sobre su mismo borde para comenzar de nuevo una y otra vez su canto. El paraíso no tiene lugar ni tiempo porque es tan leve y veloz que se escurre de cualquier palabra que quiera nombrarlo. Sólo se posa y se adueña por completo del espíritu que sabe despojarse de recuerdos. Yo ya he perdido casi por completo la memoria. No se cual es mi nombre y apenas recuerdo cual era el de ella.

Ahora me pesa profundamente tanta dicha, me tira y llama al fondo. Siento los músculos apagarse lentamente, agotados por el esfuerzo, saturados de tanta dicha. Decenas de burbujas me hacen cosquillas en la nariz. Una espiral fluorescente cabalga sobre la columna vertebral mientras avanza más y más hacia mí el abismal escondido de mi origen.

Súbitamente dejo de entregarme y emerjo con la premura del relámpago sobre el líquido acariciador. La boca se entreabre ansiosa al cielo para saciarse de nubes.

Nado. Vuelvo a nadar con fuerza; esta vez hacia la línea que dibuja la arena. Cada vez más y más cerca, la playa me parece una piel dorada moteada de pequeñas figuritas tumbadas al sol.



















Albada 346




EL PRECIO DE LA AMABILIDAD
(21 de julio de 2013)

Blas Martínez deja la azada en el suelo, se seca el sudor de la frente y mira hacia el cielo. El sol de media mañana, todavía suave, le da directamente en los ojos. No hay nubes, ni señales de que otra tormenta de verano henchida de granizo vaya a vaciarse sobre sus lechugas, espinacas y tomateras. Sonríe. Todo parece marchar muy bien, al menos placidamente, como su vida. Oye que le llama Rosa; le hace señales con la mano desde la puerta de atrás, la que da directamente a su terreno, antes yermo, ahora convertido en un vergel (al menos eso era lo que le decía su mujer que no paraba de cocinar verdura).
No es la hora de comer, quizás le esté avisando de una visita o de una llamada de teléfono, piensa. Reciben a poca gente: no hace mucho que se ha jubilado y los conocidos todavía no se han enterado de que ahora están viviendo en el pueblo.
El vecino de al lado, Juan Izquierdo, habita una nueva y gran casa de piedra. Es mucho más joven que el señor Martínez; tanto que no se le hace cuesta arriba coger todos los días el coche y enfilar la carretera hacia su trabajo en la ciudad.
Su mujer ya le ha ofrecido un vaso cuando Blas le estrecha la mano. No daré muchos rodeos. Te lo pediré muy francamente, y si puede ser, pues, ¡estupendo!, le dice después de dar un sorbo a la cerveza; y aquel “francamente” del vecino, más que dar confianza, asusta un poco al jubilado.
Necesitaba una parte de aquel trozo inútil del terreno de su casa (lo llamó “inútil” no huerto) para que jugaran sus hijos. Y era cierto, se dijo Blas: aquel vecino suyo había mandado construirse una casa tan grande que apenas les quedaba espacio para la piscina hinchable de los niños o para que la familia pudiera sentarse al atardecer bajo el porche de aquella absurda entrada coronada por un arco isabelino.
Les prestarían, sí, parte de su huerto para que los chicos pudieran disfrutar y jugar al aire libre. Él renunciaría a unos cuantos caballones para que pudieran instalar el columpio allí. No importaba, precisamente ya estaba a punto de recoger las judías… simplemente dejaría de plantar en esos surcos aquella temporada. No cuesta nada ser amable, le dijo, ya a solas, a su mujer.
Costar, lo que se dice costar, estarás de acuerdo conmigo, Blas, que a nosotros nos ha costado bastante, le dijo mucho tiempo después Rosa. Sobre todo si te encuentras con caraduras como el “franco” señor Izquierdo, prosiguió mientras cogía el capazo de la compra. Me voy al mercado, a ver si compro algo de verdura para cenar, le gritó ya desde la puerta.
Cuando Blas Martínez se queda solo, descorre el visillo de la ventana y suspira: nadie hubiera dicho que en aquel gran trozo encementado, en otro tiempo, había existido un cuidado y hermoso huerto, su huerto. Las motos de los hijos del vecino, la barbacoa donde los domingos celebra su picnic el vecino y también los amigos del vecino, la mini-cancha de baloncesto y de tenis, ocupan ahora todo, se dice, mientras levanta la mano y saluda a través de los cristales. Fuera, Juan Izquierdo, le contesta el saludo rápidamente y por supuesto con mucha “franqueza”, mientras se sube al coche aparcado donde antiguamente se criaban filas y filas de verdes lechugas.
En silencio, Blas le da la razón a su mujer: el precio de la amabilidad con algunos individuos puede llegar a ser muy alto










Albada 345



CUENTODE VERANO
 (14 de junio de 2013)
He encontrado el cuadro en el armario del fondo, detrás de un montón de  revistas viejas. Después de mirarlo durante casi toda la tarde, antes de quedarme a oscuras, cuando los rayos del sol  dejan de bajar oblicuos desde el pequeño y  alto  ventanuco, lo he vuelto a envolver  cuidadosamente y lo he dejado en el mismo sitio: en el armario del fondo, oculto tras un montón de revistas viejas. Sé que me espera, que me esperaba siempre.
Llevo varios días subiendo al  granero; se supone que a limpiarlo de tanta  acumulación de antiguallas, aunque más bien lo que he hecho es enredar  hora tras hora sin decidirme a tirar nada. ¿Cómo sacar de allí cualquier cosa? Toda aquella amalgama de objetos inverosímiles, acumulados durante tanto tiempo uno junto al otro,  forman una suerte de paisaje que parece tener vida propia. Me es muy difícil decidirme a romper la armonía y el acuerdo que  transmite  su rotunda existencia; tan  material, tan contundente que casi duele.
Los objetos, la simple presencia de tantas reliquias amontonadas en un orden que se me escapaba,  se  apoderaron  de mi voluntad al poco de llevar varios minutos allí. Estaba convencido de que eliminar de ese escenario mágico uno sólo de sus inanimados habitantes  sería  como cercenar el recuerdo, romper la memoria.
 Un recuerdo y una memoria que no era la mía pero que ahora sí lo es por voluntad de un extraño. El casi desconocido tío-abuelo que me legó la casa y por supuesto aquel  granero repleto de bártulos, no me preguntó si con ellos también quería  hacerme cargo de  todos sus instantes, acumulados  y aguardando (nunca sabré bien a qué o a quién)  bajo dedos de polvo en un altillo atiborrado. Tal vez supo que  nada más entrar allí me turbaría deshacer semejante hechizo  Quizás tuvo claro, aun habiéndome visto  sólo una vez, que sería el único de sus sobrinos-nietos que me  detendría ante sus cosas, que al menos aunque no la entendiera, respetaría aquella exhibición a retazos de una vida (una llamada a una empresa de limpieza me habría  librado al segundo de tantas vacilaciones)
-Todo que hay allí, absolutamente todo, contenido y continente, te lo ha legado a ti, dijo el notario; y mis  primos  disimularon la risa porque ninguno hubiera querido aquella vieja casona de pueblo; mejor las  tierras y los pisos en la capital que les correspondieron a ellos.
Ya se que a estas alturas del relato, cuando quedan pocas líneas para terminar de leer la albada, se estarán preguntando por el cuadro. Que quizás, como habrán sentido un poquito (muy poco, ya lo se) de simpatía hacia este pobre que les habla, estarán esperando que  les diga que era un Goya o un Picasso o incluso, ya que mi tío-abuelo era de gusto un tanto excéntrico, un valiosísimo autorretrato de Arcimboldo repleto de berenjenas y pepinos. Leer que al final, efectivamente, me volví rico y que vivo feliz con una hermosa mujer en esta casona que ahora he convertido en  fastuoso castillo, mientras mis primos se las ven con tierras  que ya no valen nada y  pisos repletos de inquilinos de renta antigua.
Pero no, no les contaré como termina la historia. Al fin y al cabo sólo es un cuento y un cuento tiene miles de finales. Imaginen, si quieren,  ustedes uno: ¡la siesta de un domingo de verano da para tanto!



VESTIDOS PARA LA FIESTA


 Con mucho cariño a todos aquellos miembros de la Peña los 13, especialmente a mi querido tio Miguel Gea y a su  guapa novia que le cosia los escudos, Maruja Ubé)


(Peña Los 13 )


Corre el año 1944 y queman los primeros calores de julio. En el rincón más apartado del Bar Dorado se les ve pero apenas se les oye. Sólo algún comentario jocoso les hace alguna vez levantar la voz y la alegría de la reunión desborda al grupo y se dispersa por todo el local. Los clientes de más edad no pueden evitar entonces una leve sonrisa y algo de nostalgia. Aquel grupo de jóvenes turolenses, habitualmente entretenidos con sus partidas de mus, está ahora, como cada año por estas fechas, preparando alguna sorpresa de las suyas; quedan ya muy pocos días para que la ciudad entera celebre su “fiesta”.
-Pañuelos teníamos ya todos, así que en esto no hay problema -dice Miguel, mientras abre una caja de cartón -y aquí… aquí nos mandan las fajas… 1, 2, 3…7…15... y ¡20!, al final pedimos 20 por si a última hora hubiera algún compromiso, nunca se sabe… ¡puede que alguien más se anime!
-¡Los escudos! –les dice Victoriano poniendo sobre la mesa un pequeño paquete envuelto en papel de seda -Los he recogido  antes de venir. Están bordados a máquina. Sólo falta que las madres o las novias no se hagan las remolonas y nos los cosan en las camisas.

-Han quedado estupendos, se lee muy bien “Peña Los 13” y la bota y el pañuelo… muy bien  -observa Miguel entusiasmado.
-A mi lo de la camisa blanca bueno, pero lo de los pantalones blancos… y luego la faja roja, uf ¡…la verdad es que me va a dar bastante vergüenza salir a la calle así… ¡a ver si nos van a silbar o nos tiran tomates en el desfile! -ríe Antonio.
-Joaquín, Tomasín y Torregrosa se ríen también con ganas mientras Venancio les reparte las fajas y los escudos.
-Aún recuerdo la cara de asombro del sastre cuando fuimos a encargarle los pantalones… mira que habitualmente ya cojea lo suyo, pero esa tarde ¡casi se cae del todo! -recuerda Domingo mientras les guiña un ojo a Manolo y Vicente.
-Pues tú, con lo que has engordado después de que volviste de la mili, tendrías que haberle encargado todo un vestuario completo -le toma el pelo Carlos a Rogelio

Miguel se ha acercado a la barra, pide una nueva ronda para todos y vuelve hasta ellos sonriendo:
-El hábito no hace al monje, muchachos, lo importante es el espíritu de unidad y de sana alegría que representan y de eso a este grupo no nos va a faltar nunca. Amigos -dice levantando la copa con su energía de siempre- va por nosotros ¡Viva la Peña!

-¡Vivan Los 13 y viva la Vaquilla! -corea todo el grupo.



***

La Real Academia define la palabra “investidura” como la ceremonia de toma de posesión de un cargo oficial o el ingreso en una colectividad de carácter honorífico

Investir viene del latín vestire, vestir. Evidentemente, todos sabemos que el “hábito no hace al monje” pero no cabe duda de que el “vestirse” de una manera particular y especialmente cuando es un “uniforme” compartido por un grupo tiene especial significado ya que a su función protectora y estética se añade la simbólica. Cualquier ceremonia está compuesta de multitud de rituales y en ellos la indumentaria que se elige es fundamental. Si además, el acontecimiento es la “fiesta mayor de la ciudad” el atuendo compartido tiene mayor discurso y alcance ya que las fiestas patronales son una de las ocasiones donde más se manifiesta la identidad colectiva local.

En Teruel, como en la mayoría de las ciudades en sus fiestas, se produce una concentración masiva de sus habitantes en las plazas y calles más proverbiales. Esta alegre aglomeración, como señala Durkheim, provoca inmediatamente una exaltación grupal que lleva a cada uno de sus habitantes a participar como colectivo de la fiesta; es un momento en que lo cotidiano se invierte, se liberan complejos, se consigue dulcificar el orden y olvidarse de clases sociales y tabúes; por unos breves instantes al año uno puede abandonarse con confianza a ese dolce far niente que envuelve, sin importar edad ni condición, a todo y a todos.

Como colectivo se necesitan ciertos símbolos que confeccionen esa afinidad endógena que pasará a caracterizar al grupo. Pero para que un símbolo alcance dicha naturaleza, para que se convierta en emblema y alegoría, debe ser conocido y aceptado por sus miembros. Ese es el caso de nuestro traje vaquillero, constituido para los turolenses en símbolo: el pañuelico y la faja roja, la camisa y los pantalones blancos son un radical argumento que difícilmente se puede ignorar, pues cuando uno se viste así, cuando vemos a alguien de esa guisa, de alguna manera todos sabemos que no es una decisión individual si no que representa a toda nuestra comunidad expresándose en una celebración festiva como es La Vaquilla.

Decía Herder que así como cada individuo tiene su alma, la tradición es el alma de todos, la que hace que uno sienta la “pertenencia” a una cultura, a una tierra, la que lo inserta entre “los suyos”. Es uno de los mecanismos que los sociólogos constatan en los fenómenos colectivos; y es que en este caleidoscopio que constituyen las relaciones internas y el pensamiento de una sociedad como entidad uniforme, siempre subyace lo invisible dentro de lo visible, lo inmaterial expresándose en aspectos materiales como son los ritos, las ceremonias y, cómo no, los atuendos utilizados.

Por otro lado los grupos no son entes aislados o incomunicados. La diferenciación intergrupal no es obstáculo para que un “endogrupo” considere la posibilidad de admitir como propias características de otros “exogrupos” que le merecen consideración. Los pueblos no están solos y muy a menudo tradiciones como es en este caso el modo de vestirse para una fiesta, pueden adoptarse y adaptarse unos de otros y terminar finalmente constituyendo características del propio endogrupo. Este es el caso del atuendo vaquillero que trajeron nuestros amigos Los 13, que comenzando como un “marca” que singularizaba a su propia peña (copiada a su vez de las fiestas del País Vasco y Navarra) se terminó compartiendo por las demás peñas vaquilleras y finalmente adoptado por toda la ciudad en fiestas, hasta convertirse en elemento imprescindible de la Vaquilla.

Así es como, el atuendo vaquillero, (de extremada sencillez pero a la vez de gran vistosidad y colorido) ha pasado a ser de una decisión concreta y particular a una expresión colectiva de los turolenses, una construcción social llevada a cabo por la ciudad que le ha dotado de un significado particular y consciente. Su uso consigue además, con una facilidad sorprendente, integrar a todo el mundo en ella sin importar condición social, sexo o edad.



***



Me gustaría hacer aquí un inciso para hablar en particular de un elemento fundamental en nuestra fiesta: el pañuelico rojo.

Podría suponerse que su utilización se copió también como la ropa blanca y la faja encarnada de las animosas fiestas norteñas, sin embargo en nuestra ciudad el pañuelo colorado se ha venido utilizando para la Vaquilla desde mucho antes que Hemingway dotara de su áurea internacional a las fiestas de San Fermín y mucho antes, incluso, que la Segunda República sembrara de hermosas esperanzas nuestra historia.

El rastro de su uso común y tradicional sobe todo entre los jóvenes turolenses se sigue fácilmente en la vieja prensa local. Las referencias no faltan. Algunos ejemplos:

-“La Provincia. Diario Independiente” publicado en la ciudad de Teruel, el 9 de julio de 1922. En la sección “Ráfagas” se publica un largo poema jocoso-festivo titulado “La Vaquilla”, firmado por el Dr. Calvo del que entresaco la estrofa donde se describe la marcha de los turolenses hacia la plaza de toros:



“…lucen en el cuello pañuelo encarnado

los del sexo bello y los del barbado,

y con carga al brazo marchan ellos y ellas,

ellas con capazo y ellos con botellas;

… ¿Qué ocurre, qué pasa, qué hay de extraordinario?

¿la ciudad se abrasa y huye el vecindario…?

Todos estos ‘coros´, toda esta cuadrilla

Van a ver los toros… van a la ´vaquilla´;

Con cara de risa andan sin enojos

Y hasta más deprisa cojean los cojos…”



-En ese mismo periódico dos días después, el 11 de julio de 1922, en una columna titulada “La Vaquilla” que describe como está transcurriendo la fiesta, el autor del articulo, un tal Dr. Pecus, nos cuenta que va a dejar de escribir la crónica para irse él también a correr los toros del lunes y vuelve a mencionar la costumbre de llevar como distintivo festivo un pañuelo al cuello.



“….La gente joven, sin distinción, lucia pañuelos al cuello de colores diversos y la clásica alpargata, y las personas serias formábamos el cuadro alrededor de aquel torbellino juvenil; y recordamos también nuestros buenos tiempos…”

“…Y aquí el cronista llega también fatigado, dispuesto no ha reseñar la segunda parte de nuestra típica fiesta si no a correr como los demás y para ello deja en casa el papel y lápiz, sustituyéndolos con la gorra, el pañuelo al cuello y las alpargatas

Después la fatiga nos imposibilita para todo trabajo”


En este caso se habla de pañuelos de “colores diversos”. Probablemente, por ser el rojo el color más vistoso y el más directamente relacionado con el mundo de los toros se terminaría prefiriéndolo para celebraciones festivas eminentemente taurinas como es nuestra Vaquilla; la predilección por el mismo se constata en otras muchas referencias de la época:



-Teruel : Diario, del 8 de julio de 1926. Se publican unos versos de José Anduj titulados “La Vaquilla del Ángel” que comienzan así:



En vísperas estamos ya

de la Vaquilla del Ángel

y el Domingo los veré

si son chicos o son grandes

Se estrenan alpargaticas

p’a correla en ese día

y nos ponemos pañuelos

de color de longaniza…”

-La Voz de Teruel. Lunes, 13 de julio de 1931:

“Después de varios años que no se celebraba, por ser pecado incluso hablar de ella y exponerse a una deportación, este año el Gobierno ha tolerado pudiera celebrarse nuestra típica fiesta de la Vaquilla del Ángel… el pañuelo y la alpargata lucíanse con la compañía de buen humor y la alegría que abundo de manera extraordinaria sin que hubiera que lamentarse el menor incidente…”



-Lucha, 18 de julio de 1943:

“…hasta otro año no volveremos a ponernos las alpargatas y el pañuelo colorado”)



-Lucha, 8 de julio de 1944:

“…En los escaparates ya aparecieron los pañuelos colorados y ya hay quien esta preparando la harina para los “regañaos” y preocupándose seriamente de la bota de vino que va a llevar a la plaza…”

“….por la tarde Teruel cambia de aspecto. El recato y comedimiento de la ciudad desaparecen. Todo hierve en orgia de colores. Hombres y mujeres visten camisas blancas y batas de percal, pañuelo colorado al cuello y alpargatas recién estrenadas

“…el pañuelo colorado, las alpargatas y corriendo hacia la plaza a ver como salen estos morlacos que son examinados con ojos de expertos”


A veces equivocadamente se invoca la recuperación del pañuelo de cuadros azules, el llamado “moquero”, como más autóctono o auténtico, pero como ya hemos visto por estos y otros testimonios de la época el uso del pañuelo “colorado” para la Vaquilla era el preferido. Nuestros antepasados no se “adornaban” con el pañuelo de cuadros que llevaban a diario, si no que preferían utilizar el de colores, y más concretamente el rojo, para “endomingarse” y hacer de esos días de asueto algo extraordinario también en el vestir.


***


El uniforme sirve para diferenciar pero hay personas que el llevarlo llega incluso a cambiarles: La pertenencia a un grupo cuyas premisas admira y comparte les “unge” también de una fuerza y un convencimiento mayores (sólo hace falta pensar en los militares o en las congregaciones religiosas y como no en nuestras “camisetas verdes defendiendo la enseñanza pública, las blancas en lucha por la preservación y mejora de la sanidad pública, etc.)

Solidaridad, entendimiento y por supuesto camaradería y tolerancia… el “uniforme vaquillero” tiene la función primordial de identificarnos y compartir valores. Cuando nos lo ponemos, sin saberlo, estamos también compartiendo los valores de aquel estatuto que nuestra primera peña vaquillera, Los 13, firmaron un 26 de septiembre de 1942: “… ha de ser una unión entre amigos…ha de ser tal nuestra unión, que si por cualquier motivo, alguno de los firmantes al convenio, llegase en alguna ocasión a discutir o pelear con extraños todos, como un solo hombre saldremos en su defensa. (Fieles al lema todos para uno y uno para todos),”



Durante las Vaquillas todavía subyacen esos grandes valores que son la amistad y la lealtad. Ahí radica la grandeza y el secreto del porqué en la Vaquilla uno se siente mejor y más generoso con los demás que de ordinario.

Es cierto que nosotros no nos vestimos de mosqueteros ni levantamos nuestras espadas a un mismo grito (todos para uno y uno para todos), pero tampoco nos hace falta, porque cuando cada turolense nos anudamos en silencio el pañuelico al cuello y nos apretamos la faja en la cintura somos conscientes de que nos estamos “invistiendo” de esos valores que al menos durante tres días nos harán sentir mucho mejores, sentir que Teruel es una gran ciudad y los turolenses sus afortunados hijos. ¡Viva Teruel! ¡Viva La Vaquilla!







(jóvenes con pañuelos al cuello.  Vaquillas , c.a. 1926)







Te regalo una estrella


TE REGALO UNA ESTRELLA
(29de junio de 2013)

"...Y cada noche vendrá una estrella
a hacerme compañía
que te cuente como estoy
que sepas lo que hay..."

Es sábado por la noche y se preparan  para salir. Cuando se pone el colgante a todas les llama la atención. Pocas chicas de Teruel no tienen una estrella, les dice a sus compañeras. Y las inglesas M. y A., la francesa J. y las alemanas R. y V., aquel equipo de naciones que son ahora las amigas de Lucia, se pasan el adorno de una a una y le dicen que quieren otra igual; que cuando vaya a Teruel, en vacaciones, les traiga una, que ellas también quieren tener su estrella. Una de esas que, como dice la canción, hace mucha compañía porque siempre son un regalo de alguien que te quiere bien. Y es cierto porque cuando con un gesto mecánico, Lucía se lleva la mano al cuello y la acaricia, sin pretenderlo le llega un poco del calor de ese cariño. Eso le pasa siempre que se pone la estrella, y la suele llevar muy a menudo.

Teruel queda lejos, ese océano que le parecía tan pequeño, tan abarcable cuando recorría con sus deditos de niña la bola del mundo, ahora, desde la otra orilla y bastante más mayor le parece interminable. Alguien le dijo que se animara, que aquellas tierras no son tan diferentes a la suya, que en Canadá las noches son frías como en Teruel pero el cielo, en cuanto sales de la ciudad, tiene también esa intensidad de nuestros azules más puros. También ese alguien al despedirse y regalarle un beso le contó que la estrella se llamaba Actuel.
Actuel, una supernova que al explotar brilló durante mucho tiempo tan intensamente, que su potente destello se podía contemplar incluso a pleno sol. Actuel, una estrella que nace brillando sobre la frente de la Constelación de Taurus, justamente en los lejanos tiempos en que Teruel, aún una pequeña aldea islámica, pronto se fraguaría en la ciudad intrépida y valerosa creada para la conquista.
Cuenta la leyenda que una fulgurante estrella señaló como mágico este lugar, enredándose entre los cuernos de un toro. Será casualidad o será que Actuel quedó impresa para siempre en la retina de aquellos primeros pobladores, el caso es que hoy toro y estrella están unidos en la leyenda de su fundación y continúan también juntos en nuestro escudo.
Símbolo de unión de culturas, símbolo de la magia que conlleva siempre la tolerancia y la generosidad, la estrella de ocho puntas que lleva Lucia al cuello le habla de este Teruel nuestro donde aún hoy un pequeño toro lo preside con la mirada expectante, silencioso, aguardando esperanzado que de nuevo la estrella platee desde el cielo su noble testuz.
Lucia se coloca de nuevo el colgante mientras les sigue contando a las amigas la historia de su ciudad. Si aquel astro guió antaño a valerosos guerreros hoy ella se siente también un poco heraldo de su tierra, valedora en modernos torneos de un futuro incierto que aún sigue aguardando en esa estrella, en su estrella.
Lejana la familia, lejanos los amigos, lejano el amor, pero a la vez todos en ella…. Es sábado y en la noche de Vancouver el cielo hace guiños a Lucía.








Albada 344



PÁJAROS

(21de juniode 2013)

… pero aquellas que el vuelo refrenaban / tu hermosura y mi dicha al contemplar; /aquellas que aprendieron nuestros nombres, / esas… ¡no volverán! Se equivocaba Becquer. No debía conocer mucho el poeta sevillano las costumbres de estos hermosos animales. Las “Hirundo rustica”, es decir, las golondrinas, siempre vuelven al lugar donde hicieron su nido. Después de cruzar miles de kilómetros desde sus cuarteles de invierno en las cálidas tierras africanas, incluso después de cruzar el mar, regresan con nosotros; vuelven a ese mismo nido que dejaron vacío allá para el mes de septiembre, cuando los días comenzaban a acortarse y el aire se enfriaba. Tener un nido de golondrinas en casa y poder contemplar de cerca la cría de los polluelos de estas gráciles y a la vez poderosas aves de reflejos azules (de un azul intenso de brillos metalizados si les acaricia el sol) es un auténtico privilegio y una de las razones que cualquier ser humano puede esgrimir para comenzar el día contento o simplemente esperanzado (que ya es mucho).
Las golondrinas, como sus parientes los aviones, llevan más de 35 millones de años volando de un lugar a otro, infatigables, laboriosos. Los nidos del avión, más amante de la ciudad (urbica) que la golondrina, afortunadamente aún se encuentran en algunos tejados y ventanas de nuestra ciudad. Hace poco los vi hasta en el mismo edificio del Vicerrectorado de la Universidad. Es un lujo. En otras ciudades los miman con esmero, hacen recuentos, premian a quien los protege. Nosotros, si queremos, aún estamos a tiempo de no perderlos del todo.

Llevo casi un mes sin poder salir de casa. La culpa la tienen una caída desafortunada (¿hay caídas dichosas?) y unos huesos rotos. Durante este tiempo, con tantas y tantas horas sin poder moverme, escuchar desde la mañana los cantos de los pájaros ha sido un aliciente, el mejor libro, la mejor música. Desde el balcón abierto veo cruzar veloces vencejos haciendo acrobacias mientras gritan alborozados. Los vencejos me recuerdan a mi niñez, cuando vivía en el Centro y al atardecer (o en lo más fresco de la mañana) se apoderaban del cielo de Teruel y moteaban todo el blanco de las nubes de inquietos y sonoros acentos. Más de alguna vez tuve que sortear lo infranqueable para colarme en el patio de luces de mi antigua casa. En su alboroto, algún despiste los había hecho caer allí y desde el suelo estas aves son incapaces de impulsarse para emprender el vuelo: si no se remediaba aquel pájaro, antes volátil y ligero, ahora un montón de dolientes plumas en el rincón más oscuro de un patio, estaba condenado a morir mientras veía en su agonía, por el cuadradito que se abría al cielo mucho más arriba (mi casa tenia cinco pisos), a sus compañeros atravesar como flechas el aire. Saber lo cierto de su destino y sobre todo de la dolorosa espera era demasiado para una niña, así que no importaba el riesgo. Claro que todo no era generosidad ni altruismo, porque yo tenía la mejor de las recompensas: después de recogerlo (siempre con un trapo para que no me clavara las uñas), soltarlo desde la terraza y verlo volar era un instante único, una experiencia apasionante (¿es posible qué una niña se sienta “Dios” en algún momento?). El vencejo vive en el cielo, sus alas nunca dejan de volar; sólo se posa para incubar sus huevos o cebar a los pollos; su cuerpo, con sus atrofiados pies (apus apus, ápodo: sin pies), no está hecho para estar quieto. Cuando un día la joven cría se decida y se lance al vacío en su primer vuelo, estará en el aire, sin tocar nunca tierra, más de dos años, hasta que la vida lo madure y construya su primer nido en la más alta de las cornisas. Mientras tanto se habrá alimentado volando, habrá copulado volando, habrá dormido volando. Como grandes peces con alas, surcaran los cielos con su pico abierto y nos librarán de millones de pertinaces mosquitos. Mientas los humanos dormimos, a casi dos mil metros por encima de nosotros, estas aves, reinas del cielo, dejándose acunar por las suaves corrientes del aire y sin nosotros saberlo, velarán nuestro sueño.
Pero no son sólo los vencejos, desde mi encierro veo más pájaros. Aquí abajo, en mi diminuto jardín de adosado, esta primavera puse varios comederos colgando de un pino. Uno con pan, del que dan, constantemente, buena cuenta los gorriones (un día hablaré de los increíbles gorriones); otro con semillas y trozos de nuez que embadurné con grasa y que han hecho las delicias de una pareja de carboneros garrapinos (aunque parece que no les gustó el nido que les fabriqué con una caja de leche y se han marchado a criar a otro lugar). A veces veo también petirrojos, currucas capirotadas, y alguna que otra picaraza (urraca) que está al acecho por lo que pueda “pillar”, aunque no cuenta con que mi perro, que tiene una particular manía a los pájaros de su especie, las perseguirá infatigable.
Veo al mirlo de siempre (el “de siempre” porque estas aves son muy territoriales) posado en las antenas de la casa de enfrente. El mirlo canta y canta y a mi me parece que mira hacia mi ventana, quiero creer que me ve mirarle y por eso canta; eso pienso (ilusa) hasta que vuela hasta allí, cruzando por encima de mi tejado, la mirlo hembra (más clara y reservada que su compañero) y emprenden el vuelo juntos, quizás hasta otra antena más discreta.
No me puedo imaginar una ciudad sin pájaros. Sería como esas “cosas” valiosísimas que no las hechas de menos hasta que te faltan, cuando la vida ya no es igual de “Vida”, sin ellas.
Una ciudad sin pájaros es como una ciudad sin niños. Recuerdo en un viaje hace muchos años a una ciudad del norte de Europa en la que no llegué a ver, en los tres días que estuve, ningún niño. No me inquieté hasta que de pronto me di cuenta de su ausencia y entonces dejé de admirar sus “notables” monumentos para buscar desesperadamente la mirada de un niño por la calle. Quizás estaban en el “cole” no sé, el caso es que me marché de aquella hermosa ciudad con una secreta angustia.
Al anochecer oigo a los autillos del otro lado de la carretera, en la Rambla Franquía. La noche se hace más ligera, menos oscura con su canto.
Y aquí sigo con mi cuerpo roto. Los días se nos van deprisa y se va perdiendo la cuenta de los años. Quizás, al final, resulta que sí hay caídas afortunadas. Al menos, de vez en cuando, es bueno parar un poco y simplemente dejar tiempo para mirarse y escucharse a uno mismo; y como no, aprovechar para mirarlos y escucharlos también a ellos, los pájaros, nuestros etéreos compañeros.

 

















Albada 343

UNA DE ROMANOS POR TERUEL
(16 de junio de 2013)

¡Parece que Roma quede tan lejos! Mañana antes de que amanezca y el sol de Iunius comience a dorar la cosecha de sus hermosos campos abandonaré definitivamente esta tierra. Roma me reclama y vuelvo a ella sabiendo que aquí dejo, desgarrada y herida, parte de mi vida. Aquí, flotando en el agua alegre y el viento que peina la agreste sierra; aquí, dormido entre sus trigales, bajo los altivos pinos y las encinas ocres… Aquí mismo, en esta ciudad tranquila y recogida, donde se queda mi querida madre. Ayer, esta noble matrona ejemplo de todas las virtudes, Maria Stenna, mientras ofrendaba al Lar, me decía con su sonrisa afable que ya es demasiado vieja para enfrentarse a la vida trepidante de la gran urbe de las urbes, que prefería ver pasar sus días sentada en el peristilo disfrutando de la dulce brisa del jardín y del canto de las aves. Con ella, aquí también, se nos queda la pequeña Marcella. Marcella murió hace una semana.

Ahora todo está oscuro y silencioso; apenas un rayo de luna se cuela desde el atrio hasta mi cubículo. Hecho de menos el tarareo machacón de los grillos del verano para exorcizar recuerdos mientras me veo a mi mismo, hace muchos años, en esta habitación; es otra noche oscura y silenciosa como ésta, pero a la vez muy distinta: hace poco que acabo de llegar a estas tierras de la Hispania Citerior, la Tarraconensis próspera para la que la madre Roma tiene tantos planes; estoy bastantes años más joven, mi cabeza aún la cubren cabellos negros; he dejado el tratado de Marco Vitruvio Polión sobre la mesa y apago las lucernas. Agotado, deseo dormir, tener un sueño reparador y profundo; por hoy ya basta de trabajo. La misiva que Sexto Julio Frontino me ha enviado está bajo el docto De Architectura. La carta es clara y las órdenes tajantes, no dejan lugar a dudas del gran interés que desde la metrópolis se tiene en este proyecto; hay que adelantar y terminar rápido, cueste lo que cueste; Roma tiene dinero y tiene también decidido construir el acueducto. El futuro dispuesto por el Emperador para esta pequeña ciudad y sus tierras es determinante y en poco tiempo surgirán nuevas y alegres domus mientras decenas de batanes, fraguas y molinos harineros jalonarán todo el trazado del specus. La ingeniería romana parece no conocer límites y los ingenios hidráulicos se reparten por todos sus dominios. El Imperio es otra gran máquina que necesita estar siempre engrasada y en marcha, y el prudente Trajano sabe que estas obras civiles, garantes del bienestar cotidiano, son el verdadero motor de su poder. En el duermevela me viene a la cabeza el rostro del viejo cónsul Frontino, trabajé con él ya en tiempos de Nerca, cuando fue nombrado curator aquarum y juntos nos enfrentamos a la tarea de sanear al padre Tiber. Fueron años duros, pero no tanto como éstos en que a la dificultad y complejidad de acertar con el trazado de las curvas de nivel se unen la penosidad de la excavación del terreno y las prisas por acabar el acueducto. Las tareas se llevan a veces con un ritmo infernal. Sólo al atardecer, cuando nos refrescamos con un buen vino en la taberna, se nos olvida un poco que al día siguiente la tarea nos espera con la urgencia y dificultad de siempre.

Dormí por fin y descansé bien aquella noche y también las cientos de noches más que la siguieron. Dormía y trabajaba duro, todos trabajábamos tenazmente mientras poco a poco este gran canal se abría paso dentro de la roca blanca.
Vuelvo al presente más cercano, justo cuando, este mediodía, me abracé a Lupercio, el jefe de los mensores, y me despedí de scribas y praecones. Di las últimas instrucciones a los capataces de la obra y comprobé la excelente ejecución de los plumbarii. Artesanos y fossores me saludaron mientras almorzaban. Todos parecen contentos. No queda prácticamente nada por hacer, las herramientas se recogen y los animales de carga reposan tranquilos en los establos. Ya se han retirado las últimas poleas de los putei y los escombros y los limos se han ocultado con pericia. Todo tan perfecto que parece que nunca hubiera sucedido nada en estos tranquilos campos de la Hispania.
Hace dos días, cuando el azud se abrió por fin, desde los lumina todos pudimos oír el borboteo alegre y decidido del agua corriendo. El grito de victoria de tantas gargantas fue una única y potente voz emocionada al ver aparecer el preciado líquido en la cisterna central: la obra estaba concluida. El propósito logrado: el acueducto era un nuevo éxito que hablaba latín y vestía toga.
Concluida mi labor, me reclaman con urgencia a Roma. Pese al duro trabajo se que añoraré esta tierra. Son muchos años recorriéndola con detenimiento, sopesando delicadamente cada detalle de su perfil, cada pliegue de sus entrañas, midiendo con detalle amoroso cada una de sus crestas y barrancos, trazando el dibujo de su piel una y otra vez mientras que, cambiada, parecía tomar vida para mi. Me enamoré de su río joven, de sus campos cubiertos de aliagas amarillas y sabinas centenarias… ella me dio a mi hija y en ella, abrazada a las hojas de los álamos, la dejo. Marcharé dejando mi corazón en su romero azul, bajo el que descansa su recuerdo. Mi madre ha encargado a Julius, el maestro de los canteros, una hermosa estela. Marcella / M(ari) • Caledi • fil(ia) / h(ic) • s(ita) • e(st) / Maria / Stenna / nepotae he leído esculpido en elegantes letras sobre la piedra. Es su regalo, la ofrenda de una abuela enternecida por su nieta.

Todo sigue silencioso. Enciendo la lucerna. Queda poco para amanecer. El alba comenzará a llamar a las calandrias más madrugadoras. Pronto cabalgaré junto al acueducto y oiré el agua correr con fuerza por el interior de la montaña; pero el agua caminará en una dirección que ya no será la mía. No miraré hacia atrás, me espera un largo, muy largo, camino y Roma ¡queda aún tan lejos!










Albada 342




EREMITA
(9 de junio de 2013)

Mi vecino del séptimo-C era un solitario feliz. El señor X disfrutaba lo indecible con cada uno de sus rituales cotidianos: enfurruñarse un poco al oír el despertador y aguantar un rato más en la cama (lo justo), desperezarse y arreglarse con calma; saludar con un educado “buenos días” al portero de la finca, disfrutar del cortado frugal en la familiar cafetería del barrio… hundirse en la boca de Metro más cercana y confundirse con la multitud… y así, uno a uno, los mismos pasos hasta concluir una agotadora jornada laboral de siete horas y media (con su correspondiente intermedio en la comida) para de nuevo, otro atardecer más, deshacer bajo el asfalto de Madrid el camino de vuelta a casa.

No pedía lujos, ni grandes sueldos. No tenía caprichos ni ambiciones; sólo eso: ser el jefe de su propia cotidianeidad. Tener todo el día regulado y pautado, la garantía de que a cada momento sabía lo que se le pedía y debía hacer (y, por supuesto, hacerlo) le daba una sensación de “persona de bien”, de que su vida “marchaba” y todo era como “debía de ser”. Cuando cada noche se acostaba, entre la soledad y el deber cumplido, rápidamente le podía un sueño reparador, y el no padecer de insomnio, el dormir como “un bendito”, lo consideraba el justo premio a sus desvelos de ejemplar cumplidor.

Aunque era un solitario, el señor X no era un tipo aislado. Le gustaba estar rodeado de gente, cuanta más mejor; nunca se sentía más a gusto y solo que cuando se encontraba en un sitio concurrido. Durante la comida, que solía hacer siempre en el mismo abarrotado restaurante y, por supuesto invariablemente, en la misma mesa (su mesa) junto a la
ventana (su ventana), pasaba alguno de los momentos más agradables del día. Observaba, recogía mentalmente información (tenía perspicaz oído, aguda vista, envidiable olfato y, sobre todo, sabía pasar desapercibido bien), procesaba, especulaba y “sustanciaba” en sesudos argumentos todo lo que a él le parecía digno de retener. Pero su conocimiento era frío y sin sentido práctico alguno, nunca podría considerarse al señor X como un solidario, un abnegado filósofo del siglo XXI entregado a “allanar” el camino de la humanidad con sus elaborados conocimientos: era egocéntrico e indiferente a todo lo que no fuera el mismo, y si alguien le hubiera preguntado hubiera contestado que no creía correcto que con sus impuestos se debiera ayudar a los que lo están pasando mal si eso desestabilizaba un ápice su propio bienestar.

El del séptimo se tenía simplemente por ermitaño, una suerte de anacoreta enamorado de la soledad y del orden de los que gozaba en un desierto lleno de las facilidades de la vida moderna. Alguna vez, pero sólo muy rara vez, se lamentaba de que su soledad no tuviera el lustre y un poco del aspaviento heroico de aquellos eremitas de antaño, pero no se veía cambiando su traje de formal funcionario por un áspero sayal ni su casa por una cueva perdida en el monte. Al contrario, cuando llegaba de nuevo a casa repetía con parsimonia y extremado placer la ceremonia de encender el televisor y apoltronarse con un suspiro de satisfacción en su sillón favorito: ¡era su derecho, su justo premio!

Firmé mi declaración aunque en la cara del agente vi claramente que todo aquel sermón que le había soltado sobre mi vecino fuera a servir de algo. Creo que alguien del edificio dijo a la policía que habían hecho recortes en su oficina y al señor X le había tocado irse al paro. Claro que esto había sucedido, por lo visto, hacia más de un año y curiosamente yo había seguido viendo salir y llegar puntualmente a sus horas a mi cumplidor vecino. El agente me dio las gracias y supe que pensaba que lo que yo dijera no se considerarían más que simples cotilleos de una vieja solitaria.

Temporalmente clausuraron con cintas de plástico la puerta del séptimo-C. Pasado el tiempo vinieron a vivir allí una agradabilísima familia con tres hijos que dieron “mucha vida” a mi rellano de escalera.

De donde se ponen el sol y el frío

(8 de Junio de 2013) 



Con guantes y con bufanda y también con la nariz helada se dan un beso. Les surge así, de repente. Emocionados ante la belleza de aquella puesta de sol se besan, no hay palabra ni mejor respuesta… incluso cualquier mordaz aprendiz de glaciar se hubiera derretido como ellos ante la visión que tienen justo enfrente. También verlos besarse en aquel helado atardecer de Teruel hubiera abrigado de ternura al primero que les hubiera visto. Pero en aquel instante, en el Óvalo, no hay nadie más. Salvo la amorosa pareja el paseo está vacío:   los pocos viandantes que ahora caminan otras calles lo hacen deprisa y con las manos en los bolsillos. En nuestra ciudad, el domingo invernal, ya acercándose la anochecida, llama al sillón del cuarto de estar o a lo sumo (a los que se les antoja demasiado pronto pensar en el lunes laborioso) al calor de la barra de un bar.
Mientras tanto, mientras se bajan las persianas y se ciegan las ventanas, se pone el sol fuera y también busca su sitio el frío. Envolviendo al cielo inocente, el aire gélido se llena de rosadas evanescencias que atraviesan de punta a punta la ciudad bruñendo el barro de los últimos tejados, nacarando la piel escarchada de las cuatro antiguas torres… en segundos Teruel se sumergirá en púrpura y azul y tiritará sobrecogido.
Apoyados sobre la barbacana de la Escalinata los enamorados se han quedado apresados por el horizonte… es lo que tienen las puestas de sol de nuestra ciudad: pueden (suelen) ser tan hermosas, que abruman y dejan fascinado al que se atreve a detenerse en ellas. El observador tiene la impresión de que en aquellos segundos está formando parte de algo irrepetible, de un momento de belleza que sin previo aviso arrebata la voluntad y a cambio te inunda por completo de paz y bienestar. Y si “hace fresco”, si ese frío de Teruel, por el que salimos en los mapas del tiempo y en los blogs de los turistas avezados, ha venido de nuevo a visitarnos, el temblor será más intenso hasta notar como se nos cuela en el centro mismo de los huesos la belleza del escalofrío del último rayo de sol; sustancia, tuétano del alma, que consigue milagrosamente por un instante detener la Vida.
Muy a menudo los verdaderos referentes o lo que en esta sección venimos llamando “símbolos” de una ciudad no están hechos de materia o al menos no de una materia tan palpable como pueden serlo una estatua o un edificio. A veces son algo tan etéreo y sutil que han permanecido prendidos en el alma de sus habitantes desde sus inicios.
En esta categoría hay que considerar nuestras puestas de sol y nuestro frío. Ambos forman parte de nosotros, nos han calado hondo y nos han conformado esperanzados de belleza y resistentes (¿abnegados?) a la adversidad. Nos han ido haciendo cada día más fuertes y sensibles, tanto que, sin darnos cuenta, el carácter de los turolenses no sería el mismo sin ellos. Somos parte de una tribu todavía detenida, todavía por saber a dónde ir, pequeña crisálida acunada por el cielo.

Ya las primeras estrellas hacen guiños desde lo alto de la Muela cuando la pareja se adentra en la ciudad. Bien podrían haberse llamado Isabel y Juan, bien podrían haber sido “ellos”, pero en definitiva da igual porque nunca faltarán historias de Amor en esta ciudad: en nuestro Teruel, dónde se buscan para besarse el sol y el frío.