Albada 298



VERDAD DE SOBRA
(1 de julio de 2012)

Sobre todo era sincero. Eso decía siempre él cuando avisaba al que, atónito, le escuchaba (a uno se le pone cara de tonto ante semejante advertencia) “y que conste que te lo estoy contando con total sinceridad, por tu bien, y porque ante todo siempre soy sincero… le caes muy bien, te tiene mucho cariño, pero…”

¡Los dioses nos libren de esos individuos que van soltando por ahí sus verdades!, añadiría yo.

El asfalto de la avenida reluce al mediodía, parece una pista de patinaje gris y ardiente. Hace tanto calor que pronto lloverá. Mientras conduzco te veo en el espejo del retrovisor. Disimulo porque no quiero que tú te des “demasiada” cuenta de que te miro (¡me moriría de vergüenza!) “Demasiada” no, pero un poco desde luego que sí. Quizás sean suficientes estas señales que te envío para que te convenzas de una vez por todas de lo que me gustas, de lo loca que me tienes.

¿Cuánto hace que me dura esto? ¿Cinco, seis meses? Dicen los expertos que lo del enamoramiento tiene fecha de caducidad… ¿Cuánto me queda a mí?, ¿cuánto me durará este deseo compulsivo por descubrirte, esta obsesión por unirme a ti?... Cuando al alba consigo dormirme, agotada de tanto pensarte, de tanto recrearte, creo que es el único momento en que estoy libre de ti; pero no me vale el sueño, esa otra realidad de la que no somos dueños y que, además, me aleja de ti (¡todavía no he conseguido soñar contigo!). No, no es por el descanso, la sensación física de bienestar que siento al despertarme es sólo porque pienso que “ya” te voy a ver, que “ya” voy a estar de nuevo a tu lado. Juntos bajo este verano plomizo, de esta ciudad plomiza, con este trabajo plomizo... Se aceleran mis latidos a cada paso hacia el trabajo. Soy feliz., como lo soy al sentir el viento en mi cara cuando voy en tu moto de vuelta a casa. “¿Te llevo?”, me preguntas, volviéndote hacia mí, siempre con una sonrisa, siempre justo en el último momento y en el último escalón del Banco. Y a mí, que he estado esperando por segundos infinitos esas dos palabras, se me seca la garganta, me queda apenas voz para lograr articular un soso: bueno, vale.

“Qué quieres que haga, es mi natural ser así de sincero, por eso te lo digo, por eso tenía que decirte con sinceridad que…” Y entonces, lo más que esperas del tipo aquel es algo así como un tremendo pisotón, una sacudida eléctrica, incluso hasta una sonora bofetada… nada bueno, desde luego, nada que te haga bien de verdad, sólo lo que más te fastidie el día o, por qué no, lo que más te estropee la vida… “Te quiere, claro, pero…”

Hoy les he dicho a los cinco de la oficina que les invito a tomar algo, que es mi cumpleaños. A “todos”, a los cinco, ¡qué más quisiera yo que haber pasado de ésa, de ése, de la otra y del otro también, y que fueras tú el único sentado en mi coche, aquí en el asiento de al lado, sonriéndome de perfil!
A cada parada de semáforo alguien dice una nueva tontería, todos ríen. Te vuelvo a mirar a través del retrovisor y me encuentro con tus ojos.
La comida ha sido divertida. Y yo casi hubiera jurado que tú sólo has estado pendiente de mí, que me has mirado sólo a mí Quizás, me digo, has entendido mi pregunta urgente y muda.

A la vuelta, he ido parando en cada calle, en cada plaza, justo para dejaros uno a uno lo más cerca de vuestra casa. Aún así os empapáis. La fina lluvia, al final de la tarde, se ha convertido en aguacero de verano. Tú al salir del coche te has acercado hasta mi ventanilla y me has vuelto a desear feliz cumpleaños. Nuestras mejillas cruzándose en aquel marco de cristal, y los dos besos casi tropezados en tan poco espacio… me das también la mano, es un gesto tan formal que no siento hasta el final el papelito doblado entre nuestras palmas.

Aquel, el compañero cargado con su sinceridad fatal, ha sido el último que ha quedado en el automóvil. Carga las armas y comienza su combate…. No le he preguntado nada. Nunca pensé que se me notara tanto, que la gente comentara…. Ni siquiera había parado el motor del coche para despedirle. Yo sólo quiero que se baje rápido del asiento de copiloto y se aleje, solo deseo conocer el secreto arrugado en el hueco de mi mano.

Mientras el sincerísimo entrometido sigue hablando, yo ya no le oigo, casi ni le escucho mientras suelta (vomita) sus verdades. “De verdad, de verdad de la buena, yo te digo, con sinceridad eh?, que te quiere, ¡claro!... te quiere como amiga, pero desde luego no está enamorado de ti… de verdad, yo no te engañaría nunca”. Sube el ruido del parabrisas, sólo oigo el ris-ras pasando una y otra vez delante de mi cara. La lluvia de fuera no mojaría tanto mi cara como las lágrimas que caen en el coche. Incapaz de esperar más, he desplegado el papel. Reconozco tu caligrafía en el azul del haiku: “Dos con un paraguas, el más enamorado se moja, y yo estoy empapado”. Ya ni me incomoda que aquel siga hablando. Las demás verdades me sobran.









Albada 297







UN TIPO MUY OPTIMISTA
(24 de junio de 2012)

Ya lo decía mi madre cuando era bien pequeñito: “hijo lo que tú eres es un optimista incorregible”. Y yo, qué quieren que les diga, empecé a darle la razón desde el mismo instante en que supe que significaba esa palabra. Recuerdo por aquel entonces que hechos como que llegara a casa tan contento, eufórico, con mi balón roto y desinflado (pero ¡recuperado!) después de haberme pegado con media docena de gamberros del barrio, sumían a mi madre en un estado extraño; era cuando se le ponía cara rara, al menos eso me parecía a mí cuando se quedaba como pasmada, mirándome embobada mientras me curaba con mercromina las heridas, o con hielo los chichones de la cabeza. A mí, si les soy sincero, lo que me hacía gracia era ver su carita alelada reflejada en los múltiples espejos del armario del baño: de frente, de perfil, por detrás… ¡cómo una proyección en cinemascope sólo para mí! Aunque con la que no podía contener la risa (me mordía los labios para que no se diera cuenta) era con mi abuela. Cuando ya acostado me daba el acostumbrado beso de buenas noches en la frente siempre repetía lo mismo: “hijo mío, lo que tú tienes es un optimismo galopante, y eso no se cura con árnica, ya se encargará la vida ya…” y se santiguaba con mucha ceremonia, y se alejaba dando traspiés, golpeándose las canillas de sus delgadas pantorrillas con todas las esquinas del los muebles del pasillo, avanzando a oscuras y repitiendo una y otra vez la misma cantinela: “¡Dios y sus santos le protejan, Dios y sus santos le protejan! “

No sé yo si en el cielo harán mucho caso a las recomendaciones de una abuela, pero de siempre, desde que yo recuerde, me he sentido así de confiado. Nunca he dejado de reconocerlo, es más, estoy plenamente convencido de que soy, como bien pronosticó mi madre y corroboró siempre mi abuela, un optimista pertinaz y manifiesto.

Me acuerdo que cuando un verano me desvalijaron el piso, fui yo quien tuve que advertir a mi afligida mujer, y hasta a la misma policía, que lo que nos había pasado “era de lo más normal… ¡con la cantidad de pisos que roban aprovechando que sus dueños están de vacaciones, a alguno le tenía que tocar!”

Dicen mis amigos que podría pasarme un camión por encima, sacarme las tripas y yo aún le daría las gracias. Bien, no voy a explicarles aquí que clase de amigos tengo, que se les ocurre semejante final para mi pobre barriga, pero si les reconoceré que muchas de las cosas que a otras personas les molestan o les llegan a enfadar a mí sólo me producen, como mucho, un ligero estupor… no puedo remediarlo… ya lo decía mi madre...

¡Qué más quisiera yo que ser como mis amigos! (a los que por cierto, no veo desde que hicieron la regulación en la Financiera y el paro no me llega ya ni para invitarles a las copas y el café). Les confieso que alguna vez (al menos para que la gente no me siguiera mirando tan raro como mi madre) he tratado de enfadarme; como cuando me atracaron en la calle, y encima de quitarme todo el dinero me hicieron un buen agujero en la entrepierna. Pero no lo conseguí: ¡cómo ponerme furioso con aquel infortunado que por no saber, no sabía ni hablar: “tuuuu, desgaciaaaó, ya mastasando toqueties encima o te rajo” me dijo mientras le temblaba todo; y, claro… ¡normal!... cuando le di los dos euros le entró tal pataleta, que perdió el pobre la compostura, la mínima dignidad imprescindible para cualquier ladrón que se precie (para todo hay que valer y ser un profesional). Ya sin control de sus actos, la emprendió a machetazos conmigo… pero no fue capaz el mentecato de darme ni siquiera a la séptima intentona… tan perjudicado estaba que se resbaló en aquella mierda de perro (ya perdonarán ustedes), cayó de bruces arrastrándome del brazo y yo mismo me alcancé con su navaja en el pie. Otro que me “alcanzó”, y además de pleno, fue el posible origen de la causa de la caída, el perrito faldero de aquella vieja. La susodicha anciana que casualmente paseaba a su perro por allí, creyó que era yo el que atacaba a aquel chalao que aún seguía gritándome desde el suelo “¡desgasiaooó” desgasiaooó!”. Achuchó su minicancerbero a la persona equivocada, y excitado, furioso, se le afilaron los dientes al cánido enano mientras se enzarzaba conmigo como si hubiese visto al mismísimo diablo.

Ya les digo yo a usted de antemano que no se preocupen, que el mordisco no fue nada… unos puntos… “Nada importante”, le dije a mi mujer. “Nada de vida o muerte”, le dijeron a mi mujer los médicos del Hospital, aunque supieron bien asegurarle, con radiografías incluidas, que aquello era definitivo, que lo de tener hijos, o siquiera maniobrar para intentarlo era ya cosa que no iría con nosotros, o más bien “sólo conmigo” me preciso muy claramente mi mujer después.

No les negaré que el hecho de no poder tener sexo, o siquiera una esposa a la que abrazar de noche me dejó un tiempo bastante “confundido”. Claro que como me digo yo a menudo, eso sólo fue el principio de una vida más, mucho más sosegada, y menos, mucho menos estresante… ¿cómo les explicaría yo?… al fin y al cabo, créanme, al fin y al cabo sin esas necesidades se vive… ¡mucho más LIBRE!

Y hablando de vivir, hace ya un año que por esta crisis nuestra, soy uno más de tantos que han vuelto a casa de sus padres. La abuela ya no está con nosotros, pero hay noches como ésta que aún creo oír sus pasos y sus jaculatorias a trompicones por el pasillo; entonces me doy media vuelta en la cama y le canto a mi almohada aquello del inefable Brian: always look on the bright side of life…, muy despacio, claro, y ¡sin silbar,  qué no son horas!

Pero me perdonarán; ustedes me disculparán, creo que no voy a tener más remedio que dejarles de manera inesperada. Oigo como si crepitará un fuego muy  cerca; el calor se cuela por las rendijas de la puerta de mi habitación.
Tengo un presentimiento, casi una certeza: quizás mamá, con sus despistes por la edad, se olvidó anoche de apagar la cena. Juraría que esto que siento dentro de mis pulmones sabe como a humo...
 Afortunadamente sólo estamos a dos alturas de la calle… definitivamente ¡debían escuchar a la abuela desde el cielo!









Albada 296

ADELA
(10 de junio de 2012)
Adela, divorciada, 58 años, sana, alegre, rellenita pero poco, gustos sencillos, ojos claros, a pesar de todo, todavía, creyendo en el amor, si eres responsable, formal, con trabajo,fiel, para formar pareja estable. Abstenerse relaciones esporádicas.
Le costó mucho redactar el anuncio. Decidirse, dejar de tachar y volver a rehacer: se pasaba de palabras, se dejaba algo… o lo que ponía no le gustaba. Debería ser corto y claro, le dijeron en la Agencia, y además definitivo, que lo que dijera despertara el interés del que leyera, aunque también –pensaba ella— lo que dejara de decir daba mucha información, mucho que imaginar... ¡Un lío, vamos! Podía haber puesto que era rubia (rubia a su manera, es decir teñida), guapa, –¿por qué no si aún la miraban los hombres cuando “le pasaban” cerca?-; podría haber escrito que le gustaba pasear, salir al campo, que aunque no tenía estudios y leía poco (más bien nada), le gustaba (le apasionaba) la música clásica; y todo desde el día que, por acompañar a su amiga Angelines, fue a su primer concierto. Ella, que siempre pensó que lo de la “música seria” era un aburrimiento, se quedó extasiada oyendo cantar a aquella soprano (estática, apenas movía lentamente los brazos como una maravillosa estatua que estuviera recobrando vida por el sortilegio del piano); fue en ese instante cuando comenzó a adorar a Schumann. Las tardes de domingo en que se le agarraba fuerte la melancolía por dentro, cuando estaba sola (que era casi siempre) escuchaba aquella pieza -Liederkreis, OP. 39– y aún se estremecía.
Pero eso no lo puso, claro, no debía decir lo que era demasiado “personal”, y aquello lo era; por saber sólo lo sabía (y cada nota hasta de memoria) su gata Misha.
También habría podido poner que adoraba a los gatos, piensa; haber sido incluso más explícita, escribir simplemente: mujer madura, sola y cariñosa desea conocer a alguien como ella para no seguir sola. O: Divorciada, 57 años. Desea encontrar de una vez por todas el amor verdadero.
Nunca había probado a definirse y menos de esta manera en un anuncio, en el que sin mencionarlas saltaban a la vista su soledad y esa necesidad casi enfermiza de la compañía de un último y definitivo amor.Le tranquilizaba que aquello era anónimo; tenía la garantía de poderse echar atrás en cualquier momento. Total, si ella, además, ni se llamaba Adela. No sé por qué elegí ese nombre, si no conozco a ninguna Adela, ni siquiera me gusta ese nombre: Adela, Adela, se repetía mientras se acercaba al lugar de la cita.
Borró varias veces aquello de “todavía creyendo en el amor”; le parecía demasiada confidencia, un abrir en exceso el corazón, enseñar las heridas, despojarse del escudo… pero al final lo dejó y cerró el sobre y con él sus dudas justo delante del mismísimo buzón. ¡Estaba hecho!
Estaba hecho, sí, y por fin se acercaba el momento del encuentro. Adela, Adela, recordar que me llamo Adela…
Matilde, 1,85, ojos verdes, morena, independiente, profesora de música, fiel, sabiendo lo que quiere, busca mujer tranquila, alegre, cariñosa, para quererse y tener toda la vida por delante juntas.
Mejor me doy la vuelta, tanto escribir, tanto pensar qué escribir y se me olvidó poner eso de “se busca hombre”, un simple “señor” o incluso ya más directa ” ¡se busca marido!”… ¡quién iba a pensar que!… ni se me pasó por la cabeza.
Cuando empieza a salir precipitadamente de la abarrotada cafetería, tan anónima, tan confusa como ha entrado, el roce es inevitable, apenas un instante, lo justo para ver como ha caído de las manos de su cita —mujer alta, de ojos verdes– aquella conocida partitura. Y al detenerse: sí, me llamo Adela.

Albada 295

CROQUETAS Y MÁS
(3 de junio de 2012)

Esta vez no escucha la receta. Para qué si ya se la sabe de memoria; tanto tiempo viendo prepararlas en la cocina de su casa, incluso ayudando ella misma de niña... María hazlas más pequeñas, así y su madre, riendo, con esa habilidad pasmosa que sólo tienen las madres cuando las miran sus niños chicos, cogía entre sus palmas un poco de aquella sabrosa masa y modelaba una tras otra croquetas y más croquetas, croquetas perfectas, croquetas iguales de forma, de tamaño exacto, de idéntica textura; cuando las reboces, le seguía explicando mientras con la misma rapidez las pasaba por el pan rallado, no las aplastes, déjalas con cuidado en la fuente sin que se peguen unas con otras, y…
La cocina de María huele ahora como la de su infancia. Casi también suena igual: ese crepitar alegre del aceite, el murmullo del roce de la rasera, la televisión encendida… sólo le falta la risa de su madre; le llamaré luego, se dice. También habría querido aprender eso de su madre, hacerse con su risa alegre y tranquilizadora. Raya la nuez moscada sobre la bechamel, echa la sal… lo que más echo de menos de aquellos años es esa sensación de estar protegida, de que nada malo nos sucedería nunca estando juntos: la casa era el planeta seguro y fuera de aquel universo pequeño y acogedor se quedaban siempre preocupaciones y problemas, era como suspender el tiempo en los paraísos perdidos cada vez que se cerraba la puerta de la calle y oía la risa de mi madre’.

Oye pero apenas atiende a la televisión. No le hace falta porque se sabe al dedillo lo que Arguiñano apunta sobre ingredientes y tiempos de cocción. Croquetas para aprovecharlo todo, para no tirar nada, dice, croquetas… ¡qué mejor para los tiempos de crisis! A María se le escapa una sonrisa triste de complicidad con el cocinero: la noche anterior, con papel y calculadora en mano, estuvieron su chico y ella un buen rato apuntando, sumando, restando. Definitivamente ya no llegan a fin de mes, el paro se termina, el trabajo no llega: ¿de dónde quitar? ¿De dónde recortar?
Ha retirado la sartén, ha pasado un paño suave por la vitro, pero antes de apagar la televisión y salir de la cocina se sorprende por lo que oye en ese momento: Arguiñano, mientras refríe unos guisantes, no está contando esta vez chistes ni desvelando los secretos de cómo pochar en su punto las verduras; cargado de razón y de indignación, está “acordándose” de los gángsteres y gorileros que han estado manejando la economía mundial, hablando de los recortes incomprensibles e imperdonables en Educación y Sanidad… de lo que hace o no ha dicho que haría el gobierno… se acuerda de los emigrantes… Casi al final se dirige a los jóvenes (María aún no ha cumplido la treintena) y les anima a no reblar, a salir al extranjero y buscar lo que aquí no encuentran: un trabajo, un futuro.
Piensa que el cocinero ha sido valiente. Sólo le ha faltado decir aquello de que la mejor manera de robar un banco es dirigirlo… Está bien que alguien diga en un medio público lo que todos pensamos, está bien que empecemos a hablar claro todos. Dejar que “arreglen solos” la crisis los que siempre salen sonrientes en la foto, esos que nunca la han conocido (jamás les faltará un billete de cincuenta en el bolsillo ni se pasarán la noche sin dormir pensando en cómo pagar lo que no tienen) empieza a ser, más que excesiva confianza, una temeridad… ¡y encima este miedo que se nos ha colado dentro a todos!
Y ¿por qué no iba a ser un cocinero el que hablara de economía?, igual de bien que esos de la foto, al menos “con conocimiento de causa”, podrían hacerlo miles y miles de personas que han aprendido a hacer encaje de bolillos para llegar a fin de mes. Al fin y al cabo, piensa María (licenciada en Empresariales y en paro), economía viene de oikonomos la administración del hogar. Fue lo primero que aquel profesor de macro les dijo en la carrera… ¿Cómo es posible que se haya complicado tanto todo, cómo “nos hemos dejado hacer tanto” que al final nadie sabe de lo que se está hablando, que todos nos mandan y nadie se responsabiliza de nada?

El teléfono la saca de su ensimismamiento: ¡Mamá! Si, lo estoy viendo, ¡vaya con Arguiñano! ¿verdad?...Oye mamá,a propósito.… te iba a llamar… ya te contaré mejor, pero precisamente anoche… bueno anoche… lo decidimos: definitivamente Manuel y yo nos marchamos, mamá, son ya dos años de paro, habrá que hacer las maletas, refrescar idiomas y probar fuera, no te preocupes, seguro que.…” .
Cuando María cuelga el teléfono, añora más que nunca aquella risa de su madre.

P. S. Para escuchar a Arguiñano buscar en el Youtube: “el cocinero Arguiñano habla de la crisis”

Albada 294


HASTA AQUI
(27 de mayo de 2012)
¡”Ay Manolo, Manolo… lo sé, sé que no debería haberlo hecho! ¡Pero justo hasta aquí llegó mi paciencia, no aguanté más!”
Margarita tenía bien claro que había sido siempre una buena compañera. Por eso, por haber ayudado a las demás, por hacerles el turno incluso triplicando el suyo cuando se lo pedían (aunque ellas nunca se plantearan devolvérselo, ni ella recordárselo), por reírles las gracias, por escucharles las confidencias y cotilleos de rigor, por arreglarles las costuras de los abrigos a las más jóvenes (había aprendido por su cuenta a coser bastante bien), por taparles las desganas y las ausencias... por todo eso y por muchas cosas más que durante días y días, meses tras meses y hasta la friolera de 30 años había venido haciendo tenía la conciencia bien tranquila; que dormir sin remordimientos es lo mejor para la salud, solía decirle siempre a Manolo, su difunto marido, cuando cada noche abría el embozo de la cama, esa cama desde hace demasiado tiempo tan grande y tan fría.
La señora Marga sabía además ser simpática y hasta no perder la compostura cuando periódicamente los jefes, (especialmente F., aquella ejecutivilla que por fuera iba de progre/comprensiva y de puertas para adentro era tan parecida a las caprichosas mujeres de los señoritos de su pueblo) exigían su cuota de poder, “aleccionándoles” a limpiar un poco más y mejor… Y ya que a nadie le agradaba tener que aguantar semejante perorata, sus compañeras delegaban siempre en ella la ingrata labor de escuchar y contestar con humildad comedida las inmerecidas recomendaciones.
Empezó ayudando a su madre con ocho años, fregando escaleras y portales cuando aún jugaba con muñecas. Trabajar, trabajar y más trabajar y… ¡aguantar!. Honrada a carta cabal, cuidar de su querido Manolo hasta su último suspiro y ahora seguir hablándole desde el corazón para que nunca se sintiera solo ¡su Manolo!.. Así resumía toda su vida la buena de doña Margarita.  Para ella era un gran premio haber llegado a ser “oficialmente” señora de la limpieza de aquella empresa: significaba triunfar en la vida, un justo reconocimiento a sus manos encallecidas por el palo de la fregona y a las caminatas de los madrugones de invierno.
De aspecto tranquilo y bonachón, ajada por el trabajo y con aquel olor a lejía que nunca conseguía que la abandonara, se sabía envidiada por las mujeres de su familia, por sus vecinas… ¡Ese sueldecito seguro a fin de mes del que disponer para ella sola!; claro que a aquellas mujeres nunca se les ocurrió pensar en porqué a ella le dolían tanto las rodillas, en la artrosis que había desfigurado sus enrojecidas manos o en la forma sospechosa de su espalda, cada día más cargada, tan elíptica como la curvatura de un arco a punto de estallar… Pareciera que su trabajo había sido siempre estar mirando embobada a la luna de Valencia mientras cantaban los grillos; así le hubiera contestado (aunque nunca lo hizo y se limitaba a sonreír aguantando el chaparrón de los celos) a alguna de sus cuñadas cuando le echaba en cara que se hubiera comprado un bolso nuevo.
¡Los bolsos!, ¡desde siempre le encantaron los bolsos! Los tenía de todas las formas y colores, de verano, de invierno, grandes y chicos, para llevar colgados al hombro o de asas pequeñitas… ¡era su único capricho!, una especie de extravagancia que le había llevado a construir un armario empotrado hasta lo alto del techo en el estrecho pasillo de su piso. Con lo poco que lograba ahorrar cada mes, juntando y juntando había conseguido llenar estanterías y estanterías con aquellos objetos. Nunca los sacó de casa, nunca los estrenó, sólo los quería para mirarlos y cerrar de nuevo las puertas del armario.
Precisamente el disgusto le llegó por esa afición suya a acaparar bolsos… F, la directora, la mandó llamar a primera hora de aquel lunes y le soltó a bocajarro que su carísimo Hermes Matte Crocodile Birkin Bag había desaparecido. Tus compañeras me han hablado de tu obsesión por los bolsos; piensa, Margarita, si no te sentirías mejor devolviéndomelo antes de que esto vaya a mayores…
Ya sé, ya sé lo que me vas a decir, Manolo, que no debería haberlo hecho… pero mira, no me dolió tanto la traición de mis compañeras como que dudaran de mi honestidad...¡Yo una ladrona!, todo tiene un límite, Manolo… y el mío, tú lo sabes bien querido, había llegado hasta aquí.



Albada 293

CÓMPLICES TECNOLOGÍAS
(20 de mayo de 2012)

Fueron juntos a la tienda de móviles. Al de Lucía ya no se le cargaba bien la batería; y tenían puntos de sobra, le dijo ella, se los cambiarían los dos por esos más modernos con los que poder mandarse whatssapp y conectarse a Internet, tan rápidos, tan duraderos, tan inteligentes (aquí a ella, entusiasmada, ya le brillaban un poquito más los ojos). Siempre te ha gustado todo lo que suene a nuevo, a última tecnología, le contestó él mientras se dejaba llevar.

Por no tener otro remedio ni teléfono, claro, ha intentado “entenderse” con el dichoso smartphone; ha llegado incluso a mandarle mensajitos a Lucía, mensajes cortos y absurdos como te veo luego o te espero en casa (¡cómo si no supieran los dos que se iban a ver después en casa!).

Marta le ha dicho que de este mes no pasa, que así no pueden seguir, que no va a esperarle toda la vida. Aquello suena más que otras veces a ultimátum. Él calla, pero una vez solo para el coche en el arcén de la carretera que comunica los dos pueblos. El mismo se avergüenza de ser tan cobarde, se aborrece cada día más por no ser capaz de decirle a su mujer que desde hace dos años se está viéndo con Marta, una chica del pueblo de al lado, esa rubita que trabaja en la oficina de La Caja, y que quieren irse a vivir juntos.
Varias veces se ha armado de valor y lo ha intentado, pero nunca ha aguantado más de dos segundos los ojos de Lucía. Recuerda que un domingo del pasado invierno, mientras estaban cenando, estuvo a punto, pero al levantar ella la vista del plato, sólo consiguió atragantarse con la sopa y mancharse la camisa.
La camisa... precisamente, ahora, le molesta en su bolsillo aquel dichoso móvil de última generación. De pronto se decide; resolutivo exclama: ¡ahora! Y se atreve porque piensa que hoy o nunca, porque cree que Martita esta vez parecía hablarle muy en serio, y porque… porque escribir un mensaje para dar una mala noticia siempre es más fácil que hacerlo mirando una mirada. De algo han de servir todas estas tecnologías, piensa.
Escribe con todas las letras (nada de ktl o lo snto), muy despacio, mientras le tiemblan los dedos, confunde las teclas, se le sale el corazón: “Te dejo, ya no estoy enamorado de ti. Es definitivo… y… no me llames, ¡voy a quitarme el móvil!”
Lo primero que ha sentido es ese olor a química de hospital. Disimula, cierra los ojos, hace como si no la hubiera visto. Por más que lo intenta no recuerda si aquello ocurrió antes de enviarlo. Como de costumbre finge, disimula.
 La habitación está en penumbra y apenas distingue la cabellera morena inclinada sobre su cama. Ahora ella ya le está sonriendo, se levanta, abre las persianas, entra la luz. A quién se le ocurre parar el coche de esas maneras, casi en medio de la carretera, le dice. Menos mal que no te ha pasado nada, magulladuras… el médico ha asegurado que el shock del golpe pasará pronto… el otro coche no iba muy deprisa, aunque al nuestro… ya ves ¡siniestro total!... por salvarse sólo se salvo… ¡tu móvil!, me lo acaban de dar en recepción… Y lo saca como si fuera una varita mágica del bolso. Sus manos finas y expertas lo encienden, lo manipulan. Por cierto, ¡fíjate!, aquí tienes todavía un mensaje sin salir…a ver… pero él, asustado, ya no la escucha, ha vuelto a cerrar los ojos y parece dormir.

Albada 292



FUE
(13 de mayo de 2012)

Fue pero nadie le creyó. Fue porque aquella madrugada tuvo sed y se levantó de la cama para ir a la cocina. Fue porque sin saber el porqué giró la cabeza hacia el ventanal y le pareció que algo extraño había fuera. Y fue porque abrió el balcón, y salió, y resultó que estaba allí mismo, delante de él. A pesar de que la lluvia formara una agitada cortina azul que le empapaba, aunque el alba todavía no hubiera arrinconado alguna estrella desvaída, lo cierto fue que en la delgada línea de mar frente a su casa, allí, estaba.
Contempló con nitidez la silueta del mascarón en lo alto del tajamar y las velas azotadas por el viento de Poniente. Distinguió con claridad el crujir de madera de su enorme esqueleto y el golpear sincrónico del oleaje contra la proa. Un olor acre con sabor oscuro se le metió por la nariz y sintió como se le agarraba a la garganta toda la profundidad de las simas del océano mientras no se sorprendía al reconocer su gusto familiar.
Aquella primera vez que lo contó le dijeron que sería un sueño, una alucinación, quizás la edad avanzada, o que él (¡él, que siempre había sido hombre de bien!) bebía demasiado. Pero no era todo aquello, no, simplemente fue, aunque nadie le creyera.
Todo el mundo debería saberlo: un barco fantasma, varado fuera de los sueños, tiene los colores menos densos y apretados y en él todo parece apresurado, como si se fuera a disolver, sin posible remedio, en menos de lo que dura un parpadeo. Es lo que tienen los esbeltos veleros encantados, que tal como aparecen (así como de sopetón) son capaces de perderse entre el viento y la neblina en menos de cinco o quizás siete segundos. En cubierta, ni rastro de marineros, ni si quiera en lo más alto del castillo de popa un capitán Straten blasfemando en holandés en Viernes Santo.


Viejo marinero vadeando rascacielos, esperó aquella segunda vez y no se lo pensó dos veces: una virada por avante y el barco ya balancea. Hundido en el fondo del asfalto de la calle el bergantín aguarda a que suba la marea, mientras él, que también espera la espuma de las olas en sus pies, abraza el palo de mesana. Se le eriza la piel cuando — ¡al fin! – las velas se izan poderosas, entre turbonadas y rociones las tensa el viento que sale de los portales de las casas. Golpean las jarcias los cristales de las ventanas cerradas. Él también se fue.



N.B.: Según se recoge en las últimas noticias de nuestro periódico local, la policía está intentando tranquilizar a la población: “A pesar de que son muchos los testimonios de los vecinos de Teruel que afirman haber avistado un barco fantasma, atracado al amanecer entre nuestras torres, podemos afirmar con total rotundidad que hasta el momento no se han encontrado pruebas irrefutables sobre su existencia, ni mucho menos de que sea ésta la causa de la alarmante desaparición de vecinos en nuestra ciudad. El mar aún está muy lejos, ha afirmado al terminar sus declaraciones el máximo responsable policial”.

(Collage José Manuel Ubé)

Albada 291

                                    (Jan Havickszoon Steen, Una escuela, s. XVII)

DEL ENGLISH Y OTROS
 (6 de mayo de 2012)

Oír a Roberto Mancini “discutir” con Alex Ferguson es una experiencia cuando menos peculiar – hago aquí un inciso: la etimología de “discutir” viene del latín discutere, que deriva a su vez de quatere (sacudir); discutir sería pues “agitar para separar”. Así como en Roma se comprobaba si las raíces de una planta eran fuertes y vigorosas sacudiéndole la tierra, cuando se “discute” uno alborota, estremece las palabras para comprobar finalmente si contienen argumentos consistentes –.

Pero no piensen (los que hayan reconocido los dos nombres del inicio) que voy a escribir hoy sobre fútbol, ni mucho menos del fútbol inglés. Simplemente me gustaría reflexionar aquí un poco precisamente de esto último, del “inglés”, mejor dicho, de la lengua inglesa, o más bien, del deseo de “comunicarse” y del cómo conseguirlo pese a complejos y dificultades en otro idioma.

Escuchando por televisión las declaraciones de ambos entrenadores es clara la diferencia. El apasionado entrenador del Manchester City utiliza un inglés pobre en vocabulario y mal estructurado (no olvidemos que este descendiente del Imperio Romano lleva poco tiempo en la dulce Albion) pero su expresividad, su vehemencia, su evidente poder de comunicación le hacen rico en cientos de matices y consigue que su inglés “macarrónico” (así lo calificaron en televisión) “transmita” con suma viveza su pensamiento, su sentir, incluso en una lengua que no es la suya y que , claramente se aprecia, no domina.

A su lado, Alex Ferguson, habla del United y expone su opinión con la solidez y la precisión de un inglés inmejorable, pero no por ello comunica más y mejor.

Se esté o no de acuerdo con la postura del entrenador del City, no hay duda de que es admirable su talento para “hacerse entender”, que no conoce el ridículo ni se achica ante la falta de “medios lingüísticos”. Lo que ocurre es que a los que le escuchan, a los seguidores de uno y otro equipo, a los aficionados al futbol en general, les importa su “mensaje” y él ha sabido plenamente transmitirlo: misión cumplida, pues.

En nuestro país quizás lo calificaríamos de osado y nos avergonzaría, o lo llamaríamos ridículo, en todo caso cuando una figura pública española, especialmente en el caso de un político, se dispone a “expresarse” en otro idioma todos nos ponemos a temblar (memorables experiencias con ex-presidentes hemos tenido, y es, desde luego, para esperar lo peor).

Pero quizás ese sea el error: el complejo, el miedo a hacer el ridículo, a quedar en evidencia es el que nos convierte en rehenes de nuestro propio deseo de “hablar bien en inglés” (evidentemente ocurre lo mismo con el francés o cualquier otro idioma)

Esta semana he oído el discurso de bienvenida a los miembros del BCE del Presidente Artur Mas (More President como lo llamó la traducción automática en la web oficial de la Generalitat de Cataluña y que también desdobló al Consejero de Agricultura, José María Pelegri, en Joseph and Mary Pilgrim, o al titular de Cultura Ferran Mascarell en Ferdinand and Mascarell, entre otros muchos desvaríos “googleros”).

Oí, como digo, el breve discurso del Presidente en inglés y antes de “sonreírme” intenté “corregirme” pensando en lo que aquí vengo explicando: que hay que empezar de una vez a atreverse a hacer el ridículo, a valorar más la disposición del que se atreve con la otra lengua que el temor a que no lo haga bien, es decir un esfuerzo por parte del que lo intenta y por parte del que lo escucha. Perder el miedo y querer transmitir, esa es la clave. Ya que pedimos a nuestra juventud que se esfuerce en aprender idiomas, en saber el “indispensable y obligatorio” inglés, hagámoslo nosotros sin miedos escénicos ni complejos. Total, risas aparte y tartamudeos nerviosos, lo importante (cómo muy bien sabe el inefable Mancini), lo que queremos todos, es que… ¡gane nuestro equipo!

Albada 290




TODO BIEN, GRACIAS

(29 de abril de 2012)

Con los primeros calores y con el agua de abril, al final, el menguado jardín de su unifamiliar ha empezado a tomar color (las hojas de los árboles), olor (los lileros en flor) y también sonido. El sonido es el mismo de todas las primaveras, ese ir y venir pequeñito de alas transparentes, el zumbido violeta y amarillo de los insectos recién nacidos al sol. Quizás, así todo parece que vaya bien, que va como siempre: no han fallado la presencia de la esperada lluvia, la llegada de las golondrinas y de los acróbatas vencejos, los niños alborotados quedando con la merienda en el parque vecino (que olvidados ya los fríos y los abrigos), incluso alguna canción escapándose por la ventanilla abierta de cualquier coche de adolescentes que pasara por su calle… Miguel se agarra a esas vivencias para seguir diciéndose que las cosas “funcionan”, que son y serán como siempre. Lo necesita, le urge sentir que no todo se está derrumbando, que todavía hay retazos de la vida que no fallan, evidencias en las que se puede confiar.

Como tiempo es lo que ahora le sobra, se ha quitado el reloj de la muñeca para no contar las horas. Al atardecer, antes de tumbarse en la hamaca, se entretiene en regar su ya larga colección de macetas: geranios, fucsias, caléndulas y pensamientos, casi todas ya en flor. En una de ellas, precisamente en la de las fucsias que todavía tiene los largos cálices por abrir, ha descubierto el brillo azul oscuro de una libélula. Posada, quieta, brillante como un palito de regaliz que el azar hubiera olvidado allí, los enormes globos que envuelven la mirada facetada se han girado hacia él.

El insecto ha cogido la costumbre de pasar los largos días junto a Miguel. Él, envuelto en la hamaca, parece una crisálida a rayas azules y blancas. Ninguno de los dos se mueve, sólo se miran. La libélula piensa en posarse en su hombro, tal vez probar a besarle. Miguel piensa si se estará volviendo loco.

Desde la casa vecina se oyen las noticias en la radio: cinco millones y medio de parados. Uno de mayo.





Albada 289

(La bella principessa, Bianca Sforza)


HORMIGUITA EN BLANCO Y AZUL

(22 de abril de 2012)

MARYBELL COIFFURE. Salón de peluquería”. El cartel es muy sencillo: un neón de fondo blanco y letras pintadas en azul, con una tijera y un peine cruzados en forma de aspa a la izquierda del texto y algo parecido a un secador a la derecha. Es pequeño, justo lo que ocupa la puerta sobre la que está colocado, pero se distingue bien en la anaranjada fachada de ladrillos. Marybell, sonríe; todavía no se acostumbra a ver su nombre en el anuncio. ¡Su propia peluquería y en su viejo barrio de toda la vida! Lo mira con disimulo todas las mañanas mientras se acerca por la acera de enfrente, cruza la calle, sube la persiana metálica… Vuelve a dirigir la mirada hacia arriba sin levantar apenas la cabeza y luego se queda pensativa un par de segundos antes de entrar. Se lo tuvo que decir más de dos veces a los de la tienda de rotulación, escribirles finalmente cómo quería que pusieran su nombre, con esa “y” griega en medio y las dos “eles” al final. Luego fue a ella a quien tuvieron que “explicarle” de nuevo el precio de los rótulos, porque que desde el principio elegía el modelo más caro del muestrario: el multicolor, el de las letras sueltas de diseño en vinilo translúcido. “—Perdone, pero ese letrero se aleja mucho del presupuesto que nos ha indicado, y más si quiere que también grabemos sus iniciales en las cristaleras...”.
El reloj que colocó presidiendo la pared frontal marca las siete y veinticinco; apenas media hora para abrir. Las clientas son tan madrugadoras como exigentes. La tratan con amabilidad pero no le excusan el más mínimo descuido. les debe parecer que el ser tan joven está reñido con hacer las cosas bien, ¡qué equivocación!”, piensa Marybell mientras despide, sonriendo, a su última clienta del día con un “—buenas tardes señora, hasta la próxima vez que usted quiera”.
A veces se le duermen los brazos. “—Eso, cariño, sólo pasa al principio, le dijo una peluquera en la última reunión del sindicato, luego lo que te dolerán de verdad serán las cervicales, procura hacer ejercicio y cuidarte o por la noche no podrás dormir de dolor. ¡Este oficio nuestro es matador para las varices y la espalda!”
Marybell hace caso a tan malos augurios y antes de que la contractura muscular se haga crónica se apunta a un gimnasio. Todas las tardes al salir de la peluquería lleva al hombro la bolsa de deportes con las mallas negras y la sudadera naranja.
“—¡Pareces de la selección holandesa!”, le dice aquel calvito simpático que hace abdominales sin aparente esfuerzo en el banco de musculación vecino.
“—Marybell, me llamo Marybell, con y griega y dos eles al final, le contesta ella cuando se despiden en la puerta del gimnasio. A pesar de su insistencia no ha querido acompañarle a la cafetería. “—Es tarde, mañana hay que madrugar de nuevo”, se excusa.
De regreso a casa tiene que pasar delante de su peluquería. El anuncio ilumina un trocito de la calle y ve su nombre de un blanco azulado reflejado en el pavimento. “¡Lástima de cabeza, si al menos hubiera tenido algo de pelo podría haberle dejado mi tarjeta…”, va pesando mientras el toc-toc de sus tacones se aleja sobre la acera.

Albada 288


DESPISTADO
(15 de abril de 2012)



Me confieso muy curioso y sobre todo perezoso, aunque parezca que en principio las dos cosas “no se llevan muy bien”. Me gusta remolonear en la cama (¡esos cinco minutos del “un poco más”!) hasta que me espabilo del todo, pero hoy me he despertado más confundido de lo que en mí suele ser habitual (¡soy de los que no son nadie hasta que no se han tomado un café, pero creo que esta mañana necesitaría más de tres tazas para sacarme de encima este aturdimiento!).


Mentiría si dijera que reconozco lo que veo enfrente: el pequeño escritorio, la estantería blanca repleta de libros, las flores del jarrón en la mesilla, el gran ventanal haciendo esquina. A través de las cortinas, blanquísimas también, entra claridad suficiente para poder distinguir la puerta de la habitación y otra, a la derecha, que supongo del baño. Una finísima tira de luz se filtra por debajo de esa puerta y me descubro de pronto oyendo el agua de la ducha a la vez que el precipitar de mi latido.
Me entra el pánico y me levanto de la cama casi de un salto para quedarme de inmediato quieto; mejor no hacer ruido e intentar pensar rápido… recordar… sí, mejor recordar deprisa, al menos antes de que cese de sonar la ducha y ese hilillo de luz se haga con toda la habitación y de paso conmigo dentro.



Empiezo a sentir algo parecido al abatimiento. Por más que lo intento no consigo saber en compañía de quién he pasado la noche ni cómo he amanecido aquí. Voy descalzo hasta mi ropa, colocada con esmero sobre uno de los sillones frente al escritorio. Discuto conmigo mismo si lo más conveniente para mi no sería vestirme y, al irme, hacer de este extraño despertar una simple anécdota que contar a los amigos. Pero no me decido: cautivo de mi imprudente curiosidad, aún estoy repasando los títulos de la estantería y aumentando el sobresalto al comprobar que están escritos en una lengua cuya procedencia no alcanzo a adivinar. Abro cajones, revuelvo papeles, lo que parecen cartas, recibos, notas, recuerdos, todo en aquel mismo lenguaje infernal. No entiendo nada.
Giro sobre mi mismo y al asomarme a la ventana me descubro habitante de un edificio de gran altura; a la gran avenida allá abajo y a la ciudad que se adivina al fondo, donde se hacen guiños los faros de cientos de coches y el amanecer, no las reconozco tampoco.



Ahora sí, ahora sí que me estoy vistiendo rápido, buscando acelerado los zapatos debajo de la cama, mi cartera segura en el bolsillo del pantalón, mi reloj sobre la mesilla… ¡La mesilla! Sobre ella están aquellas flores. Suspendida entre las hojas del ramo una tarjeta escrita con letra que reconozco al instante: para mi nueva vida, la única que me importará a partir de ahora, para…
Termino de leer las tres frases que le siguen —a cada cual más comprometida, más contundente, más decisiva— hasta el final de mi apasionada dedicatoria. Aquellas palabras, mis palabras, son al fin y al cabo lo único que he entendido de toda esta historia. Y me gusta lo que sugieren, me vuelve a poder ese querer saber.


Comprenderán entonces lo próximo que he decidido hacer: recogerme de nuevo en aquella desconocida cama y aguardar, esperar remoloneando, entregado a mi curiosa indolencia, a que cese el sonido de la ducha y se abra al fin la puerta aquella para saber como será, como es, mi nueva vida, la única que al parecer me importa.

Albada 287



DESQUITE


(8 de abril de 2012)

Cuando lo decidí ya me sentí mejor, como liberado de un gran peso. La noche anterior y la de antes y la anterior a la de antes, había estado dándole vueltas hasta concluir que ya estaba preparado, que el momento había llegado. No hacía falta demorarlo más. La excusa fue aquel premio, el detonante la llamada oficial, el sobre timbrado con la invitación.
Salí pronto de casa, y eso que me costó mover a toda la familia, especialmente a los chicos que nunca acaban de cerrar el ordenador.
El coche era nuevo y casi nuevo también el camino. Eran más de 20 años sin volver a mi ciudad. 20 años sin saber de ella más que por los esporádicos encuentros con algún viejo conocido al que le preguntaba, como si el asunto -mi pasado- no fuera conmigo, englobando su nombre en toda una retahíla de otros tantos de aquel entonces.
Todo lo que hice fue por y para ella. Porque ella supiera, algún día, que yo seguía de pie y adelante. Para que ella se enterase, de una vez por todas, de que su crueldad no me había destruido; que, a aquella insensibilidad con que me había aguijoneado y a su veneno, yo había respondido con el mejor de los antídotos: el deseo de venganza. Con él alimentándome, tuve las fuerzas necesarias para llevar adelante mi vida y mi único propósito: desquitarme.
Convertirme en un escritor de éxito, formar la familia perfecta, tener la casa ideal, ser admirado, ser reconocido públicamente, no fue más que el instrumento, el medio de demostrarle que nunca me ganó, que aún me quedó una pizca de aquel orgullo y amor propio que ella redujo a cenizas con tanta ingenuidad como inmisericordia. Hoy por fin, cuando la vea cara a cara, quizás las arrugas hayan borrado el gesto que tanto amé; tal vez el remordimiento la haya hecho más pequeña y enronquecido la insultante luminosidad de su piel. Puede que hoy, por fin, la escuche suplicarme el perdón.
He tenido que atender a la prensa, apenas me han dejado serenarme, ni recomponer las imágenes de los recuerdos mientras volvía a recorrer las calles de mi niñez. Expectantes en la sala, cientos de rostros conocidos, pero no el de ella. Aplaudido, he estrechado manos y dado abrazos, pero no a ella.
Lo he sabido de improviso, sin ni siquiera preguntar: un comentario, no del todo bienintencionado, y el infortunado final de la antigua novia del recién premiado me sacude de arriba abajo, me hace temblar la mano saludadora y congelar la sonrisa ante los flashes.
La herida, compañera de tantos años, se hace grande y pequeña al mismo tiempo para desaparecer definitivamente del todo y dejar en mí sólo la sensación de la impotencia absoluta, de la sinrazón completa.
Me palmean la espalda y me llaman triunfador, y pienso que sí, que puede que tantos aplausos me los haya merecido porque he vencido al fin. Y sé también, que a partir de ahora, sólo me queda disfrutar del éxito de la más absurda, de la más inútil de las victorias.

Albada 286


AMAZONA EN NEGRO

(1 de abril de 2012)


Hace a caballo, a menudo, prolongados paseos (no tantos ni tan largos como le gustaría) A veces, en invierno, recorre las parameras heladas que parecen orlas de cristal enmarcando su camino -el del caballo, el suyo-. Otras, a finales del verano, cabalga entre los membrilleros cuajados de pequeños soles amarillos, alegres, desubicados árboles de navidad engalanados de la fruta perfumada. Si no sopla el cierzo, puede oír correr el agua por las acequias o, más allá, acercarse al río y pararse a charlar con los niños que pacientemente (¡que extraña la paciencia a esa edad!) engañan cangrejos con sus redes.
Hoy, todavía primavera seca, los troncos de los chopos llenan de sombras oblicuas el atardecer en la Ermita del Molino. Los dos, caballo y amazona en negro, pasan lentamente delante de la umbría y siguen su camino, dejando atrás el murmullo imaginado de las hojas todavía por nacer.

No ha olvidado todavía las últimas flechas de las grullas en el cielo, cuando la primera golondrina les ha cruzado haciendo piruetas. Más allá, en el árbol donde la semana pasada se posaban decenas de milanos reales, sólo hay ahora silencio. Sonríe al imaginar a aquellas hermosas aves viajando hasta su destino estival: está segura de que como si de un minúsculo fotograma se tratase, la imagen diminuta de una pareja -jinete y cabalgadura mirándoles desde el camino-, ha viajado impregnada en sus pupilas amarillas hasta el Norte.
Y en esta crisálida que flota perdida en medio de tierras olvidadas, siguen ambos, caballo y amazona, avanzando cadenciosamente entre siembras de maizales y arracimados balidos de rebaños. A lo lejos, como cada tarde, pasa el tren. Van y vienen en su trasiego aquellos tres únicos vagones. Cuando los ve pasar de vuelta a casa a ella le parecen más grises, más sólidos y apretados, como si arrastraran mucho sueño defraudado y demasiado vacío de regreso.

Pero en el paseo a caballo, no caben cavilaciones. Nada por pensar, nada por hacer, sencillamente -y nada menos- sólo sentir. Si la libertad tiene un momento es este instante, el de la dulce y mutua compañía. Si la felicidad tiene un rostro, es el de la amazona contemplando la remota higuera.

Se alejan. A veces el sentimiento es tan fuerte que llega a abrumar el alma. Inesperadamente abriga ella con sus piernas los costados del caballo, acaricia crines; entonces es cuando inunda el sonido del galope todo el campo. Ya se pierde su figura tras el borde del camino... ¡San Ginés al fondo, Peña Palomera a la derecha… todo el horizonte por destino!.








Albada 285




AMOR SOBRE EL ALAMBRE

(25 de marzo de 2012)

Yo de mayor voy a ser… fufunaaaambuliiiilililiiiisssstaa, creo.
Y como aquella palabreja la pronunciaba con su gracioso tartamudeo infantil, parecía no terminarla nunca, y cuando lo conseguía, siempre su final lo envolvían las risas y los besos de sus padres. Pronto decidió añadirle ese “creo”, más pequeñito, casi inaudible. Quizás era a modo de defensa o incluso puede que lo utilizara ya, sin saberlo a tan temprana edad, como perdón por decir algo que presentía no le iba a ser nada fácil conseguir... algo fallaba… el que se lo preguntaran tantas veces y siempre aquel jolgorio tras su respuesta debía de tener alguna
trampa.
Sólo se ha enamorado dos veces en su vida. La primera vez fue de ese niño, el de los ojos tan azules y la sonrisa triste, que conoció por casualidad en aquel circo ambulante de la plaza. Durante semana y media se hicieron inseparables: él le enseñó al fin a caminar sobre el aire; pintó aquella línea en la acera y le avisaba si sus pequeños pies se desviaban un centímetro siquiera de la finísima cuerda imaginaria. Fue él, también, quien en voz muy bajita, casi a escondidas, le llamó por primera vez “artista” y le aplaudió cuando cruzó sin titubear aquella raya de tiza blanca: la espalda bien recta, brazos y rostro elevados hacia el cielo, los ojos brillantes por la emoción.
El último día y la despedida fueron de una tristeza que nunca había pensado que existiera. Vieron las tres funciones seguidas en silencio, cogidos de la mano y de la excitación de una huída que sabían que no podía ser. Aquella noche volvió a casa muy tarde y desde entonces las voces asustadas de sus padres no dejaron de repetirle la necesidad de olvidarse de los sueños infantiles y lo magnífica abogada que llegaría a ser. No recuerda que nunca más volviera a ningún circo.
Hoy ya hace tiempo que nadie le pregunta qué quiere ser de mayor. Sus tres niños están muy quietos en sus asientos. Nadie se mueve, se oye sólo aquel redoble del tambor que habla a los latidos… Sobre el alambre, el artista no mira al suelo hasta que no llega al extremo. Entonces, los focos iluminan su cara, suenan los aplausos y él encuentra sin buscarla su mirada como si fuera el auténtico final de aquel hilo transparente sobre el que han estado caminando ambos toda su vida.
La segunda vez que se ha enamorado, lo ha hecho de aquellos mismos ojos azules y de su sonrisa mucho más triste todavía.
A veces duele la vida de tanto querer vivirla, piensa mientras su hija pequeña la tira de la mano y le dice: ¡
mamá, yo de mayor seré fufunambulistaaa!

Albada 284

A PESAR DE TODO, BON VIVANT
(18 de marzo de 2012)



Pasear implica no alejarse demasiado, no es de ninguna manera un viaje, pero también requiere de espacio. Pasear conlleva movimiento, tal vez alguna mínima dosis de celeridad, pero también precisa un cierto acopio (más bien abundante) de tiempo. Ambas, espacio y tiempo, son condiciones propicias para que el artista del paseo (aquel flâneur parisino de Baudelaire) pueda respirar a la vez tranquilidad y gozo.
Junto a ese exquisito inhalar, además, está el percibir, el asimilar el paisaje del que se forma, aún sin proponérselo, parte. Al pasear se aprehende uno de sí, al mismo tiempo que se asimila en tu interior el entorno; uno se vincula a él, al paisaje que a menudo sólo es percibido como el fondo de un escenario más o menos difuso delante del cual transcurre nuestra vida cotidiana.
En el auténtico paseante, el hábitat deja de ser una simple instantánea para convertirse en el rico suceder de imágenes en las que le flâneur formará parte como protagonista activo del recorrido: al pasearlo, y ser ya ese mismo paisaje, lo descubre y se descubre, al mismo tiempo que su mirada curiosa y atenta nunca deja de explorar.
Consejos sobre como ser un artista del paseo los hay y ya vienen de lejos: El libro pionero que va sobre el descubrimiento de sus placeres lo escribió un tal Schelle, amigo de Kant, allá por el s. XVIII. Lejos de las pasivas visiones románticas propuestas por Rousseau para sus paseantes, nuestro filósofo alemán fue innovador y nos dedicó una serie de buenos consejos sobre la actitud que hay que observar si queremos que nuestro paseo sea la manera activa y consciente que evidencie la existencia de nuestro entorno. Entorno, que al fin y al cabo es esa otra realidad que forma parte del Todo, incluyendo en ese Absoluto a nosotros mismos. La experiencia estética y enriquecedora intelectualmente, la sensibilidad que desarrollemos a lo largo de nuestros andares, irán si lo hacemos así mucho más allá que un simple salir a dar una vuelta.
Hay miles de paseos para un solo y único recorrido, depende siempre de cada momento, de cada persona; de cada mirada, de cada sentimiento. Hay paseos en los que se siente la belleza de esas plazas recoletas donde aún se oye el agua de una fuente; los hay que gustan de horizontes abiertos y espacios infinitos, los que anotan desconchones y la desolación de la dejadez, los soleados, los lluviosos o los que gustan de caminar entre la multitud anónima… hay coleccionistas de paseos que como aquellos fervientes dadaistas persiguen los paseos de las taimadas esquinas, peligrosos pliegues donde habitan sus fantasmas.

La vieja, la hermosa costumbre de pasear es de las que siempre reconfortan y una de las pocas a la que todavía nadie ha conseguido gravar con impuestos y tributos.
Pasear por las calles de nuestras ciudades o de los hermosos alrededores, “tan a mano”, que las rodean, es barato y sólo nos trae cosas buenas. Reflexionar a la vez que se disfruta andando es una labor que no cotiza en Bolsa pero proporciona interesantes capitales activos: placer y salud a partes iguales, serenidad y plenitud, observar y gozar, meditar y sentir la libertad del espíritu correteando al albur de no importa qué senda.
A veces, si se hace en compañía, se convierte en un agradable camino compartido, pero entonces deja de ser ese vagabundeo solitario (un tú a tú consigo mismo) que deriva a menudo en insospechados hallazgos, en íntimos y gratificantes descubrimientos.
Atentos, curiosos siempre a lo que percibimos por nuestros sentidos y nuestra experiencia espiritual, pasear nos ayudará a conseguir una percepción más rica y precisa, estimular el sentido crítico y la capacidad de amar lo que tenemos cerca. Comienza esta semana la Primavera, estación que en nuestra tierra siempre se muestra tan esquiva y caprichosa como hermosa y breve. Quizás sea éste el momento (tan estupendo como otro cualquiera) de aprovechar y empezar a pasearnos Teruel sin prisas y con los sentidos abiertos; porque muchos de los lugares que tenemos ahí al lado, aún están esperando que los descubramos. Conocer y disfrutar de sus rincones, sus barrios, sus alrededores, los mismos que miramos a diario sin detenernos a verlos, desubicar la mirada y convertirla en sensible al pequeño detalle, al exotismo de lo familiar, tal vez nos permita ser (al menos por ese breve tiempo y con permiso de las crisis y reformas laborales) el bon vivant que todos, alguna vez, nos merecemos ser.


Albada 283








CUANDO LA LLUVIA



(11 de marzo de 2012)

Echo de menos la lluvia. La lluvia vuelve los recuerdos blandos para que les sea más fácil colarse y empaparte el alma. A pesar de que estábamos de vacaciones y el verano estiraba de los días uno a uno hasta hacerlos interminables y felices, si llovía, mamá nunca nos dejaba salir a la calle. Tenía un miedo exagerado a los resfriados que ya le venía desde niña, de cuando le contaba su abuela que de seis hermanos que eran, cuatro se los llevó un destemple mal curao que les dejó una tormenta de agosto. Según mi madre, aquel mal en el pecho con una tos seca y continua, aquel respirar como de fatiga o sibilancia que siempre ha sido muy propio de nuestra familia cuando nos constipamos había que tomarlo como lo que era: un aviso. Y es que al final, a pesar de todas las friegas de sáuco que en aquella casa se dieron –que fueron muchas antes de la guerra–, a pesar de cerrar a las corrientes de aire cualquier mínimo resquicio, sólo salieron adelante la abuela y su hermano más pequeño, el tío Andrés, aquel viajero incansable, que aún aparecía de vez en cuando por la casa cargado de regalos maravillosos; extraños objetos traídos de países cuyo nombre no sabíamos pronunciar ni encontrar en la bola del mundo del despacho de papá, hasta que él, riendo y con paciencia de maestro, nos los iba señalando uno a uno, con aquellos dedos gordezuelos de manos que nunca trabajaron. Las increíbles historias de valientes exploradores, las intrépidas aventuras de bohemios viajeros amigos de nuestro viejo tío-abuelo acompañarían muchos de nuestros sueños en aquellas noches de verano.
Cuando llovía nos dejaban a los más pequeños (mis cinco primos, mis tres hermanos) jugando en la galería cubierta que bordeaba toda la fachada de la casa. Aquel enorme y soleado corredor tenía grandes ventanales con marcos de color azul y enfrente, en la otra pared, decenas de macetas colgadas con geranios blancos y fucsias, y de cuando en cuando, una pequeña tina en el suelo de donde brotaban los jazmines que endulzaban todo su aire. Olor a jazmín fresco de los días de lluvia en la vieja casa familiar. Perfume de la infancia.
Aguantábamos escasamente dos partidas a La Oca, quizás alguna más larga al Parchís, pero pronto nos cansábamos de aquellos juegos con normas para estar sentados, y nos íbamos cada uno por nuestro lado, haciendo de aquel gran pasillo colgado el escenario de nuestra imaginación.
La lluvia se escapaba por las canaleras rotas como cataratas, salpicando los adoquines y las jambas de las puertas. A mí me gustaba mirar aquellos charcos azules. En algunos, si quería el sol, a veces les nadaban arcos iris pequeñitos; otros, eran tan profundos que de ellos salían regatos violentos que arrastraban todo a su paso hasta sumergirse en torbellino dentro de la alcantarilla; en ellos, estaba segura, podrían nadar dos peces rojos como los del surtidor de la entrada. Recuerdo aquella gran bronca y que no me hubieran descubierto de no ser por el rastro de gotas de agua que salían del cuenco de mis manos, tan pequeñitas, tan apretadas llevando los peces… Devolverles un poquito al mar, no me sirvió de excusa para no quedarme sin paga tres domingos.
Por la calle apenas pasaba gente, de vez en cuando alguien debajo de un paraguas se aventuraba a ir hasta los soportales de la plaza. Allí se veían grupos de hombres con los cigarros en la boca: reían y hablaban al mismo tiempo. Estaban contentos, contentos de estar juntos una tarde de verano, contentos del sabor adormecido de la nicotina, contentos de sus cosechas y la lluvia.
Cuando me cansaba de mirarlos, probaba a hacer diana con el balcón de la casa de enfrente. Los proyectiles eran alguno de aquellos indios y vaqueros del fuerte que compartía con mis hermanos. No acertaba siempre. A veces se quedaban entre los huecos de las tejas, quietos junto a las acanaladuras, escondidos entre los líquenes y el musgo… Me imaginaba que desde allí nos vigilaban, que cuando nadie les veía sacaban sus cabecitas de plástico verde haciendo recuento de sus fuerzas (cada vez eran más sus efectivos en aquel universo del tejado naranja).

Al atardecer los mayores nos traían la merienda: para un día especial una merienda especial: chocolate caliente y aquellos bizcochos de la dolorcita, la vieja chacha de mi madre y de mis tías que siempre conocí viviendo con nosotros. Preparaban la mesa, y se estaba tan bien allí que todos decidían quedarse a merendar con nosotros en la galería, la lluvia fina salpicando los cristales de ventanas azules y el olor a jazmín. Muchas veces invitaban a alguna vecina, que pasaba a casa con su toquilla rosa sobre los hombros por que ya empezaba a refrescar, decía; incluso algunos amigos del papá: Don Tomás el farmacéutico, Don Joaquín el de la tienda de ultramarinos… o el que mejor me caía a mí, Don Luís, el veterinario al que yo solía acribillar a preguntas sobre cómo podría tenerse un caballo en aquella casa (el intento no me fue del todo bien… pero esa es otra historia.)
Echo de menos la lluvia. En los días de vacaciones en el pueblo, si llovía, y aunque mamá no nos dejara salir a la calle, el mundo venía a visitarnos
.

Albada 282





ÖTZI


(4 de marzo de 2012)



La tormenta lleva dos días sin parar. No creo que se alcance a distinguir mi forma humana desde lejos, quizás ya soy un pequeño montículo en medio de la oscuridad blanca. Sé que nadie vendrá a buscarme y si lo hicieran nunca me verían. Sólo queda la espera hasta ser una minúscula partícula bajo la nieve, un leve poso en la entraña azul. El viento me grita con voz aterradora. Apenas puedo mover los dedos, pero aún parpadeo. Lo hago lentamente y siento la quemadura del borde de los párpados al rozar con la nieve que ha congelado mis pestañas. Alcanzo a distinguir entre la ventisca el glacial azul que besa las orillas de los tres grandes picos. Cada vez más grande, más cerca, más dentro de mí. El corazón helado de las montañas hace pagar con la vida a quien lo mira, así rezaba el chamán, así lo repetían una y mil veces los viejos de la aldea. Ahora, en medio justo de aquella trampa brillante que inevitablemente se acerca, oigo en mi cabeza las músicas tribales, los mantras que nos protegían en el peligroso camino a la alta montaña, sortilegios y conjuros para los valientes guerreros al encuentro de lo remoto, de la victoria sobre lo desconocido. La herida en el hombro izquierdo ya no la noto, aquella flecha extraña me dolió más por lo inesperada. Sé que me desangro lentamente y que mientras el hielo cala, asciende, atraviesa una a una la linfa de mis huesos, yo me vacío sobre él y le pinto de rojo pequeños ríos que pronto se vuelven de cristal. Junto a la aljaba, tiradas a mis pies, hay más flechas manchadas con sangre de extranjero. Huyeron heridos cruzando el lago en sus barcas de cuero. En la bolsa cerrada, que no consiguieron llevarse, conservo todavía el cuchillo de pedernal, el hacha de cobre, la yesca para hacer el fuego, y, envueltas en madera, las setas curativas que mi mujer prepara.
Aquella mujer, aquellos hijos, la aldea al atardecer… la melancolía es tan azul, que la atraigo a mi corazón hasta estallarme.
Suena el preludio de Tristán e Isolda. Sobre la pantalla fluorescente del microscopio electrónico descansa el ADN mitocondrial de Ötzi (así lo han bautizado: Ötzi, el Hombre de los hielos).
Inclinado sobre el binocular, el investigador “sabe” por fin, tras más de 5.000 años, de aquel guerrero sepultado por el hielo de los Alpes. La genética le cuenta de sus ojos marrones, su metro cincuenta y nueve de estatura... 50 kilos, 46 años.
El científico, que vio anoche la última película de L. V. Trier, secuencia el genoma completo del cuerpo congelado. El individuo mantiene perfectamente conservados todos los tejidos de su organismo y órganos internos debido a un proceso de absoluta congelación producido por el frío extremado de la zona donde falleció, escribe en su informe. Se aprecia una predisposición hereditaria a episodios cardiovasculares, intolerancia a la lactosa; herida contusa en omoplato izquierdo… muerte por hemorragia traumática...
Una luz azul, en absoluto prevista, le obliga a levantar por un momento la frente del binocular; pero sólo es un instante, quizás fue su imaginación, en todo caso nada reseñable que añadir a su informe.
Desconectados ordenadores y microscopios, apagadas luces y cerradas puertas, en el silencio del laboratorio todavía quedan flotando entre probetas y pantallas las últimas notas del preludio de Tristán e Isolda. Melancholia orbita sobre la bóveda celeste, aguardando apocalipsis de un nuevo corazón.








Albada 281

MEDIA HORA


(26 de febrero de 2012)

Cuando por fin la bisabuela dejaba de trastear por la cocina y se sentaba en el sofá, sabíamos que la hora de dormir se acercaba. No hacía falta esperar a que la sirena avisase que pronto, en media hora, las luces de todas las casas y de todas las farolas de la calle iban a apagarse; tampoco hacía falta escuchar en la escalera los pasos rápidos de algún vecino llegando a su casa inquieto por su retraso ante el inminente momento en que todos deberíamos estar ya “recogidos” y durmiendo.
Aquella media hora antes de salir disparados hacia la cama, mis hermanas y mis primos, con nuestros pijamas puestos, nos sentábamos cada noche alrededor de la bisabuela, y escuchábamos atónitos sus historias.
La bisabuela nos hablaba de una plaza donde solían
jugar ella y sus amigos a la salida del colegio: “…sobre todo cuando llegaba el buen tiempo aquel lugar se llenaba de gritos infantiles pateando el balón, o persiguiéndose con el tú lo posas… y a veces, cuando llovía, buscábamos refugio en cualquier patio y nos pasábamos la tarde contándonos historias de miedo, con la merienda en una mano y la playstation en la otra… así se nos hacían las tantas... ”
Solíamos interrumpirla muchas veces con preguntas y, a menudo, no la dejábamos continuar con nuestras exclamaciones de asombro o con n
uestras risas por las bromas y travesuras que contaba hacían. Nos sorprendió especialmente la primera vez que nos dijo que los niños a partir de cierta edad podían salir solos a la calle sin ningún mayor que les acompañara constantemente, o también que nadie les enviaba un mensaje electrónico a ellos y a sus padres cada mañana (la sirena para despertarnos en toda la ciudad está sincronizada con el envío de dicho correo) a su “Personal Digital Dietary” con el listado y el horario exacto de todas las actividades que sin falta y puntualmente se deben realizar durante cada jornada (entre otras cosas porque, sorprendentemente, dicho Dietario Digital no existía en su juventud) .
Un día nos habló de su primer novio, un chico de su misma clase aunque algo mayor que ella. Otro día de cómo aprendió a ir en bicicleta y de cómo, montada en ella, se acercaba a la biblioteca y volvía a casa cargada de libros.
A mi padre no le gustaba mucho que la bisabuela nos contara aquellas historias; le decía a mi madre que lo único que conseguía así era complicarnos la existencia, llenarnos la cabeza de imágenes y cosas absurdas, y que no estaba muy seguro de que aquello no fuera ilegal y denunciable. Mi padre sin embargo no le dijo nada a ella, a su abuela, porque nunca había sido amigo de broncas y, además, lo único que le interesaba era que le dejaran tranquilo: su mayor felicidad consistía en pasar las escasas horas libres que le permitían en el trabajo conectado a la máquina de oxígeno azul, viendo pasar allí sus películas favoritas en “seis dimensiones y con retroalimentación emocional incorporada”...
Yo a veces miro a la bisabuela mientras habla: los ojos entornados, casi cerrados, las arrugadas manos de sus pequeños gestos, aquel rostro querido que me ha acompañado siempre con su sonrisa desde que nací. La miro y confieso que, aunque la quiero a rabiar y siempre la he considerado persona sensata, todo lo que nos cuenta me despierta bastantes sospechas. Desconfío de ella y no quiero, pero la idea de que sean todo invenciones me inquieta. Cuando ya estoy en la cama, cuando toda la ciudad está en la cama y sólo el pequeño rayo de luna se cuela por la ventana, comienzan a desfilar mis dudas: ... pero, ¿qué sería eso de una bicicleta?, ¿y una biblioteca?... ¿Cómo la policía les permitiría correr por las calles, gritar, saltar, o, lo que era más grave, reunirse en grupos nada menos que “para hablar”?... Y sobre todo, lo que más me intriga, lo que más me quita el sueño: ¿qué significará, que será “Libertad” que la bisabuela la nombra una y otra vez tras un suspiro?


(Valencia, Febrero del 2012)

"Desterrada la justícia que és vincle de les societats humanes, mor també la llibertat..." (Lluís Vives, 1492-1540).