Albada 333



CAER EN LA TENTACIÓN

La señora María es una bruja. No es que lo diga ella, se lo dice la gente del barrio cuando ella no les oye. Mientras espera en la fila para comprar la barra de pan, tiene tiempo de fijarse en los detalles: las tejas minuciosamente acabadas en un bucle convexo, las dovelas del arco de la puerta de color más claro que los ladrillos (encarados éstos con prolijidad milimétrica); las ventanas con sus visillos violeta y lunares blancos… Avanza la cola y se tiene que alejar del expositor para acercarse al mostrador. Suspira y se arriesga a una compra de última hora; improvisa, se deja llevar por el impulso, puede que incluso por el capricho tan inhabitual (¿imposible?) en ella. Porque la señora María es una cínica (aunque no lo diga ella ni se lo digan sus vecinos). Ser cínica a la manera de un moderno Diógenes de Sinope (con ipfone pero sin candil) es estar por encima de las pasiones y de los sentimientos. Y así es María, tan lógica y perfeccionista que no concibe la contradicción ni los despistes; siempre tiene a punto en la boca el acerado reproche, por eso le ha complacido tanto pasar una y otra vez la vista por la primorosa casita: está hecha con tanto esmero, es tan correcta… tan “exquisita” en cada uno de sus detalles, que por una vez no ha podido resistirse. La señora María valora los resultados impecables por encima de todo. Es rígida hasta el extremo y “no pasa ni una” a cualquiera que tiene cerca. Quizás nadie sea más moralista ni lo sea con tanta crudeza como lo es un cínico. Sus valores son tan claros que no admiten concesiones. María tan recta en sus convicciones, sin proponérselo, sin darse cuenta si quiera, desprecia a la mayor parte de la gente, porque los considera victimas de las pasiones. Por supuesto tampoco tiene sentido del humor, porque efectivamente el humor es un “sentido” y ella nunca estaría de acuerdo en “sentir” divertida la risa, esa “súbita percepción entre lo que debería ser y su incongruencia”.

Los bastones de caramelo a tiras helicoidales rosas y blancas (¿fresa y nata?) se balancean ligeramente bajo el alero de mazapán. La dependienta sonríe a María mientras sujeta con una mano, haciendo equilibrios, la mona de chocolate más grande y cara de la tienda y le pregunta como prefiere que se la envuelva. Lacasitos de colores, sugestivas gominolas, galletas y trocitos de bizcochos horneados con formas inverosímiles, canela, vainilla, miel y azúcar glaseado, sirope de maíz, mantequilla dulce, ralladura de naranja, de limón, frutas confitadas… y chocolate, mucho, mucho chocolate: chocolate blanco, chocolate negro, chocolate con leche… la anciana anda más ligera que nunca por la acera de su calle con su casita rodeada por un gran lazo. Camina recordando a la niña que hace muchos años fue. Aquel artificio de chocolate ha obrado el prodigio: le ha traído un cargamento de ternura que hacia tiempo había olvidado. Algún vecino la observa. – La bruja se ha comprado una casita de chocolate” –cuchichean de un portal a otro. Tan cargada como va le cuesta sacar las llaves, y cuando por fin acierta a entrar tiene que cerrar la pesada puerta empujándola con el talón. Avanza por el pasillo en penumbra tambaleándose con su delicioso tesoro entre las manos. Esta vez no habrá Hansel y Gretel para compartir los tramposos caramelos ni un gesto adusto de desaprobación; hoy el capricho de la tentación es sólo para ella y a cambio de “caer”, el dulce corazón de almíbar de la casa de chocolate ya no esconderá el fiero calabozo.

P.D.: Las brujas y el chocolate, según han descrito estudios certificados por los más eminentes científicos, han resultado finalmente incompatibles y la señora María es evidencia del hallazgo. ¡Felices y dulces Pascuas!























El Poli





UN RAYO DE SOL
(23 de marzo de 2013)



Sha la la la la, oh, oh, oh… en la máquina de discos no paraban de cantar Los Diablos. La fuerza de su “rayo de sol” se multiplicaba a las dos de la tarde de aquel día de julio por el calor de los mil rayos y centellas inimaginables. Hacía bochorno y los cielos increíbles de Teruel (sólo una nube blanca se atrevía a navegar por su azul) seguro que se veían mejor bajo la sombrilla o los escasos árboles del recinto. Como Luis no había tenido suerte y sólo tenía el cobijo de su toalla sobre la que estaba tumbado (ni siquiera una triste visera de esas de Mirinda que daban gratis a la entrada), antes de darse la vuelta y ofrecer al implacable sol su abundante pelambrera (muchos chicos llevaban el pelo largo) decidió acercarse hasta el bar y pedirse una Fanta. Como casi siempre, habían quedado los amigos para pasar la tarde en el “Poli”, pero él había preferido adelantarse y comer allí. Se había traído un bocadillo de chorizo pamplonés (ya le advirtió su madre que cuando se lo fuera a comer, con tanto calor y metido en la bolsa de deporte, aquello estaría pringoso, como pasado a la plancha… que mejor se llevara uno de jamón, pero cómo a él le pirriaba el pamplonés…). Luis quiso ir antes porque había calculado que así aún vería a Marisa. Marisa iba sólo por las mañanas al Poli (por la tarde tenía repaso de matemáticas, que le habían caído tres para septiembre y sus padres se habían puesto muy “pesadicos” aquel año con lo de los suspensos). Sobre las dos y media, a la misma hora que “la chica de sus sueños” se iba, también mucha gente dejaba la piscina para ir a casa a comer; entonces, por breves momentos (si la máquina de monedas de los discos estaba callada y no como ese día) desaparecían las risas y los gritos, el colorido de las toallas sobre el cemento y el escaso césped; y los bronceadores de zanahoria; y las revistas… y aquellas bolsas grandes al hombro que llevaban las madres con dos o tres niños cogidos de su cintura…. entonces la calma se adueñaba de todo, parecía hasta rebotar y multiplicarse en la lamina del agua clorada, y Luis tenía la impresión de que el Poli se volvía todavía más pequeño, casi de mentira, como un escenario donde permanecían diseminadas algunas figuritas semi-tumbadas que como él iban desenvolviendo perezosamente sus bocadillos. Aunque algún bañista aprovecha para hacer largos y largos completamente a sus anchas, el Poli entero, con su socorrista y el camarero del bar incluido, entraban en un amago de siesta que pronto se rompería con la llegada del relevo de los bañistas de la tarde. El “Poli” era el diminutivo familiar de la piscina del Polideportivo San Fernando, durante mucho tiempo la única piscina pública (si exceptuamos la de Fuente Cerrada) que había en nuestra ciudad. En el Poli pasábamos muchas horas de aquellos largos veranos, sin Internet ni móviles, los adolescentes de Teruel que “no teníamos pueblo”. Como Luis y los amigos de Luis, chicos y chicas entre chapuzón y zambullida jugábamos al parchís o a las cartas sentados sobre las toallas o, cuando el sol apretaba menos, nos atrevíamos con algún partido de baloncesto. Grupos de adolescentes enredábamos bajo un sol de justicia, picándonos unas pandillas con otras, mirándonos de reojo, probando a bucear con los ojos abiertos…
Luis vuelve a su toalla mientras escucha por cuarta vez la dichosa canción (alguien se está gastando un capital echando monedas). Les guarda el sitio a sus amigos que no tardan en llegar. A Juan, el más inquieto, le falta tiempo para subirse al trampolín y tirarse “de pie”; el resto ya está en el agua (después del viaje desde el centro hasta allí en “el pesetero” están más que acalorados). Juan se tira por cuarta vez, ahora en plancha (¡le ha debido doler!), hace tanto ruido que por un momento se tapa aquel estribillo machacón…. un rayo de sol, oh, oh, oh, me trajo tu amor, oh, oh, oh un rayo de sol oh, oh, oh a mi corazón oh oh oh… Los seis muchachos se secan, alguien saca un balón y deciden ir a la pista; cuchichean tres chicas de otro grupo cercano y les saludan con la mano; ellos caminan entonces más erguidos hasta la cancha de baloncesto, saben que les van a estar mirando mientras juegan y ninguno quiere parecer un perdedor delante de ellas. El juego y las risas se interrumpen; aquella nube del principio se ha vuelto traviesa, más grande, casi oscura. En pocos minutos se prepara una de aquellas tormentas inesperadas de verano: primero unas gotas grandes y pesadas tamborileando a ritmo desigual el cemento, repiqueteando en el agua de la piscina; luego van haciéndose cada vez más y más finas y numerosas; comienzan a oírse los primeros truenos y todo se empapa. Se recogen las toallas, las sillas, las mesas de la terraza del bar, se “recoge” también la gente y en pocos minutos el Poli queda completamente vacío.
Luis y sus amigos salen riendo del Poli; caminan bajo los aleros de las casas para no mojarse todavía más pero la nube de verano se cansará pronto: no han llegado ni al Viaducto cuando el cielo vuelve a ser de nuevo sólo azul. Alguien habla de acercarse hasta la Tropela a comprar pipas y regaliz, incluso alguno de esos cigarrillos sueltos para compartir en la Glorieta… Y el grupo se aleja. Está brillando de nuevo el sol, especialmente para Luis que ha visto por la acera de enfrente a Marisa y sus amigas también camino de la Glorieta… Los Diablos no dejan todavía de resonar en su cabeza: y daré gracias al sol, que me hizo dueño, que me hizo dueño de tu amor sha la,la,la,la, oh, oh, oh… un rayo de sol…




Albada 332



EL MÓVIL
(17 de  marzo de 2013)

No lo pude evitar y sonreí al encontrarlo. Ella debió de perder el móvil el sábado al mediodía, justo cuando el parque está más lleno de gente y la cerveza endulza con unas gotas de locura la sucedánea libertad de cualquier fin de semana. Digo bien ella” porque desde el primer momento estuve convencido de que el teléfono que me había encontrado bajo aquel banco pertenecía no a un “él” si no a una indiscutible “ella”.
Según mis cálculos o llámenlos, si quieren, deseos, el aparato “debería” pertenecer a una mujer que desde luego sería joven pero no una cría, bastante guapa (¿por qué no? yo soy de los que tienen comprobado que, al contrario de lo que nos ocurre a los hombres, en cualquier grupo de mujeres elegido al azar siempre la mayoría son guapas, mientras que entre nosotros los feos nunca somos excepción) y –continuo describiéndoles a mi desconocida – tendría un gusto delicado, sutil, y el suficiente dinero o “influencia” como para poseer uno de los móviles más caros del mercado.
La funda, como el propio teléfono, era de un exquisito color rosa-palo (evidentemente hechos ex profeso) y ambos tenían las iniciales S.S. (en el estuche estaban tachonadas con esos cristalitos “swarovsnoseque” tan de moda ahora, mientras que en la tapa sonrosada del interior, las sibilinas letras aparecían grabadas en oro justo a la altura de mi pulgar). Por un momento, las doradas eses brillaron en mi mano como dos pequeñas serpientes, no sabía bien si amenazantes o simplemente tan hipnóticas como la inefable Kaa del Libro de la Selva de mi infancia.
Esa tarde volví al parque. Tenía la seguridad de que ella acudiría y que yo podría ofrecerle su brillante móvil como el trofeo de un héroe antiguo que se ha merecido su princesa. Aún desde lejos, cuándo la vi sentada en el mismo banco, me di cuenta de que no me había equivocado, ¡qué tenía los ojos más bonitos que jamás había visto!, ¡qué sus piernas eran una marea deliciosa en la que perderse!… pero “ella” lloraba. Lloraba con una terrorífica tristeza, vencida por un profundo dolor que en ningún caso explicaba la pérdida del dichoso móvil por muy lujoso “rosa-palo” que éste fuera; la envolvía una pena que, desde luego, yo no había incluido entre mis fabulaciones ni mucho menos dentro de mis planes de futuro. Sin acercarme más, di la vuelta y me fui de allí. Tiré las “preocupaciones” con forma de áureas eses en la primera papelera que encontré. Y es que… si me descuido un poco… casi voy y… ¡me enredo yo solito la vida!
Ya cerca de casa recordé a tiempo que esa tarde echaban por la tele un buen partido; avivé el paso y, sin poderlo evitar, de nuevo sonreí.



Albada 331





PECES

(3 de marzo de 2013)


Creo que, todavía (y ¡cruzo los dedos!), puedo darte algunas cosas pero por lo que más quieras no me pidas consejos porque no te los daré; no te los daré porque no los tengo y además ¡ni siquiera sabría dónde ir a buscarlos!

Manuel, por supuesto, no le dice nada de lo que está pensando a su hijo y sólo le sonríe un poco desde su sillón mientras él le sigue explicando lo que le han dicho en clase.

Intentar aparentar interés, no le cuesta nada; es más lo que le sobra es interés, en estos momentos de su vida nada le importa más que sus hijos, pero teme tanto las preguntas que tiene prisa porque aquel adolescente, que tanto se parece a él, se de la vuelta y se entretenga con cualquier cosa. El desconcierto cree que se le nota demasiado así que mejor que la conversación se quede para otro día.

Ahora que de pronto se ha hecho tan difícil aconsejar a un joven hacia dónde dirigirse, qué estudiar, cómo orientarse, padres e hijos están ante la misma incógnita sin apenas luz que les aclare nada. Elegir siempre es lanzarse un poco a la aventura pero el hacerlo sin ningún atisbo de red deja a cualquiera sin palabras a la hora de contestar el ¿qué te parece que sería mejor que estudiara papá? o el más temido “y ahora que he terminado ¿qué?”

En la casa de al lado, la familia del amigo del hijo de Manuel tiene, además de la preocupación por el incierto futuro de los chicos, una situación angustiosa llamada paro. Se vive al límite y a la espera de no se sabe bien qué cambio, qué noticia, porque el trabajo se ha convertido en un lujo y hablar de los derechos y la dignidad de los trabajadores es como mentar al diablo (si tienes trabajo no te quejes que ya eres un afortunado, te dicen, así que tú…¡chitón, si te explotan esa suerte que tienes que cobras a fin de mes, sería un desaire, un atropello hacerlo además ante alguien que pueda estar sin trabajo…y así, con el miedo y sin quererlo, se abren más y más puertas a la injusticia).

El primo del hijo de Manuel está en Alemania desde hace unos meses ¡Qué suerte tenéis, al menos ha encontrado algo!, les dicen los conocidos a los padres, y ellos se callan porque ya resulta cansino hasta quejarse y tratar de explicar la situación “real” en que se encuentra gran parte de nuestros hijos que está trabajando en el extranjero: en unas condiciones que duelen en el alma, y que laceran todavía más sabiendo que han sido buenos estudiantes, trabajadores y valientes por salir de las comodidades de su casa; al menos ha encontrado algo y aprende el idioma, y se labra un futuro y es que como aquí no hay nada van como perdidos y… les dicen a los padres de los hijos emigrantes y ellos callan porque además de penoso resulta hasta “incomodo” dar explicaciones… que – como decía antes – quejarse da miedo… que ya es como si tentaras al destino y ¡siempre pueden venir peores!…

Pero volvamos a la casa de Manuel. El más pequeño de la familia, que todos creen dormido a esas horas, ha escuchado tras la puerta la conversación de los preocupados padres. La tele está encendida y el presentador desgrana uno a uno lo que ya parece un vía crucis para España, un auténtico calvario del que además no conocemos el número de estaciones ni como será la cruz que nos espera tras la ruinosa subida. El niño escondido sonríe: el comentario enfadado de la madre ante las noticias le ha dado la solución, aunque – piensa – ¿cómo puede ser que a ella tan lista, a ella que todo lo resuelve siempre en casa, no se le haya ocurrido antes? Y, después de mirar un rato el acuario que tiene en su cuarto, se atreve al fin a ir junto a sus padres. Tiene prisa por contarles su descubrimiento: mamá, lo que dices, eso de que sólo se salvan los peces gordos… pero si es tan fácil, nosotros también tenemos en casa… y abriendo con mucho cuidado el cuenco de sus manos les enseña a sus padres al más grande de la pecera.






El Puente Minero




EXPLORADORES DE LA IMAGINACIÓN


Hay quienes dicen (muy serios ellos) que el responsable de todo es un gen; que ese impulso por descubrir, por ir hasta dónde termina el arco iris y más allá tiene su origen en el gen “travieso” DRD7, que nos descontrola la dopamina y de paso todo lo que se le cruza en su camino.

No sé si ese espíritu inquieto, esa capacidad de imaginar que nos conduce a aventurarnos para “vivir” y crearnos un mecanismo de aprendizaje incansable será sólo uno más de nuestros “accidentes” genéticos, lo que si sé es que ese impulso vital está ahí, en lo más profundo de nosotros, como un latido íntimo e inevitable, desde muy niños, mucho antes de lo que somos capaces de recordar.

Y también niños éramos cuando un día cualquiera (a esa edades no importan tanto el castañear de dientes o la sed) quedábamos en pandilla para acercarnos al Puente Minero.

Éste no era un puente minero cualquiera, era simple y llanamente para los de Teruel: el Puente Minero. Situado en la vía del antiguo ferrocarril minero de Ojos Negros- Sagunto, sobre el barranco de El Salobral o de Valdecebro, subiendo hacia la carretera que va a Corbalán, sus seis ojos aparecían imponentes en medio de aquel paisaje de desoladora y desnuda belleza prometiéndonos a medida que nos acercábamos el hallazgo de tesoros asombrosos. Y es que a veces ese horizonte de posibilidades infinitas que buscamos está a la vuelta de la esquina, en un pequeño universo muy cercano a tu propia ciudad por ejemplo.

Para la chiquillería de hace unos cuantos (bastantes) años las excursiones al Puente Minero eran auténticas expediciones cuya preparación dejaba siempre la impronta de ir a la aventura. El tesón, pese a la corta edad, nos acompañaba a todos porque aquel sitio nos resultaba tan mágico que sólo al mencionarlo nos prometíamos vivencias emocionantes. Entusiastas, emprendíamos la excursión dispuestos a aceptar lo que ocurriera, incluido, por supuesto, lo que solía suceder, que era no encontrar nada. Pero el esfuerzo de la caminata bien merecía la pena: aunque la mayoría de las veces los bolsillos volvían vacíos, el camino ya en si era un hallazgo constante, un cúmulo de apasionantes sensaciones… sentir el aire acariciándote las mejillas, los gritos y las risas de los amigos al máximo volumen… aunque no conocíamos a Kavafis y su entrañable debes rogar que el camino sea largo, con esa sabiduría innata que se tiene de niños intuíamos que si la felicidad es un instante aquellos eran parte de su momento más importante, de ese que también llaman libertad.

Caminar permite encontrarnos cara a cara con lo elemental, con lo telúrico, con lo auténtico porque cada espacio contiene en si mismo infinidad de revelaciones que nunca se nos van a agotar. Y allí estábamos nosotros, caminando caminos hacia el Puente Minero; con esa tendencia irrefrenable de la infancia hacia la Naturaleza, conquistando peñascos y cárcavas, bajando barrancos, sorteando ramblas, descubriendo insospechados riachuelos de agua, entretenidos contemplando el aspecto terrible de un despistado escarabajo que parecía lanzado desde otro planeta… subiendo colinas, correteando entre aliagas y tomillos… haciendo dianas en los jerseys con las espigas o echando la galima en algún almendro olvidado…

Antes habíamos cruzado por el Carrel, barrio lleno de sugerencias especialmente para los que éramos del Centro; algunos, incluso, con la peligrosa inconsciencia propia de la edad habían hecho equilibrios atravesando por encima del puente del Arquillo (algún santo protector debía estar siempre de guardia por allí, ¡afortunadamente!).

La arcilla roja daba paso poco a poco a las blancas calizas del paisaje agreste en el que era muy fácil reconocer las heridas en la tierra de las trincheras. Aquellas eran una de las muchas paradas “para buscar”; buscábamos restos de metralla, latas de comida oxidada que nos hablaban de lo cotidiano en medio del miedo y la muerte, restos de espoletas, trozos de hebillas de cinturón… todo era examinado minuciosamente, valorado y en algunos casos intercambiado si ya se “tenía”. La Batalla de Teruel que tan lejana nos parecía, surgía a nuestros ojos como lo que era: una realidad todavía presente en el tiempo y desde luego mucho más presente todavía en los mayores de lo que en nuestra ingenuidad éramos conscientes.

Las siguientes “paradas para buscar” estaban un poco más abajo; se trataba esta vez de encontrar pequeños fósiles. No teníamos mucha idea de qué eran aquellos restos pero al contemplarlos sobre la palma de la mano se nos desbordaba la imaginación. Hoy sabemos que no nos equivocábamos al considerarlos tesoros: sin darnos cuenta estábamos en medio de un yacimiento de micro y macro mamíferos del Turoliense inferior (publicaciones recientes de paleontólogos de la Fundación Dinópolis han llegado a identificar allí hasta tres especies de Hipparion)

Y como no hay dos sin tres aquel Puente Minero nos reservaba un extraordinario regalo más: entre los afloramientos del Triásico Superior, las abigarradas margas, los yesos fibrosos y espejuelos, de vez en cuando aparecían junto a algún Jacinto de Compostela las famosas Teruelitas (una variedad de dolomita, de cristales romboedricos de un negro brillante) que constituían una auténtica rareza (alguien ya en aquel tiempo las quiso bautizar como la “piedra del amor”).

Volver al anochecer, bajo el cielo tachonado de estrellas, y ver la ciudad iluminada como una esplendida pintura en la que adentrarse era el final feliz reservado para aquellos exploradores de la imaginación. Con o sin gen DRD7, lo que no había duda era de que habíamos disfrutado de otra más de las magníficas excursiones al Puente Minero.












Albada 330



VIAJE ESTELAR

(24 de febrero de 2013)

Como siempre en la NASA son previsores y, aunque él está impaciente porque se ponga en marcha ya la nave, un equipo de cuatro personas no deja de girar alrededor de él revisándolo todo nuevamente. Es la última prueba antes de embarcar. Lo sientan con cuidado en aquel enorme asiento y le ajustan al cuerpo cinturones y amarres. Lleva puesto el nuevo traje, un Z-30 de última generación, un prototipo nunca utilizado fuera de la atmosfera terrestre. Una vez más los “super-técnicos” comprueban uno por uno los circuitos, la refrigeración, las conexiones de su casco, el paso perfecto del oxígeno, estabilizan la presión, ajustan las válvulas, le inyectan una última dosis de tranquilizantes… el astronauta, con los ojos cerrados, se deja hacer, se está quieto, sabe estarse quieto; ha sido una de las cientos de cosas que ha tenido que aprender durante el duro entrenamiento de tantos años; controlar los nervios, dominar las situaciones; cualquier circunstancia por difícil que sea será más fácil de resolver si se mantiene la calma, decía una de las consignas con que le han venido acunando la inconsciencia de los sueños durante estos larguísimos años aguardando en el módulo de entrenamiento su partida definitiva.

Está emocionado. Mas allá del disco galáctico, que ahora le parece tan pequeño – tan como su casa – le esperan cientos de miles de millones de estrellas, invisibles cúmulos oscuros en los que acechan mágicos objetos, discos de polvo circumestelares, enjambres rojos y azules de nubes de hidrógeno filamentosas… mucho más allá del borde de los brazos en elipse de la Galaxia…en el booor-deee justo de…de la Galaaaxiaaa… el astronauta aún se imagina atravesar envuelto en un haz de luz el polvo microscópico cuando se le paraliza el pensamiento, algo le tira con fuerza la cabeza hacia atrás. Siente un escalofrío, sobrecogido, abre apenas un segundo los ojos.

-Todo listo... ¡es la hora!...son las últimas palabras que oye; al instante se le cierran los ojos de nuevo y (ahora sí, ¡por fin!) puede ver con nitidez, entre el estallido de mil estrellas antiguas, el comienzo de un universo, del definitivo y único Universo.

-Desde que se ha autorizado utilizar estas nuevas técnicas de adormecimiento todos los condenados se quedan con la misma cara de alelados… no sé qué demonios soñarán… en fin, creo que aún está abierta la cafetería… hoy invito yo. Y los cuatro verdugos se desabrochan con parsimonia las batas blancas, las cuelgan en las perchas de las cuatro cabinas y al salir cierran la puerta hermética de la habitación.




Albada 329



ESTELA

La ciudad este domingo es una fiesta. Y en plena celebración de las Bodas de Isabel de Segura intento recordar cuando fue la primera vez que escuché hablar de Los Amantes. No lo sé; es de esas cosas que los turolenses parece que siempre hemos sabido, que han crecido y se han hecho con nosotros. Quizás la primera persona que me hablara de ellos fuera mi abuela, que tanto gustaba de contarme historias antiguas, cantar romances de princesas cautivas en tierra de moros rescatadas por valientes caballeros o repetirme una y otra vez aquella adivinanza de una señorita muy aseñorada… En realidad, aunque no recordemos quien nos la enseñó, lo cierto es que los niños de Teruel de mi generación nos sabíamos todos desde muy chicos su historia de memoria, con seguridad y muy pocas variantes además. No habíamos leído todavía a Hartzenbusch, claro, ni mucho menos sabíamos quien era Bocaccio; tampoco nuestras queridas abuelas conocían ningún sesudo estudio medievalista sobre “la autentica verdad de los Amantes de Teruel”, pero todos éramos capaces de informar cumplidamente a cualquier forastero que nos preguntara por ellos en los porches de la plaza del Torico, incluso de contar algún que otro chiste inocente sobre ellos. Rara vez y sólo cuando la ocasión lo propiciaba (una actividad extraescolar con el colegio o la visita de algún familiar especialmente interesado) íbamos a verlos, íbamos a visitar a los Amantes. Después de que alguna de aquellas guardesas acudiera con las llaves a abrirnos las puertas del antiguo Mausoleo y recitara una letanía de nombres, datos y supuestas fechas, nos quedábamos todos en silencio contemplando conmovidos las dos figuras blancas, alabastro dormido de manos bordeando la caricia, los dulces rostros… A todos, grandes y chicos, nos impresionaba su serena belleza, aunque nosotros, los más pequeños (y por si aún no teníamos bastante con lo que cohibía aquella antigua capilla en penumbra, totalmente rodeada por los rojos cortinones) lo que pertinazmente buscábamos, entre las rendijas del túmulo cincelado, era la imagen fugaz de las  momias enamoradas.

A los niños de hoy puede que vuelvan a ser sus abuelas las que les cuenten la historia de dos de sus vecinos más ilustres, tal vez la lean en los libros o la escuchen en la escuela, pero además van a tener la suerte de vivir esta hermosa fiesta de las Bodas de Isabel; fiesta sabia, llena de colorido y de pasión que poco a poco se ha convertido en un esplendido aliciente para la vida económica y social de nuestra ciudad. También tendrán la oportunidad de visitarlos en el nuevo Mausoleo: por fin ubicados con la dignidad y el respeto que se merecen los Amantes son además cada día más cercanos, más atractivos a sus vecinos, que los visitan puntualmente gracias a las múltiples actividades que su Fundación ofrece durante todo el año. Escuchar con que profesionalidad pero sobre todo con que cariño cuentan sus guías la historia de los Amantes de Teruel emociona a todos y enorgullece a los propios turolenses.

Generación tras generación Isabel de Segura y Juan de Marcilla han formado parte de nosotros; desde siempre ha sido así. Ahí radica el verdadero misterio y la grandeza de su historia: en como un pueblo los ha hecho suyos y, siglo tras siglo, ha sabido transmitir la magia de su amor, el misterio de aquel último beso.

Dice Manuel Cruz del amor: “Dichoso aquel que se haya hecho merecedor de ser amorosamente despedido de este mundo, de quien se puede decir no sólo que amó mucho, que agotó su vida en regalar generosamente ese sentimiento, sino que, a la hora de abandonarla, dejo tras de si un rastro de amor…”

Pues bien, ese rastro, esa huella de amor de nuestros Amantes es tan generosa que hoy, en plena fiesta a su recuerdo, su cariño sigue todavía vivo entre nosotros, depositado y crecido en todos los turolenses, que pasados, presentes y venideros  hemos hecho de su historia nuestra memoria y de su esperanza nuestra certeza e ilusión.
 








La Memoria del Agua






LA MEMORIA DEL AGUA
(9 de febrero de 2013)



Las fuentes salpican de rumor los cielos silenciosos en torno a Teruel. Todavía manda la noche y duerme la rana en el fondo. Misteriosas flores fuera de temporada se bañan en la luna; las contempla un instante mudo el ruiseñor; vuelto, canta luego tímido al sonido de campanas venidas desde lejos. La ciudad empieza a despertar. La mañana será fiesta y la tortilla, convidada esencial, espera en la cocina el abrazo del pan y el rebozo escandaloso y gritón del papel de aluminio. Días templados, tal vez días fríos, da igual: la celebración del Sermón, año tras año, marzo o abril, conduce a la ciudad hasta la orilla del agua.

Ese martes se derramarán las fuentes, correrá más profundo el río, y la magia líquida será un implacable imán. Fuentes de la Salud, fuente de Las Atarazanas, Fuente Cerrada, Fuente del Chorrillo, Los Baños, el camino del Carburo con el nacimiento del río Turia y la vega con el salto de la acequia vecina, el Balsón, el pantano del Arquillo, la laguna de Tortajada… el Teruel acuático celebra en cantarina compañía la fiesta. Fluyen agua e historia unidas para centenares de generaciones de turolenses en un hilo invisible del paisaje. Barranco de Valdelobos, Barranco Oscuro, Peña de Marisancho, Masia de la Gasconilla, Rambla de Barrachina…. la fuerza de las palabras trae a la memoria de los caminos recuerdos de gente antigua, historias de caminantes que aún retumban, si se atiende, bajo el fragor de las tormentas; transitan juntas sombras y luces: en la memoria del agua todo es instante.

Escarcha de primavera, comienza a deshelar y por las blancas paredes de caliza se escapan en pequeñas venas el agua sobresaltada. Quedarán otros días para recogerla, tal vez para beberla en el cuenco de las manos, habrá otras meriendas, otros paseos, incluso algún latido en las fuentes más pequeñas, las olvidadas, las casi perdidas.

Fuente Cerrada, la hermana mayor, la más afortunada, recibirá de rojo y verde, arcilla y pinos entre columpios y parterres; mientras, el musgo callado de Las Fuentes de la Salud aspirará, siquiera, a sacudirse las polvorientas huellas de coches hollando sendas que nunca debieron dibujarse; en la vecina carretera de Cuenca, la vieja carretera, la de las flores blancas de acacia y de saúco, bajo el reino de la solemne sequoya, las piedras de la fuente del Chorrillo aguantan la desidia.

Pero no nos abrumemos que sólo (¡y nada más y nada menos!) estábamos hablando de fiesta en nuestras fuentes… sonriamos pues porque continúa el día festivo y por fin también las sombras tomarán su merienda mientras la música curva el día. Como pájaros que vuelven a casa antes del amanecer se deshará en el sueño la alegre compañía. Pero las fuentes velan siempre, nunca duermen: dentro de la ciudad la del Torico, la pétrea del Dean, la de Torán, la de San Juan, las humildes de los parques, la del agua remansada de los Franciscanos… aguardarán ahora, como sus hermanas silvestres, gusanitos de luz y ninfas de trenzas violeta.









Albada 328

                                                                               (Paris,Eliot Erwitt) 

AMOR DESCATALOGADO
 (10 de febrero de 2013)


Todo sucedió mientras tú me hablabas de París y tenías los ojos verdes. Recuerdo que anoté tu nombre y tu teléfono en un trozo pequeño del primer folio rasgado que encontré; debajo, casi no me cabía, puse en letra pequeña tu correo electrónico mientras te seguía escuchando París-París. Los nervios, la emoción. Sé también que metí aquella esquinita de papel en el libro que tenía más a mano entre los montones de libros que siempre me rodean a diario, mientras te sonreía asintiendo con la más boba de mis sonrisas y tú mirabas con disimulo, ojos verdes de nuevo, mi gesto de autómata envolviendo entre páginas desconocidas la ruta de nuestro destino… ¡y todo sin dejar de hablarme de París!

El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos te dije yo como una aprendiz de Ilsa Lund, y tu te reíste y me volviste a repetir a lo Rick Blaine el we’ll always have Paris que hacía juego con mi frase.
Supe entonces, supimos los dos sin ninguna duda, que se acababan de trenzar nuestras vidas para siempre esa mañana, la misma mañana en que nos habíamos conocido y debíamos separarnos. Aquella en la que hicimos de París lo venidero, lo que la vida nos debía y que por fin, tan generosa como imprevista, nos entregaba.

Qué sería yo la que llamara cuando estuviera lista; qué tú me esperarías todo el tiempo que fuera necesario; qué el cielo de París es siempre dulce y llueve al calor de la primavera… qué te tomes tu tiempo pero ven pronto conmigo, amor, qué yo te espero, y…. y como en una película con segunda parte de final feliz tú te marchaste para aguardar mi llamada junto al Sena.

Buena bibliotecaria al fin y al cabo, en un principio no me preocupé y pensé que lo encontraría. Busqué y busqué el libro en el que dejé guardada tu dirección entre los miles de volúmenes de esta biblioteca inmensa donde nos conocimos. Un libro en cuyo título no me fijé, un libro perdido que contenía el mundo. He pasado días y meses nadando en un mar de papel en busca de nuestra felicidad. Desespero estante tras estante, año tras año, viendo como me es imposible encontrarte. Parece como si aquel trocito de papel con nuestras vidas se lo hubieran tragado todos los miles de tomos de colores. Veo asomarse promesas entre los anaqueles infinitos y, encerrados, cielos lluviosos y brumas sin aviones. Amor distraído, amor descatalogado al que sólo le queda pasar página y recordar tu mirada aguamarina. Bye, Bye Casablanca.



Albada 327



LEONES COTIDIANOS
(3 de febrero de 2013)


Yo quisiera luchar contra leones salvajes. Todavía están en su cabeza. Separa despacio el brazo con que su mujer le tiene aprisionado (¡esa manía de dormir cogiéndole del hombro!), apaga el despertador, bosteza, se estremece, no sabe si por la casa helada de las siete menos cuarto de la mañana o porque aún está sintiendo la adrenalina golpeándole los pulsos. La ducha sale casi fría y el ascensor sigue estropeado. Ha vuelto a soñar con leones como cuando era niño y se creía un valiente capaz de engañarlos y vencerlos y salvar a todos y... ¿y qué vas a ser de mayor? le preguntaban, pero el niño que fue no decía nada, apretaba contra su pecho el montón de comics de superhéroes y se buscaba el rincón más tranquilo para seguir leyendo, para seguir soñando.

Hastío de tráfico atascado de las siete y veinte de la mañana, fastidio de amaneceres de neblina con olor a humo, cansancio de soledad acunada por las noticias de la radio… crisis, paro, una canción de amor quizás… otro semáforo en rojo, tedio al sentarse en su despacho.
Cotidianeidad, mirar por la ventana a las horas en punto, volver a enredar papeles, verse obligado a atender las idioteces del jefe… sensación de perdida de tiempo; desencuentros, roces con enemigos pusilánimes pero ruines y tontos. ¿Dónde aquel enemigo noble y poderoso? ¿Dónde el combate emocionante, pétreo, definitivo?
Le agota este gasto de energía continuo, la lucha piel a piel contra lo mezquino y lo inútil, tener que hacer caso a los mindundis de turno.
La vuelta a casa tiene la dulzura de la espera del encuentro con la caricia femenina y el sueño reparador. El coche ignorante de sus enojos cotidianos, se desliza por el asfalto siguiendo la estela de los faros de otros cientos de coches.

Cuando sube en el ascensor (¡por fin arreglado!) recuerda las palabras con que le despidió aquella misma mañana su mujer: Tú preferirías luchar contra leones, amor, pero son bandadas de pequeños mosquitos las que te esperan ahí fuera…¡ y hace falta valor!


O Leaozinho, Caetano Veloso

Albada 326

(Palacio de las Dueñas. Limonero)

MEMORIA DE LUNA
 (27 de enero de 2013)

Estos días azules 27 de enero y la primera luna llena de un año que apenas acaba de nacer. En el coche todos guardan silencio, sólo ella, muy bajo, repite de vez en cuando la misma pregunta; su voz, pese a ser tan débil, tan pequeña, tiene aún un poco del calor risueño de su querido sur. A aquel intermitente reflejo de sol de mediodía nadie le contesta: bajo las sombrías cumbres del norte, mientras el ruido de la huída detiene la vida y la noche, acaricia él con dulzura sus ancianas manos.
El sol apenas tira de su espalda mientras la frontera negra urge a cada kilómetro que avanzan. Durante el camino ha visto escalar cada vez más alto aquella luna y con su resplandor escaparse también a la oscuridad la última esperanza. Ya la helada luz se ha adueñado de las sombras y ha ribeteado de blanco la silueta de la multitud.
Éxodo. Grupos de hombres y mujeres avanzan a pie entre los coches lentos como seres disformes cargados de corazones tristes. Se acercan al final todos juntos, oprimidos de silencio, fugitivos del miedo; intentando ocultarse inútilmente de aquella luna henchida. ¡Impasible y perfecta luna de enero que dibuja a pincel con las sombras de los árboles diminutos puentes sobre el asfalto! La frontera se anuncia definitiva tras la última curva.
En estas lentas noches de invierno una luna así, redonda, confiada, cae sobre el paisaje replegado de frío con sus dedos de brillante escarcha y lo convierte en postal de cuento. La luna llena siempre parece de cuento,”de mentiras”, como si con ella al final nunca nos pasara nada de verdad… como si la guerra y la muerte que aquel apenado desfile dejó atrás sólo fueran un mal sueño y no se les hubieran pegado a la piel y agarrado al alma. Pero ella, allá en lo alto, brilla ausente.
Tiene algo de aprendiz, de novata esta primera luna del año; el poeta la mira subir y subir al cielo. ¿Cuándo llegamos a Sevilla?, ¿Llegaremos pronto a Sevilla? vuelve a preguntar la madre enferma. Y el hijo, bueno y dulce, entretiene el desvarío con historias de gatos de Lope que se dan atracones de lunas. Comienza a llover y la noche se queda sin luz, el camino chapotea de nubes y recuerdos.


N.B.: Antonio Machado y su madre cruzaron la frontera francesa la noche de 27 de enero de 1939 en un éxodo lamentable, lleno de riesgos y calamidades, desde Barcelona. La ciudad estaba siendo ya bombardeada por el ejército nacional y el desconcierto y el pánico se habían adueñado de todo. En Coulliure el día 22 de febrero de ese mismo año, sin luna en el cielo, moriría el poeta. Tres días después lo haría también su madre, Doña Ana Ruiz, la niña que aún soñaba cielos de Sevilla. En el bolsillo del gastado abrigo de Machado se encontraría en un trocito de papel arrugado su último verso... estos días azules y este sol de la infancia.





El tontodromo o dónde late el corazón




EL TONTODROMO O ALLÍ DÓNDE LATE EL CORAZÓN

Cada vez se parecen más unas ciudades a otras. La piel de las calles y plazas que envuelve el día a día de sus habitantes se ha cubierto de los mismos negocios y las mismas oficinas, mientras idéntica tiranía del tráfico rodado canaliza cualquier resquicio de su espacio. Las fachadas, los escaparates, el mobiliario urbano… todo tan igual que si por un momento uno cierra los ojos y olvida la ciudad donde se encuentra al volver a mirar puede darle el nombre que se le antoje, imaginar el lugar que quiera ya que toda la singularidad que caracterizaba a las urbes (grandes o pequeñas, da igual) está desapareciendo.

Nos quedan nuestros centros históricos. Mal que bien aún intentan conservar un poco del sabor de la historia y de la estela de sus habitantes por sus calles.

Es precisamente la huella, el rastro diario de ellos, lo que hace la ciudad y le confiere su esencia y diferencia. En el centro de Teruel todavía persisten recuerdos de esa naturaleza tan íntima y particular, fruto de cientos de turolenses que año tras año lo vivificaron con su paso cotidiano, sus entradas y salidas a tiendas, oficinas, terrazas de cafés… sus encuentros fortuitos y sus paseos habituales en los días de fiesta.

La plaza del Torico y la calle San Juan se despliegan sobre nuestra ciudad recostada como la columna vertebral de un gran animal dormido. Muchas generaciones hemos andado una y otra vez la “línea sinuosa” de esos metros arriba-abajo y abajo-arriba. Recuerdo que en mi adolescencia a dicho recorrido se llegó coloquialmente a llamarlo el “tontodromo”, debido a las horas y horas que se “gastaban” caminando sus porches y aceras a paso “de paseo”; charrando mientras quizás esperábamos la hora del cine o simplemente deshilvanando con risas las horas perdidas. En grupos (generalmente de chicas o chicos solos y algunos, los más joviales, mixtos) aquella especie de desfile festivo nos permitía a la gente más joven de Teruel “socializarnos”, contando además con el aliciente poder ver, si había suerte, al chico o a la chica que te gustaba e intercambiar miradas o algún tímido saludo.

Era quedar con los amigos las tardes del sábado y domingo en los porches de la Plaza del Torico o los más mayores, si el presupuesto se lo permitía, en el mismísimo “Goya” (genuino bar hoy desaparecido que tenía entrada por la calle Nueva y la calle San Juan) y desde allí comenzar el deambular de uno a otro lado con los consiguientes encuentros con las otra “pandillas errantes”; un rito que no solía faltar, especialmente cuando el ambiente estaba más animado era la “patada” a la pared al llegar al final del recorrido del porche (a la altura del Tozal, justo en la farmacia de Maruja Salvador)

En aquel paseo había paradas obligatorias como los carros de las “cacahueras” conveniente y estratégicamente situados bordeando la plaza, o la visita a las tiendas de chucherías Casa Ros, Dominguín o incluso hasta la Tropela (al comienzo del Viaducto, cuando el paseo se hacia más largo y se finalizaba en la Glorieta).
Los escaparates de las tiendas y comercios, entonces en abundancia y variedad (casi podía encontrarse de todo sin salir de la plaza) también entretenían la tarde de vagabundeo: pararse a ver los escaparates de Ferrán (los de La Sucursal en los días previos a Reyes era un imán ineludible para los más pequeños), Elipe, Tejidos el Torico, El Bolo, Juderías, Muñóz o La Dulce Alianza (algún caramelo, alguna chocolatina o pastel) o aquella librería que hacía esquina con la calle Mariano Muñoz, pequeñísima y oscura donde una mujer mayor con un enorme bocio nos vendía calcomanías y las cosas más peregrinas que pidieras (nunca entendí como aquel sitio tan pequeño almacenaba tanta y variopinta mercancía).
La edad marcaba también los hábitos y los centros de interés de nuestro “tontodromo”: La Ferrera, el Electroter, el Evaristo, eran futbolines y boleras donde grupos de chicos quinceañeros se perdían durante horas; el Sindical, el Teruel, el Dorado, el Pedralva, Los Juncos… significaban para los más mayores un par de cañas que solían terminar con las bravas en La Parra o la media docena de sardinas compartidas en el Plata.
Aquellos escaparates, locales de inocentes juegos, carros de chucherías y bares y como no las primeras discotecas (El Java y el Osiris donde la música y el baile cobijaban los primeros besos que los porches de la plaza nunca deberían ver) eran marcas de calor y luz en nuestro cotidiano recorrer el corazón de la ciudad, sortilegios al aburrimiento de los fríos atardeceres domingueros.

Hoy, aquel paseo reiterativo y repetido ya es pasado, historia personal, recuerdo. Se olvida demasiado fácilmente el ritmo de aquellos pasos juveniles y quedan sólo algunos pedazos de su cadencia en la memoria.
Callejear con vocación de flâneur provinciano; rostros que se vuelven y saludos que se precipitan suavemente en las columnas romas de granito, el Torico como siempre testigo amable y consentidor… el eco de las risas juveniles… cae la noche y se vacía la plaza; la calle San Juan es un silencioso baja y sube hasta las fuentes donde restalla el agua y se apresura un noctámbulo tardío. Todo un mundo de emociones duerme, duerme también la ciudad su corazón antiguo de porches y risas, de farolas y confidencias para reinventarse en sueños cada nuevo amanecer.





Albada 325

 (Detalle de Sueño de Dante al momento de la muerte de Beatriz, D. G. Rossetti)

ESPERA 
(20 de enero 2013)


Si hubo una vez una mujer amada por encima del todo y de la nada esa fui yo, Beatrice Portinari. Ni las promesas del cielo ni las amenazas del infierno hicieron decaer el delirio de mi amante el gran Dante Aliguieri, hijo predilecto de la muy noble ciudad de Florencia; ni siquiera mi silencio. Todavía desconsolado llora mi muerte. En aquel tiempo nadie conocía el gran secreto sólo guardado en los corazones de los elegidos: los profundamente enamorados sienten que cuando se miran a los ojos se están tocando. Esa fue mi esfera del Paraíso, la auténtica verdad que yo le pude mostrar. Antes hubo una, acaso fue sólo una: aquella fugaz mirada junto al puente. Pasaban los cisnes lentos como el verano y toda la ciudad, vestida de fiesta, brillaba como fondo de nuestro primer retrato. Y cuando sucedió, pálido y turbado, te quedaste tan inmóvil que tal cual parecías una gentil estatua ornando el pretil del sagrado Arno.
Acabo de escribirte, en el reverso de un folio utilizado, un poema: la historia de Beatriz y Dante. Como hacía en la universidad, cuando destilaba en tinta las horas entre clase y clase, sentado en aquella cafetería frente a tu facultad, despeñando, cigarro y pluma en cada mano, miradas por las ventanas nubladas de vaho y humo. Espiando tu salida mientras espacio y tiempo pasaban detrás de los cristales… y después, ese ir corriendo a tu encuentro y esconder en un descuido entre tus libros mi colección de palabras dulces y simples como un hundir lento que se deslizará por tu cuello.
Hace frío en la cocina. Los platos en la mesa puesta llevan ya demasiadas horas; las velas están consumidas. Cuando transcurra el tiempo y me hayas olvidado, dijiste. Y yo te vuelvo a escribir poemas en folios reciclados, te sigo esperando. La cena fría, la botella de vino entera en la nevera… tú brindando lejanos paraísos. Será extraño despertar siempre sin ti, Beatrice, mi muerte, mi dolor. Toda mi vida te lloraré desconsolado. 

        Encuentro de Dante y Beatriz, H. Holiday

Albada 324

 

LA NUEVA CUÑADA
(13 de enero de 2013)

Estas Navidades  hemos estrenado cuñada y todos estamos tan contentos. Guapa, con un rostro interesantísimo,  una mezcla curiosa entre Carlota, la hija de Carolina de Mónaco y nuestra  propia princesa Letizia.  Aquella vieja foto en cuestión nos la hizo un tipo bajito y gordo que pasó por allí justo en el momento en que mi cuñada  nos decía a voz en grito: ¡poneos todos juntos,  vamos sonreíd,  a ver más juntos, qué salen cortados los de los lados! No fue  una instantánea, posamos pacientemente todos. Estábamos  en la calle,  a punto de volvernos cada uno a  nuestra casa; los coches con las maletas  dentro, las despedidas con sus abrazos y besos  de rigor  hechas, la vista y el ánimo ya más pendientes del camino de regreso y de la prisa por  la vida que continuar. Alguien, no recuerdo quién, mencionó lo de la foto y que sería un buen recuerdo para mamá. La estrafalaria mujer de mi hermano mayor sacó entonces  del bolso la máquina y  comenzó a organizarnos. Es cierto que estábamos todos. Rara vez coincidimos, pero esas navidades habían sido especiales, eran las primeras en  las que no estaba papá  y ninguno quisimos faltar.
 Aquel hombre que  pasó en ese preciso instante, inevitablemente debió escucharla (ella gritaba siempre, no hablaba), se nos quedó mirando y con un mero gesto de la mano derecha se ofreció a hacernos  la foto.  Mi cuñada, encantada, le cedió sin pensárselo dos veces la cámara y vino a  unirse rápidamente al impaciente grupo que ya llevaba demasiado rato con la sonrisa puesta para el objetivo. Qué no se ponga a mi lado, por favor, qué no se ponga a mi lado, murmuré entre dientes cuando la vi cruzar la calle como un obús con collares y avanzar corriendo hacia nosotros, una inevitable y certera  bola de nieve,  una tarta pringosa y rancia a punto de estallar en plena cara. Afortunadamente se colocó entre mi hermano Vicente y Raúl, el más pequeño de los sobrinos (casi un bebe). El  gordito  amable fue rápido  en su misión  de perpetuarnos para la historia familiar y pronto cada uno estuvimos inmersos, como islas  flotantes con horizontes diferentes, en medio del tráfico frenético de la autovía. Anochecía, los faros de los coches pasaban rápidos a nuestro lado y todo quedaba ya atrás, todo excepto nuestra imagen en negativo en la película 100 ASA   de la cámara de una cuñada plasta.
Convenientemente enmarcada,  mi madre recibió aquella foto y le concedió el privilegio de presidir la habitación más importante de la casa. Desde la vitrina del aparador con espejos biselados   del salón-comedor, quince caras sonrientes la saludan  cada vez que saca  brillo al marco de plata. La decimosexta cara no sonríe, o si lo hace es imposible que la veamos porque está girada hacia un lado: es como ese rostro de mujer vuelta a lo oscuro del famoso cuadro La Familia de  Carlos IV.  
En cada fiesta la foto ha sido siempre objeto de algún comentario y ha pasado de mano en mano durante aniversarios y cumpleaños. Raúl al que  le está cambiando ya la voz y  ha empezado a afeitarse, la mira y le da la risa, sobre todo porque a su lado, la tía Pilar  vuelta por completo hacia él, sujeta con una mano el grueso collar de perlas y con la otra aparta de él  los bracitos del sobrino revoltoso (antes deshacerse el grupo de la foto, ya se oyó el ruido de las cuentas  rebotando una a una sobre el suelo, deslizándose como un brillante río de colores calle abajo).   
Estas Navidades, a la foto le ha salido una cara. Mi cuñada harta de no tener rostro y de los comentarios jocosos de alguno de la familia  ha aprendido a manejar el Photoshop. Se ha apuntado a un curso completo e intensivo en su Residencia “SeniorSoldeluxe”  y es toda una experta.  A la antigua foto escaneada  le ha pegado un hermoso rostro sonriente. Sobre sus hombros girados, la nueva cuñada  aparece más radiante que ninguno de los que estamos allí fotografiados; más joven, más guapa, de ninguna manera  es ella aunque “la tía Pilar”  afirma (o más bien grita) que lo es y para probarlo señala  en la nueva  foto su famoso  collar de perlas minuciosamente pintado sobre el cuello. En todo caso, como decía al principio  nadie se ha quejado y todos seguimos (esta vez también la tía Pilar) tan contentos.