Albada 304



VIDAS SINCRONIZADAS
(12 de agosto de 2012) 

Las nadadoras llevan bonitos bañadores y tocados brillantes en las cabezas. Las nadadoras se mueven con movimientos rotundos, ejecutados con una precisión milimétrica, las dos a un tiempo, sin separarse nunca de ese eje de simetría imaginario que marca la armonía y la dificultad del movimiento. Se contorsionan a veces casi acalambradas, crispadas las manos, los dedos de los pies como pulsando un violín acuático invisible. Otras veces marcan con el arco de los brazos y el cuello formas redondeadas, pasos que son apenas el inicio, el esbozo de una figura que se engulle sin contemplaciones el agua de la piscina.

Las nadadoras llevan pintados los ojos con colores psicodélicos, y las bocas de rojo coralino indeleble. Cuando se sumergen se transforman a través de la superficie en manchas luminosas, fosfenos mágicos, que coronan las ondas a borbotones con imágenes surreales donde brazos y piernas ya no son tales sino elegantes filamentos de una sola cara sonriente y fija como el mascarón de un barco antiguo. Las nadadoras nunca cesan de moverse con movimientos hermosos e increíbles que nunca llevan a ninguna parte, siempre giran y giran en medio de su azul y límpido universo olímpico

Los sonidos de la escoba pasando una y otra vez sobre las baldosas restallan contra los setos de las tapias encaladas y se allanan en la superficie de la piscina. Se para a descansar. El televisor lleva encendido un buen rato. En la pantalla las dos nadadoras continúan en su ir y venir frenético al compás de la música mientras él enciende con parsimonia un cigarrillo y se queda quieto, fumando de pie, mirando aquellos dos seres magníficos que bien pudieran ser habitantes del Olimpo. Haciendo contrapunto a su inhalación de fumador empedernido se oye de pronto el siseo reiterado de los aspersores en la zona ajardinada. Es la señal, la hora de abandonar él también la piscina; hace mucho tiempo que todos los bañistas se han marchado ya. Su trabajo por hoy ha terminado.

Baja el toldo de la caseta del bar. Revisa los estantes con las patatas fritas, los cacahuetes, las cortezas… abre la nevera y cuenta por encima los refrescos que le quedan. Mira el reloj: las diez y quince. Cuando pujó para que en verano le adjudicaran la explotación de la piscina del pueblo, no se imaginaba lo largos que se le harían los días, incrustado durante horas en ese microcosmo aislado de muros altos, tripulante-jefe de una crisálida de fondo líquido en la que se refleja un cielo en medio de la nada. Su Olimpo particular no sabe de medallas ni de famas. Al apagar la televisión del local se oscurecen también las dos sirenas de la pantalla. El encargado de la piscina, tras terminar de apurar el último cigarro del día, pausadamente, casi con la seguridad con la que se dibuja una acuarela del paisaje tantas veces visitado, descorre el cerrojo de la puerta principal y se pierde en la oscuridad de la calle.

Albada 303



CUMPLEAÑOS FELIZ
(5 de agosto de 2012)


A veces hay vidas que no “merecen la pena” de verdad hasta los cincuenta, pero por eso mismo esperas y esperas, como en esas películas que hasta la mitad no hay quien sepa de qué van, pero que “algo deben de tener” que hace que sigas allí sentado, inmóvil en el asiento de la sala oscura, “por si acaso”.
A veces hay vidas que transcurren anodinas, planas y predecibles como esas novelas en las que nunca sucede nada, sólo el tiempo estirando los finales y un índice y un pulgar pasando las páginas con desgana; pero ambas, vida y novela, de pronto, al llegar al medio, se vuelven apasionantes, te envuelven en un torbellino del que es imposible ni siquiera querer salir… tanto te gustan, tanto te “enganchan”, ¡tanto se siente a los cincuenta!
Y entonces, cuando el feliz hallazgo ocurre, sólo vives para “tu instante” y se te olvidan con gusto muchas cosas: se te olvidan las líneas de tiza pintadas en el suelo que no llevaban a ninguna parte, líneas reflejadas en tu cara que son tu día a día, mes después de mes, año tras de año; se te olvida el tiempo en que estuviste tan sólo aprendiendo a hacerte el muerto, se te olvida todo porque a veces, en la vida, es un obstáculo inútil la memoria.
A partir de ahí, de “aquí”, ¡qué el reloj desteje calendarios, qué cuenten, si quieren, otros el tiempo!

Todos estos pensamientos los “siente” ella mientras va de acá para allá por su casa, extendiendo manteles, cubiertos, copas… Preparar una fiesta de cumpleaños tan especial lleva mucho trajín, te ayudaremos, le dijeron las amigas; pero ella les contestó  qué era su fiesta y lo sería hasta en los preparativos.
Porque lo qué no sabían las amigas,  ni sabría nadie más que ella (¡y él!), era qué lo que aquella noche celebraban eran mucho más que las cincuenta velitas de la tarta.
¡Radiante!, ¡qué bien te sientan los cincuenta! le dicen todos mientras comienzan a llegar. Y entonces se multiplican risas y regalos y en el Cumpleaños feliz, él le roza la mejilla con el beso, y ella sonríe por dentro, y piensa también, qué más que nunca es y será siempre aquella “su fiesta”, su momento y…
Y es que veces, afortunadamente, todavía hay novelas y películas, y también vidas, que tienen un final sorprendente, feliz y apasionante; a veces, al llegar más allá de la mitad, descubres que aquellos largos, aburridos y cansinos preparativos de la vida, “han merecido la pena”. Tan sólo hay que saber esperar un poco (esperarle piensa ella) antes de cerrar la tapa del libro o antes de que se enciendan definitivamente  todas las luces de la sala.






Y LOS DÍAS NO ESTÁN LO BASTANTE LLENOS


Y los días no están lo bastante llenos


y las noches no están lo bastante llenas


y la vida se desliza como un ratón de campo


sin mover la hierba. (Ezra Pound)









Albada 302


TANGO DE VAQUILLAS
(29 de julio de 2012)

El coche está aparcado delante de la puerta, las maletas dentro. Ya se ha despedido de la familia, de dos vecinas y hasta de Agustín el tendero de la charcutería de la esquina.

Antes de salir hacia la carretera que la llevará a Barcelona, mecánicamente, sin proponérselo siquiera, vuelve a dar una última vuelta muy despacio a toda la ciudad.

¿Y si, esta vez, la suerte hiciera que lo viera pasar por cualquier calle en el último momento?

Lo ve cada Vaquilla, sólo cada Vaquilla. Cada comienzo de sus vacaciones de verano, cuando vuelve a enfilar el coche hacia el sur, hacia la ciudad pequeña que la vio nacer y escuchó sus risas de adolescente subiendo La Escalinata (¡esas vueltas a casa desde el Instituto que se estiraban y estiraban!), piensa desvaídamente en él; nunca, entonces, lo hace con demasiada intensidad, más bien es como un recuerdo deshilachado que incluso le parece algo ridículo y sobre todo cansino… ¡es perezoso mantener vivo y con colores sólo lo imaginado! El invierno y la distancia abrigan poco las ilusiones.

Pero ya dentro de la fiesta, el calor y la luz de ésta lo transforman todo. Cuando lo vuelve a ver, en la misma plaza, en la misma Peña, con la misma indumentaria, en ese instante tan idéntico a los otros instantes, le vuelve a latir con fuerza, de nuevo, el sentimiento y entonces se dice (¿es eso un suspiro?) que aún debe seguir enamorada.

Durante tres días vivirá en la calle muchas horas a su lado, cada uno a lo suyo, ese suyo que es lo mismo para todos: la fiesta y la risa; la amistad y el reencuentro; el pintar de colores el cotidiano gris o el olvido momentáneo de lo fatal e inevitable. Escape de ella, escape de él, escape por tres días de la realidad de todos. El ruido de ese camino de huída le suena a música y pasos arrastrados al compás del baile (¿qué tendrá que ver aquel viejo tango con la fanfarria de las fiestas?).

Es como si el tiempo se hubiera reanudado justo en la noche de aquel otro final de lunes de Vaquillas, es como si todo lo demás del año (el invierno, incluso la primavera junto a Las Ramblas) no hubiera existido y continuara la misma historia tras el siguiente amanecer.

Es la ilusión de estar de nuevo junto a él. Oírlo, verlo, y a veces, cuando en el tumulto, las charangas se cruzan pasando por las calles más estrechas de la ciudad, en esas ocasiones, hasta incluso rozarse atropelladamente. Ella le mira de reojo, a veces una mirada de frente cuando está lejos, y seguir así… ambos (¿aparentemente?) seguir con su grupo, con sus amigos, con sus parejas, con sus vidas.

Recordarlo ahora, cuando está abandonando Teruel es como echar una ojeada a las páginas de un libro nunca escrito, es leer sobre la historia que pudo ser o la que sólo ha sido en su imaginación. ¡No te montes películas! se dice a si misma cada comienzo de Vaquillas… pero ahí sigue, dirigiendo escenas imposibles, escribiendo finales de guión hasta con perdices.

De nuevo terminan otras vacaciones sin saber su nombre, de nuevo no volver a encontrarlo en ningún rincón de la pequeña ciudad después de las fiestas… y otra vez marcharse enamorada e ilusionada como el año anterior. Sólo le consuela la esperanza de que el tiempo sea el remedio. Tiempo para olvidarle un poco, tiempo que pase pronto para volver a verlo, otro año más, otra Vaquilla más...

Queda ya muy atrás el Torico, más desnudo sin su pañuelo rojo, más solitario que nunca de turolenses (ese abandono de agosto en busca del mar, de la frescura de la casa del pueblo). Mientras allá, en lo alto, afrontará valiente el objetivo extraño de cientos de cámaras de fotos de los turistas, ella se va también. En el cd del coche suena el mismo tango que dejó a medio escuchar cuando julio aún empezaba… esencia de mujer… Y las notas del violín se van perdiendo por la ventanilla en el perfil de un Teruel, largo y dúctil como la espina dorsal de una muchacha.






Albada 301



Office at night, Edward Hopper
DIABLOS
(22 de Julio de 2012)

Ya está ahí fuera, le reconoce aunque ya no le ve la cara. ¡Mejor, no le ha gustado nada lo que ha visto! Aquel pobre diablo acaba de abandonar el despacho con una expresión en el rostro muy distinta de la que tenía cuando entró. Por el tiempo que ha tardado en aparecer en la calle, adivina cuánto le ha costado bajar cada escalón, cada peldaño, desde el segundo piso (no ha oído que cogiera el viejo ascensor). Parece que le está viendo secarse el sudor de la frente (durante la entrevista ha conseguido estar sereno hasta el final) con un pañuelo blanquísimo, con tres iniciales bordadas tras tres puntos y exquisitamente planchado, parándose, apenas un par de segundos, antes de abrir con cierta dificultad la gran puerta de rejería modernista que da acceso a la entrada principal de la finca; lo hace (lo hará, sin ninguna duda, piensa) con un pequeño esfuerzo, porque no tiene una complexión vigorosa, más bien es delgado, tirando a alfeñique, a flojo, a poca cosa, así se lo describió su secretaria tras atenderle por primera vez, cuando acudió a la oficina para pedir cita; no llamó por teléfono antes, sino que fue él mismo allí, preguntando de manera directa, sin titubear, escudriñándolo todo, exigiendo resultados de antemano. Dato a considerar, apuntaría ese día entre sus notas del caso: persona de naturaleza desconfiada, controladora, que incluso en un asunto como éste, tan delicado, tan íntimo, necesita asegurarse al cien por cien de los resultados, como si se tratara de uno más de sus múltiples y pingües negocios. Este hombre, incapaz de delicadezas o de la más mínima perspicacia se sentó en su despacho con la misma segura prepotencia con que lo haría frente a su propio contable. Poco dotado para leer “las sutilezas del alma”, siguió escribiendo en sus notas él, cerrado y terco como un bruto, lo describió su secretaria después de que le tocara soportar un interrogatorio minucioso e insistente sobre en qué consistirían los informes y si aumentando la cuantía de los honorarios tendría la documentación en menos de veinticuatro horas... ¡rapidez y eficiencia, ese es mi lema!, les dijo con una sonrisa torva que pretendía ser simpática.
Se enciende de nuevo el puro. Lo cierto es que está casi sin empezar; cuando su eficiente secretaria le avisó que el cliente M. A. Z. subía por el ascensor le dio tiempo a apagarlo y dejarlo en el cenicero del cuarto de al lado (la socorrida habitación que le servía lo mismo para echar una cabezada a media mañana o como almacén de los centenares de carpetas de expedientes). Le dio tiempo, incluso, para abrir un poco el balcón y espantar el ligero humo. Aquel balcón. De siempre había tenido esa costumbre: retirar un poco la cortina y mirar el caminar del cliente que se acabara de marchar. Le decían mucho cómo eran sus movimientos, como se iba meciendo la silueta al tiempo que se alejaba, sus andares, resueltos o tímidos, la corpulencia o la fragilidad, la rectitud o curvatura de la espalda… ¡todos eran datos a considerar!
Le ve cruzar con pasos lentos la acera y pararse un poco dubitativo delante del cruce, son sólo dos segundos de indecisión porque al final no cambia de dirección y sigue recto por la avenida (él sabe que esa es la dirección que le conduce más rápidamente a casa); su paso cada vez se va haciendo más seguro, más rápido y firme, casi corre, se entremezcla con la gente, a veces hasta la roza, diríase, aún por la espalda, que se le nota alegre... sí, parece que el tipo está contento, relajado… pero a él no se le escapa esa ligera caricia al bolsillo interior de la chaqueta, una vez, dos veces.
Se gira veloz, brusco y casi grita el nombre de la secretaria. Pero no hace falta gritar, ella ya está junto a él, mirando, también discretamente, por el balcón, a la espera de sus órdenes. Llama inmediatamente a la esposa de Miguel Ángel Zenón, dile que tenía razón, que su marido la mataría si se enterase de que le engañaba, que sólo buscaba evidencias de lo que ya sospechaba. Avísale del peligro que corre, que se vaya, rápido, de su domicilio, que él ya lo sabe todo, que le acabamos de entregar las pruebas y va hacia su casa cargado de malas intenciones y una pistola en el bolsillo.
Sólo cuando la secretaria le confirma que el “recado” ha sido entendido por la cliente, llama a la comisaría más cercana. Ellos, allí, se encargarán del resto, sin preguntarle demasiado, piensa cuando cuelga ya totalmente tranquilo… son muchos años, son ya más que viejos conocidos.
El detective camina ahora por la acera de la avenida, se entremezcla con la gente, a veces le rozan. Es casi de noche y los escaparates han encendido sus luces de neón. Mientras vuelve a casa siente un escalofrío que le recorre la espalda, toda su columna parece habérsele paralizado de pronto como si una mirada en su nuca la hubiera recorrido entera. Deshecha la idea de inmediato y sonríe mientras su paso cada vez se va haciendo más rápido y firme, casi corre, incluso parece acariciar el bolsillo interior de su chaqueta, una vez, dos veces.

Albada 300



(Fotografía de Pepe Alcaide)

SIESTA DE ANEA
(15 de julio de 2012)

Bajo el porche, tumbado al lado de la puerta, casi a mis pies, veo bostezar al perro. Me he sacado la silla baja, la de anea; pesa poco pero es fuerte, aguanta el peso, hasta el de un viejo gordo como yo. Cuando te sientas en ella hace un ruido tenue, es como si fuera la silla la que se acomodase al cuerpo de uno y no al revés. Las descoloridas tiras de espadaña, tejidas con sabiduría antigua, aún conservan en la memoria vegetal un poco de su lozanía de antaño, cuando en aquel feroz noviembre la tormenta se coló entre los juncales de la laguna y ellas respondieron altivas, resistiéndose a la genuflexión, tamborileando, azotando a la lluvia y al viento con su agitar sonoro; aquel pequeño crujido al sentarme parece el eco de sus batallas.

Ahora, a la silla de anea la llevan los nietos de aquí para allá, cómo si fuera un juguete. Este verano alguien le ha pintado las patas y el respaldo de azul-turquesa; es como una novia vieja demasiado engalanada para su primer amor, parece otra, está desconocida. Las niñas sientan sobre ella a sus muñecas mientras fingen darles de comer cucharadas colmadas de imaginaria sopa que nunca se derrama; los niños, la tumban, la visten con trapos viejos y la convierten en improvisada tienda de campaña o en trinchera. Pero lo habitual es que la silla pase en un rincón muchos meses vacía, sobre todo cuando termina agosto y la casa sólo la habitan el perro, mis recuerdos y yo.

Era la silla de mi madre, después fue durante un breve tiempo mía (¡bien chico era yo entonces!), de la mujer, de las hijas… y, en cualquier momento, siempre ha sido la silla de todo el que entró en la casa.

A mi madre la recuerdo (todavía muy guapa, con su pelo brillante y rubio) sentada en el sombreado patio. Al atardecer, recién regados la buganvilla, el jazmín y los geranios, todo allí eran risas y perfume fresco; sentadas a su lado, la abuela, las tías y alguna vecina de visita, todas con la labor en el regazo (los bolillos o las interminables y coloridas colchas a punto de cruz)

En los fríos inviernos, sin embargo, el patio estaba callado y vacío. Entonces sólo yo utilizaba la silla de anea: era la única que por su tamaño servía para trabajar en la mesita junto a la lumbre de la cocina. A la vuelta del colegio, mi madre me daba la merienda y no me dejaba levantarme de allí hasta que no terminaba las cuentas. A ratos odié, por carcelero cruel, aquel amoroso asiento.

Y luego llegó ella, mi mujer. También es invernal y laboriosa su imagen en mi corazón, pero me duele aún tanto su figura, ausente y tan querida, que confundo las noches con los días a su lado: el ganchillo y el hilo entrelazado entre sus hábiles y largos dedos, el fuego de la chimenea reflejando el púrpura en su blanca piel... la sonrisa que a veces me elevaba desde su asiento en la silla diminuta… y la certeza, la certeza dolorosa de que entonces era el instante y el latido y de que todo lo querido estaba, aún, al alcance de mi mano.

Vinieron las hijas, se criaron al abrigo del cariño y partieron también. La ciudad quedaba lejos para un abuelo testarudo y cabezota; tampoco una vieja silla de anea encontraría sitio en un piso sin fuego en la chimenea.

A mi lado, junto a la puerta, veo de nuevo bostezar al perro. Se levanta y se mete dentro de la casa. A su paso tintinean las cuentas de colores de la cortina. Hace calor. El sol se ha atrevido a entrar hasta en esta umbría del porche. Mientras pienso, creo que podría haberme adelantado un caracol. Levanto la vista hacia el horizonte, hasta la falda de la montaña vecina. Apenas alcanzo a distinguir en la parcela del Matías las manchas blancas y negras; casi todas quietas, tumbadas, un par moviéndose lentamente. Seguro que allí debe hacer más fresco: la hierba húmeda, la brisa del roquedal de arriba bajando al valle… ¡un alivio para este sol castigador de la hora de la siesta! Pastar por la mañana, sestear toda la tarde ¡no estaría mal ser vaca!, me digo, y bostezo, bostezo ahora, al fin, yo también, contagiado por el tiempo y la nostalgia, mientras remuevo un poco mi cansado cuerpo sobre la silla de anea.

Albada 299

EL ÁRBOL
(8 de julio de 2012)

El árbol crecía despacio porque se asustaba de las nubes, sobre todo de esas blancas que tienen alma corredora y atraviesan el cielo a grandes zancadas, sin dejar apenas huella. También tenía miedo del sonido que hace el viento cuando, algunas noches, agita las copas de sus hermanos mayores y todas las hojas del bosque temblaban a la vez. Si la tormenta hacía estallar el rayo en el horizonte se agazapaba más, se retorcía acurrucándose en la tierra tierna y mullida por la lluvia.
Antes que alzarse y columpiar al aire, antes que husmear al sol e ir en busca de los hermosos cantos de los pájaros, que retener su peso ligero y agitado sobre las ramas, el árbol prefiere bajar a sus raíces y contemplar, iluminado por la luz verdosa que la sabia transporta, el trabajo ordenado de las hormigas…ver relucir, cimbreándose sobre la seda plateada, a la araña o acunar el silencioso despertar de la oruga a mariposa.
Asustado, se encoge cuando los pasos estremecen el suelo. Como un eco equivocado o mentiroso, las pisadas se oyen cada vez más poderosas y cercanas y es entonces cuando le cambia el color, se vuelve gris, opaco… se desfigura entero en una sombra como el humo y la agonía que anuncian la presencia del humano.
Aquel pequeño árbol tiene madera de cobarde. Lo sabe él y lo saben sus tres vecinos más cercanos, dos pinos jóvenes de un verde chillón cuajados de piñas aún cerradas, y la vieja encina azul, tronco rugoso, trenzado de cientos de venas arenosas, una por cada primavera que ha visto nacer. Lo saben también el musgo empapado y el topillo que esconde su descanso entre los guijarros de su base. Lo saben hasta las golondrinas que sortean al atardecer su silueta, haciéndole burla con sus suicidas filigranas de acróbata.
Al abrazar a un árbol, si es que sabes escuchar, dicen que él te cuenta sus secretos. Y este proyecto de árbol delicado y vulnerable, podría confesarte todo el temblor del mundo en su saludo. Como un Peter Pan inmóvil, que se rebela dejándose querer por el sol naranja que le estira y le estira para subirle a sus alturas; como un niño chico, mecido en el halda de la vida sin sueño ni deseo de reposo, el árbol te hablará del miedo tierno de su alma vegetal, tan parecido al nuestro, tan fiero y salvaje y a la vez tan desvalido su miedo, nuestro miedo…
Si es que lo sabes entender, si es que, por fin, has conseguido sacar el humo de la recamara de tu cabeza y logras percibir su palpitar entre tus brazos, te contará misteriosos amaneceres, te dirá secretos que sólo la luna y el bosque conocen …
Y cuando el árbol pequeño y miedoso se atreva un día a rasgar esas nubes vagabundas, tú te irás con la certeza de que esa gota en la camisa es mucho más que el zumo maduro de sus frutos.



Albada 298



VERDAD DE SOBRA
(1 de julio de 2012)

Sobre todo era sincero. Eso decía siempre él cuando avisaba al que, atónito, le escuchaba (a uno se le pone cara de tonto ante semejante advertencia) “y que conste que te lo estoy contando con total sinceridad, por tu bien, y porque ante todo siempre soy sincero… le caes muy bien, te tiene mucho cariño, pero…”

¡Los dioses nos libren de esos individuos que van soltando por ahí sus verdades!, añadiría yo.

El asfalto de la avenida reluce al mediodía, parece una pista de patinaje gris y ardiente. Hace tanto calor que pronto lloverá. Mientras conduzco te veo en el espejo del retrovisor. Disimulo porque no quiero que tú te des “demasiada” cuenta de que te miro (¡me moriría de vergüenza!) “Demasiada” no, pero un poco desde luego que sí. Quizás sean suficientes estas señales que te envío para que te convenzas de una vez por todas de lo que me gustas, de lo loca que me tienes.

¿Cuánto hace que me dura esto? ¿Cinco, seis meses? Dicen los expertos que lo del enamoramiento tiene fecha de caducidad… ¿Cuánto me queda a mí?, ¿cuánto me durará este deseo compulsivo por descubrirte, esta obsesión por unirme a ti?... Cuando al alba consigo dormirme, agotada de tanto pensarte, de tanto recrearte, creo que es el único momento en que estoy libre de ti; pero no me vale el sueño, esa otra realidad de la que no somos dueños y que, además, me aleja de ti (¡todavía no he conseguido soñar contigo!). No, no es por el descanso, la sensación física de bienestar que siento al despertarme es sólo porque pienso que “ya” te voy a ver, que “ya” voy a estar de nuevo a tu lado. Juntos bajo este verano plomizo, de esta ciudad plomiza, con este trabajo plomizo... Se aceleran mis latidos a cada paso hacia el trabajo. Soy feliz., como lo soy al sentir el viento en mi cara cuando voy en tu moto de vuelta a casa. “¿Te llevo?”, me preguntas, volviéndote hacia mí, siempre con una sonrisa, siempre justo en el último momento y en el último escalón del Banco. Y a mí, que he estado esperando por segundos infinitos esas dos palabras, se me seca la garganta, me queda apenas voz para lograr articular un soso: bueno, vale.

“Qué quieres que haga, es mi natural ser así de sincero, por eso te lo digo, por eso tenía que decirte con sinceridad que…” Y entonces, lo más que esperas del tipo aquel es algo así como un tremendo pisotón, una sacudida eléctrica, incluso hasta una sonora bofetada… nada bueno, desde luego, nada que te haga bien de verdad, sólo lo que más te fastidie el día o, por qué no, lo que más te estropee la vida… “Te quiere, claro, pero…”

Hoy les he dicho a los cinco de la oficina que les invito a tomar algo, que es mi cumpleaños. A “todos”, a los cinco, ¡qué más quisiera yo que haber pasado de ésa, de ése, de la otra y del otro también, y que fueras tú el único sentado en mi coche, aquí en el asiento de al lado, sonriéndome de perfil!
A cada parada de semáforo alguien dice una nueva tontería, todos ríen. Te vuelvo a mirar a través del retrovisor y me encuentro con tus ojos.
La comida ha sido divertida. Y yo casi hubiera jurado que tú sólo has estado pendiente de mí, que me has mirado sólo a mí Quizás, me digo, has entendido mi pregunta urgente y muda.

A la vuelta, he ido parando en cada calle, en cada plaza, justo para dejaros uno a uno lo más cerca de vuestra casa. Aún así os empapáis. La fina lluvia, al final de la tarde, se ha convertido en aguacero de verano. Tú al salir del coche te has acercado hasta mi ventanilla y me has vuelto a desear feliz cumpleaños. Nuestras mejillas cruzándose en aquel marco de cristal, y los dos besos casi tropezados en tan poco espacio… me das también la mano, es un gesto tan formal que no siento hasta el final el papelito doblado entre nuestras palmas.

Aquel, el compañero cargado con su sinceridad fatal, ha sido el último que ha quedado en el automóvil. Carga las armas y comienza su combate…. No le he preguntado nada. Nunca pensé que se me notara tanto, que la gente comentara…. Ni siquiera había parado el motor del coche para despedirle. Yo sólo quiero que se baje rápido del asiento de copiloto y se aleje, solo deseo conocer el secreto arrugado en el hueco de mi mano.

Mientras el sincerísimo entrometido sigue hablando, yo ya no le oigo, casi ni le escucho mientras suelta (vomita) sus verdades. “De verdad, de verdad de la buena, yo te digo, con sinceridad eh?, que te quiere, ¡claro!... te quiere como amiga, pero desde luego no está enamorado de ti… de verdad, yo no te engañaría nunca”. Sube el ruido del parabrisas, sólo oigo el ris-ras pasando una y otra vez delante de mi cara. La lluvia de fuera no mojaría tanto mi cara como las lágrimas que caen en el coche. Incapaz de esperar más, he desplegado el papel. Reconozco tu caligrafía en el azul del haiku: “Dos con un paraguas, el más enamorado se moja, y yo estoy empapado”. Ya ni me incomoda que aquel siga hablando. Las demás verdades me sobran.









Albada 297







UN TIPO MUY OPTIMISTA
(24 de junio de 2012)

Ya lo decía mi madre cuando era bien pequeñito: “hijo lo que tú eres es un optimista incorregible”. Y yo, qué quieren que les diga, empecé a darle la razón desde el mismo instante en que supe que significaba esa palabra. Recuerdo por aquel entonces que hechos como que llegara a casa tan contento, eufórico, con mi balón roto y desinflado (pero ¡recuperado!) después de haberme pegado con media docena de gamberros del barrio, sumían a mi madre en un estado extraño; era cuando se le ponía cara rara, al menos eso me parecía a mí cuando se quedaba como pasmada, mirándome embobada mientras me curaba con mercromina las heridas, o con hielo los chichones de la cabeza. A mí, si les soy sincero, lo que me hacía gracia era ver su carita alelada reflejada en los múltiples espejos del armario del baño: de frente, de perfil, por detrás… ¡cómo una proyección en cinemascope sólo para mí! Aunque con la que no podía contener la risa (me mordía los labios para que no se diera cuenta) era con mi abuela. Cuando ya acostado me daba el acostumbrado beso de buenas noches en la frente siempre repetía lo mismo: “hijo mío, lo que tú tienes es un optimismo galopante, y eso no se cura con árnica, ya se encargará la vida ya…” y se santiguaba con mucha ceremonia, y se alejaba dando traspiés, golpeándose las canillas de sus delgadas pantorrillas con todas las esquinas del los muebles del pasillo, avanzando a oscuras y repitiendo una y otra vez la misma cantinela: “¡Dios y sus santos le protejan, Dios y sus santos le protejan! “

No sé yo si en el cielo harán mucho caso a las recomendaciones de una abuela, pero de siempre, desde que yo recuerde, me he sentido así de confiado. Nunca he dejado de reconocerlo, es más, estoy plenamente convencido de que soy, como bien pronosticó mi madre y corroboró siempre mi abuela, un optimista pertinaz y manifiesto.

Me acuerdo que cuando un verano me desvalijaron el piso, fui yo quien tuve que advertir a mi afligida mujer, y hasta a la misma policía, que lo que nos había pasado “era de lo más normal… ¡con la cantidad de pisos que roban aprovechando que sus dueños están de vacaciones, a alguno le tenía que tocar!”

Dicen mis amigos que podría pasarme un camión por encima, sacarme las tripas y yo aún le daría las gracias. Bien, no voy a explicarles aquí que clase de amigos tengo, que se les ocurre semejante final para mi pobre barriga, pero si les reconoceré que muchas de las cosas que a otras personas les molestan o les llegan a enfadar a mí sólo me producen, como mucho, un ligero estupor… no puedo remediarlo… ya lo decía mi madre...

¡Qué más quisiera yo que ser como mis amigos! (a los que por cierto, no veo desde que hicieron la regulación en la Financiera y el paro no me llega ya ni para invitarles a las copas y el café). Les confieso que alguna vez (al menos para que la gente no me siguiera mirando tan raro como mi madre) he tratado de enfadarme; como cuando me atracaron en la calle, y encima de quitarme todo el dinero me hicieron un buen agujero en la entrepierna. Pero no lo conseguí: ¡cómo ponerme furioso con aquel infortunado que por no saber, no sabía ni hablar: “tuuuu, desgaciaaaó, ya mastasando toqueties encima o te rajo” me dijo mientras le temblaba todo; y, claro… ¡normal!... cuando le di los dos euros le entró tal pataleta, que perdió el pobre la compostura, la mínima dignidad imprescindible para cualquier ladrón que se precie (para todo hay que valer y ser un profesional). Ya sin control de sus actos, la emprendió a machetazos conmigo… pero no fue capaz el mentecato de darme ni siquiera a la séptima intentona… tan perjudicado estaba que se resbaló en aquella mierda de perro (ya perdonarán ustedes), cayó de bruces arrastrándome del brazo y yo mismo me alcancé con su navaja en el pie. Otro que me “alcanzó”, y además de pleno, fue el posible origen de la causa de la caída, el perrito faldero de aquella vieja. La susodicha anciana que casualmente paseaba a su perro por allí, creyó que era yo el que atacaba a aquel chalao que aún seguía gritándome desde el suelo “¡desgasiaooó” desgasiaooó!”. Achuchó su minicancerbero a la persona equivocada, y excitado, furioso, se le afilaron los dientes al cánido enano mientras se enzarzaba conmigo como si hubiese visto al mismísimo diablo.

Ya les digo yo a usted de antemano que no se preocupen, que el mordisco no fue nada… unos puntos… “Nada importante”, le dije a mi mujer. “Nada de vida o muerte”, le dijeron a mi mujer los médicos del Hospital, aunque supieron bien asegurarle, con radiografías incluidas, que aquello era definitivo, que lo de tener hijos, o siquiera maniobrar para intentarlo era ya cosa que no iría con nosotros, o más bien “sólo conmigo” me preciso muy claramente mi mujer después.

No les negaré que el hecho de no poder tener sexo, o siquiera una esposa a la que abrazar de noche me dejó un tiempo bastante “confundido”. Claro que como me digo yo a menudo, eso sólo fue el principio de una vida más, mucho más sosegada, y menos, mucho menos estresante… ¿cómo les explicaría yo?… al fin y al cabo, créanme, al fin y al cabo sin esas necesidades se vive… ¡mucho más LIBRE!

Y hablando de vivir, hace ya un año que por esta crisis nuestra, soy uno más de tantos que han vuelto a casa de sus padres. La abuela ya no está con nosotros, pero hay noches como ésta que aún creo oír sus pasos y sus jaculatorias a trompicones por el pasillo; entonces me doy media vuelta en la cama y le canto a mi almohada aquello del inefable Brian: always look on the bright side of life…, muy despacio, claro, y ¡sin silbar,  qué no son horas!

Pero me perdonarán; ustedes me disculparán, creo que no voy a tener más remedio que dejarles de manera inesperada. Oigo como si crepitará un fuego muy  cerca; el calor se cuela por las rendijas de la puerta de mi habitación.
Tengo un presentimiento, casi una certeza: quizás mamá, con sus despistes por la edad, se olvidó anoche de apagar la cena. Juraría que esto que siento dentro de mis pulmones sabe como a humo...
 Afortunadamente sólo estamos a dos alturas de la calle… definitivamente ¡debían escuchar a la abuela desde el cielo!









Albada 296

ADELA
(10 de junio de 2012)
Adela, divorciada, 58 años, sana, alegre, rellenita pero poco, gustos sencillos, ojos claros, a pesar de todo, todavía, creyendo en el amor, si eres responsable, formal, con trabajo,fiel, para formar pareja estable. Abstenerse relaciones esporádicas.
Le costó mucho redactar el anuncio. Decidirse, dejar de tachar y volver a rehacer: se pasaba de palabras, se dejaba algo… o lo que ponía no le gustaba. Debería ser corto y claro, le dijeron en la Agencia, y además definitivo, que lo que dijera despertara el interés del que leyera, aunque también –pensaba ella— lo que dejara de decir daba mucha información, mucho que imaginar... ¡Un lío, vamos! Podía haber puesto que era rubia (rubia a su manera, es decir teñida), guapa, –¿por qué no si aún la miraban los hombres cuando “le pasaban” cerca?-; podría haber escrito que le gustaba pasear, salir al campo, que aunque no tenía estudios y leía poco (más bien nada), le gustaba (le apasionaba) la música clásica; y todo desde el día que, por acompañar a su amiga Angelines, fue a su primer concierto. Ella, que siempre pensó que lo de la “música seria” era un aburrimiento, se quedó extasiada oyendo cantar a aquella soprano (estática, apenas movía lentamente los brazos como una maravillosa estatua que estuviera recobrando vida por el sortilegio del piano); fue en ese instante cuando comenzó a adorar a Schumann. Las tardes de domingo en que se le agarraba fuerte la melancolía por dentro, cuando estaba sola (que era casi siempre) escuchaba aquella pieza -Liederkreis, OP. 39– y aún se estremecía.
Pero eso no lo puso, claro, no debía decir lo que era demasiado “personal”, y aquello lo era; por saber sólo lo sabía (y cada nota hasta de memoria) su gata Misha.
También habría podido poner que adoraba a los gatos, piensa; haber sido incluso más explícita, escribir simplemente: mujer madura, sola y cariñosa desea conocer a alguien como ella para no seguir sola. O: Divorciada, 57 años. Desea encontrar de una vez por todas el amor verdadero.
Nunca había probado a definirse y menos de esta manera en un anuncio, en el que sin mencionarlas saltaban a la vista su soledad y esa necesidad casi enfermiza de la compañía de un último y definitivo amor.Le tranquilizaba que aquello era anónimo; tenía la garantía de poderse echar atrás en cualquier momento. Total, si ella, además, ni se llamaba Adela. No sé por qué elegí ese nombre, si no conozco a ninguna Adela, ni siquiera me gusta ese nombre: Adela, Adela, se repetía mientras se acercaba al lugar de la cita.
Borró varias veces aquello de “todavía creyendo en el amor”; le parecía demasiada confidencia, un abrir en exceso el corazón, enseñar las heridas, despojarse del escudo… pero al final lo dejó y cerró el sobre y con él sus dudas justo delante del mismísimo buzón. ¡Estaba hecho!
Estaba hecho, sí, y por fin se acercaba el momento del encuentro. Adela, Adela, recordar que me llamo Adela…
Matilde, 1,85, ojos verdes, morena, independiente, profesora de música, fiel, sabiendo lo que quiere, busca mujer tranquila, alegre, cariñosa, para quererse y tener toda la vida por delante juntas.
Mejor me doy la vuelta, tanto escribir, tanto pensar qué escribir y se me olvidó poner eso de “se busca hombre”, un simple “señor” o incluso ya más directa ” ¡se busca marido!”… ¡quién iba a pensar que!… ni se me pasó por la cabeza.
Cuando empieza a salir precipitadamente de la abarrotada cafetería, tan anónima, tan confusa como ha entrado, el roce es inevitable, apenas un instante, lo justo para ver como ha caído de las manos de su cita —mujer alta, de ojos verdes– aquella conocida partitura. Y al detenerse: sí, me llamo Adela.

Albada 295

CROQUETAS Y MÁS
(3 de junio de 2012)

Esta vez no escucha la receta. Para qué si ya se la sabe de memoria; tanto tiempo viendo prepararlas en la cocina de su casa, incluso ayudando ella misma de niña... María hazlas más pequeñas, así y su madre, riendo, con esa habilidad pasmosa que sólo tienen las madres cuando las miran sus niños chicos, cogía entre sus palmas un poco de aquella sabrosa masa y modelaba una tras otra croquetas y más croquetas, croquetas perfectas, croquetas iguales de forma, de tamaño exacto, de idéntica textura; cuando las reboces, le seguía explicando mientras con la misma rapidez las pasaba por el pan rallado, no las aplastes, déjalas con cuidado en la fuente sin que se peguen unas con otras, y…
La cocina de María huele ahora como la de su infancia. Casi también suena igual: ese crepitar alegre del aceite, el murmullo del roce de la rasera, la televisión encendida… sólo le falta la risa de su madre; le llamaré luego, se dice. También habría querido aprender eso de su madre, hacerse con su risa alegre y tranquilizadora. Raya la nuez moscada sobre la bechamel, echa la sal… lo que más echo de menos de aquellos años es esa sensación de estar protegida, de que nada malo nos sucedería nunca estando juntos: la casa era el planeta seguro y fuera de aquel universo pequeño y acogedor se quedaban siempre preocupaciones y problemas, era como suspender el tiempo en los paraísos perdidos cada vez que se cerraba la puerta de la calle y oía la risa de mi madre’.

Oye pero apenas atiende a la televisión. No le hace falta porque se sabe al dedillo lo que Arguiñano apunta sobre ingredientes y tiempos de cocción. Croquetas para aprovecharlo todo, para no tirar nada, dice, croquetas… ¡qué mejor para los tiempos de crisis! A María se le escapa una sonrisa triste de complicidad con el cocinero: la noche anterior, con papel y calculadora en mano, estuvieron su chico y ella un buen rato apuntando, sumando, restando. Definitivamente ya no llegan a fin de mes, el paro se termina, el trabajo no llega: ¿de dónde quitar? ¿De dónde recortar?
Ha retirado la sartén, ha pasado un paño suave por la vitro, pero antes de apagar la televisión y salir de la cocina se sorprende por lo que oye en ese momento: Arguiñano, mientras refríe unos guisantes, no está contando esta vez chistes ni desvelando los secretos de cómo pochar en su punto las verduras; cargado de razón y de indignación, está “acordándose” de los gángsteres y gorileros que han estado manejando la economía mundial, hablando de los recortes incomprensibles e imperdonables en Educación y Sanidad… de lo que hace o no ha dicho que haría el gobierno… se acuerda de los emigrantes… Casi al final se dirige a los jóvenes (María aún no ha cumplido la treintena) y les anima a no reblar, a salir al extranjero y buscar lo que aquí no encuentran: un trabajo, un futuro.
Piensa que el cocinero ha sido valiente. Sólo le ha faltado decir aquello de que la mejor manera de robar un banco es dirigirlo… Está bien que alguien diga en un medio público lo que todos pensamos, está bien que empecemos a hablar claro todos. Dejar que “arreglen solos” la crisis los que siempre salen sonrientes en la foto, esos que nunca la han conocido (jamás les faltará un billete de cincuenta en el bolsillo ni se pasarán la noche sin dormir pensando en cómo pagar lo que no tienen) empieza a ser, más que excesiva confianza, una temeridad… ¡y encima este miedo que se nos ha colado dentro a todos!
Y ¿por qué no iba a ser un cocinero el que hablara de economía?, igual de bien que esos de la foto, al menos “con conocimiento de causa”, podrían hacerlo miles y miles de personas que han aprendido a hacer encaje de bolillos para llegar a fin de mes. Al fin y al cabo, piensa María (licenciada en Empresariales y en paro), economía viene de oikonomos la administración del hogar. Fue lo primero que aquel profesor de macro les dijo en la carrera… ¿Cómo es posible que se haya complicado tanto todo, cómo “nos hemos dejado hacer tanto” que al final nadie sabe de lo que se está hablando, que todos nos mandan y nadie se responsabiliza de nada?

El teléfono la saca de su ensimismamiento: ¡Mamá! Si, lo estoy viendo, ¡vaya con Arguiñano! ¿verdad?...Oye mamá,a propósito.… te iba a llamar… ya te contaré mejor, pero precisamente anoche… bueno anoche… lo decidimos: definitivamente Manuel y yo nos marchamos, mamá, son ya dos años de paro, habrá que hacer las maletas, refrescar idiomas y probar fuera, no te preocupes, seguro que.…” .
Cuando María cuelga el teléfono, añora más que nunca aquella risa de su madre.

P. S. Para escuchar a Arguiñano buscar en el Youtube: “el cocinero Arguiñano habla de la crisis”

Albada 294


HASTA AQUI
(27 de mayo de 2012)
¡”Ay Manolo, Manolo… lo sé, sé que no debería haberlo hecho! ¡Pero justo hasta aquí llegó mi paciencia, no aguanté más!”
Margarita tenía bien claro que había sido siempre una buena compañera. Por eso, por haber ayudado a las demás, por hacerles el turno incluso triplicando el suyo cuando se lo pedían (aunque ellas nunca se plantearan devolvérselo, ni ella recordárselo), por reírles las gracias, por escucharles las confidencias y cotilleos de rigor, por arreglarles las costuras de los abrigos a las más jóvenes (había aprendido por su cuenta a coser bastante bien), por taparles las desganas y las ausencias... por todo eso y por muchas cosas más que durante días y días, meses tras meses y hasta la friolera de 30 años había venido haciendo tenía la conciencia bien tranquila; que dormir sin remordimientos es lo mejor para la salud, solía decirle siempre a Manolo, su difunto marido, cuando cada noche abría el embozo de la cama, esa cama desde hace demasiado tiempo tan grande y tan fría.
La señora Marga sabía además ser simpática y hasta no perder la compostura cuando periódicamente los jefes, (especialmente F., aquella ejecutivilla que por fuera iba de progre/comprensiva y de puertas para adentro era tan parecida a las caprichosas mujeres de los señoritos de su pueblo) exigían su cuota de poder, “aleccionándoles” a limpiar un poco más y mejor… Y ya que a nadie le agradaba tener que aguantar semejante perorata, sus compañeras delegaban siempre en ella la ingrata labor de escuchar y contestar con humildad comedida las inmerecidas recomendaciones.
Empezó ayudando a su madre con ocho años, fregando escaleras y portales cuando aún jugaba con muñecas. Trabajar, trabajar y más trabajar y… ¡aguantar!. Honrada a carta cabal, cuidar de su querido Manolo hasta su último suspiro y ahora seguir hablándole desde el corazón para que nunca se sintiera solo ¡su Manolo!.. Así resumía toda su vida la buena de doña Margarita.  Para ella era un gran premio haber llegado a ser “oficialmente” señora de la limpieza de aquella empresa: significaba triunfar en la vida, un justo reconocimiento a sus manos encallecidas por el palo de la fregona y a las caminatas de los madrugones de invierno.
De aspecto tranquilo y bonachón, ajada por el trabajo y con aquel olor a lejía que nunca conseguía que la abandonara, se sabía envidiada por las mujeres de su familia, por sus vecinas… ¡Ese sueldecito seguro a fin de mes del que disponer para ella sola!; claro que a aquellas mujeres nunca se les ocurrió pensar en porqué a ella le dolían tanto las rodillas, en la artrosis que había desfigurado sus enrojecidas manos o en la forma sospechosa de su espalda, cada día más cargada, tan elíptica como la curvatura de un arco a punto de estallar… Pareciera que su trabajo había sido siempre estar mirando embobada a la luna de Valencia mientras cantaban los grillos; así le hubiera contestado (aunque nunca lo hizo y se limitaba a sonreír aguantando el chaparrón de los celos) a alguna de sus cuñadas cuando le echaba en cara que se hubiera comprado un bolso nuevo.
¡Los bolsos!, ¡desde siempre le encantaron los bolsos! Los tenía de todas las formas y colores, de verano, de invierno, grandes y chicos, para llevar colgados al hombro o de asas pequeñitas… ¡era su único capricho!, una especie de extravagancia que le había llevado a construir un armario empotrado hasta lo alto del techo en el estrecho pasillo de su piso. Con lo poco que lograba ahorrar cada mes, juntando y juntando había conseguido llenar estanterías y estanterías con aquellos objetos. Nunca los sacó de casa, nunca los estrenó, sólo los quería para mirarlos y cerrar de nuevo las puertas del armario.
Precisamente el disgusto le llegó por esa afición suya a acaparar bolsos… F, la directora, la mandó llamar a primera hora de aquel lunes y le soltó a bocajarro que su carísimo Hermes Matte Crocodile Birkin Bag había desaparecido. Tus compañeras me han hablado de tu obsesión por los bolsos; piensa, Margarita, si no te sentirías mejor devolviéndomelo antes de que esto vaya a mayores…
Ya sé, ya sé lo que me vas a decir, Manolo, que no debería haberlo hecho… pero mira, no me dolió tanto la traición de mis compañeras como que dudaran de mi honestidad...¡Yo una ladrona!, todo tiene un límite, Manolo… y el mío, tú lo sabes bien querido, había llegado hasta aquí.



Albada 293

CÓMPLICES TECNOLOGÍAS
(20 de mayo de 2012)

Fueron juntos a la tienda de móviles. Al de Lucía ya no se le cargaba bien la batería; y tenían puntos de sobra, le dijo ella, se los cambiarían los dos por esos más modernos con los que poder mandarse whatssapp y conectarse a Internet, tan rápidos, tan duraderos, tan inteligentes (aquí a ella, entusiasmada, ya le brillaban un poquito más los ojos). Siempre te ha gustado todo lo que suene a nuevo, a última tecnología, le contestó él mientras se dejaba llevar.

Por no tener otro remedio ni teléfono, claro, ha intentado “entenderse” con el dichoso smartphone; ha llegado incluso a mandarle mensajitos a Lucía, mensajes cortos y absurdos como te veo luego o te espero en casa (¡cómo si no supieran los dos que se iban a ver después en casa!).

Marta le ha dicho que de este mes no pasa, que así no pueden seguir, que no va a esperarle toda la vida. Aquello suena más que otras veces a ultimátum. Él calla, pero una vez solo para el coche en el arcén de la carretera que comunica los dos pueblos. El mismo se avergüenza de ser tan cobarde, se aborrece cada día más por no ser capaz de decirle a su mujer que desde hace dos años se está viéndo con Marta, una chica del pueblo de al lado, esa rubita que trabaja en la oficina de La Caja, y que quieren irse a vivir juntos.
Varias veces se ha armado de valor y lo ha intentado, pero nunca ha aguantado más de dos segundos los ojos de Lucía. Recuerda que un domingo del pasado invierno, mientras estaban cenando, estuvo a punto, pero al levantar ella la vista del plato, sólo consiguió atragantarse con la sopa y mancharse la camisa.
La camisa... precisamente, ahora, le molesta en su bolsillo aquel dichoso móvil de última generación. De pronto se decide; resolutivo exclama: ¡ahora! Y se atreve porque piensa que hoy o nunca, porque cree que Martita esta vez parecía hablarle muy en serio, y porque… porque escribir un mensaje para dar una mala noticia siempre es más fácil que hacerlo mirando una mirada. De algo han de servir todas estas tecnologías, piensa.
Escribe con todas las letras (nada de ktl o lo snto), muy despacio, mientras le tiemblan los dedos, confunde las teclas, se le sale el corazón: “Te dejo, ya no estoy enamorado de ti. Es definitivo… y… no me llames, ¡voy a quitarme el móvil!”
Lo primero que ha sentido es ese olor a química de hospital. Disimula, cierra los ojos, hace como si no la hubiera visto. Por más que lo intenta no recuerda si aquello ocurrió antes de enviarlo. Como de costumbre finge, disimula.
 La habitación está en penumbra y apenas distingue la cabellera morena inclinada sobre su cama. Ahora ella ya le está sonriendo, se levanta, abre las persianas, entra la luz. A quién se le ocurre parar el coche de esas maneras, casi en medio de la carretera, le dice. Menos mal que no te ha pasado nada, magulladuras… el médico ha asegurado que el shock del golpe pasará pronto… el otro coche no iba muy deprisa, aunque al nuestro… ya ves ¡siniestro total!... por salvarse sólo se salvo… ¡tu móvil!, me lo acaban de dar en recepción… Y lo saca como si fuera una varita mágica del bolso. Sus manos finas y expertas lo encienden, lo manipulan. Por cierto, ¡fíjate!, aquí tienes todavía un mensaje sin salir…a ver… pero él, asustado, ya no la escucha, ha vuelto a cerrar los ojos y parece dormir.

Albada 292



FUE
(13 de mayo de 2012)

Fue pero nadie le creyó. Fue porque aquella madrugada tuvo sed y se levantó de la cama para ir a la cocina. Fue porque sin saber el porqué giró la cabeza hacia el ventanal y le pareció que algo extraño había fuera. Y fue porque abrió el balcón, y salió, y resultó que estaba allí mismo, delante de él. A pesar de que la lluvia formara una agitada cortina azul que le empapaba, aunque el alba todavía no hubiera arrinconado alguna estrella desvaída, lo cierto fue que en la delgada línea de mar frente a su casa, allí, estaba.
Contempló con nitidez la silueta del mascarón en lo alto del tajamar y las velas azotadas por el viento de Poniente. Distinguió con claridad el crujir de madera de su enorme esqueleto y el golpear sincrónico del oleaje contra la proa. Un olor acre con sabor oscuro se le metió por la nariz y sintió como se le agarraba a la garganta toda la profundidad de las simas del océano mientras no se sorprendía al reconocer su gusto familiar.
Aquella primera vez que lo contó le dijeron que sería un sueño, una alucinación, quizás la edad avanzada, o que él (¡él, que siempre había sido hombre de bien!) bebía demasiado. Pero no era todo aquello, no, simplemente fue, aunque nadie le creyera.
Todo el mundo debería saberlo: un barco fantasma, varado fuera de los sueños, tiene los colores menos densos y apretados y en él todo parece apresurado, como si se fuera a disolver, sin posible remedio, en menos de lo que dura un parpadeo. Es lo que tienen los esbeltos veleros encantados, que tal como aparecen (así como de sopetón) son capaces de perderse entre el viento y la neblina en menos de cinco o quizás siete segundos. En cubierta, ni rastro de marineros, ni si quiera en lo más alto del castillo de popa un capitán Straten blasfemando en holandés en Viernes Santo.


Viejo marinero vadeando rascacielos, esperó aquella segunda vez y no se lo pensó dos veces: una virada por avante y el barco ya balancea. Hundido en el fondo del asfalto de la calle el bergantín aguarda a que suba la marea, mientras él, que también espera la espuma de las olas en sus pies, abraza el palo de mesana. Se le eriza la piel cuando — ¡al fin! – las velas se izan poderosas, entre turbonadas y rociones las tensa el viento que sale de los portales de las casas. Golpean las jarcias los cristales de las ventanas cerradas. Él también se fue.



N.B.: Según se recoge en las últimas noticias de nuestro periódico local, la policía está intentando tranquilizar a la población: “A pesar de que son muchos los testimonios de los vecinos de Teruel que afirman haber avistado un barco fantasma, atracado al amanecer entre nuestras torres, podemos afirmar con total rotundidad que hasta el momento no se han encontrado pruebas irrefutables sobre su existencia, ni mucho menos de que sea ésta la causa de la alarmante desaparición de vecinos en nuestra ciudad. El mar aún está muy lejos, ha afirmado al terminar sus declaraciones el máximo responsable policial”.

(Collage José Manuel Ubé)

Albada 291

                                    (Jan Havickszoon Steen, Una escuela, s. XVII)

DEL ENGLISH Y OTROS
 (6 de mayo de 2012)

Oír a Roberto Mancini “discutir” con Alex Ferguson es una experiencia cuando menos peculiar – hago aquí un inciso: la etimología de “discutir” viene del latín discutere, que deriva a su vez de quatere (sacudir); discutir sería pues “agitar para separar”. Así como en Roma se comprobaba si las raíces de una planta eran fuertes y vigorosas sacudiéndole la tierra, cuando se “discute” uno alborota, estremece las palabras para comprobar finalmente si contienen argumentos consistentes –.

Pero no piensen (los que hayan reconocido los dos nombres del inicio) que voy a escribir hoy sobre fútbol, ni mucho menos del fútbol inglés. Simplemente me gustaría reflexionar aquí un poco precisamente de esto último, del “inglés”, mejor dicho, de la lengua inglesa, o más bien, del deseo de “comunicarse” y del cómo conseguirlo pese a complejos y dificultades en otro idioma.

Escuchando por televisión las declaraciones de ambos entrenadores es clara la diferencia. El apasionado entrenador del Manchester City utiliza un inglés pobre en vocabulario y mal estructurado (no olvidemos que este descendiente del Imperio Romano lleva poco tiempo en la dulce Albion) pero su expresividad, su vehemencia, su evidente poder de comunicación le hacen rico en cientos de matices y consigue que su inglés “macarrónico” (así lo calificaron en televisión) “transmita” con suma viveza su pensamiento, su sentir, incluso en una lengua que no es la suya y que , claramente se aprecia, no domina.

A su lado, Alex Ferguson, habla del United y expone su opinión con la solidez y la precisión de un inglés inmejorable, pero no por ello comunica más y mejor.

Se esté o no de acuerdo con la postura del entrenador del City, no hay duda de que es admirable su talento para “hacerse entender”, que no conoce el ridículo ni se achica ante la falta de “medios lingüísticos”. Lo que ocurre es que a los que le escuchan, a los seguidores de uno y otro equipo, a los aficionados al futbol en general, les importa su “mensaje” y él ha sabido plenamente transmitirlo: misión cumplida, pues.

En nuestro país quizás lo calificaríamos de osado y nos avergonzaría, o lo llamaríamos ridículo, en todo caso cuando una figura pública española, especialmente en el caso de un político, se dispone a “expresarse” en otro idioma todos nos ponemos a temblar (memorables experiencias con ex-presidentes hemos tenido, y es, desde luego, para esperar lo peor).

Pero quizás ese sea el error: el complejo, el miedo a hacer el ridículo, a quedar en evidencia es el que nos convierte en rehenes de nuestro propio deseo de “hablar bien en inglés” (evidentemente ocurre lo mismo con el francés o cualquier otro idioma)

Esta semana he oído el discurso de bienvenida a los miembros del BCE del Presidente Artur Mas (More President como lo llamó la traducción automática en la web oficial de la Generalitat de Cataluña y que también desdobló al Consejero de Agricultura, José María Pelegri, en Joseph and Mary Pilgrim, o al titular de Cultura Ferran Mascarell en Ferdinand and Mascarell, entre otros muchos desvaríos “googleros”).

Oí, como digo, el breve discurso del Presidente en inglés y antes de “sonreírme” intenté “corregirme” pensando en lo que aquí vengo explicando: que hay que empezar de una vez a atreverse a hacer el ridículo, a valorar más la disposición del que se atreve con la otra lengua que el temor a que no lo haga bien, es decir un esfuerzo por parte del que lo intenta y por parte del que lo escucha. Perder el miedo y querer transmitir, esa es la clave. Ya que pedimos a nuestra juventud que se esfuerce en aprender idiomas, en saber el “indispensable y obligatorio” inglés, hagámoslo nosotros sin miedos escénicos ni complejos. Total, risas aparte y tartamudeos nerviosos, lo importante (cómo muy bien sabe el inefable Mancini), lo que queremos todos, es que… ¡gane nuestro equipo!

Albada 290




TODO BIEN, GRACIAS

(29 de abril de 2012)

Con los primeros calores y con el agua de abril, al final, el menguado jardín de su unifamiliar ha empezado a tomar color (las hojas de los árboles), olor (los lileros en flor) y también sonido. El sonido es el mismo de todas las primaveras, ese ir y venir pequeñito de alas transparentes, el zumbido violeta y amarillo de los insectos recién nacidos al sol. Quizás, así todo parece que vaya bien, que va como siempre: no han fallado la presencia de la esperada lluvia, la llegada de las golondrinas y de los acróbatas vencejos, los niños alborotados quedando con la merienda en el parque vecino (que olvidados ya los fríos y los abrigos), incluso alguna canción escapándose por la ventanilla abierta de cualquier coche de adolescentes que pasara por su calle… Miguel se agarra a esas vivencias para seguir diciéndose que las cosas “funcionan”, que son y serán como siempre. Lo necesita, le urge sentir que no todo se está derrumbando, que todavía hay retazos de la vida que no fallan, evidencias en las que se puede confiar.

Como tiempo es lo que ahora le sobra, se ha quitado el reloj de la muñeca para no contar las horas. Al atardecer, antes de tumbarse en la hamaca, se entretiene en regar su ya larga colección de macetas: geranios, fucsias, caléndulas y pensamientos, casi todas ya en flor. En una de ellas, precisamente en la de las fucsias que todavía tiene los largos cálices por abrir, ha descubierto el brillo azul oscuro de una libélula. Posada, quieta, brillante como un palito de regaliz que el azar hubiera olvidado allí, los enormes globos que envuelven la mirada facetada se han girado hacia él.

El insecto ha cogido la costumbre de pasar los largos días junto a Miguel. Él, envuelto en la hamaca, parece una crisálida a rayas azules y blancas. Ninguno de los dos se mueve, sólo se miran. La libélula piensa en posarse en su hombro, tal vez probar a besarle. Miguel piensa si se estará volviendo loco.

Desde la casa vecina se oyen las noticias en la radio: cinco millones y medio de parados. Uno de mayo.





Albada 289

(La bella principessa, Bianca Sforza)


HORMIGUITA EN BLANCO Y AZUL

(22 de abril de 2012)

MARYBELL COIFFURE. Salón de peluquería”. El cartel es muy sencillo: un neón de fondo blanco y letras pintadas en azul, con una tijera y un peine cruzados en forma de aspa a la izquierda del texto y algo parecido a un secador a la derecha. Es pequeño, justo lo que ocupa la puerta sobre la que está colocado, pero se distingue bien en la anaranjada fachada de ladrillos. Marybell, sonríe; todavía no se acostumbra a ver su nombre en el anuncio. ¡Su propia peluquería y en su viejo barrio de toda la vida! Lo mira con disimulo todas las mañanas mientras se acerca por la acera de enfrente, cruza la calle, sube la persiana metálica… Vuelve a dirigir la mirada hacia arriba sin levantar apenas la cabeza y luego se queda pensativa un par de segundos antes de entrar. Se lo tuvo que decir más de dos veces a los de la tienda de rotulación, escribirles finalmente cómo quería que pusieran su nombre, con esa “y” griega en medio y las dos “eles” al final. Luego fue a ella a quien tuvieron que “explicarle” de nuevo el precio de los rótulos, porque que desde el principio elegía el modelo más caro del muestrario: el multicolor, el de las letras sueltas de diseño en vinilo translúcido. “—Perdone, pero ese letrero se aleja mucho del presupuesto que nos ha indicado, y más si quiere que también grabemos sus iniciales en las cristaleras...”.
El reloj que colocó presidiendo la pared frontal marca las siete y veinticinco; apenas media hora para abrir. Las clientas son tan madrugadoras como exigentes. La tratan con amabilidad pero no le excusan el más mínimo descuido. les debe parecer que el ser tan joven está reñido con hacer las cosas bien, ¡qué equivocación!”, piensa Marybell mientras despide, sonriendo, a su última clienta del día con un “—buenas tardes señora, hasta la próxima vez que usted quiera”.
A veces se le duermen los brazos. “—Eso, cariño, sólo pasa al principio, le dijo una peluquera en la última reunión del sindicato, luego lo que te dolerán de verdad serán las cervicales, procura hacer ejercicio y cuidarte o por la noche no podrás dormir de dolor. ¡Este oficio nuestro es matador para las varices y la espalda!”
Marybell hace caso a tan malos augurios y antes de que la contractura muscular se haga crónica se apunta a un gimnasio. Todas las tardes al salir de la peluquería lleva al hombro la bolsa de deportes con las mallas negras y la sudadera naranja.
“—¡Pareces de la selección holandesa!”, le dice aquel calvito simpático que hace abdominales sin aparente esfuerzo en el banco de musculación vecino.
“—Marybell, me llamo Marybell, con y griega y dos eles al final, le contesta ella cuando se despiden en la puerta del gimnasio. A pesar de su insistencia no ha querido acompañarle a la cafetería. “—Es tarde, mañana hay que madrugar de nuevo”, se excusa.
De regreso a casa tiene que pasar delante de su peluquería. El anuncio ilumina un trocito de la calle y ve su nombre de un blanco azulado reflejado en el pavimento. “¡Lástima de cabeza, si al menos hubiera tenido algo de pelo podría haberle dejado mi tarjeta…”, va pesando mientras el toc-toc de sus tacones se aleja sobre la acera.